Marea (Costa Vasca 3) Capítulo 13 — EL HUNDIMIENTO #2
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Capítulo 13 — EL HUNDIMIENTO #2

—Esas diligencias judiciales forman parte de una disputa política interna entre el gobierno portugués y la oposición sobre la gestión de fondos públicos, excelencia.

Carecen de cualquier impacto procesal sobre la titularidad del *Libro de Mareas*.

La pieza se encuentra en estos momentos en aguas internacionales, fuera de la jurisdicción de la Unión Europea y a bordo de una nave amparada por pabellón de conveniencia de las islas Marshall.

—La cláusula de depósito fiduciario en el Banco Nacional de Abu Dabi vence de manera improrrogable dentro de exactamente veinticuatro horas, señor Zabala —advirtió el representante del comprador con un tono firme y diplomático que no admitía dilaciones—.

Si a las ocho de la tarde de mañana el doctor Al-Mansoor no ha remitido el informe pericial favorable con la firma digital de conformidad desde la goleta *Siren*, la orden de transferencia de los cuarenta y cinco millones de euros quedará cancelada de forma automática y los fondos retornarán a la cuenta matriz de nuestro holding.

Y le recuerdo que nuestro consorcio no concede prórrogas temporales en transacciones de bienes históricos de alta sensibilidad.

Zabala respiró hondo, sintiendo la presión implacable de la cuenta atrás:

—El manuscrito estará a bordo de la goleta *Siren* en menos de cuatro horas, excelencia. El perito dispondrá del documento original en sus manos antes de la medianoche. La transacción quedará formalizada y liquidada conforme a lo estipulado en el contrato marco.

—Eso esperamos, señor Zabala —concluyó el emisario del Golfo—. Por el bien de sus futuros negocios en Oriente Medio.

La comunicación se cortó. Zabala guardó el teléfono en el bolsillo interior de su abrigo de lana, mirando a través de la cabina del helicóptero cómo los primeros destellos luminosos de las luces de navegación del *Hegoi* y de la goleta *Siren* comenzaban a dibujarse en la superficie oscura del mar como dos puntos de fuego en mitad de la noche cerrada.

A las diez de la noche, el helicóptero Dauphin completó la maniobra de aproximación y toma sobre la plataforma de apontaje de popa del *Hegoi*, cuyas hélices se detuvieron con un silbido agudo mientras los marineros de cubierta aseguraban los patines de la aeronave con trincas de acero.

Zabala descendió del aparato vistiendo una cazadora técnica de navegación sobre su traje oscuro, con las gafas de titanio empañadas por la humedad marina y un maletín de cuero rígido aferrado con firmeza en la mano derecha.

El capitán del *Hegoi*, un marino mauritano de rostro impasible y mirada hosca, lo recibió al pie de la escala de la timonera:

—La goleta *Siren* se encuentra abarloada a nuestro costado de estribor a menos de cincuenta metros, señor.

El perito de Abu Dabi ha subido a bordo con su equipo de análisis.

La caja de cedro con el manuscrito ha sido extraída de la cámara acorazada de la bodega de proa y está depositada en la mesa de la sala de derrota.

Zabala avanzó por el pasillo interior de la superestructura hasta la sala de derrota del pesquero. Sobre la mesa de madera de teca, iluminada por una lámpara halógena de techo, descansaba la caja de madera de cedro del Líbano con cantoneras de bronce envejecido y doble cerradura de seguridad.

Zabala extrajo de su bolsillo la llave maestra de hierro, abrió las dos cerraduras con sendos chasquidos secos y levantó la tapa acolchada de terciopelo azul.

Allí estaba. El *Libro de Mareas de la Cofradía de San Pedro de Getaria*.

El volumen, encuadernado en cuero marrón oscuro con los cantos reforzados en latón repujado, conservaba el aroma inconfundible a pergamino antiguo, a cera de abejas y a salitre seco que doscientos años de custodia comunitaria habían impregnado en sus páginas.

En el centro de la cubierta, el escudo grabado a fuego de la ballena arponeada sobre las olas parecía brillar con una fuerza sobrenatural bajo la luz de la lámpara.

Zabala posó la palma de su mano enguantada sobre la superficie del libro, sintiendo una vibración profunda que recorrió su espina dorsal.

Toda su vida, todas sus maquinaciones financieras, todos los riesgos asumidos y todos los crímenes cometidos desde que comenzó su carrera en el País Vasco convergían en aquel objeto único e irrepetible: la joya de la corona de la memoria marítima, la pieza definitiva que le otorgaría un estatus inexpugnable en los círculos del poder global.

—La inspectora Sarasola y su agente federal creen que la justicia de los hombres puede alcanzar cualquier rincón del océano —dijo Zabala en voz baja, acariciando el cuero repujado con una devoción casi mística—.

Pero el mar solo reconoce a los que tienen la audacia de arrebatarle sus tesoros y la fuerza de imponer su propia ley.

Cerró la tapa de cedro, aseguró las dos cerraduras de bronce y tomó la caja por las asas laterales.

—Preparad la escala de transbordo hacia la goleta —ordenó Zabala al capitán del *Hegoi* con una autoridad absoluta—. Yo mismo entregaré el libro al perito y firmaré la liquidación final a bordo de la *Siren*.

Salió a la cubierta exterior, donde el viento del Atlántico agitaba las jarcias de la goleta y las olas rompían contra los cascos de acero de ambos buques, dispuesto a sellar su victoria definitiva en el corazón de la noche oceánica.