Marea indómita Capítulo 4 #2
18%

Capítulo 4 #2

Mar aprieta los labios, sintiendo cómo le escuece al orgullo.

La arquitecta pija acaba de cambiar las reglas del juego en su propia cara, y lo peor es que lo ha hecho rematadamente bien.

Las modificaciones son una maldita genialidad arquitectónica.

No es un lavado de cara político; es el trabajo de alguien que se ha dejado la piel para salvar la costa sin tirar por tierra su proyecto.

El alcalde, viendo el cielo abierto, se frota las manos con una sonrisa de oreja a oreja.

—Bueno, ¡eso es un avance! ¿No, Mar? ¿Podemos firmar la paz?

Mar niega con la cabeza, clavando sus dedos en el mapa.

—Es una mejora cojonuda, alcalde, no voy a ser hipócrita. Pero el problema de fondo sigue estando aquí —habla, plantando el dedo en una curva específica de la costa.

Jimena se inclina tanto sobre la mesa para ver el punto exacto que Mar no puede evitar clavar los ojos en su escote.

—Vas a tener que explicarme bien qué ves tú ahí —le pide Jimena. Se yergue y cruza de brazos.

Mar contiene el aliento un segundo. Le gusta cómo suena esa petición.

—Mira… la ría funciona como un organismo, Jimena —comienza Mar, y es la primera vez que usa su nombre, provocando que a la arquitecta se le ponga la piel de gallina—.

No puedes meterle un tajo en una parte sin que el resto se desangre.

Aquí hay una lengua de arena que se desplaza con cada temporal de invierno.

Es un equilibrio natural. Si me metes un canal permanente para barcos grandes, cambiarás la velocidad del agua y romperás ese ciclo.

—El canal tendrá un dragado mínimo y muy controlado, te lo aseguro —rebate Jimena, girando la cabeza para mirarla de perfil.

—Sigue siendo meterle mano a la naturaleza —replica Mar, quedando cara a cara con ella.

—Es necesario para que el puerto sea sostenible y genere empleo. Estamos en otros tiempos, las cosas cambian —insiste la arquitecta, clavando los ojos en su boca sin darse cuenta.

Mar esboza una sonrisa perezosa.

—Ahí está el puto problema de siempre.

—¿Cuál? —susurra Jimena, completamente hipnotizada.

—Que tú juegas con presupuestos, y yo juego con un mar que no acepta vuestros sobornos económicos.

—Madre mía… no salimos vivos de aquí —murmura Hugo en voz baja.

Las miradas de las dos mujeres lo fulminan.

Es Carme quien da una palmada al aire y se echa hacia atrás en la silla, rompiendo el hechizo.

—Pues qué queréis que os diga, las dos tenéis razón —suelta la jefa de obra.

Jimena se gira hacia ella, parpadeando como si despertara de un sueño.

—¿Te estás poniendo de su parte? —exclama, dolida en su orgullo.

La jefa de obra se ríe con ganas, mostrando sus dientes blancos.

—A mí no me mires así, Jimena. Llevo veinte años levantando muros en esta costa y allá por donde vamos y he visto auténticas burradas bendecidas por los políticos.

También he visto proyectos cojonudos que se fueron a la mierda por no escuchar a los que pisan mar a diario.

Tu nuevo diseño es una pasada, te lo reconozco —le asegura con los brazos cruzados—, pero lo que dice Mar es cierto: a esta ría hay que tenerle un respeto que no viene en ningún manual.

Y creo que incluso podrías mejorar más ese diseño.

Jimena mira a Carme y alejada de la frialdad habitual, Mar se da cuenta de que se está topando con una mujer que intenta dar lo mejor de sí misma.

—Jamás he querido faltarle al respeto a esta tierra —confiesa Jimena en un susurro—. Precisamente por eso me he dejado horas de sueño cambiando los planos estas semanas… y creo que…

—Se nota el curro, nena —admite Carme—. Pero tenemos que rematar la faena juntas si no queréis que esto acabe mal. Los permisos están dados. El resort se va a hacer, pero también podemos hacerlo respetando todo el entorno al cien por cien.

Hugo, oliendo que el ambiente puede empeorar, interviene con una sonrisa.

—A ver, ¿y si revisamos esos puntos críticos que dice Mar directamente sobre el mapa?

Mar niega con la cabeza, recogiendo sus carpetas.

—Así no conseguiréis nada. Hay que pisar el barro.

Jimena se endereza en la silla, clavándole una mirada desafiante a la bióloga.

—Yo estoy dispuesta. Podemos ir cuando quieras.

Mar la mira fijamente, sorprendida por su rapidez.

—¿De verdad vas a querer mancharte esos zapatos caros? —se burla Mar.

—Totalmente —confirma Jimena, cruzándose de brazos.

—¿Aunque eso signifique jugar con los plazos?

Jimena duda una fracción de segundo. Una mínima pausa donde visualiza la cara de ogro de su madre echándole la bronca por teléfono, pero enseguida, descarta esa imagen de un plumazo.

—Siempre que me demuestres que ese retraso está justificado… sí —responde la arquitecta.

—Hecho. Te lo voy a demostrar —asegura Mar, sintiendo un cosquilleo en el pecho. No solo por defender la ría, sino por la perspectiva de pasar una mañana a solas con la señorita arquitecta.

—Perfecto. ¿Cuándo vamos? —pregunta Jimena.

—Te espero dentro de tres días, a primera hora.

El alcalde da un puñetazo alegre en la mesa, levantándose de la silla.

—¡Pues ya tenemos fumata blanca!

Mar y Jimena se giran hacia él al unísono, respondiendo a la vez:

—¡Eso no significa que estemos de acuerdo en todo!

El alcalde parece temblar y se acaricia tres veces el bigote espeso.

—Bueno, pues si hay voluntad de entendimiento, levantamos la sesión.

Mar cierra sus carpetas.

—Hay voluntad de demostrar que este proyecto sigue siendo un peligro, alcalde —zanja con honestidad.

Jimena recoge sus planos con la misma elegancia con la que los sacó

—Y también hay voluntad de demostrarte que se puede construir con cabeza sin que signifique que somos el enemigo público número uno.

El alcalde suspira, Carme se levanta estirando las piernas y Hugo va detrás.

Mientras Mar camina por el pasillo del ayuntamiento, escuchando el eco de los tacones de Jimena unos pasos por delante, siente un runrún en el pecho que la inquieta.

Sabe que la mujer que tiene enfrente es mucho más lista, mucho más humana y mil veces más difícil de odiar.

Y no está segura de que pasar un buen rato a solas en su barco…

sea la mejor opción para mantener la cordura.