Capítulo 2
El trayecto hasta el puerto deportivo apenas dura unos minutos, pero a ella se le hace eterno bajo el sol que cae con intensidad impropia de la Costa da Morte.
Las fachadas blancas reflejan la luz con tanta fuerza que obliga a entrecerrar los ojos, y hasta la brisa parece haberse tomado un descanso.
Solo el olor del mar permanece inalterable, mezclándose con el gasóleo de algunas embarcaciones y el aroma dulzón de las hortensias que asoman tras los muros de piedra.
A medida que se acerca al muelle nuevo, el paisaje cambia drásticamente.
Las embarcaciones de recreo ocupan sus amarres, con cubiertas que relucen como si jamás hubieran conocido una jornada real de trabajo.
No hay redes tendidas secándose al sol, ni cajas de pescado apiladas, ni botas de agua abandonadas junto a la escollera.
Todo parece diseñado para una puta postal turística, ajeno a la vida auténtica del puerto.
Mar Sotomayor nunca ha terminado de sentirse cómoda en ese rincón.
No porque desprecie los veleros o las embarcaciones deportivas —el mar pertenece a todos—, sino por esa sensación de artificio, de escaparate falso.
Como si ese espacio quisiera parecer cualquier otro puerto exclusivo del mundo y hubiera olvidado dónde se encuentra realmente.
Nada más doblar la esquina del edificio de capitanía, ve el movimiento intenso.
Dos camiones descargan grandes cajas de madera cuidadosamente embaladas.
Varios operarios despliegan planos sobre el capó de un todoterreno mientras otros colocan vallas provisionales.
Un hombre habla por teléfono sin dejar de señalar distintos puntos del terreno con gestos impacientes.
Han tardado menos de una mañana en llenar el lugar de ruido y actividad.
Mar se queda quieta unos segundos, observando con atención.
Quiere entender cómo se mueven, quién toma las decisiones y quién manda realmente.
Su mirada salta de una persona a otra hasta detenerse en una figura que destaca incluso de espaldas, provocándole un vuelco involuntario en el estómago.
Una mujer alta, con una americana color arena, rompe con toda la estética del muelle.
Lleva el pelo oscuro recogido en una coleta que deja su nuca completamente despejada.
Ni un mechón fuera de lugar. Da rabia verla tan perfecta mientras habla con uno de los encargados.
Jimena Alarcón se planta a unos metros de ella, y Mar no sabe bien por qué esperaba encontrar a otro “tipo” de persona.
Sin embargo, la mujer que tiene delante no parece superar los treinta y cinco y derrocha un atractivo que la vislumbra sin poder evitarlo.
Simplemente, transmite la sensación de estar acostumbrada a que la obedezcan sin pestañear.
—Ese material no puede quedarse aquí —dice Jimena, firme y clara—. Necesito toda la zona libre antes de las doce.
Mar la escucha desde la distancia, notando su acento, elegante y muy, muy pero que muy… sexy. Uno de los operarios señala hacia unas cajas apiladas junto al pantalán.
—Nos han dicho que pertenecen a la cofradía, señora Alarcón.
Jimena gira apenas la cabeza, recolocándose la carpeta bajo el brazo con un gesto que derrocha autoridad.
—Entonces localizad a quien pertenezcan de inmediato. No podemos permitirnos retrasos desde el primer día por falta de organización.
—No sabemos de quién son exactamente —insiste el operario, rascándose la nuca con evidente incomodidad.
Ella deja escapar un suspiro discreto, cruzándose de brazos, como quien empieza a perder la paciencia, pero está demasiado bien educada para gritar cuatro cosas a la cara.
—Pues averiguadlo. Llamad a la cofradía si hace falta —responde Jimena con autoridad.
Mar sonríe para sí misma, relamiéndose mentalmente.
«Esto va a ser mucho más divertido e interesante de lo que imaginaba».
Empieza a caminar hasta colocarse justo junto a las cajas.
Las reconoce enseguida: llevan material para el seguimiento de unas bateas experimentales.
Después, se apoya con deliberada parsimonia sobre una de ellas, cruzándose de brazos, estirando las piernas y observando a la arquitecta con una chispa de provocación en los ojos.
—Disculpe —dice Jimena, deteniéndose a menos de un metro de ella.
Mar levanta despacio la vista, recorriéndola de abajo arriba sin el menor pudor.
Las gafas de sol de montura ocultan parte de la expresión de la arquitecta, pero no consiguen restarle un ápice de esa imponente presencia.
Desde tan cerca, el perfume de Jimena la envuelve por completo antes incluso de que vuelva a hablar: es un olor limpio, sutil, con notas cítricas y un fondo amaderado terriblemente sofisticado que choca de frente con el aroma a salitre y combustible del puerto.
Mar no puede evitar pensar que esa mujer huele exactamente igual que aparenta: orden, control, y un peligro del que engancha.
—¿Es suyo este material? —le pregunta Jimena directamente, bajándose ligeramente las gafas con el dedo índice para mirarla por encima de la montura.
—Depende —responde Mar con voz perezosa, sosteniéndole la mirada con una sonrisa.
La arquitecta apenas inclina la cabeza, intrigada por la insolencia de la castaña, evaluando el descaro de la capitana.
—¿Depende de qué exactamente? Mi tiempo es oro, así que agradecería que fueras directa.
—De quién lo pregunte y con qué intención —contesta Mar, irguiéndose un poco. Sus ojos grises desafían abiertamente los de la otra mujer.
Durante un instante ninguna de las dos habla, y la tensión se vuelve casi física.
—Necesito que lo retiren cuanto antes. Estamos empezando los trabajos de replanteo y esto obstaculiza el paso de los trabajadores.
Mar baja la vista deliberadamente hacia las cajas, recreándose en el tiempo, antes de volver a clavar sus ojos en ella.
—¿Lo necesitas? —pregunta con un tono arrastrado, casi inocente, con la única intención de provocarla.
—Sí, eso es lo que he dicho. Creo haber sido bastante clara —afirma Jimena, dando un imperceptible paso hacia delante.
Si le tiene que plantar cara a esa lugareña, le plantará cara. Claro que sí.
—Qué mala suerte, entonces —replica Mar, encogiéndose de hombros—.
Porque yo necesito que se quede exactamente donde está.
Forma parte de nuestro seguimiento científico de la ría y, sinceramente, no molesta a nadie que sepa caminar en línea recta —explica Mar con una sonrisa, disfrutando de cómo los colores suben levemente a las mejillas de la arquitecta.
—¿Me está tomando el pelo? No es un capricho, es una cuestión de seguridad en el muelle.
—Llevan pasando por aquí toda la mañana sin el menor problema, de hecho, ese chico tan simpático de ahí, hasta me ha saludado —señala Mar, indicando con la cabeza a uno de los trabajadores que, al verse descubierto, se pone rojo y vuelve a mirar sus planos a toda prisa.
—Pues yo necesito que haya vía libre para coordinar la descarga de los camiones —replica Jimena, clavando los tacones en el suelo.
Mar dibuja una sonrisa todavía más amplia, mordiéndose sutilmente el labio inferior.
—¿Sabe una cosa? Por la vida no se puede ir dando órdenes como si ya fueras la dueña absoluta del puerto. Aquí las cosas no funcionan así.
—Para su información, soy diseñadora principal de un proyecto de gran envergadura e importancia para este municipio. Y también me han encargado de que vigile que todo sale bien —se defiende Jimena, irguiéndose cuan alta es.
—No. Estás en un puerto, con gente que lleva generaciones ganándose el pan aquí y que no se asusta porque alguien venga con una americana cara a apuntar con el dedo —corrige Mar, dando un paso para reducir el espacio entre ambas.
Una gaviota rompe el silencio con un graznido estridente que parece dar el pistoletazo de salida.
Jimena se quita despacio las gafas de sol, revelando unos ojos imponentes que cambian con la luz, dejando a Mar sin respiración.
Vaya. No esperaba encontrarse con esa mirada.
Durante una fracción de segundo, el bullicio del puerto desaparece.
La arquitecta sostiene su mirada con una firmeza arrolladora, nada intimidada ante el descaro de la capitana.
Mar siente una punzada inesperada en el pecho.
«¿Por ella? ¿En serio?» Se obliga a mantener el tipo y la observa con absoluto descaro, empezando por esos ojos de gata, descendiendo por la línea elegante de su cuello donde una fina cadena dorada descansa sobre la piel y desaparece de forma sugerente bajo la camisa.
Sigue el recorrido de las clavículas que asoman apenas por el escote abierto del primer botón, imaginando la suavidad de esa piel de ciudad.
Después llega a la boca: unos labios llenos, perfectamente perfilados, que mueren por un buen mordisco y que son demasiado bonitos para alguien que acaba de soltarle una orden de ese tipo.
Cuando vuelve a levantar la vista, descubre con regocijo que Jimena no se ha quedado atrás.
La está observando también, no con el descaro salvaje de Mar, sino con una atención analítica, recorriendo su figura como si estuviera evaluando terreno peligroso.
La camiseta de algodón remangada de Mar deja al descubierto unos brazos fuertes, torneados y curtidos por el sol.
La piel bronceada contrasta de forma brutal con el blanco desgastado de la prenda.
Un mechón castaño claro y rebelde cae sobre su frente por culpa de la humedad.
Tiene pequeñas motas de sal en su cuello y una fina cicatriz cruza uno de sus antebrazos.
No parece una mujer que pase demasiadas horas encerrada en un despacho; parece alguien acostumbrada a domar el viento, las olas y lo que se le ponga por delante.
Jimena aparta ese pensamiento pecaminoso casi con enfado, apretando los puños. No ha venido a Galicia para fijarse en las lugareñas, y muchísimo menos en la mujer insolente que ha decidido complicarle el primer día de trabajo.
—Necesito empezar a trabajar de verdad, así que termine con el numerito —sentencia Jimena.
La capitana da otro paso al frente, reduciendo la distancia al mínimo legal, hasta que apenas las separa un palmo.
Jimena tiene que levantar ligeramente la barbilla para sostenerle el contacto visual, negándose a retroceder.
Mar percibe su perfume con muchísima más intensidad, un olor embriagador.
Jimena, por su parte, nota el olor del mar impregnado en la piel de su contraria: una mezcla de sal, café fuerte y algo puramente animal y salvaje.
—Para ser de ciudad, tiene una forma un tanto… brusca de comportarse —apunta Mar.
—Es lo que pasa cuando me desafían a mí y a mi trabajo.
—Se nota que no sabe nada del mar —responde Mar de inmediato, y esa réplica arranca un pequeño resoplido divertido de uno de los operarios cercanos, que tiene que fingir un ataque de tos repentino cuando Jimena lo ve.
La arquitecta lo ignora por completo. En ese momento, el resto del mundo no existe; toda su atención, su rabia y su inesperada fascinación están fijas en la mujer que tiene delante.
—Voy a preguntarlo por última vez… ¿Puedes mover estas malditas cajas, por favor? —pide Jimena, remarcando la última palabra.
Mar deja escapar una risa.
—¿Con quién cree que está hablando? —Da un último paso, rompiendo cualquier barrera, susurrando casi cerca de su oído—.
Y soy Mar Sotomayor, capitana del Brétema y una de las biólogas que mandan sobre esta ría.
Así que estas cajas se quedan dónde están hasta que a mí me apetezca lo contrario.
Bienvenida a Costa da Morte, arquitecta.