Capítulo 14 — LA GOLETA
A las dos de la madrugada, a doscientas millas náuticas al sudoeste del archipiélago de Madeira, la lancha de asalto e intercepción *Rochedo* navegaba con los tres motores Yamaha acoplados a régimen de sigilo, reduciendo la velocidad a dieciocho nudos para minimizar la estela fosforescente en la superficie del agua.
El temporal del sudoeste había amainado temporalmente, dejando un oleaje largo y tendido de tres metros sobre el que la embarcación de kevlar planeaba con una suavidad engañosa, mientras un banco de niebla baja flotaba a ras de las olas como una cortina de humo húmedo.
En el interior de la timonera, iluminada únicamente por la luz ámbar de las pantallas de navegación táctica, Irati Sarasola y Rui Barbosa escuchaban a través de los auriculares protegidos el flujo continuo de datos procesados que Leire Arregi transmitía desde la sala de crisis de MAOC-N en Lisboa.
—Hemos interceptado la señal de telemetría de banda marina del transceptor satelital de la goleta maltesa *Siren* —anunció Leire con voz nítida y pausada—.
La embarcación ha detenido sus máquinas principales y ha desplegado las defensas neumáticas de babor en las coordenadas exactas treinta y dos grados catorce minutos norte, dieciséis grados cuarenta y cinco minutos oeste.
El buque gemelo *Hegoi* se encuentra abarloado a su costado de estribor a una distancia de cuarenta metros.
Las cámaras térmicas del satélite militar español Paz confirman que la grúa hidráulica de cubierta del *Hegoi* ha comenzado la maniobra de izado de una caja rígida de dimensiones cuadrangulares desde la bodega de proa.
Rui Barbosa consultó el compás giroscópico y la pantalla del radar de barrido pasivo:
—Nuestra posición actual respecto al punto de transbordo es de veintidós millas náuticas por la amura de babor. A veinticuatro nudos de velocidad de aproximación táctica, el tiempo estimado para alcanzar la distancia de contacto visual es de cincuenta y cinco minutos.
Irati se inclinó sobre la carta electrónica náutica, comprobando las corrientes locales y el régimen de vientos:
—Zabala ha abandonado la plataforma del Fondeadero para acudir personalmente a la entrega en alta mar.
El informe de inteligencia del aeródromo de Sal confirma que su helicóptero apontó sobre el *Hegoi* hace menos de cuatro horas.
La cabeza financiera de la red y el manuscrito original se encuentran concentrados en el mismo punto de la dorsal.
—Una oportunidad operativa irrepetible —sentenció Rui, comprobando los cargadores de su subfusil HK MP5—.
Si ejecutamos el abordaje antes de que la goleta complete la estiba y largue sus velas hacia el Mediterráneo, neutralizaremos a Zabala, al capitán del *Hegoi*, al perito del comprador del Golfo y recuperaremos el *Libro de Mareas* en un único golpe de mano en aguas internacionales.
A doce millas náuticas a popa de la lancha rápida, el patrullero oceánico *NRP Viana do Castelo* avanzaba a velocidad máxima de máquinas de veintidós nudos, cortando las aguas negras con su proa de acero de ochenta y tres metros de eslora.
En el puente de mando y combate del buque de guerra portugués, Julian Whitfield permanecía de pie junto al comandante del navío, el capitán de fragata Moreira, y la agregada federal Dana Osorio.
Sobre la mesa de operaciones tácticas interactiva, un mapa tridimensional proyectaba en tiempo real las derrotas de las cuatro embarcaciones implicadas en el despliegue de la Operación MAREA.
—El plan de intercepción y abordaje se ejecutará bajo el protocolo de intervención combinada de la Guardia Costera y la Policía Marítima —expuso Jules, trazando con el puntero digital la maniobra de pinza táctica—.
La lancha rápida *Rochedo* navegará en silencio total de emisiones hasta situarse a quinientos metros a barlovento de la goleta *Siren*, aprovechando el banco de niebla baja para ocultar su aproximación.
El equipo de asalto liderado por la inspectora Sarasola y el inspector Barbosa abordará la goleta por la aleta de babor para asegurar la cámara principal y proteger la integridad física del manuscrito.
—Simultáneamente —continuó el comandante Moreira—, el *Viana do Castelo* emergerá de la niebla a velocidad de combate por el flanco de estribor del *Hegoi*, iluminará la cubierta del pesquero con nuestros proyectores de búsqueda de diez millones de candelas y fijará sobre su puente de mando el cañón automático Oto Melara de treinta milímetros, intimando la rendición incondicional de la tripulación y bloqueando cualquier intento de maniobra de fuga o de embestida contra la lancha rápida.
Dana Osorio exhibió la orden de requisa internacional autorizada por la fiscalía marítima de Malta, el Estado de abanderamiento de la goleta:
—Las autoridades de La Valeta han revocado de manera cautelar el pabellón de navegación de la *Siren* ante las evidencias de contrabando agravado de patrimonio cultural aportadas por MAOC-N.
La goleta carece de inmunidad diplomática y sus tripulantes son legalmente considerados sujetos pasivos de una diligencia de registro judicial en alta mar bajo el amparo de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar y los tratados internacionales sobre expolio arqueológico.
Jules miró a través de los cristales blindados del puente hacia la negrura del océano, donde la pequeña silueta de la *Rochedo* avanzaba como una flecha invisible hacia el corazón de la tormenta.
—Faltan cuarenta minutos para el inicio del asalto —dijo Jules con voz grave—. Que los equipos de presa preparen las lanchas semirrígidas de apoyo y que los servicios médicos del buque estén listos en el hangar de vuelo para cualquier eventualidad.
A las dos y cuarenta de la madrugada, cuando la *Rochedo* navegaba a menos de diez millas del objetivo, Irati Sarasola tomó el microauricular satelital seguro de banda estrecha que comunicaba de forma directa con la consola de derrota de Jules en el *Viana do Castelo*.
En la timonera de la lancha rápida, el rumor amortiguado de los motores fueraborda y el crujido del agua contra el casco de kevlar creaban una atmósfera de concentración absoluta. Irati respiró hondo antes de activar el canal:
—Jules, aquí Irati. Estamos en la fase final de aproximación. El banco de niebla nos cubre por completo y tenemos contacto térmico directo con las dos arboladuras de la goleta.
La voz de Julian Whitfield llegó con una nitidez cálida y serena que disipó en un instante toda la tensión acumulada en el pecho de la inspectora:
—Te escucho alto y claro, Irati. Os tenemos perfectamente fijados en el radar optrónico del patrullero. El *Viana do Castelo* está a diez minutos de alcanzar la línea de apoyo visual.
Irati guardó silencio durante dos segundos, escuchando el latido acompasado de su propia respiración antes de hablar con una franqueza despojada de cualquier barrera profesional:
—Esta tarde, en la sede del fondo en Lisboa, Isabel Carvalho me dijo que el mercado financiero no tiene memoria ni patria.
Y cuando la miré a la cara comprendí por qué hemos llegado hasta aquí, Jules.
Porque si dejamos que tipos como Zabala conviertan la historia de nuestros pueblos en un activo bancario negociable en Suiza, habremos perdido lo único que nos mantiene en pie como comunidad.
A través del auricular, la voz de Jules sonó profunda, con esa gravedad lúcida que la había conmovido desde las primeras noches de investigación en Bizkaia:
—Esta tarde firmé formalmente la renuncia a la jefatura de la célula transatlántica de Nueva York, Irati. Envié la notificación por cable diplomático al director adjunto en Washington antes de subir al helicóptero en Lisboa.
Irati contuvo el aliento, sintiendo una emoción intensa que le humedeció los ojos en la penumbra de la timonera:
—Jules. esa plaza era la cúspide de tu carrera federal.
—Mi carrera y mi vida están donde está mi corazón, Irati —respondió Jules con una ternura inquebrantable que no admitía la menor duda—.
Mi abuelo cruzó este mismo océano con las cartas de marear en una caja de madera para no olvidar quién era, y yo he cruzado el océano de vuelta para encontrar mi verdadero hogar.
Cuando recuperemos ese libro y lo llevemos a la lonja de Getaria, mi sitio estará en esa costa, contigo, en ese caserío frente a los acantilados de San Antón.
No necesito ningún despacho en Manhattan para saber quién soy.
Irati apoyó la mano sobre el pecho, sintiendo el calor del mechero de su padre que Jules custodiaba al otro lado del canal de radio.
—Te espero en la cubierta de esa goleta, Jules —susurró ella con una sonrisa emocionada y radiante—. Para volver a casa juntos.
—En la cubierta de la goleta, inspectora —prometió él—. Hasta la victoria de la marea.
A las tres y diez de la madrugada, la lancha rápida *Rochedo* redujo sus máquinas al régimen mínimo de gobierno, deslizándose en silencio absoluto sobre las aguas encharcadas de niebla a escasos seiscientos metros del flanco de babor de la goleta *Siren*.
Los seis operadores tácticos de la Policía Marítima se encontraban alineados en la regala de estribor, con los cascos de combate ajustados, los visores térmicos encendidos y las armas largas en posición de tiro preventivo.
El jefe de asalto verificó la presión de los tanques de aire comprimido de los lanzadores de arpeos neumáticos y extendió las tres escalas telescópicas de carbono con movimientos silenciosos y precisos.
Irati Sarasola ajustó las correas de su chaleco balístico, revisó la recámara de su pistola Walther P99 y comprobó que el cargador de repuesto descansaba en su bolsillo frontal de extracción rápida.
Se colocó junto a Rui Barbosa en la escala de proa, sintiendo la brisa húmeda y fría del océano sobre su rostro descubierto.
A través del visor nocturno de fósforo blanco, la silueta majestuosa de la goleta *Siren* —un bergantín-goleta de dos palos y cuarenta y dos metros de eslora, con casco de acero pintado de azul oscuro y cubierta de teca birmana— se dibujaba con una nitidez escalofriante contra el costado oxidado del pesquero *Hegoi*.
Sobre la cubierta principal de la goleta, iluminada por luces halógenas de trabajo, cuatro individuos permanecían reunidos en torno a una gran mesa de cartas náuticas plegable.
En el centro de la mesa, custodiada por Zabala y por el capitán de la nave, descansaba la caja de cedro con el *Libro de Mareas*, abierta y expuesta bajo el haz de luz de una lámpara ultravioleta que un hombre vestido con bata blanca de laboratorio manipulaba con guantes de algodón estériles.
Rui Barbosa tocó el hombro de Irati y susurró a través del micrófono interno:
—El perito de Abu Dabi está completando la verificación de los sellos notariales del manuscrito. Zabala sostiene el documento de liquidación bancaria en la mano derecha. El transbordo ha alcanzado su punto de culminación.
Irati tomó aire despacio, sintiendo la calma absoluta que precede al instante del combate decisivo.
—Rui, avisa al *Viana do Castelo*. Iniciamos la aproximación final de asalto.
A las tres y cuarto de la madrugada en punto, los tres motores Yamaha de la *Rochedo* rugieron de nuevo a plena potencia con un estallido sordo que desgarró la niebla atlántica.
La lancha rápida emergió del banco de vapor como un espectro de kevlar negro, acelerando de cero a cuarenta nudos en menos de seis segundos y enfilando su proa directamente hacia la aleta de babor de la goleta *Siren*.
Simultáneamente, a trescientos metros por el flanco opuesto, la imponente silueta de acero del patrullero oceánico *NRP Viana do Castelo* rompió la cortina de niebla a toda máquina, encendiendo sus proyectores de búsqueda de alta potencia que bañaron la cubierta del *Hegoi* y de la goleta en una luz blanca y cegadora como el mediodía.
A través de los altavoces de combate del buque de guerra portugués, la voz atronadora del comandante Moreira resonó sobre el océano con la fuerza de un trueno institucional:
—¡Aquí buque de guerra de la Armada Portuguesa y MAOC-N! ¡Quedan interceptados por orden judicial internacional! ¡Depongan las armas de inmediato y mantengan las manos visibles sobre la borda!
En la cubierta de la goleta, el pánico estalló en una fracción de segundo. El capitán griego intentó correr hacia la timonera para arrancar los motores auxiliares, mientras dos tripulantes armados desenfundaban pistolas semiautomáticas parapetándose tras la bancada del palo mayor.
Zabala, deslumbrado por los focos del patrullero y comprendiendo que la trampa se había cerrado sobre él en mitad del océano, cerró de golpe la tapa de la caja de cedro con el manuscrito, la aferró contra su pecho con ambas manos y corrió hacia la regala de estribor para intentar refugiarse en la superestructura del *Hegoi*.
—¡Arpeos fijados! ¡Abordaje! —bramó Rui Barbosa mientras la *Rochedo* colisionaba controladamente contra el casco de la goleta.
Irati Sarasola saltó sobre la regala de teca con el arma desenfundada, pisando la cubierta de la *Siren* en el primer segundo del asalto definitivo.
Afuera, la tormenta de invierno rugía en la dorsal atlántica, iluminando el enfrentamiento con relámpagos que preludiaban la batalla final por la restitución de la memoria de la costa vasca.