Marea indómita Capítulo 9
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Capítulo 9

—¿Y dices que has sobrevivido a la tormenta sin más? —pregunta Hugo con un tonito cargado de curiosidad.

Deja los cubiertos, apoya los brazos en la mesa y arquea una ceja mientras una sonrisa imposible de disimular le cruza la cara.

Jimena, que acaba de tragarse un sorbo de agua fría para calmar el fuego que todavía le recorre las venas, lo mira por encima del borde del vaso.

—Ay, por favor, deja de pensar cosas raras y de montarte películas —le responde, negando con la cabeza mientras aparta el vaso.

—Yo no me monto películas. Solo observo el panorama que tengo delante, que habla por sí solo —insiste Hugo, inclinándose hacia delante con un interés que a Jimena le empieza a fastidiar.

—Pues fíjate que prefiero que observes menos y comas más —replica Jimena, forzando una media sonrisa mientras se recoloca de un tirón la chaqueta, intentando aplacar el leve nerviosismo que todavía le electriza el cuerpo.

—Imposible. Llevo demasiados años aguantándote como para no saber cuándo tienes algo o a alguien rondándote la cabeza.

Jimena suelta un bufido. El mar vuelve a respirar con una calma engañosa después del vendaval, como si recuperara el aliento.

—Seguro que te viene de perlas despejarte un poco —comenta Hugo después.

Desde que Jimena bajó de la escotilla del Brétema y pisó tierra firme, no ha conseguido quitarse de la cabeza esos malditos flashes que se le han quedado grabados a fuego.

Se le eriza la piel al recordar la camisa de franela envolviendo su cuerpo, las fotos de la abuela de Mar y, sobre todo, la risa ronca de la capitana cuando ella estuvo a punto de escupir ese maldito café radiactivo.

Pero lo que de verdad tiene a Jimena descolocada es la maldita tensión que hay entre ellas y que se rompió con una llamada de teléfono.

Nunca habría imaginado que la mujer de ojos grises que casi la arrastra del muelle a gritos pudiera mirarla con semejante intensidad, hablándole a escasos centímetros de sus labios.

«Concéntrate, Jimena, por lo que más quieras, borra esa película de tu cabeza», se ordena a sí misma.

El chiringuito está iluminado como una pequeña verbena improvisada al borde mismo de la arena.

Varias guirnaldas de bombillas cálidas cruzan el local de lado a lado, reflejándose con un brillo precioso sobre las mesas de madera desgastadas por el salitre.

La barra sigue abierta de par en par hacia el mar y la música envuelve el rumor constante de las olas sin molestar a nadie.

El lugar está hasta arriba de vida: familias devorando raciones, grupos de amigos brindando a carcajadas, parejas devorándose con la mirada y vecinos del pueblo saludándose efusivamente.

Es evidente que allí todo el mundo se conoce.

—A ver, vamos a centrarnos, ¿qué me dices de este rincón? —pregunta Hugo, extendiendo un brazo hacia el local.

Jimena observa las bombillas y se permite una sonrisa auténtica que le relaja las facciones.

—Pues que, si este sitio estuviera en el centro de Madrid, habría tortas y una cola de seis meses para conseguir una puñetera mesa —responde Jimena.

—Exactamente. Y, además, se nota que se come de lujo —añade Hugo.

Nada más cruzar la entrada, una mujer morena, con una sonrisa de oreja a oreja y un desparpajo arrollador, deja una bandeja con bebidas sobre una mesa y se acerca disparada a recibirlos con una familiaridad asombrosa.

—¡Buenas noches! Vosotros tenéis que ser los famosos arquitectos que vienen dispuestos a poner el pueblo patas arriba, ¿a que sí? —suelta con una calidez gamberra que los hace reír.

Jimena asiente, dando un paso al frente para extender la mano con educación.

—Jimena. Encantada de conocerte.

—Y yo soy Hugo, el que le pone el sentido común a sus ideas —añade él, estrechando también la mano de la mujer con energía.

—Yo soy Lía. Bienvenidos a mi humilde chiringuito. Aquí vais a respirar mar del bueno, nada de sucedáneos —responde ella con un desparpajo arrollador—. ¿Mesa para dos sufridores? —pregunta Lía, agarrando un par de cartas de la barra.

—Sí, por favor, que venimos con un hambre canina —confirma Hugo, frotándose las manos.

Lía se da la vuelta y los guía hacia una mesa libre que está pegada a la barandilla de madera, justo donde empieza la arena de la playa.

—Desde ahí vais a ver romper las olas y vais a tener la brisa dándoos en la cara. Es mi rincón favorito del local.

Mientras se va a sentar, Jimena levanta la vista distraídamente hacia la barra para inspeccionar el local.

Y ahí es cuando el corazón le mete un viaje al pecho que la deja sin aire.

Mar está allí mismito. Está sentada de lado en uno de los taburetes altos, sosteniendo una cerveza helada con una mano y luciendo el pelo todavía salvaje y húmedo por la tormenta.

Habla de forma animada con otra de las camareras.

Como si tuviera un radar en la nuca para detectar la presencia de la arquitecta, Mar gira la cabeza muy despacio.

Sus ojos grises, intensos como el mar embravecido, chocan de frente con los de Jimena.

Ninguna de las dos sonríe. Ninguna hace el amago de apartar la vista.

Se quedan congeladas en un duelo de miradas que dura un segundo eterno.

Hugo abre la carta con entusiasmo y se inclina sobre la mesa.

—A ver, Lía, dispara. Queremos probar lo más gamberro y auténtico que tengas hoy.

Lía apoya una mano en el respaldo de la silla de Hugo, entornando los ojos con orgullo patrio.

—Si queréis producto que sepa a mar de verdad, hoy han entrado unas navajas a la plancha que quitan el sentido, zamburiñas de las buenas, pulpo a la brasa y una lubina salvaje que pescó esta tarde un vecino. Todo fresquísimo, de la ría al plato.

Hugo cierra la carta de golpe, con los ojos brillando.

—No se hable más. Lo quiero todo. Suena tan bien que me rindo.

Lía suelta una carcajada.

—Eso os pasa a todos el primer día, ya verás cómo luego os acostumbráis al buen nivel.

Jimena se muerde el labio, intentando disimular su agitación, y añade:

—Ponlo para compartir, Lía. Así le metemos mano a todo un poco.

En cuanto la dueña del chiringuito da media vuelta hacia la cocina, Hugo apoya los codos en la mesa, junta las manos y clava en Jimena esa mirada de zorro viejo que tanto la saca de quicio.

—Has tardado exactamente tres segundos cronometrados en localizarla nada más poner un pie aquí dentro. Eres un caso de estudio.

Jimena deja su carta sobre la mesa, cruzándose de brazos.

—¿Se puede saber de quién demonios hablas ahora? —pregunta, intentando poner cara de póker.

—Venga ya, no me hagas trabajar horas extra. La capitana del Brétema. Está más que claro que la tarde que habéis pasado encerradas en ese barco ha dejado metralla de la buena. Por no hablar de que durante estos días ha parecido tu sombra.

Ella suelta un bufido largo y se reclina en la silla, mirando al techo.

—Eso no es porque le guste, créeme —apunta Jimena—. Y este un pueblo pequeño, la gente va a los chiringuitos. No le busques tres pies al gato, que no tiene importancia.

—Claro que no tiene importancia. Por eso mismo has dejado de escucharme durante medio minuto entero y te has quedado con cara de haber visto a la Virgen —replica Hugo con una ironía desternillante.

Jimena agarra el vaso de agua y da un trago largo para ganar tiempo, intentando rebajar las pulsaciones.

—Eres un exagerado.

—Yo no exagero, bonita. Te conozco demasiado bien.

Por suerte para el orgullo de Jimena, las bebidas llegan al rescate. Lía les sirve una cerveza artesana de la zona para Hugo y una copa de vino blanco gallego, helado y brillante, para ella. Jimena agarra la copa por el tallo, se la lleva a los labios y da un sorbo generoso.

—Venga, ahora sí. Brindemos —propone Hugo, alzando su vaso.

—¿Y por qué brindamos, si se puede saber? —pregunta Jimena, haciendo chocar su copa con un tintineo.

—Porque a pesar de tu humor de perros, has conseguido que el proyecto sea mil veces mejor con los cambios que has metido hoy.

Jimena baja la mirada hacia el vino, moviendo la copa en círculos y haciendo que el líquido baile.

—Aún queda lo peor, Hugo… Convencer a mi madre.

Ese maldito pensamiento es suficiente para meterle un bajón de realidad. Hugo apoya los antebrazos en la madera y la mira con los ojos entrecerrados, poniéndose serio por primera vez en la noche.

—¿Y cómo tienes pensado planteárselo? Sabes perfectamente que tu madre va a poner el grito en el cielo y un millón de pegas a cada modificación.

Jimena tarda unos segundos en contestar. Alrededor de ellos, la música sigue fluyendo, las risas se mezclan con el romper de las olas y el ambiente es una fiesta, pero la sombra de su madre se instala en la mesa como un invitado de piedra.

—Es que va a cuestionar hasta el grosor de los postes, Jimena —insiste Hugo con un tono más suave.

Ella asiente despacio, apretando los dientes.

—Lo sé de sobra.

—¿Entonces? ¿Cuál es el plan de ataque?

Jimena hace girar la copa entre los dedos, viendo los reflejos de las bombillas en el cristal.

—Ya veré cómo lidio con ella cuando llegue el momento. Ahora mismo solo quiero mandarlo todo a paseo y disfrutar de esta cena, del vino y de la noche.

Y lo dice de corazón. Necesita una tregua.

Justo en ese momento, Lía empieza a desfilar con los platos y el olor que llega a la mesa es un auténtico escándalo.

Las zamburiñas vienen bañadas en una salsa de mantequilla, ajo y perejil.

Las navajas chisporrotean vivas sobre la plancha de hierro, desprendiendo un vaho jugoso.

Detrás aparece una tabla de madera con el pulpo a la brasa, humeante, salpicado de pimentón y rodeado de cachelos tiernos.

Hugo pincha el primer trozo de pulpo, se lo mete en la boca y cierra los ojos, echando la cabeza hacia atrás con un gesto de placer.

—Te lo digo en serio, Jimena. Si algún día desaparezco de Madrid, búscame en un chiringuito de Galicia. Aquí se come como en el maldito paraíso.

Jimena suelta una carcajada, contagiada por el teatro de su socio, y pincha una zamburiña.

—Vaya, y yo que pensaba que ibas a soltar un discurso profundo sobre la integración de la arquitectura local con el entorno marino.

Mientras tanto, en la barra, Lía termina de secar un vaso de tubo con el paño y se apoya en el mostrador frente a Mar, con una ceja alzada y cara de malas intenciones.

—Oye, capitana, vas a terminar haciéndole un agujero al suelo si sigues girándote tanto —le suelta Lía con una sonrisa pícara que le rasga los ojos.

Mar frunce el ceño, aprieta los labios y finge sorpresa.

—¿Perdona? No sé de qué me estás hablando, Lía. Estás delirando.

—No me vengas con esas, Sotomayor. Te conozco desde que llevábamos pañales como para que intentes colármela ahora.

La capitana se lleva la botella a los labios y da un trago largo para ganar tiempo, intentando camuflar el vuelco que le ha dado el pecho.

—Estoy controlando el chiringuito en general, que hay un ambiente de locos esta noche.

—Sí, claro. Y yo tengo un chalé adosado en plena costa —replica Lía con una ironía desternillante, dándole un toque con el paño en el brazo—. Anda, déjate de cuentos chinos, que se te ve el plumero desde aquí. Es guapísima, ¿a que sí?

Mar tamborilea con los dedos en la botella, tratando de hacerse la dura.

—¿Quién?

—La arquitecta, Mar. No te hagas la sueca.

Mar tarda un segundo más de la cuenta en contestar. En su cabeza se proyecta de golpe la imagen de Jimena saliendo del aseo de su barco, con su camisa de franela enorme resbalándole por el hombro.

—No lo había pensado desde esa perspectiva.

Lía suelta una carcajada que se escucha por encima de la música.

—Eso no te lo crees ni tú.

—He dicho que no me lo había planteado así, no que sea mentira —admite Mar, apartando la mirada con una sonrisa culpable que la delata por completo.

—¡Ajá! ¡Cazada! O sea, que sí que lo has pensado, pilla —insiste Lía, cruzándose de brazos con aire de triunfo. Mira un instante de reojo hacia la mesa de los arquitectos—. ¿Y qué pasa con ella entonces?

—Nada, Lía. Qué va a pasar. Es la mujer que viene con los millones por delante dispuesta a meterle hormigón a nuestra costa y a cambiarlo todo. No hay más que hablar —sentencia Mar, clavando los ojos en su cerveza con un deje de frustración.

—Ya, ya… Pues para ser la mala de la película, no dejas de escanearla cada dos minutos.

Mar se queda callada de golpe porque no encuentra un argumento racional que la convenza ni a ella misma.

Siente una atracción física tan salvaje por Jimena que hasta la asusta.

Al otro lado del chiringuito, como si estuvieran conectadas por un cable de alta tensión, Jimena vuelve a levantar la cabeza.

Sus miradas se cruzan en el aire de forma inevitable.

Esta vez sostienen el pulso durante dos segundos brutales, eléctricos, intensos.

Los suficientes para que a las dos se les acelere el pulso antes de apartar la vista casi a la vez.

Hugo, que no se pierde un detalle del despliegue, presencia la escena entera desde su sitio mientras rebaña el plato con el último trozo de pan.

No dice ni mu. Simplemente se guarda una sonrisa de oreja a oreja, frotándose las manos al comprender perfectamente que entre esas dos hay una marea de fondo cargada de posibilidades que va a estallar tarde o temprano.

Y, por loco que parezca, el arquitecto sospecha que ese bendito conflicto va a revolucionar la obra del resort muchísimo más que cualquier cambio en los planos.