Marea indómita
© inepub.com
Capítulo 1
Mar Sotomayor inspira profundamente antes de dar otro sorbo al café caliente.
Está descalza sobre la cubierta de su barco, el Brétema, sintiendo cómo la madera, todavía fresca por la humedad de la noche, empieza a calentarse bajo los primeros rayos del sol.
Le encanta esa sensación, igual que disfruta del salitre que se pega a su piel incluso antes de que este apriete de verdad.
Mientras otras personas necesitan una oficina impersonal para arrancar el día, a ella solo le hace falta esto: el balanceo del barco, el olor del mar y unos minutos de calma para ordenar sus pensamientos.
—Dios, ¿otra vez ese café? Te juro por la memoria de la abuela que, un día más de ese veneno y me muero —anuncia su hermano Roi, asomando la cabeza por la escotilla con una mueca de auténtico terror.
—Si no te deleita, al menos que te despierte —le responde Mar, sin apartar los ojos de su taza—. Además, a caballo regalado…
—¡Eres insoportable! —le suelta él a carcajada limpia.
El chico lleva una carpeta bajo el brazo, una botella de agua medio vacía en la mano y el pelo completamente revuelto por el viento.
El café termina de subir en la cafetera mientras el sol comienza a apoderarse de la ría con esa luz dorada y suave que solo se ve en la Costa da Morte.
A estas horas tempranas, el puerto todavía conserva ese silencio particular que solo conocen quienes viven pendientes de las mareas y los ritmos del mar.
El Brétema navega estas aguas desde hace décadas.
Muchos en el pueblo insisten en que le pertenece a ella, pero la realidad es más profunda.
El barco nunca ha sido realmente suyo en exclusiva.
Antes fue de su padre, Xoán Sotomayor, y antes aún, de su abuela Aurora, una mujer a la que todavía hoy recuerdan en la cofradía con un respeto que pocos logran incluso después de morir.
Aurora fue la primera mujer del puerto en capitanear su propia embarcación en una época en la que aquello parecía una completa locura.
Soportó burlas, desprecios y alguna que otra zancadilla demasiado literal para abrirse paso entre hombres que no concebían compartir el mar con una mujer al mando.
Mar esboza una sonrisa al recordar una frase que su abuela repetía hasta el cansancio: «El mar no entiende de hombres ni de mujeres. Solo respeta a quien sabe escucharlo». Su padre convirtió esa idea en una forma de vivir, y ella ha hecho lo mismo, interiorizándola en cada decisión.
Apoya la taza sobre la pequeña mesa abatible de la cubierta y revisa con atención una carpeta repleta de informes.
En breve se reunirá con Noa Castro para repasar datos sobre la evolución de varias colonias de moluscos en la ría, pero por ahora, saborea estos minutos de tranquilidad que tanto necesita.
Su trabajo nunca se ha limitado únicamente a navegar. Para muchos del pueblo es la bióloga marina de referencia, para otros la capitana del Brétema. La realidad entremezcla ambas facetas hasta hacerlas inseparables, porque Mar es también la asesora técnica de la cofradía de pescadores.
En mitad del silencio, levanta la vista hacia la línea del horizonte donde el océano se funde con el cielo en una mezcla de azules profundos.
—Me imagino que ya te habrás enterado. —Roi interrumpe sus cavilaciones.
El chico, al ver que su hermana no responde, continúa—: La arquitecta creadora del proyecto del resort ya ha llegado —explica Roi, apoyándose en la barandilla del barco con gesto preocupado—.
La he visto bajar del coche hace veinte minutos delante del hostal y, de verdad, traía un aire de «vengo a colonizaros con mis trajes planchados» que tiraba para atrás.
Después han empezado a descargar material en el puerto deportivo, según tengo entendido van a estar unas dos semanas preparando todo antes de empezar a construir. Han llegado varios camiones grandes.
Mar aprieta la mandíbula con fuerza. «Empiezan muy pronto». Esperaba tener de unos días más de margen antes de que esa gente empezara a invadir cada rincón del pueblo.
—No me puedo creer que el ayuntamiento lo haya aprobado. Es increíble cómo se dejan convencer con cuatro renders bonitos —murmura ella, sacudiendo la cabeza.
Roi deja caer la carpeta sobre la mesa.
—Dirían que los tiempos cambian… pero una mierda. Siempre dicen lo mismo y al final solo cambian las promesas —responde el chico.
Ella no puede evitar esbozar una sonrisa.
—Qué fino eres con las palabras, Roi. Siempre tan elegante.
—Me conoces demasiado bien, el protocolo no es lo mío —replica él, encogiéndose de hombros.
—Demasiado, sí —añade Mar con un suspiro, aunque en el fondo agradece esos momentos de complicidad.
Roi toma la taza de café y da un sorbo largo. Inmediatamente, saca la lengua por el asco.
—¡Por Dios! Ni café bien molido ni hostias. Sigue siendo igual de malo que siempre. Aunque no, creo que hoy te has superado. Parece limpia tuberías. ¡Qué asco!
—Pues deja de pedirme que te lo prepare si tanto te molesta, saqueador —contesta ella, arrebatándole la taza de las manos—. En fin, ¿qué sabes de todo ese rollo?
Roi se pone serio al instante, cruzándose también de brazos.
—Lo suficiente como para preocuparme. Han venido con media oficina de la capital: ingenieros, topógrafos, gente de seguridad… Esto va en serio, y no creo que podamos hacer nada para evitarlo.
Mar bufa, sintiendo cómo la tensión crece en sus hombros.
—¿Y la arquitecta? ¿Qué impresión te ha dado?
—No sé ni cómo se llama, pero se nota de lejos a lo que viene.
—Jimena Alarcón —responde Mar sin dudar—. Así es cómo se llama.
Roi la observa con curiosidad evidente, alzando ambas cejas.
—¿Para qué me preguntas si ya la has estudiado?
—Porque lo hago con cualquiera que quiera destruir estos parajes —explica ella, defendiendo su territorio, aunque en su interior revive recuerdos que preferiría olvidar.
Él resopla con frustración.
—Pues esta parece convencida de que va a cambiar el mundo con su proyecto.
Mar aparta la vista hacia el agua, dejando que su mirada se pierda en las pequeñas olas. Cambiar el mundo. Ya, claro. ¿Cuántas veces ha escuchado esa frase vacía?
De repente, el recuerdo la invade. Ella acababa de terminar la carrera y todavía conservaba esa ingenuidad que hace creer que los informes bastan para detener una barbarie.
En aquel lugar también prometían un puerto deportivo ecológico, respetuoso, integrado y sostenible.
Palabras preciosas que ocultaban intenciones muy diferentes.
Nadie mencionó que las corrientes se alterarían, que los bancos marisqueros desaparecían, que las familias perderían su medio de vida.
La empresa quebró tres años después, y los inversores desaparecieron sin dejar rastro.
Entonces, las promesas se evaporaron, y las mariscadoras tuvieron que marcharse a otros lugares.
Muchos jóvenes abandonaron el pueblo porque ya no quedaba trabajo.
Mar todavía recuerda con claridad el rostro de una mujer sosteniendo una cesta vacía mientras susurraba: «No nos han quitado el mar. Nos han robado el futuro».
Desde entonces, Mar no ha vuelto a creer en proyectos milagrosos, ni en arquitectos que llegan convencidos de saber más que quienes llevan generaciones viviendo en esas tierras. Roi la observa en silencio.
—Estás pensando en Laxe do Porto, ¿verdad?
—No pienso permitir que vuelva a ocurrir. No pienso quedarme sentada viendo cómo venden esto como progreso cuando solo traerá destrucción —añade Mar, recogiendo las llaves.
—¿Adónde vas? —pregunta su hermano, siguiéndola con la mirada.
—Quiero ver con mis propios ojos qué clase de espécimen nos han mandado de la capital.
—¿Quieres que vaya contigo?
La voz de Roi Sotomayor suena preocupada. Mar niega con la cabeza, deteniéndolo con una mano en su pecho.
—No. Parecerá que quiero montar un espectáculo. Y voy en son de paz.
Su hermano, suelta una carcajada de incredulidad ante esa muestra de falsa modestia.
—Ya, claro… ahora va a resultar que mi querida hermana mayor en un ser de luz.
—Al menos, tendré que aparentarlo —responde Mar.
Porque cuando alguien amenaza lo que tanto ama, Mar Sotomayor nunca ha sabido quedarse mirando sin intervenir.