Capítulo 3
—Bienvenida al paraíso, Alarcón —murmura para sí misma, mientras se pone de nuevo las gafas de sol y se encamina hacia el muelle.
El viento empieza a molestarle. Aunque ha revisado decenas de fotografías, planos topográficos y recreaciones digitales de la dichosa costa durante los últimos meses, ningún informe consigue transmitir la sensación real de encontrarse allí, en medio de ese entorno, y eso le da la continua sensación de que le falta por descubrir algo.
Jimena Alarcón inspira despacio, arrugando sutilmente la nariz.
El pelo, perfectamente alisado antes de salir del hostal, empieza a rebelarse en un acto de anarquía; un mechón castaño oscuro se curva justo junto a su sien con obstinación.
Jimena suelta un bufido imperceptible y se recoloca el pelo detrás de la oreja.
Odia, con todas sus fuerzas, perder el control de cualquier detalle. Por mínimo que sea.
Su agenda para el primer día estaba medida al milímetro, pero claro, debía aparecer una arrogante que le jodiera las expectativas.
Todavía puede ver en su cabeza a la descarada de Mar Sotomayor.
Cierra los ojos un segundo y la escena se proyecta junto a unos brazos fuertes y bronceados, la postura relajada de quien se sabe dueña del terreno, y esa media sonrisa que parecía gritarle que iba a perder la conversación antes incluso de abrir la boca.
«¿Con quién crees que está hablando?», repite mentalmente la voz ronca y sensual de la capitana, y el recuerdo le provoca un escalofrío.
Jimena abre los ojos de golpe y muerde su labio inferior.
No soporta que cuestionen su autoridad delante de todo su equipo, muchísimo menos el primer día, y tres veces menos una lugareña insolente que ni siquiera debe estar en la obra.
La oficina provisional ocupa un antiguo almacén rehabilitado junto al puerto.
Todavía huele a pintura fresca, resina y a madera recién cortada; un aroma limpio que choca de frente con el salitre del exterior.
Los ventanales amplios y limpios permiten ver las aguas casi desde cualquier punto de la estancia, un detalle arquitectónico que cualquier otra persona encontraría inspirador, poético y relajante.
Sin embargo, Jimena lo considera una distracción.
Deja el maletín sobre el escritorio, enciende el ordenador portátil y extiende los planos sobre la mesa.
Respira hondo, acomodándose la americana.
Necesita centrarse en los números y en el hormigón.
Abre la documentación técnica del proyecto y el render general brilla en la pantalla: zona para el resort ecológico de lujo, accesos mejorados, cubiertas vegetales integradas y sistemas avanzados de sostenibilidad.
Empieza a revisar las anotaciones con el bolígrafo suspendido en el aire.
Pero pasan cinco minutos… y no ha leído ni una sola línea.
El cursor parpadea en la pantalla de forma burlona mientras su mente insiste en reconstruir los detalles de una escena que preferiría extirpar de su memoria.
La sonrisa perezosa y provocadora de Mar…
Dios, la forma en que dio un paso hacia delante reduciendo la distancia entre sus cuerpos hasta obligarla a olerla.
Jimena suelta un resoplido de frustración, deja caer el bolígrafo y se pasa las manos por la cara.
—Concéntrate de una maldita vez, Jimena —se ordena a sí misma en voz alta.
¿Qué demonios le está pasando? Ella no es así. Nunca.
Ha soportado comentarios machistas de dinosaurios del sector sin pestañear. Ha tenido enfrente a personas infinitamente más peligrosas que una capitana de pueblo. Y, sin embargo, no consigue quitarse de encima la punzada eléctrica que sintió cuando Mar Sotomayor invadió su espacio personal.
Recuerda su piel intensamente bronceada, los antebrazos fuertes con esa fina cicatriz que le daba un aire peligrosamente atractivo, y la forma en que sus bíceps se marcaban de forma natural, fruto del trabajo, no de las posturitas de un gimnasio pijo de Madrid.
Jimena se lleva los dedos a las sienes, dándose un masaje mientras suelta un suspiro. Ridículo. Está siendo patética. No conoce a esa mujer y, objetivamente, es el principal obstáculo para sacar adelante la obra más importante de su carrera. Fin de la historia.
Su teléfono móvil vibra y la pantalla se ilumina. Jimena cierra los ojos un segundo, traga saliva para aclarar la voz y desliza el dedo por la pantalla.
—Hola, mamá —saluda.
—Esperaba tu llamada hace exactamente veinte minutos, Jimena —dispara Victoria al otro lado de la línea, con ese tono gélido que siempre arrastra una sutil amenaza de decepción.
Jimena consulta el reloj de pulsera con rapidez. «Mierda, es verdad». Se le ha ido el santo al cielo pensando en los ojos de la capitana.
—Lo siento, he tenido un pequeño contratiempo al coordinar la descarga —explica.
—¿La contrata otra vez? —pregunta su madre con una preocupación.
—No exactamente. Un… malentendido con una persona de la zona —admite Jimena, poniéndose rígida en la silla de oficina.
Victoria deja escapar un suspiro largo y pesado a través del auricular. Los silencios de su madre son capaces de bajar la temperatura de una habitación al segundo.
—Jimena, este proyecto moverá millones y la junta estará pendiente de cada paso que des. No puedes permitirte perder el tiempo con minucias ni distracciones absurdas. Hay que empezar a construir en el plazo acordado —le recuerda su madre.
—Lo sé perfectamente. No es necesario que me lo recuerdes —responde ella, apretando el aparato contra su oreja.
—¿Está todo bajo control o tengo que enviar a alguien de la oficina central? —insiste Victoria, hurgando en la herida.
Jimena tarda un segundo más de la cuenta en responder.
—No hace falta —afirma su hija.
—¿Has hablado ya con el alcalde para la firma del acta de replanteo?
—Esta tarde tengo la reunión fijada en el ayuntamiento —contesta Jimena, cogiendo un bolígrafo y haciendo un círculo violento sobre la fecha en el calendario de mesa.
—Perfecto. ¿Y con la cofradía de pescadores? Ya sabes que esos sectores suelen ser… conflictivos si no se les ata en corto —apunta Victoria.
Jimena aprieta el bolígrafo entre los dedos.
—Todavía no, pero tengo agendada la reunión para mañana a primera hora. El alcalde también estará presente —explica, intentando mantener la calma. Odia que su madre quiera guiar cada uno de sus pasos.
—Hazlo cuanto antes y no dejes cabos sueltos. No necesitamos protestas ni retrasos por culpa de cuatro marineros nostálgicos. Ya sabes cómo es la gente en los pueblos pequeños: desconfiada e ignorante ante el progreso —advierte su madre con desprecio.
«Demasiado tarde para evitar el primer choque de trenes», piensa Jimena, visualizando los ojos desafiantes de Mar.
—Tranquila, mamá. Conozco el protocolo y no voy a improvisar —asegura.
—Nunca —repite Victoria, soltando el viejo mantra familiar—. Nunca improvises. Nunca falles. Nunca des motivos para que duden de tu capacidad.
Su madre continúa hablando, pero Jimena desconecta el cerebro casi por completo. Porque, de repente, la imagen de Mar vuelve a cruzarse en sus pensamientos de forma obscena. La mujer está de pie frente a ella, mirándola de arriba abajo con esos ojos del color de la tormenta que parecían desnudarla.
—¿Me estás escuchando, Jimena? —la voz cortante de su madre la devuelve a la realidad de un plumazo.
—Claro que sí —responde ella, parpadeando y enderezándose en el asiento.
—¿Ah, sí? ¿Qué acabo de decir sobre el estado de cuentas? —insiste Victoria.
Jimena cierra los ojos un instante, maldiciendo internamente a Mar Sotomayor por sabotearle hasta la llamada familiar.
—Que… quieres el informe financiero definitivo sobre la mesa antes del viernes —aventura Jimena, cruzando los dedos bajo el escritorio.
Un silencio glacial se extiende al otro lado de la línea.
—Antes del jueves por la tarde, Jimena —corrige su madre con sequedad.
—Lo tendrás sin falta, cuenta con ello —promete Jimena.
—Eso espero. No me decepciones, el apellido de la empresa se lo juega todo en ese proyecto —concluye Victoria antes de colgar sin despedirse.
La llamada termina y Jimena deja el teléfono sobre la mesa.
Da igual los años que cumpla o los másteres que acumule en el extranjero; cada conversación con Victoria Alarcón consigue exactamente el mismo efecto: clavarle una losa en el pecho y dejarle la desagradable sensación de que nunca es suficiente, de que siempre camina al borde del suspenso.
Se levanta, decidida a servirse un vaso de agua fría para despejar la mente y quitarse de encima el fantasma de su madre, pero no llega a dar dos pasos cuando alguien golpea la puerta.
—¿Se puede interrumpir o me arriesgo a recibir un portazo en las narices? —pregunta una voz guasona y sumamente familiar.
Jimena gira la cabeza. Hugo asoma el cuerpo por el marco de la puerta, sosteniendo dos bolsas de papel y luciendo una sonrisa enorme que parece iluminar el despacho.
—Traigo contrabando. Pensé que necesitarías un rescate alimenticio después de todo el barullo de la mañana —anuncia, entrando con paso desgarbado y dejando las bolsas sobre la mesa sin esperar a que le den permiso—. Esto de tener que estar presentes en la descarga de materiales, es agotador.
Jimena arquea una ceja, cruzándose de brazos y apoyándose en el borde de su escritorio, dejando que una pequeña sonrisa rompa su fachada de hielo.
—¿Qué has comprado? Porque huele que alimenta.
—No tengo la más mínima idea de cómo se pronuncia la mitad de los nombres que venían en la pizarra de la taberna, pero ya te digo yo que huele a gloria —responde él, sacando varios envases de aluminio—.
Tenemos empanada, pulpo a la gallega y una montaña de carne con especias que la hostelera ha llamado zorza. Una delicia.
Jimena se permite reír por primera vez en toda la mañana, relajando los hombros y perdiendo la rigidez.
—¿Tú has venido aquí a trabajar o a hacer una ruta de turismo gastronómico por la costa? —comenta con tono guasón.