Marea indómita Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—No me hago responsable de las consecuencias —advierte Mar, empujando la taza—. Le pongo ganas, pero la cocina no está entre mis múltiples talentos.

Jimena sonríe con incredulidad, se lleva la taza a los labios confiada y da un sorbo. En cuanto el café roza su lengua, está a punto de escupirlo, pero hace un esfuerzo sobrehumano, traga y arruga toda la cara en una mueca de sufrimiento.

—¡Madre mía! —tose, llevándose una mano al pecho—. ¿Pero esto qué es? ¡Está amarguísimo!

Mar estalla a reír y sus ojos grises chispean de diversión mientras contempla la indignación de Jimena.

—¿Tan terrible es? Venga, no seas exagerada.

—¿Exagerada? —Jimena planta la taza en la mesa—. ¿Cómo puedes beber esto todos los días?

—Roi dice que el mismísimo demonio haría mejor café que yo. Hoy empiezo a darle la razón, la verdad.

—Pues es un hombre sabio.

—Oye, que yo sigo las instrucciones al pie de la letra —se defiende Mar con desparpajo.

Jimena niega con la cabeza, divertida, y acorta la distancia dando un paso al frente. El espacio reducido se vuelve de repente incandescente.

—Es que eso no es café. Es un atentado contra las papilas gustativas —bromea Jimena, plantándose a pocos centímetros.

Mar levanta las manos, enseñando una sonrisa que derrite cualquier tipo de defensa.

—Culpable de todos los cargos, señoría. Pero admítelo, el sofoco que te ha dado también te ha quitado el frío de golpe, ¿a que sí?

Jimena, armada de valor, deja su taza a un lado y se mete de lleno en la encimera, invadiendo el territorio personal de la gallega sin miramientos.

—A ver, quita de ahí. Déjame ver cómo perpetras este crimen.

Mar entrecierra los ojos, pero una chispa de provocación le baila en la mirada.

—¿Ahora también me vas a hacer una inspección, Alarcón?

—Después de esto, lo considero un deber de salud pública. Hay que salvarte de ti misma —replica Jimena, dándole un toquecito con el índice para apartarla.

La pequeña cocina no está pensada para dos personas con curvas. Al moverse, Mar opta por no retirarse y se pega a su lado izquierdo, tan cerca que Mar puede sentir perfectamente el calor corporal de Jimena.

—Aquí tienes el primer desastre —dice Jimena, desenroscando el depósito superior—. Si no lo limpias a menudo, los aceites del café se quedan pegados y se requeman. Por eso sabe a rayos.

—Oye, no se te ocurra dejarme como una guarra ante el vecindario.

Jimena la ignora olímpicamente.

Después, desmonta las piezas de la cafetera sobre el acero, explicando el proceso con paciencia.

Mar la contempla de perfil, fascinada. Ha desaparecido por completo la mujer estirada y rígida del primer día; cuando Jimena habla de algo que domina, derrocha una seguridad y una pasión arrolladora que resulta incluso hipnótica.

Habla despacio, segura, y con cada movimiento la camisa de franela se le desliza un poco más por el hombro, dejando un trozo de piel a la vista.

A Mar le pican los dedos por estirar la mano y recolocarle la prenda, o mejor aún, por terminar de quitársela.

—Solo hay que ponerle un poco de mimo y pasión a las cosas —dice Jimena mientras vuelve a enroscar la cafetera.

Levanta la vista de golpe y sus ojos se clavan en los de Mar, atrapándola—.

Supongo que sabes de lo que hablo. Tu profesión también exige pasión, ¿no? Navegar por aquí no se hace porque sí.

Mar arquea una ceja, con la respiración un tanto alterada.

—Igual que la tuya, supongo. Defender proyectos en tierra hostil también necesita tenerlos bien puestos y mucha pasión.

Jimena le sostiene el pulso con la mirada, notando cómo el aire del camarote se vuelve casi irrespirable.

—Lo intento mejorar cada día —murmura Jimena, apoyando las manos en el borde de la encimera—. Aunque aquí me he topado con una mujer que defiende su ría con uñas y dientes. Declarada enemigo público número uno.

—¿De verdad crees que te veo como al enemigo? —pregunta Mar en un susurro.

—Así es cómo lo interpreto.

—Solo quiero saber si de verdad te importa este sitio… o si eres una cara bonita con trajes caros que viene a construir algo sin entender el alma de la costa.

Jimena clava los dedos en la encimera, tragando saliva.

—Pues hoy he modificado siete zonas del plano original después de que me subieras a tu barco. Ahí tienes el ejemplo.

La mirada de Mar baja descaradamente a los labios entreabiertos de la arquitecta, que tiemblan sutilmente.

—Sigo pensando que este pueblo se merece una oportunidad de crecer —insiste Jimena, volviendo a clavarle los ojos con orgullo.

Mar asiente muy despacio, acortando el último milímetro de separación, sintiendo los latidos de la otra retumbar en el camarote.

—Y yo sigo pensando que merece conservar lo que lo hace salvaje. Pero… a lo mejor podemos negociar ese punto medio.

Las miradas se funden en un desafío que ya no tiene nada de laboral y sí mucho de deseo. Dos mujeres tercas, firmes en sus mundos, pero irremediablemente atraídas por la fuerza gravitatoria de la otra.

Jimena mira de reojo hacia la escotilla, pero ninguna de las dos hace el más mínimo amago por romper la cercanía. El camarote del Brétema, que al principio parecía una ratonera, ahora es el único lugar del mundo donde las dos quieren estar.

Mar extiende la mano con una lentitud de infarto y, con la yema de los dedos rozando la piel ardiente del hombro de Jimena, le recoloca el cuello de la camisa. En ese segundo eterno, con la tormenta amainando fuera, el resto del planeta sencillamente deja de existir.