Capítulo 6
—¡Jimena! —grita Mar.
Se oye el timón al encajar el piloto automático.
Mar suelta los mandos y en dos zancadas cruza la distancia que las separa.
Jimena, que ya se ve rodando por la cubierta, cierra los ojos.
Pero el impacto nunca llega. Unos brazos asombrosamente cálidos le rodean la cintura con una fuerza y una seguridad brutales, frenando su caída y aportándole una maravillosa sensación de estabilidad en mitad del caos.
El impulso del frenazo hace que Jimena termine estampada de espaldas contra el pecho de Mar.
En ese preciso instante, las aguas dejan de existir.
El tiempo se detiene. Jimena solo puede percibir el ritmo acelerado del corazón de Mar latiendo contra su espalda y su respiración profunda rozándole la oreja.
El aroma que desprende la bióloga la inunda por completo.
Jimena inspira sin darse cuenta, con el cuerpo temblando.
Sus manos, buscan un apoyo y terminan aferrándose con fuerza a los antebrazos de Mar, sintiendo sus músculos tensos.
La capitana mantiene la mano izquierda pegada a su cintura, apretándola contra sí para estabilizar el peso, mientras apoya la derecha en la barandilla, absorbiendo el impacto del siguiente balanceo del barco.
El mareo sigue dándole vueltas en el estómago, pero la sensación de vértigo ha desaparecido por completo, sustituida por un fuego abrasador que a Jimena le recorre las venas.
La presión de la mano de Mar en su cintura la mantiene anclada al suelo mientras el barco sigue cabeceando sobre las olas.
Jimena es dolorosamente consciente de cada maldito detalle: del roce de la camiseta de Mar contra su piel, del calor abrasador que desprende su cuerpo a pesar de la brisa marina y de ese latido acompasado que reverbera en su propia espalda.
Levanta la cabeza despacio, girándola un poco.
Mar ya la está mirando desde arriba con sus ojos grises encendidos.
—¿Sigues conmigo? —pregunta Mar en voz baja.
Jimena intenta responder con su habitual ingenio, pero descubre que tiene la boca seca. Se limita a asentir con la cabeza.
—Creo que sí… —consigue murmurar.
—No me valen los «creo». Dime que no te vas a desmayar —insiste Mar.
«Como sigas mirándome así… seguro». Jimena sacude la cabeza.
—No, ni de coña —responde, recuperando un poco de su orgullo.
—¿Vas a devolver el desayuno?
Jimena hace una mueca de asco que le queda extrañamente mona.
—Preferiría no estrenar tu barco de esa manera, la verdad sea dicha.
Una sonrisa pícara y de lo más atractiva cruza los labios de Mar.
—Vaya, eso ya es buena señal. Si tienes humor para quejarte, es que estás saliendo del bache —le suelta—.
A partir de ahora, hazme caso —pide Mar, inclinando la cabeza de modo que sus labios casi rozan la oreja de Jimena.
La arquitecta clava los ojos en ella, asintiendo—.
No mires la cubierta, mira al frente, al horizonte. ¿Vale?
Jimena obedece de inmediato. A lo lejos, las rocas recortan el cielo azul y limpio de Galicia.
—Ahora, respira despacio… Inspira por la nariz y suelta el aire por la boca. No te pegues con el barco, deja que sea él quien te mueva —explica Mar.
Jimena intenta acompasar el aire. Inspira. Espira. Una vez más. El estómago parece darle una tregua y las náuseas empiezan a remitir.
—Y flexiona las rodillas. Tienes que relajar las caderas, dejar que sigan el ritmo de las olas…
«Concéntrate en el maldito trabajo, Jimena».
Lo intenta, de verdad que pone todo de su parte, pero es imposible pensar con coherencia cuando nota la mano de Mar sujetándole la cintura.
Si bajara un poco más… Nunca en la vida se habría imaginado que una capitana con esos brazos tan fuertes pudiera sujetar a alguien con semejante cuidado y mimo.
—Mucho mejor. Lo estás pillando —aprueba Mar.
Jimena gira la cabeza del todo para mirarla a los ojos.
—¿Y cómo lo sabes? —pregunta Jimena con un deje de provocación.
—Porque sé cómo notarlo en tu cuerpo.
Con un movimiento espontáneo, la capitana levanta la mano derecha y retira con suavidad un mechón de pelo que el viento le ha pegado a la frente a Jimena. En cuanto Mar se da cuenta de lo natural que le ha salido, retira la mano.
Las dos se quedan procesando el chispazo. Mar carraspea, y da un paso atrás.
—Creo que… ya puedes mantenerte en pie solita sin que tenga que hacer de guardaespaldas.
Jimena da un pequeño paso en la dirección opuesta, recolocándose la camiseta. El espacio que queda entre las dos de repente parece un abismo inmenso y, a la vez, una distancia ridículamente corta.
—Gracias… por el rescate —susurra Jimena, mirándola fijamente.
Mar se limita a asentir con la cabeza.
—No hay de qué. Es la ley del mar —responde Mar con total convicción.
Antes de que ninguna de las dos meta la pata diciendo algo más de la cuenta, se escucha la voz masculina.
—¡Lo que hay que ver en mi propio barco! —suelta Roi, que asoma por la escalera de popa cargando una caja llena de instrumental. El chaval se frena en seco al ver la estampa, con una sonrisa—. ¿Interrumpo algo?
—Sí, Roi. Vuelve al trabajo.
—Así que… ya te has mareado —comenta, observando a Jimena. Esta asiente antes de que Mar abra la boca, sonriendo con ganas—. Pues bienvenida al Cantábrico —añade Roi con un guiño.
Jimena tarda un par de segundos en recomponer su faceta.
El mareo aún le deja un leve runrún en el cuerpo, pero su mente se activa a la velocidad del rayo, lista para la acción y recopilar todos los datos.
Mar reduce la marcha del motor, dejando que el barco avance despacio y le da una carpeta con un bolígrafo.
—Vamos a bordear toda la franja de costa dónde irá la infraestructura del puerto.
Jimena asiente, concentrándose. Levanta los ojos hacia el acantilado y empieza a anotar los datos conforme Mar le explica distancias y comportamientos de la naturaleza.
—Desde los planos este detalle era imposible de ver —comenta la arquitecta, pensativa.
Mar se asoma por la borda, siguiendo la línea que marca su dedo.
—Lógico. Por eso hay que ver la realidad delante de nuestras narices.
Jimena toma un par de notas a toda pastilla.
—Y ya veo por donde ibas. Si mantenemos el proyecto tal cual, la excavadora va a tener que picar demasiado cerca del afloramiento rocoso. Eso también podría desestabilizar la estructura natural —razona Jimena en voz alta, metida de lleno en su papel.
Mar la observa de reojo, gratamente sorprendida.
—¿Y qué tienes pensado hacer entonces?
Jimena sigue clavada en el paisaje, analizando las pendientes.
—Desplazar el acceso principal. Nos va a tocar rediseñar y encoger una parte del aparcamiento exterior también, pero de esta forma evitaremos tocar las formaciones —sugiere con decisión.
Mar se queda muda unos instantes.
—Y, además, podríamos cambiar el muro de contención por un talud vegetal. La pendiente que veo ahí es más que suficiente para aguantarlo —añade Jimena, hablando casi para sus adentros.
Mar arquea una ceja, flipando un poco. La mujer que tiene delante no está vendiendo humo ni improvisando chorradas para salir del paso; está resolviendo problemas reales y protegiendo el entorno exactamente como prometió en la reunión.
Durante la siguiente hora, Jimena no para quieta ni un segundo. Le pregunta a Mar por los ciclos de las mareas, por la fuerza de los temporales en pleno invierno, por las corrientes dominantes y por las zonas exactas donde desovan las especies de la ría.
Mar nota cómo una parte importante de los prejuicios que traía contra la «arquitecta pija» empiezan a venirse abajo. No es que desaparezcan del todo, pero ya no puede seguir repitiéndose a sí misma que Jimena es una tiburón a la que le importa tres pimientos destrozar el pueblo.
Y eso… le va a suponer un gran problema.