Marea (Costa Vasca 3) Capítulo 13 — EL HUNDIMIENTO
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Capítulo 13 — EL HUNDIMIENTO

En la cabina ejecutiva del avión, climatizada a diecinueve grados y aislada del calor asfixiante del exterior, Zabala escuchaba el informe encriptado que Caldas le transmitía desde Lisboa a través de un canal satelital de salto de frecuencia.

Zabala permaneció inmóvil en su butaca de cuero beige, con la mirada clavada en la extensión árida de tierra volcánica que se extendía más allá de la ventanilla del reactor.

Su rostro no reflejaba sorpresa ni inquietud, sino la gélida concentración de un ajedrecista que ve caer una de sus piezas mayores y reconfigura su estrategia en el tablero antes de que el adversario advierta el cambio de jugada.

—Isabel Carvalho ha cumplido su función como escudo institucional durante veinticinco años —dijo Zabala con un tono plano y desapasionado—.

Sabía perfectamente cuáles eran los riesgos de asumir la dirección jurídica de un fondo que operaba en los límites del derecho internacional.

Su detención era un escenario contemplado en el plan de contingencia.

Las cuentas bancarias del fondo en Londres y Fráncfort ya han transferido el noventa por ciento de sus reservas líquidas hacia entidades fiduciarias en Singapur y Dubái.

—Hay un elemento más grave, señor —continuó Caldas—.

Jon Etxabe ha prestado declaración formal ante el juez de guardia de la Policía Marítima en Lisboa.

Ha confesado la operativa del doble casco del *Gure Itsasoa* y del *Hegoi*, y ha entregado las frecuencias de radio privada que utilizábamos para la coordinación con la plataforma del Fondeadero.

La lancha rápida *Rochedo* y el patrullero oceánico *Viana do Castelo* han zarpado hacia el sur con la orden expresa de interceptar el buque gemelo en la dorsal.

Zabala cerró los ojos durante tres segundos, asimilando la traición del viejo patrón de Getaria.

—Jon Etxabe ha preferido morir como un marinero quebrado en una celda de Lisboa antes que cumplir su palabra de honor en la mar —sentenció Zabala sin levantar la voz—.

Cree que entregando el buque gemelo salvará la memoria de su familia y el crucifijo de su cofradía.

Pero lo único que ha conseguido es acelerar el final de su propio mundo.

—¿Ordeno la suspensión del transbordo y el regreso del *Hegoi* a puerto africano? —preguntó Caldas.

—De ninguna manera —respondió Zabala con firmeza tajante—.

Si el *Hegoi* regresa a Mauritania, la fiscalía europea solicitará su incautación inmediata y el *Libro de Mareas* quedará bloqueado judicialmente durante una década en un almacén de aduanas.

La entrega a la goleta *Siren* se ejecutará según el cronograma previsto, pero con una modificación operativa sustancial: el transbordo no se realizará en la plataforma del Fondeadero.

Zabala se inclinó hacia la mesita auxiliar y abrió la carta náutica de la dorsal atlántica:

—Ordena al capitán del *Hegoi* que evacúe la plataforma semisumergible de inmediato, cargue la caja de cedro en el pañol de proa y ponga rumbo directo al punto de espera marítimo a sesenta millas al sudoeste de Madeira.

La plataforma del Fondeadero ya no existe para nosotros: es solo un cascarón de hierro vacío que dejaremos como señuelo para los inspectores de MAOC-N.

El verdadero negocio se cerrará en el agua.

Tras cortar la comunicación, Zabala se sirvió dos dedos de agua mineral en un vaso de cristal y permaneció pensativo en el interior del reactor, escuchando el zumbido constante de la unidad de potencia auxiliar del avión.

Sus pensamientos retrocedieron veintitrés años en el tiempo, hasta aquella madrugada lluviosa y fría de noviembre de 2003 en el muelle pesquero de Pasajes.

Recordó con una nitidez casi fotográfica la figura encorvada de Jon Etxabe en la lonja de subastas, con la gorra de faena empapada entre las manos y el rostro destrozado por la culpa tras el naufragio del pesquero familiar en las rocas del cabo Machichaco.

Tres marineros jóvenes —hijos y sobrinos de veteranos de la cofradía de Getaria— habían perecido ahogados en la bodega de proa al zozobrar el barco debido a una vía de agua en el casco que nunca había sido reparada para ahorrar costes de mantenimiento.

Zabala, que por aquel entonces comenzaba a tejer la red de inversiones inmobiliarias y mercantiles del entramado de Vitoria, vio en la desesperación del patrón la oportunidad perfecta para adquirir una herramienta logística indispensable: un capitán de altura respetado en todos los puertos del Cantábrico, intachable ante las autoridades de Marina Mercante y dispuesto a acatar cualquier instrucción con tal de salvar a su familia de la ruina económica y del escarnio público de un proceso penal por homicidio.

Él mismo había extendido los cheques al portador para indemnizar a las viudas antes de que los abogados de oficio presentaran las denuncias; él mismo había financiado la adquisición del *Gure Itsasoa* y la construcción de su gemelo *Hegoi* en los astilleros de Mauritania; y él mismo había pagado religiosamente cada mensualidad durante dos décadas para que los nietos de Etxabe estudiaran en colegios privados de San Sebastián sin conocer el origen del dinero que sostenía su hogar.

—Le compré la vida, le compré el honor y le compré el silencio —murmuró Zabala para sí mismo en la penumbra de la cabina, con una mueca de desprecio amargo en los labios—.

Y al final, el viejo arrantzale ha preferido arrodillarse ante una inspectora de la Ertzaintza antes que defender el imperio que le dio de comer durante media vida.

Zabala bebió el agua despacio, sintiendo la frialdad del líquido en la garganta.

No albergaba rencor hacia Etxabe; en su esquema mental, los seres humanos eran simples factores de producción que cumplían un ciclo útil y se amortizaban conforme a los balances de pérdidas y ganancias.

El único error imperdonable en los negocios era la debilidad moral: permitir que los afectos o los escrúpulos de conciencia interfirieran en la consecución del objetivo estratégico final.

Y su objetivo final estaba a punto de culminar a bordo de una goleta en mitad del océano.

A las seis de la tarde, el sol comenzaba a declinar sobre el Atlántico, tiñendo el horizonte de tonos cobrizos y violetas.

Zabala abandonó el reactor privado y subió a bordo de un helicóptero biturbina Eurocopter Dauphin con matrícula civil de Cabo Verde, configurado para operaciones de transporte en alta mar y equipado con flotadores de emergencia y radar meteorológico de largo alcance.

El aparato despegó con un zumbido agudo, elevándose sobre los salares de la isla de Sal y enfilando su proa hacia las coordenadas de la dorsal oceánica donde el *Hegoi* navegaba en silencio de emisiones.

Desde el asiento del copiloto, Zabala sintonizó la frecuencia militar encriptada que enlazaba con el puente de mando de la goleta maltesa *Siren*.

La voz del capitán de la goleta, un exoficial de la marina mercante griega con amplia experiencia en el transporte discreto de obras de arte y mercancías diplomáticas, respondió de inmediato con el código de confirmación:

—*Siren* en posición de espera en las coordenadas treinta y dos grados catorce minutos norte, dieciséis grados cuarenta y cinco minutos oeste.

Condiciones de la mar: marejada con olas de dos metros y medio, viento del sudoeste fuerza cuatro.

Visibilidad: buena. El perito tasador independiente del comprador privado del Golfo, el doctor Al-Mansoor, se encuentra a bordo con el instrumental óptico y los escáneres de reflectografía listos para la inspección pericial.

Zabala tomó el micrófono de mano:

—Aquí el armador principal. El buque nodriza *Hegoi* alcanzará sus coordenadas en aproximadamente tres horas y media.

La plataforma del Fondeadero ha sido descartada como punto de entrega debido a razones de seguridad operativa.

El transbordo de la caja de cedro con el *Libro de Mareas* se efectuará directamente abarloando el costado de estribor del *Hegoi* a la aleta de babor de la goleta mediante la grúa auxiliar de cubierta.

—Entendido —confirmó el capitán griego—.

Una vez que el doctor Al-Mansoor verifique la autenticidad material del manuscrito y emita el dictamen favorable a través de la pasarela satelital bancaria de Abu Dabi, la goleta largará velas y pondrá rumbo directo hacia el estrecho de Gibraltar a una velocidad de crucero de doce nudos.

Disponemos de pasaporte diplomático de la Liga Árabe para franquear las inspecciones aduaneras en aguas territoriales europeas.

—Asegúrese de que el perito no demore la verificación más de treinta minutos —ordenó Zabala con tono perentorio—. MAOC- N tiene unidades rápidas navegando en la zona. Yo mismo supervisaré el transbordo y la firma del acta de entrega en la cámara de la goleta.

A las ocho y cuarto de la noche, mientras el helicóptero sobrevolaba la inmensidad negra del océano a mil metros de altitud, el teléfono satelital Iridium de Zabala vibró con una llamada prioritaria encriptada procedente de los Emiratos Árabes Unidos.

Zabala activó el decodificador de voz y se llevó el auricular al oído:

—Zabala al habla.

La voz que respondió al otro lado pertenecía al jeque Tariq Al-Nahyan, representante personal del consorcio privado de coleccionistas de Abu Dabi y asesor cultural del fondo de inversiones soberano del emirato:

—Señor Zabala, nuestros analistas de inteligencia en Londres nos informan de que la sede del Fondo Azul en Lisboa ha sido intervenida judicialmente por la policía portuguesa y que la directora jurídica ha sido imputada por falsedad documental.

Zabala mantuvo la calma con la serenidad de quien domina todas las variables de una negociación de alto nivel: