Capítulo 7
Jimena Alarcón tarda bastantes minutos en recuperar la maravillosa sensación de tener los pies plantados sobre un suelo que, bendito sea Dios, no se mueve.
El edificio que tiene delante es una antigua casa marinera rehabilitada que, artísticamente hablando, es una puta delicia.
Por fuera mantiene la piedra y unos balcones de madera de los que cuelgan geranios y buganvillas de un rosa tan vibrante que parece insultar al azul del mar.
Por dentro, el contraste de las vigas oscuras centenarias con el mobiliario contemporáneo y las fotografías en blanco y negro de los acantilados la hacen suspirar.
Nada de lujos horteras a pesar de que a Jimena le encanta el lujo hortera.
Pero ahí dentro, se respira aire puro, buen gusto y desconexión.
Además de la grata compañía de Santi.
Santi, el recepcionista, no llega a los veinticinco, tiene una sonrisa que es un peligro público y tiene el superpoder de conocer los trapos sucios, limpios y a medio lavar de cada habitante de la zona.
Desde el minuto uno le hizo una radiografía completa a Jimena y le soltó un mapa interactivo completo de chismes: dónde se comía el mejor pulpo, qué panadera escatimaba en ingredientes y en qué vecino podía confiar.
Al cruzar el umbral del hostal, Santi levanta los ojos del ordenador. Le basta una milésima de segundo para clavarle la mirada y transformar su cara en un poema.
—Menuda cara traes, monada.
Jimena frena en seco, deja caer la mochila en una butaca y se recoloca un mechón detrás de la oreja, sintiéndose de repente como si la hubiera atropellado un camión.
—¿Tan desastrosa estoy? —pregunta, cruzándose de brazos.
—Desastrosa no es la palabra. —Santi suelta una risita, sale de detrás del mostrador esquivando el mueble y le planta una taza humeante entre las manos—.
Aunque estás impresionante, déjame decírtelo, pareces un flan.
Toma, anda. Té con jengibre. Mano de santo para el mareo, ya lo tenía listo para tu llegada.
Jimena rodea la taza con las manos, agradeciendo el calor casi tanto como estar en tierra firme.
—Gracias. Eres un sol, aunque opines demasiado.
—¡Es mi trabajo! —se defiende él, apoyando el trasero contra la barra de la recepción con total desparpajo—. Así que la ría te ha dado un poco duro, ¿eh? Normal. El Brétema tiene carácter. ¿Ha habido… roce?
Jimena da un sorbo corto, sintiendo el picor reconfortante del jengibre en la garganta, e intenta mantener el rostro más inexpresivo de su repertorio.
—¿Roce? —pregunta Jimena. Se sorprende llevarlo escrito en la cara—. Solo me he resbalado y ella me ha tenido que sujetar. Fin de la historia.
Santi suelta una carcajada, de las que resuenan en todo el vestíbulo, y niega con la cabeza.
—Más bien, eso huele a inicio de una flagante historia de amor. Los insta love de las películas… wow… no os van a llegar ni a la suela.
Jimena deja la taza sobre la barra, y se inclina un poco hacia él, entrecerrando los ojos.
—No le des tres pies al gato. No me conoce de nada y además le caigo fatal. Lleva varios días vigilando como un águila todo lo que pasa en la zona de la obra.
—Porque eres una amenaza contra la zona, lógicamente —replica él, cruzándose de brazos.
«Vaya, muchas gracias»—. Pero dale tiempo.
Mar es mucha Mar. Pregúntale a las mariscadoras de la ría o a los chavales del club náutico; se desvive por este sitio sin pedir una puta medalla a cambio.
Aunque bueno, también puedes preguntarle a Carme.
Ella se la conoce al dedillo. Desde hace… uff, ni se sabe.
—¿Y qué tiene que ver Carme en esto? —dispara Jimena.
Santi ensancha su sonrisa, relamiéndose con el impacto del anzuelo, y después levanta las manos, pero sus ojos bailan de diversión.
—Nada, mujer, nada. Que han compartido muchas… «noches de ría», digámoslo así. El pueblo es pequeño y el invierno es muy largo, ya me entiendes.
A Jimena se le hace un nudo en el estómago. ¿Qué demonios le importa a ella con quién pasa Mar las noches de invierno? «Que se acueste con quien le dé la gana. Faltaría más».
—Tengo trabajo, Santi. Gracias por el té —sentencia Jimena.
—A mandar. ¡Suerte con el plano y con los celos! —le suelta con tonillo aguado el puñetero recepcionista.
Jimena aprieta los dientes cuando le dedica un guiño, da media vuelta y camina hacia la cafetería con el corazón desbocado. «Menuda tontería está diciendo. ¿Yo? ¿Celosa de Carme? ¡Si yo también odio a la capitana estirada!»
—Será mejor que me deje de tonterías.
El espacio es espectacular, un antiguo patio interior cubierto por una cristalera enorme que inunda todo de una luz brutal. El olor a bizcocho de naranja compite con las plantas aromáticas, pero Jimena va en modo avión, directa hacia la mesa del fondo.
Ahí está Hugo, su socio, mejor amigo y salvavidas, sepultado detrás de una pantalla digital. En cuanto la ve llegar con ese andar de pantera cabreada, levanta una mano y se echa a reír.
—Dios santo, Jimena. ¿No ibas a inspeccionar la ría? Parece que te hayas peleado en el barro —le dice con una mueca divertida mientras ella se deja caer en la silla.
—No me hagas hablar, Hugo. Vamos a trabajar —pide, desenfundando su propia tableta. Necesita refugiarse en las líneas, las cotas y el hormigón. Su terreno. Donde las mujeres de ojos grises y espaldas anchas no tienen cabida.
—Venga, va, cuéntame. ¿Qué tal ha ido? ¿Es tan fiera en el mar como dicen?
Jimena abre el archivo del proyecto, ignorando deliberadamente la pregunta capciosa.
En la pantalla parpadean los puntos rojos de las anotaciones que ha hecho durante la travesía y que le pasó a su socio nada más abandonar el Brétema.
Hugo se inclina sobre la mesa, le echa un vistazo al plano modificado y suelta un silbido.
—Madre mía… Menuda escabechina. Te has cargado el paseo elevado.
—No funcionaba, Hugo —explica ella, trazando una línea rápida con el lápiz digital—. Ya ha quedado claro que no podemos hacer eso. Mira aquí.
Hugo amplía el zoom con los dedos, ojeando los cambios con una mueca de preocupación.
—Y has vuelto a recortar la superficie edificable. Esto supondrá bastantes plazas de parking menos. Tu madre te va a cortar las piernas. Lo sabes, ¿no?
—Que se atreva —desafía Jimena, clavando el lápiz en la pantalla—. Los planos son papel mojado. El terreno real manda, Hugo. Y este terreno está vivo. No voy a firmar un desastre ecológico para que cuatro ricos tengan vistas al mar desde el jacuzzi.
Durante la siguiente media hora, se enzarzan en los cambios. Corrigiendo cotas y contrastando las fotos del barco con los mapas. Hugo la observa trabajar, fascinado por la pasión que le brilla en los ojos, esa chispa que su madre, Victoria Alarcón, lleva años intentando apagar.
El arquitecto deja el lápiz sobre la mesa, cruza los brazos y la mira con ternura.
—¿Cuándo te vas a decidir a mandar a tu madre a la mierda, montar tu propio estudio y dejar de pedir permiso por ser jodidamente brillante?
Jimena clava los ojos en la taza de café, acariciando el borde de porcelana con el dedo índice.
—Ni que fuera tan sencillo, Hugo.
—Yo creo que sí. No lo haces porque te aterra defraudarla —suelta él, apuntando directo al centro del trauma—. Te aterra no ser la hija perfecta, la heredera perfecta del imperio Alarcón, aunque eso signifique ahogar a la verdadera Jimena.
Jimena se queda rígida, con la mirada perdida en los vectores del plano, sintiendo el nudo del estómago apretarse un poco más. Las palabras de su amigo le escuecen porque son una verdad como un templo. Juega con el lápiz digital entre los dedos, dándole vueltas con nerviosismo.
—Llevo toda la vida intentando alcanzar una meta que mi madre mueve de sitio cada vez que me acerco —confiesa Jimena, totalmente frustrada—. Y sí, es agotador. Siento que, si doy un paso en falso, todo lo que he construido se desmoronará.
Hugo estira el brazo y le da un apretón cariñoso en la mano.
—Pues a lo mejor tiene que desmoronarse para que construyas algo tuyo de verdad. ¿Quieres que lo hablemos? Ya sabes que yo me lanzo contigo.
Jimena traga saliva, retira la mano y respira hondo, recomponiendo su armadura de mujer de negocios.
—No. Hoy no. Volvamos al plano o me pondré a llorar y no tengo el rímel a prueba de agua. Mira esto.
Abre una nueva capa del diseño y maximiza la foto del entrante rocoso, el mismo donde el Brétema se detuvo y donde Mar le explicó la importancia de las corrientes.
—Desde la costa no se apreciaba el desnivel de la roca —comenta, deslizando el dedo por la pantalla para trazar la alternativa—. Si metemos las excavadoras ahí, haremos una escabechina.
—Ostras, es verdad. El corte es limpísimo. ¿Entonces qué hacemos con el acceso este?
—Lo adaptaremos a la pendiente natural —propone Jimena, y una sonrisa de entusiasmo empieza a dibujarse en sus labios—. Podemos crear una plataforma escalonada, pasarelas flotantes que respeten la roca en lugar de reventarla.
Hugo levanta la cabeza y la mira con una sonrisa de oreja a oreja.
—Esta sí eres tú, Alarcón. Cuando mandas las expectativas de los inversores a la porra y te pones a hacer arquitectura de verdad.
Jimena baja la mirada, sintiendo un calorcito agradable en el pecho, y sigue dibujando sin responder.
Durante los siguientes veinte minutos el ritmo es frenético: eliminan un vial secundario, sustituyen muros de hormigón armado por taludes de vegetación autóctona y debaten sobre pasarelas desmontables.
Cada decisión es un encaje de bolillos que va a dinamitar el presupuesto, pero Jimena se siente más viva de lo que se ha sentido en años.
Como si algo en ese lugar le hubiera dado la inspiración que necesitaba.
—Oye, hay otro tema peliagudo —apunta Hugo, dando un golpecito con el dedo en una esquina del mapa—. La pradera submarina de la que tanto hablaba... la capitana.
Jimena contiene el aliento un segundo. Desliza la pantalla y abre la fotografía subacuática. El agua se ve tan cristalina que las plantas parecen bailar en un fondo esmeralda.
—He estado dándole vueltas desde que me bajé del barco —admite Jimena, apoyando la barbilla en la mano, con la mirada fija en el verde del fondo marino—.
Mar tiene toda la razón. No podemos meter el pantalán de motos de agua ahí, hay que tener en cuenta la pradera.
Es un pulmón para la ría, Hugo. No es un capricho estético de cuatro ecologistas.
Hugo arquea las cejas, aguantándose la risa con esfuerzo.
—Así que ya la llamas por su nombre. Y además defiendes su territorio. Qué rápido te ha convencido la capitana.
Jimena lo fulmina con la mirada y le da una patada por debajo de la mesa que da de lleno en la espinilla de su socio.
—¡Au! —se queja él, frotándose la pierna.
—Eres un imbécil. La llamo Mar porque es más corto que «la capitana terca e insoportable que me saca de quicio» —se defiende Jimena—. Y estoy convencida porque tengo ojos en la cara y soy una profesional. Voy a pelear esa reducción con el consejo, se pongan como se pongan. No es negociable.
Hugo la estudia con una sonrisa pícara que no presagia nada bueno.
—Para entender este sitio hay que entender qué lo mantiene vivo. Me lo ha explicado… la gente de aquí.
«La gente de aquí no. Te lo ha explicado una mujer con los ojos del color de las tormentas y una boca que te morías por besar mientras el barco subía y bajaba», le grita su subconsciente.
Para su inmensa fortuna, el teléfono de Hugo empieza a vibrar. Él mira la pantalla, lee el mensaje y se levanta de un salto, recogiendo sus cosas.
—Salvada por la campana. Es Carme. Dice que ya han descargado la maquinaria pesada en la zona y que quiere que vayamos a dar el visto bueno antes de que los transportistas se larguen y nos dejen el marrón.
Jimena mira su reloj de pulsera. Guarda la tableta en la mochila, se cuelga la correa al hombro y se pone en pie, estirando las piernas.
—Genial, no la hagamos esperar.
Atraviesan el vestíbulo a paso ligero, pero al pasar por recepción, Santi vuelve a levantar la cabeza.
—¡Eh! ¿Qué tal ese estómago?
—El jengibre hace milagros, Santi. Gracias de nuevo —le lanza Jimena con una sonrisa de lo más cordial.
—Te lo dije. ¿Volvéis al frente de batalla? —pregunta el chico, señalando con la barbilla la mochila que Jimena lleva al hombro.
—Sí —responde Hugo en su lugar.
—Pues mucha suerte.
Jimena niega con la cabeza, divertida a su pesar, mientras empuja la puerta de cristal y sale al exterior.
Mientras camina al lado de Hugo hacia la explanada de descarga, Jimena intenta mantener la vista al frente, pero la tentación es demasiado grande.
Sus ojos desobedecen las órdenes de su cerebro y se desvían, casi con ansia, hacia el pantalán de madera.
El Brétema sigue ahí, arrullado por la marea.
Una extraña sensación de vacío, le oprime el pecho durante un segundo interminable antes de que logre obligarse a apartar la mirada y seguir caminando con el mentón bien alto.
El trabajo la espera. El proyecto avanza, pero Jimena empieza a sospechar, con un cosquilleo ardiente, que aprender a entender la costa salvaje va a implicar lecciones que no vienen en ningún manual de arquitectura.
Y, muy a su pesar, intuye que esas lecciones tienen nombre de mujer y sabor a sal marina.
Un peligro absoluto para su estabilidad mental, pero, ¡qué demonios!
, la vida sin un poco de riesgo es un aburrimiento soberano.
Y por eso, con una última sonrisa de cara al viento, acelera el paso dispuesta a comerse el mundo.
O algo más…