Marea indómita Capítulo 4
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Capítulo 4

El ventilador de techo gira con una lentitud desesperante en el despacho del alcalde, haciendo un ruido rítmico, un clac-clac-clac que solo sirve para remover el aire sofocante de la estancia.

Mar Sotomayor está de pie junto a la mesa de reuniones, con las gafas de sol todavía puestas.

Bajo el brazo, lleva la carpeta azul repleta de informes y deja otra en la silla más próxima.

Se ha pasado media noche en vela repasando cada detalle, jurando entre dientes que, si el ayuntamiento necesita razones para frenar la aberración del resort ecológico, ella se las va a dar.

Con todo el apoyo de la cofradía de pescadores.

Por la memoria de su abuela.

El alcalde carraspea, rompiendo el tenso silencio mientras consulta su reloj de pulsera por cuarta vez en dos minutos.

—A ver, Mar, por favor… Todos esperamos poder resolver esto de manera civilizada, hablando como personas razonables —comenta él, alzando las manos en un gesto que pretende ser conciliador.

Mar por fin se quita las gafas de sol y se las pone de diadema, clavándole al hombre una mirada gris que promete tormenta.

—La única manera de resolverlo sería mandar a esa empresa constructora a la capital, con un lacito rojo como agradecimiento y detener el proyecto de inmediato —responde ella, plantando las palmas de las manos sobre la mesa.

El hombre fuerza una mueca diplomática.

—Bueno, bueno, tampoco nos pongamos drásticos. Quizá podamos encontrar un punto intermedio que satisfaga a todas las partes, ¿no crees?

¿Se lo está diciendo en serio? Mar lo mira, incrédula.

Efectivamente, sí se lo está diciendo en serio.

—Hay rincones de esta costa donde esos puntos intermedios pueden llamarse desastre ecológico. Por muy bien que se hayan hecho las mediciones —replica Mar, cruzándose de brazos—. Usted mejor que nadie debería de saber del comportamiento del mar.

El alcalde no responde. Conoce a Mar desde que correteaba descalza por el muelle y sabe de sobra que cuando se le mete algo en la cabeza, es muy difícil sacarla de ahí.

El gen Sotomayor.

De pronto, la puerta se abre y Jimena entra como un torbellino de elegancia, pisando fuerte con sus tacones sobre el suelo antiguo.

La acompañan Hugo, que camina un paso por detrás, y Carme, la jefa de obra; una mujer de hombros anchos, pelirroja —y guapísima—, que lleva el casco bajo el brazo y las botas de seguridad rebozadas en polvo.

—Buenos días a todos —saluda Jimena.

Mar se limita a inclinar la cabeza, sosteniéndole la mirada.

Pero en esa milésima de segundo, el corazón le tamborilea.

La arquitecta ha desterrado la americana del día anterior y hoy viste un pantalón recto color crema y una blusa azul claro remangada de manera informal hasta los antebrazos.

El calor de la habitación la obliga a desabrocharse el primer botón del cuello, y Mar se queda observando ese mismo punto.

«Concéntrate o irás mal», se regaña Mar internamente, desviando los ojos hacia sus carpetas antes de que Jimena Alarcón la pille devorándola con la mirada.

Jimena, por su parte, experimenta el mismo cortocircuito. No contaba con llegar a esa sala y la camiseta blanca ceñida de Mar, atrajese su primera mirada. «Es la enemiga número. Y tienes que ganártela sí, pero no de esa manera».

La mujer carraspea y aparta la vista.

—Gracias por venir con tan poca antelación —interviene el alcalde.

La mesa es demasiado pequeña para albergar el ego y la documentación de las dos mujeres.

Mar planta sus carpetas en el centro, alineándolas como si levantara una barricada en plena guerra.

Jimena no se queda atrás: saca un tubo portaplanos, enciende el ordenador portátil y despliega varias láminas impresas, invadiendo el espacio contrario.

Hugo carraspea incómodo en su asiento, mientras el alcalde decide meter baza antes de que salten chispas.

—El motivo de esta reunión es evidente para todos. El pueblo empieza a dividirse en dos bandos y no quiero tener una guerra vecinal en mitad de la temporada turística —anuncia, paseando los ojos de una a otra.

Mar da un golpecito con el bolígrafo sobre su carpeta azul, levantando la barbilla.

—La guerra empezó el día en que firmó este proyecto sin mirar el impacto medioambiental sobre la ría, alcalde. No nos venga ahora con la diplomacia cuando lo que van a hacer es cargarse el sustento de la zona.

Jimena aprieta los labios, sintiendo la provocación.

—Este proyecto lleva meses cociéndose. Y como verás, ha superado todas las evaluaciones ambientales exigidas por la ley vigente. Aquí no estamos jugando a los barquitos ni improvisando sobre una servilleta de cualquier bar de la zona —espeta la arquitecta.

La frialdad de Jimena, pone los pelos de punta de Hugo.

—Las mínimas exigidas por vuestros contactos en los ministerios, querrás decir —ataca Mar, entornando los ojos.

—Las legales y obligatorias —insiste Jimena, sosteniéndole el envite con las pupilas encendidas. No piensa dar un paso atrás.

—A veces, las leyes no se enteran de cómo respira el Cantábrico, preciosa —suelta Mar con una tranquilidad pasmosa que deja al alcalde boquiabierto.

Hugo mira al techo implorando «tierra trágame» y Carme se cruza de brazos, conteniendo una sonrisa ante el espectáculo que están dando las dos.

Mar abre la primera carpeta y saca un fajo de folios llenos de gráficos y tablas. Lo desliza por la mesa, haciéndolo parar justo frente a los dedos de Jimena.

—Este es el estudio hidrodinámico que hizo la Universidad de Santiago sobre las corrientes de la ría.

Deberías sabértelo de memoria antes de clavar un solo poste aquí —desafía Mar, señalando una fotografía aérea con el dedo—.

Si tocáis este punto exacto, la vais a liar.

Joderéis la vida de miles de familias, y dudo mucho que queráis eso.

Aunque claro, podría esperar cualquier cosa.

Jimena baja la vista hacia los datos.

—¿Crees que no somos profesionales? Analicé ese informe y muchos más antes de empezar con el proyecto —responde Jimena—. Y nuestro proyecto no va a cambiar el espigón principal de la ensenada.

—Tú lo has dicho, no tocará el principal —replica Mar con una risa corta e irónica que eriza la piel a la arquitecta—. Pero ampliará la plataforma flotante para los yates de tus amigos ricos y meterá un canal de acceso nuevo que trastocará todo el ambiente.

—Un canal de dimensiones ridículamente reducidas —matiza Jimena.

—Suficientes para joder las corrientes de retorno durante las mareas vivas —insiste Mar, clavándole los ojos con una intensidad tan brutal que Jimena siente un vuelco en el estómago.

—No hay ninguna simulación digital que confirme ese impacto. ¿O es que tú tienes el poder de probarlo? —se defiende la arquitecta, aguantando la respiración unos segundos.

Al final, la manda a la mierda.

Mar abre la otra carpeta.

—¿Segura que no? Mira esto —suelta, sacando otro informe—. Modelización numérica del transporte sedimentario del Instituto Oceanográfico. Los números cantan por sí solos.

Hugo vocaliza un «ufff» y Carme estira el cuello para leer el documento, mientras Jimena se queda rígida, asimilando el golpe.

Mar continúa, deslizando la yema del dedo lentamente por el mapa, trazando la línea de la costa en un recorrido que Jimena sigue con la mirada, hipnotizada por el movimiento.

—Si me aumentáis la velocidad de entrada del agua en este punto, la arena dejará de depositarse en esta zona —explica Mar—. Y se empezará a acumular de forma salvaje en esta ensenada.

El alcalde mira el plano como quien mira un jeroglífico egipcio, pero Carme da un pisotón en el suelo con sus botas.

—Mierda, eso podría ahogar el banco de marisqueo de la cofradía —suelta la jefa de obra—. Tiene razón.

Mar chasquea los dedos, dedicándole una mirada triunfal a Jimena.

—Premio para la señora. Los mariscadores van a saltar y con toda la razón del mundo si les destrozáis su modo de vida.

Jimena clava las palmas en la mesa, irguiéndose con una sonrisa misteriosa y un destello en los ojos que a Mar la pilla totalmente desprevenida.

—Eso pasaría… si el proyecto siguiera siendo el diseño original —suelta Jimena.

Mar frunce el ceño y echa un vistazo a todos los presentes en la sala. Como nadie le da respuesta, exige directamente a Jimena.

—Habla claro.

Jimena coge el tubo, recreándose en el suspense. Lo abre, saca tres láminas de gran formato y las despliega sobre la mesa de un tirón, tapando por completo los informes de Mar.

—Significa que el proyecto ya no es el que por lo visto has estudiado con tanto recelo —anuncia Jimena, inclinándose sobre los nuevos renders—. Échales un vistazo tú misma.

Al mirar los planos, a Mar se le corta la respiración: en el nuevo diseño, la zona deportiva se ha reducido más de un treinta por ciento, el edificio del hotel de lujo se ha retranqueado hacia el interior, las cubiertas vegetales se han multiplicado y el sistema de drenaje ha sido rediseñado desde cero con una complejidad ecológica brutal.

Mar siente una mezcla salvaje de alivio y rabia porque todo el arsenal de argumentos que traía preparado para machacar a esa pija de ciudad, se acaba de ir a la mierda.

—¿Cuándo narices has hecho esto? —le pregunta.

—Durante las últimas semanas. Robándole horas al sueño y metida en mi despacho. Por mucho dinero que haya en juego, también soy capaz de respetar el modo de vida de las personas —sentencia Jimena. Al esbozar una sonrisa, se guarda un mechón rebelde tras la oreja.

—¿Y por qué no se ha presentado el nuevo diseño en el registro público?

—Porque quería que la revisión técnica fuera impecable antes de enseñárselo a nadie… y especialmente, a la cofradía de pescadores.

«Vaya, si tiene corazón».