Capítulo 12 — LA BÓVEDA #2
—Es el folio matriz de ingreso número AZ-001 incautado hace seis horas en el contenedor verde de Santa Apolónia —interrumpió Irati con precisión quirúrgica—.
Lleva la firma original del perito tasador que su organización utilizó en Ginebra en 2001, la misma firma que figura en los expedientes de expolio del pecio de Getaria.
Y el crucifijo de oro del patrón Jon Etxabe, que actualmente se encuentra prestando declaración en el calabozo central de la Policía Marítima tras confesar la operativa del buque gemelo, sitúa a toda su cadena de transportes bajo la jurisdicción penal de la Audiencia Nacional.
Por primera vez desde el inicio de la investigación, la máscara de frialdad corporativa de Isabel Carvalho se resquebrajó por completo. Sus dedos temblaron levemente al intentar apartar la carpeta de su vista.
—El Fondo Soberano es un vehículo de inversión de derecho público internacional amparado por inmunidad de jurisdicción —dijo Carvalho con la voz ligeramente quebrada por la tensión—.
Nosotros adquirimos el *Libro de Mareas* de buena fe en el mercado secundario helvético.
El fondo compra lo que está en el mercado, inspectora.
El mercado no tiene memoria ni nacionalidad.
Irati se inclinó levemente sobre la mesa, sosteniendo su mirada con una intensidad demoledora:
—El mercado financiero tal vez no tenga memoria, señora Carvalho, pero los pueblos que levantaron los puertos de la costa vasca con sus manos sí la tienen.
Y esa memoria tiene hoy forma de mandamiento judicial de embargo.
Tiene usted cuarenta y ocho horas para ordenar a sus abogados que entreguen los libros de actas antes de que la policía precinte este edificio y sus cuentas soberanas queden congeladas en toda Europa.
Irati dio la media vuelta y salió del despacho con paso firme. A través del micrófono oculto en la solapa de su cazadora, la voz de Leire Arregi confirmó de inmediato en su auricular:
—Carvalho acaba de levantar el teléfono satelital seguro. Está marcando el canal directo de Sal, en Cabo Verde. Tenemos la coordenada de enlace de Zabala.
A las nueve de la noche, tras una jornada maratoniana de comparecencias judiciales, redacción de informes y coordinación técnica con las fiscalías, Irati y Jules regresaron al piso de seguridad de la Policía Marítima en el barrio de Alfama.
La ciudad descansaba bajo un cielo nocturno limpio, diáfano y gélido, salpicado de estrellas que titilaban sobre las aguas tranquilas del estuario del Tajo.
El salón del apartamento estaba en penumbra, iluminado únicamente por el reflejo dorado de las farolas de la rúa que se filtraba a través de los visillos de lino blanco.
El silencio en el interior era absoluto, un remanso de paz y sosiego tras el estruendo de los motores marinos, el olor a pólvora quemada y la tensión extenuante de los despachos oficiales.
Jules cerró la puerta acorazada con el cerrojo interior, se despojó del abrigo de paño gris y lo colgó en el respaldo de una silla.
Se giró hacia Irati, que permanecía de pie junto a la ventana contemplando las luces de los barcos mercantes fondeados en la ría.
La inspectora se había quitado la cazadora técnica y vestía una camiseta de algodón oscuro que se ceñía con suavidad a su silueta grácil y atlética; tenía el pelo suelto cayendo sobre los hombros y las manos apoyadas en el alféizar de madera.
Jules se acercó con pasos lentos y silenciosos hasta situarse a su espalda. Apoyó suavemente las palmas de las manos sobre los hombros de Irati, sintiendo la tensión muscular acumulada y el calor vivo que emanaba de su piel.
Irati no se apartó; inclinó la cabeza hacia atrás, apoyando la nuca contra el pecho firme de Jules y dejando escapar un suspiro hondo que liberó de golpe toda la fatiga de los últimos días.
—Pensé que te perdía en esa lancha rápida en mitad del temporal, Irati —susurró Jules al oído, deslizando los dedos por sus brazos hasta entrelazarlos con los suyos—.
Cuando Rui me dio la posición y escuché el rugido del viento por la radio del patrullero, sentí un vacío en el pecho que jamás había experimentado en ninguna operación federal.
Irati se giró despacio en el círculo de sus brazos, quedando frente a frente con él. Alzó las manos y acarició las mejillas de Jules con la yema de los dedos, recorriendo el contorno de sus labios, la sombra oscura de su mandíbula y esa mirada profunda, limpia y leal que la desarmaba por completo.
—El mar nos devolvió enteros, Jules —susurró ella con una voz cargada de ternura, complicidad y deseo contenido—. Y ahora estamos aquí. Tú y yo. Solos frente a la noche.
Jules inclinó el rostro y la besó con una pasión honda, intensa y devoradora, una entrega absoluta que barrió en un instante cualquier rescoldo de contención profesional o protocolo policial.
Sus labios se encontraron con una avidez madura y urgente, reconociéndose en el calor de sus respiraciones entrecortadas.
Irati rodeó el cuello de Jules con los brazos, atrayéndolo hacia sí con una fuerza apasionada, sintiendo el latido desbocado del corazón del agente federal contra su propio pecho.
Jules la levantó suavemente por la cintura, estrechándola contra su cuerpo mientras sus manos se deslizaban bajo la camiseta de algodón, acariciando la piel suave y cálida de su espalda con una devoción infinita.
Irati desabrochó los botones de la camisa de Jules con dedos temblorosos pero resueltos, dejando al descubierto su torso ancho y musculoso, marcado por las cicatrices del deber policial.
Caminaron juntos hacia el dormitorio en penumbra, sin romper en ningún momento el contacto de sus bocas y de sus cuerpos.
Sobre la cama vestida con sábanas de lino blanco, la penumbra lisboeta envolvió sus figuras en una danza íntima de entrega y reconocimiento mutuo.
Cada caricia, cada roce de piel contra piel y cada susurro en la oscuridad era un juramento silencioso que desafiaba a la tormenta que los esperaba en el océano.
En el clímax de su unión, cuando el deseo, la ternura y el amor se fundieron en una plenitud compartida que colmó todos los silencios acumulados durante meses de distancia, Irati y Jules se abrazaron con una fuerza sobrecogedora, conscientes de que aquel refugio de amor verdadero era la única tierra firme que necesitaban para gobernar cualquier marea.
Permanecieron largo rato abrazados en la penumbra tibia de la habitación, con las respiraciones acompasadas y los dedos entrelazados sobre el pecho desnudo de Jules, escuchando el rumor lejano de las olas que lamían los muelles de la ciudad dormida.
A las seis de la mañana, la luz gélida y grisácea del alba comenzó a clarear los cristales del dormitorio.
Julian Whitfield, despierto desde hacía media hora y contemplando con infinita ternura el perfil sereno de Irati dormida a su lado, sintió la vibración suave y rítmica del teléfono satelital seguro sobre la mesilla de noche.
Se deslizó con cuidado fuera de la cama para no despertarla, se enfundó los pantalones y tomó el terminal, descolgando en la penumbra del pasillo:
—Whitfield.
La voz de Leire Arregi desde la sala de crisis de MAOC-N sonó nítida, precisa y cargada de una urgencia matemática:
—Jules, tenemos la ventana de entrega confirmada por los satélites de EMSA y por la interceptación del canal seguro de Sal.
La goleta maltesa *Siren* ha completado el transbordo de los inspectores de la aduana privada en Mindelo y ha fijado su derrota de aproximación hacia las coordenadas del *Hegoi*.
Jules encendió la luz auxiliar del salón y desplegó la pantalla de su tableta táctica:
—¿Cuál es la ventana temporal exacta para la apertura de la cámara acorazada del *Hegoi*?
—Exactamente dentro de treinta y seis horas, coincidiendo con la puesta de sol de mañana en la dorsal atlántica —detalló la analista vasca—.
La caja de cedro con el *Libro de Mareas* será izada desde la bodega del buque gemelo a la cubierta de la goleta mediante la grúa hidráulica de popa.
El perito tasador de Abu Dabi verificará los sellos de 1684 a bordo de la *Siren* y el comprador liberará los cuarenta y cinco millones de euros en la cuenta fiduciaria antes de la medianoche.
Si no interceptamos ambos buques durante esa ventana de treinta y seis horas, el manuscrito quedará sellado en la cámara acorazada de la goleta y pondrá rumbo al canal de Suez bajo bandera diplomática de conveniencia.
Irati apareció en el umbral del pasillo, vestida con su camisa oscura, descalza y con el pelo recogido en una coleta alta. Había escuchado la conversación y su mirada reflejaba la misma resolución implacable que la había guiado a través de toda la saga.
—Treinta y seis horas, Jules —dijo Irati con voz firme y serena—. Es el tiempo exacto que necesitamos para alcanzar el punto de encuentro a bordo de la *Rochedo* y preparar el asalto simultáneo sobre el *Hegoi* y la goleta.
Jules la miró a los ojos, sintiendo la fuerza del compromiso sellado en la noche que acababa de terminar.
—Treinta y seis horas para devolver la memoria a casa, Irati —respondió él, tomando su arma reglamentaria y guardando el mechero de latón en el bolsillo de su pecho—. La marea final ha comenzado.