Marea indómita Capítulo 5
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Capítulo 5

El puerto despierta mucho antes que el resto del mundo y, desde luego, con muchísimo más ritmo. A las seis y media de la mañana, el murmullo de los motores rompe el ambiente. Algunos barcos regresan de faenar con las gaviotas sobrevolando, mientras otras se preparan para salir a la ría.

Jimena Alarcón apaga el motor de su coche justo al borde del muelle y se queda unos segundos petrificada, con las manos aferradas al volante como si fuera su último salvavidas.

Durante los últimos días, el material ha seguido llegando sin ningún tipo de problema.

Ahora, observa el Brétema con una mezcla de curiosidad y un recelo que le aprieta el estómago.

A ver, el bicho no es un yate de lujo de Puerto Banús ni pretende impresionar a nadie, pero tiene su…

encanto. El casco blanco acusa el paso de los años, aunque el mantenimiento es sencillamente impecable.

Se nota a la legua que esa embarcación recibe más mimos que un coche de colección; es el barco de alguien que lleva el mar inyectado en las venas.

Jimena suelta un suspiro que le vacía los pulmones antes de abrir la puerta.

La verdad sea dicha: lo de navegar le hace la misma gracia que una endodoncia sin anestesia.

No es que le tenga pánico al agua, es que ella es de ir por carretera, de terrazas chic y aire acondicionado.

Se recoloca las gafas de sol y, de paso, se alisa la camiseta color arena que ha elegido para la ocasión.

Hoy ha mandado las blusas a freír espárragos, optando por unos pantalones cargo verde oliva —ligeros, pero que le sientan como un guante—, unas zapatillas deportivas blancas y una coleta alta que deja al descubierto su nuca. Cómoda, sí, pero sin perder el estilo. «No vaya a ser…»

Justo en ese momento, la trampilla se abre y Mar asoma por la pasarela, haciendo que a Jimena se le congele la respiración.

La bióloga va con unos pantalones cortos azul marino que dejan ver unas piernas infinitas, una camiseta blanca de algodón y unas botas náuticas desgastadas por mil batallas. Menudo cuadro que forman las dos.

Su pelo castaño, todavía húmedo de la ducha, va recogido en una trenza, deshecha por los lados.

Cero maquillaje, cero artificios. No le hace falta ninguna de esas tonterías de ciudad; el sol gallego ya se encarga de dorarle la piel y darle un magnetismo difícil de ignorar.

De hecho, Jimena intenta desviar la vista hacia una gaviota cualquiera, pero es tarde.

—Buenos días —saluda Mar, apoyando una mano en la cadera.

—Buenos días —devuelve Jimena.

La tregua dura lo que tarda una ola en romper.

Los ojos de Mar recorren el cuerpo de la arquitecta de arriba abajo con una lentitud descarada, casi pecaminosa, recreándose en las zapatillas inmaculadas, el pantalón cargo y la coleta que menea el viento.

Al terminar el escáner, curva los labios en una sonrisa irónica.

—Vaya, veo que has dejado los zapatos de aguja en el hostal. Eso ya es un milagro —la vacila Mar, cruzándose de brazos.

—No deberías juzgar tanto el envoltorio. Que use ropa bonita no significa que no sepa adaptarme al terreno —replica Jimena, dando un paso hacia el borde del muelle con aire desafiante.

Mar inclina la cabeza, divirtiéndose de lo lindo con la rabieta, sin romper el contacto visual ni un segundo.

—¿Lo dices por ti? —pregunta con un tono peligrosamente sugerente.

La arquitecta da un paso más, notando cómo el corazón le va a mil por hora y no precisamente por los dos cafés que se ha tomado antes de subirse al coche.

—Lo digo porque llevas mirándome como si fuera un extraterrestre desde la primera reunión. Siempre con esa superioridad de sabelotodo —le espeta Jimena, clavándole las pupilas.

Mar se queda callada un instante, sopesando la réplica.

—Vale, te lo compro. Reconozco que la diplomacia no es mi fuerte y que a veces soy una borde —admite con una media sonrisa—.

Mira tú por dónde, me alegra que tengas algo de cabeza —concede Mar.

Antes de que la arquitecta pueda asimilar el cambio de tono, la capitana señala la pasarela con un golpe de cabeza—.

Venga, cuanto antes salgamos de la dársena, más calmada estará la mar. Mi hermano ya está preparándolo todo.

El barco experimenta un vaivén de apenas unos centímetros al recibir el peso, pero es suficiente para que el equilibrio de Jimena peligre.

Su cuerpo se balancea y Mar, previsora, se queda quieta esperándola al final de la pasarela con una sonrisa socarrona.

Debería haberle dado unas botas. Pero entonces, Jimena se recompone como puede, pisa la cubierta e intenta poner cara de que hace esto todos los domingos.

La cubierta resulta ser mucho más estrecha y compacta de lo que parecía desde el coche.

—¿Es tu primera vez a bordo de un bicho de estos? —pregunta Mar, metiéndose en la cabina para toquetear unos mandos del panel.

—¿En un barco? —pregunta Jimena, siguiéndola con la mirada.

—En un barco de verdad, de los que faenan —precisa la capitana.

Jimena suspira, dándose por vencida ante la evidencia.

—Sí, se nota, ¿verdad?

—Un rato —confirma Mar, conteniendo una carcajada—. Pero no te preocupes, nadie nace con el carné de marinera.

Jimena decide pasar por alto el comentario.

Roi asoma la cabeza desde la escotilla de la cabina con una mochila al hombro, rompiendo la densa burbuja que se estaba formando entre las dos.

—¡Hombre, la famosa Jimena Alarcón! Llevaba días queriendo conocerte. ¿Lista para descubrir que el mar no es tan idílico como en los folletos de las agencias de viajes? —bromea el chaval con simpatía.

—Intentaré sobrevivir y no acabar alimentando a los peces, sí —responde Jimena.

—Buena actitud —aprueba él con un pulgar arriba.

Mar fulmina a su hermano con la mirada.

Roi levanta las manos en plan «yo no he sido» y se marcha hacia la popa meneando la cabeza para dejar listo el equipo de muestreo.

Jimena se queda observando la escena, fascinada por la increíble sincronización que tienen los dos hermanos.

Se mueven por el espacio reducido sin chocar, con una coreografía muda y perfecta.

Mar comprueba la radio, enciende el GPS y le grita un par de indicaciones técnicas a Roi.

Acto seguido, se agacha y suelta las amarras.

Mar se sube al puesto de mando, gira la llave de contacto y el motor ruge con un traqueteo potente y grave que hace vibrar hasta las pestañas de Jimena.

El barco empieza a separarse despacio y, de golpe, Jimena siente que la seguridad de la tierra firme se desvanece bajo sus pies.

Por puro instinto, estira los brazos buscando desesperadamente un pasamanos donde aferrarse.

Mar la pilla de reojo sin llegar a girar el timón.

—Como te agarres con tanta fuerza, vas a llegar a la playa con unas agujetas terribles —le advierte con un deje divertido.

—¿Cómo dices? —pregunta Jimena, intentando mantener el tipo mientras el barco cabecea.

—Que dejes que las piernas se muevan con el balanceo, mujer. No le lleves la contraria al barco, acompáñalo —explica Mar, mirando al frente con una sonrisa que a Jimena le resulta insoportable y atractiva a partes iguales.

—Claro, facilísimo decirlo cuando tienes las piernas programadas para esto desde los tres años —refunfuña Jimena.

Mar suelta una risita corta.

—Oye, que mi primera vez también fue un cuadro. Todos empezamos siendo unos patos mareados —confiesa para rebajar la tensión.

El barco deja atrás el espigón del puerto y, en cuanto entran en mar abierto, el panorama cambia radicalmente.

Las olas atlánticas golpean el casco con ganas.

Jimena aprieta las muelas con fuerza, negándose por completo a que Mar note el esfuerzo titánico que está haciendo para no rodar por los suelos.

Da un paso pequeño. Luego otro. De repente, el barco pega un bandazo hacia la izquierda y su estómago le da un aviso inequívoco.

Respira hondo, una y otra vez. «Solo tengo que acostumbrarme», se repite.

Mar vigila el horizonte con la mirada fija, gobernando con una mano en el timón y la otra descansando con ligereza sobre el mando de aceleración.

—Te lo he dicho antes: no luches contra el oleaje. Suéltate.

—¡Es lo que intento con todas mis fuerzas! —protesta Jimena, agarrándose más fuerte.

—Pues lo estás haciendo de pena —la corrige Mar.

Jimena se mira a sí misma y constata que tiene razón. Flexiona un pelín las rodillas siguiendo las instrucciones de la capitana.

—¿Así está mejor, su señoría? —pregunta Jimena.

—Un poco. Y mira siempre al frente, al horizonte. Como te quedes mirando el agua que rompe contra la proa, estás perdida —aconseja Mar.

Jimena levanta la cabeza y el aire del mar, limpio y fresco, le azota la cara con fuerza.

Durante un par de minutos, el truco parece funcionar y se siente la reina del muelle.

Pero la alegría dura poco. Jimena comete el tremendo error de cerrar los ojos durante un segundo y, cuando los abre, su equilibrio se ha ido de vacaciones.

«Ay madre». El barco escora con ganas hacia babor, su zapatilla nueva resbala en la cubierta húmeda y todo se vuelve borroso. Lo único que escucha, es un grito.

—¡Jimena!