Capítulo 8
La tormenta llega sin previo aviso. Durante toda la tarde, el cielo se ha ido cubriendo con una lentitud engañosa, tiñéndose de un gris plomizo y compacto que ahora se extiende sobre la línea del horizonte.
Nadie en el puerto de la Costa da Morte parece prestarle demasiada atención al principio; los habitantes de estas tierras están más que curtidos en eso de que el mapa del tiempo cambie de humor en cuestión de minutos.
Jimena Alarcón termina de revisar por tercera vez el inventario de los contenedores que han descargado. Desliza el dedo sobre la pantalla de su tableta, marcando casillas a la velocidad del rayo.
—Las vigas laminadas están todas en su sitio… —murmura para sí misma, mordiéndose el labio inferior—. Y los módulos prefabricados también. Perfecto.
Levanta la vista hacia el final del muelle, donde las sombras de la tarde empiezan a estirarse de mala manera.
Carme se ha largado hace un rato con varios operarios, y Hugo ha regresado pitando al hostal con la sana intención de adelantar los cálculos.
Ella, en cambio, ha preferido quedarse unos minutos más a pie de cañón.
De repente, el primer trueno retumba con un rugido tan salvaje que hace vibrar las suelas de sus zapatillas. Jimena da un respingo, alza la cabeza y entreabre los labios.
—Madre mía…
No le da tiempo ni a parpadear. La lluvia cae a saco, como si hubieran abierto las compuertas de una presa sobre ella. En cuestión de tres respiraciones, el pantalón se le pega a los muslos.
—¡Lo que me faltaba para coronar el día! —exclama Jimena, tapándose la cabeza con la carpeta mientras echa a correr como alma que lleva el diablo hacia el almacén más cercano.
El viento cambia de dirección con un volantazo brusco y las gotas le golpean la cara. Jimena entrecierra los ojos, resbalando un par de veces en el suelo mojado, y después intenta divisar las embarcaciones amarradas que se balancean, como si quisieran romper los cabos y darse a la fuga.
A escasos metros, a bordo del Brétema, Mar termina de asegurar las últimas amarras. Le da el último tirón al cabo de popa cuando, de pronto, distingue a través de la cortina de agua una silueta que lucha contra los elementos en mitad del muelle. Frunce el ceño, plantando las manos en sus caderas.
—¿Pero qué demonios hace esa mujer ahí fuera? —gruñe para sus adentros.
Reconoce la coleta oscura, empapada y apelmazada contra la espalda, y esa carpeta negra que la misteriosa silueta defiende como si le fuera la vida en ello. Mar no se lo piensa ni medio segundo. Da un salto limpio desde la cubierta al pantalán, y corre hacia ella devorando los metros.
—¡Jimena! —brama.
La arquitecta gira la cabeza, apartándose un mechón de pelo pegajoso de los ojos. Apenas consigue abrirlos bajo el castigo del agua.
—¡Estoy perfectamente! —responde con orgullo.
—¡Y una mierda! —replica Mar con autoridad, plantándose frente a ella.
Sin pedir permiso, la capitana la agarra firmemente por el codo. El impacto del contacto físico es inmediato. Eléctrico. La piel de Jimena está helada, y el calor abrasador que desprende la palma de la mano de Mar es como una corriente de alto voltaje que le sube por todo el brazo.
—¿Se puede saber qué tienes en la cabeza para seguir aquí? —le espeta Mar.
—¡Tenía que comprobar parte del material! —se justifica Jimena, clavando los pies en el suelo, reacia a dejarse mandar.
Mar clava sus ojos grises en ella, sosteniéndole la mirada.
El pelo de Jimena está pegado a sus sienes, las mangas chorrean agua sin compasión y la tela, ahora transparente por la inundación, se le pega al pecho y a la cintura.
Mar baja la mirada un segundo por esa silueta escultural y empapada, tragando saliva al sentir un tirón violento en el bajo vientre.
—Pues eso puede esperar a que deje de diluviar —afirma Mar—. Vamos al Brétema. Ahora mismo.
Un trueno brutal estalla justo encima de ellas, haciendo que el muelle entero retumbe y obligando a Jimena a dar un paso instintivo hacia el pecho de Mar.
—¡Que no hace falta! ¡Puedo ir al hostal! —insiste Jimena.
—No te lo estoy pidiendo, bonita —suelta Mar con una sonrisa descarada que enciende por completo la sangre de la arquitecta.
Jimena aprieta los labios, debatiéndose entre mandarla a la mierda para salvar su orgullo o hacerle caso para no pillar una pulmonía.
Mar da un par de pasos hacia la embarcación, pero al ver que la mujer sigue plantada como una estatua bajo el diluvio, resopla con diversión, da media vuelta y regresa hasta invadir por completo su espacio personal.
—Vamos a ver. Si mañana pillas una neumonía, dudo mucho que puedas dirigir esta obra. Así que vamos a ahorrarnos el rodeo, ¿te parece?
Jimena siente un calor súbito subiendo por su pecho ante la abrumadora cercanía de Mar. Finalmente, suelta un bufido y asiente, dándose por vencida.
Las dos recorren los últimos metros a la carrera, esquivando las embestidas del viento.
Mar salta a bordo primero y se gira, ofreciéndole la mano.
Jimena la mira fijamente un instante antes de poner la suya sobre ella.
Sus dedos se entrelazan, demorándose un segundo de más mientras se miden las pulsaciones.
En cuanto Jimena pisa la cubierta, Mar la empuja hacia el interior y cierra la escotilla principal de un portazo.
El infierno exterior desaparece de golpe. La furia del agua se transforma en un tableteo amortiguado contra el casco.
El camarote es una auténtica delicia de aprovechamiento espacial, acogedor y con un indiscutible aroma marinero.
A estribor destaca un banco corrido tapizado en azul marino con una pequeña mesa abatible de madera que parece pedir a gritos dos copas de vino.
Justo enfrente, una encimera alberga un hornillo de gas, una cafetera italiana abollada por los años y unos estantes donde los botes de especias y tazas de cerámica están perfectamente sujetos para no salir volando con el oleaje.
Al fondo, varias fotografías en blanco y negro decoran el mamparo.
Una muestra a un hombre con una barba imponente sosteniendo un congrio enorme, y la otra retrata a una mujer guapísima y sonriente al timón del barco, con el pelo al viento.
Jimena da un par de pasos, dejando un reguero de agua en el suelo, y se queda mirando fijamente los retratos.
—¿Tu padre? —pregunta, señalando la imagen del marinero.
Mar se coloca a su lado, tan cerca que Jimena puede oler el aroma de su piel. Y después, sonríe con una melancolía que le suaviza los rasgos salvajes del rostro.
—Y ella es mi abuela. La primera patrona de la cofradía de por aquí. Mi padre heredó el Brétema después de ella, y ahora me toca a mí mantener el barco a flote y defender la tradición.
Jimena vuelve a mirar la foto y luego se gira hacia Mar, devorándola con los ojos. De repente, las piezas encajan. Este barco no es un capricho ni una lancha de recreo; es la historia viva de su sangre.
Ese descubrimiento le genera un respeto profundo y una curiosidad que la empuja a dar un paso imperceptible hacia ella, fijándose en la línea rotunda de su mandíbula y en cómo las gotas de lluvia le resbalan por el cuello, perdiéndose bajo la camiseta.
Mar rompe la magia abriendo un armario superior. Saca una toalla de algodón y, tras revolver un poco, también una camisa de franela a cuadros verdes y azules, desgastada por el uso y asombrosamente suave. Se la tiende con un guiño pícaro.
—Ponte esto. Te sentará mejor.
Jimena mira la prenda de cuadros y luego se mira a sí misma, dudando.
—No sé yo…
Mar suelta una carcajada.
—Esa camisa ha sobrevivido a temporales bastante más peligrosos que tú. No te va a morder, te lo aseguro.
Jimena sonríe, contagiada por el desparpajo de la capitana. Agarra la camisa y sus dedos vuelven a rozarse, alargando el contacto de una forma que hace que a Jimena le suba un calor encendido a las mejillas.
—Gracias —murmura, sosteniéndole la mirada.
—El aseo está por esa puerta —indica Mar con un ademán, dando un paso atrás—. Sécate tranquila mientras yo preparo la cafetera.
Jimena se encierra en el minúsculo aseo.
Al mirarse en el espejo, contiene un grito.
Tiene el pelo pegado, gotas corriendo por su escote y la blusa tan pegada a su cuerpo que marca perfectamente la lencería y el relieve de sus pezones por el frío.
Suspira hondo, frotándose el pelo con la toalla con energía, y se quita la ropa mojada.
Al ponerse la camisa de franela de Mar, se estremece.
Las mangas le tapan por completo las manos y el bajo le llega un poco más allá de la cintura, envolviéndola en el aroma embriagador y salvaje de la capitana.
Se siente ridícula y, a la vez, excitada por la intimidad del momento.
Cuando abre la puerta y regresa al camarote, Mar está de espaldas, inclinada sobre el hornillo de gas mientras la cafetera empieza a quejarse con los primeros borbotones.
Al oír los pasos de Jimena, la bióloga se gira…
y se queda completamente de piedra, con la boca entreabierta.
La capitana siente un vuelco salvaje en el estómago y su mirada desciende, sin vergüenza alguna, por las piernas de la madrileña.
Jimena capta el escaneo y, lejos de achantarse, arquea una ceja con una sonrisa juguetona bailándole en los labios.
—¿Qué pasa?
Mar parpadea sacudiendo la cabeza, intentando recuperar la dignidad perdida.
—Nada, nada… Solo me aseguraba de que no te me hubieras congelado en el trayecto.
—Pues fíjate que creo que estoy empezando a entrar en calor —responde Jimena con voz sugerente, dando un paso lento hacia ella, consciente del efecto que causa.
—Me alegro. Porque mi café no hace milagros, pero te despierta las ideas por las malas. Eso sí.
La cafetera italiana termina de escupir el líquido. Mar apaga el fuego y sirve el café negro en dos tazas totalmente desparejadas: una azul marino y otra blanca con el borde desportillado. Le planta la taza buena a Jimena y ella se queda con la vieja, apoyándose contra la pequeña encimera.