Capítulo 3 #2
—Las dos cosas son perfectamente compatibles y necesarias para el intelecto —replica él, limpiándose las manos con una servilleta y acercándose al ventanal, silbando con admiración—. Vaya vistas nos han adjudicado, por cierto. Menudo lujo.
—Preferiría tener una pared de pladur, sinceramente. El oleaje me distrae —admite Jimena, rodeando el escritorio para sentarse frente a la comida que Hugo ha desplegado.
—Pues yo me jubilaría aquí mismo con un bloc de notas y una caña de pescar —replica su mejor amigo, dejándose caer en la silla sin el menor protocolo y ofreciéndole un tenedor de plástico—. Venga, prueba esto. Seguro que te cambie el humor.
Jimena niega con la cabeza, aunque el olor de la comida le despierta un rugido en el estómago.
—Luego como algo, ahora mismo no tengo mucha hambre —murmura, jugueteando con el tenedor sin llegar a pinchar nada.
Hugo la estudia durante unos segundos con la mirada de quien comparte oficina, cafés y horas de entrega desde hace siete años. Sabe perfectamente cuándo le ocurre algo más.
—A mí no me des el cambiazo. ¿Qué te pasa? —pregunta directamente, atacando un trozo de empanada.
—Nada que deba preocuparte, cosas del arranque de la obra —responde ella, desviando los ojos hacia los planos para evitar su escrutinio.
—Ya… Y por eso estás firmando un agujero en el papel con el bolígrafo. Desembucha —insiste él, masticando con deleite.
Jimena suspira, dándose por vencida. Con Hugo es imposible mantener las distancias.
—Nada, que he tenido un pequeño encontronazo con una tal Mar Sotomayor.
Hugo deja el tenedor suspendido a mitad de camino y la mira con los ojos abiertos de par en par.
—¿Mar Sotomayor? —repite, como si no terminara de creérselo.
—Sí, esa misma. Una mujer con muy mala educación, por cierto. ¿La conoces o qué? —pregunta Jimena, frunciendo el ceño al notar la reacción de su amigo.
—Vaya por Dios… —exclama Hugo, apoyando los codos sobre la mesa y soltando una risa que a Jimena no le hace ninguna gracia—.
Madre mía. Significa que acabas de chocar de frente contra el iceberg del Titanic local en tu primera hora.
Has elegido a la peor enemiga posible para empezar la obra con buen pie.
Jimena se cruza de brazos con más fuerza, ofendida por el comentario.
—Explícate mejor, Hugo, porque no le veo la gracia. Es una simple marinera insolente que ha obstaculizaba la zona de descarga.
—No es una simple marinera. Todo lo contrario.
Es la protegida de la ría y aquí la gente la adora y la respeta como si fuera una santa —aclara Hugo, adoptando un tono más serio—.
He estado hablando con Carme. Mar Sotomayor es mucho más que una capitana o una bióloga marina común.
Lidera proyectos científicos de la Xunta, lleva años peleando con uñas y dientes para proteger el ecosistema de la ría y, cuando esa mujer abre la boca en una reunión del pueblo, el alcalde se la envaina y los vecinos van detrás.
Tiene un prestigio social impecable. Si ella dice que tu proyecto es malo, el pueblo entero va a responder.
Jimena siente cómo un nudo frío empieza a formarse en su estómago, aunque se niega a demostrar debilidad.
—Eso no cambia absolutamente nada de cara a la legalidad del proyecto. Tenemos todos los visados y los permisos municipales en regla. La ley nos ampara —afirma la mujer.
—Yo creo que sí cambia las cosas, y mucho —replica Hugo—.
Los permisos son muy bonitos en un despacho del paseo de la Castellana, Jimena.
Pero aquí abajo, en el barro, las relaciones personales y el respeto de los vecinos pesan tanto o más que los documentos.
Si esa mujer se te cruza y decide boicotear el proyecto con informes medioambientales, te aseguro que los camiones no van a poder ni entrar al muelle.
Jimena desvía la mirada hacia los planos extendidos, sintiendo el peso de las palabras de su compañero. Hugo rara vez dramatiza las situaciones laborales; si se pone así de serio, es porque el terreno es pantanoso de verdad.
—Si pretendes sacar adelante este resort enfrentándote a ella y yendo de sobrada desde el primer día, te auguro un verano infernal —añade Hugo con total sinceridad, dándole un sorbo a su refresco.
Ella clava los ojos en los renders, sintiendo que la seguridad con la que bajó del coche hace unas horas se resquebraja por momentos.
—Infernal… Ya lo está siendo y apenas llevo unas horas pisando este suelo —murmura en voz baja—.
Naufragar no es una opción para nosotros.
Si este proyecto se cae por problemas locales, mi madre me corta la cabeza y la firma se irá detrás —dice Jimena, intentando convencerse a sí misma de que puede con la capitana.
Hugo sonríe con cierta ternura, estirando el brazo para darle una palmadita afectuosa en la mano.
—Ojalá tengas razón y tus planos lo aguanten todo.
Pero si yo fuera tú, en vez de ir a la guerra, intentaría ganármela de alguna manera.
Usa tu encanto, habla con ella de mujer a mujer, escúchala…
Este pueblo no funciona con los ritmos y las órdenes habituales.
Aquí hay que saber escuchar el mar, como dicen ellos.
La puerta se cierra tras Hugo después de compartir la comida durante unos minutos, y el despacho provisional vuelve a quedar sumido en el silencio.
Jimena se queda quieta durante varios segundos, sentada frente a los planos, reflexionando sobre las advertencias de su amigo.
Después, apoya ambas manos sobre la mesa con fuerza.
«Ganármela». La mera idea le produce una mezcla muy incómoda.
Detesta con todas sus fuerzas necesitar la aprobación de nadie para hacer su trabajo y, sin embargo, sabe que Hugo tiene toda la razón.
Ese rincón de Galicia no se gobierna con correos electrónicos ni con llamadas. Allí las personas importan.
Cierra los ojos un instante, sacudiendo la cabeza, profundamente irritada consigo misma y con sus traicioneras reacciones físicas. Es absurdo. Una completa desconocida. Una mujer con ropa de faena, despeinada y que es una insolente, ha desestabilizado en cinco minutos todos sus planes.
Jimena abre los ojos de nuevo. Si quiere acabar la obra con el éxito que su madre le exige, tendrá que dejar de pensar en los labios y en los brazos fuertes de Mar Sotomayor.
Y, sobre todo, tendrá que encontrar la manera de acercarse a ella y ganársela, aunque eso suponga tragarse una buena dosis de su orgullo y diseñar una estrategia de aproximación completamente diferente.
—Pues si hay que ganársela… eso es lo que haré.