Marea (Costa Vasca 3) Capítulo 15 — EL REGRESO DE LA MAREA
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Capítulo 15 — EL REGRESO DE LA MAREA

Uno de los atacantes, oculto tras la estructura del cabrestante hidráulico de proa, asomó el arma y disparó dos veces en dirección a Irati, que avanzaba hacia la mesa de derrota para asegurar la caja de cedro.

Rui Barbosa se percató del ángulo de tiro en una décima de segundo; sin dudarlo, el veterano oficial portugués se interpuso en la trayectoria del proyectil, recibiendo el impacto de una bala de nueve milímetros en el hombro izquierdo que lo arrojó pesadamente contra la regala.

Rui se presionó la herida con la mano derecha, respirando con dificultad a través de los dientes apretados mientras un reguero de sangre oscura empapaba el tejido de su traje de neopreno.

Los cuatro operadores de asalto de la Policía Marítima aseguraron el perímetro de la goleta con profesionalidad implacable, reduciendo al capitán griego y al perito de Abu Dabi, quienes se rindieron de rodillas con las manos en alto sobre la mesa de cartas.

Desde el costado de estribor, la lancha semirrígida del *NRP Viana do Castelo* abordó el pesquero *Hegoi* encabezada por Julian Whitfield y seis infantes de marina portugueses, quienes redujeron a la tripulación mauritana en la timonera en menos de cuarenta y cinco segundos, cortando cualquier vía de fuga marítima.

Irati cruzó la cubierta encharcada de agua y sangre, sorteando los cabos caídos de la arboladura hasta alcanzar la mesa central de la goleta. La caja de madera de cedro del Líbano permanecía intacta sobre el tapete de terciopelo, iluminada por los potentes proyectores del buque de guerra portugués.

Con el arma en la mano izquierda y los dedos de la derecha temblando levemente por la tensión acumulada, Irati levantó la tapa acolchada de bronce y terciopelo azul.

Allí estaba el *Libro de Mareas de la Cofradía de San Pedro de Getaria*.

Irati se despojó del guante táctico y posó las yemas de sus dedos desnudas sobre la encuadernación de cuero repujado del siglo XVII.

El tacto era áspero, firme y noble, impregnado por el salitre secular de los puertos vascos y por la memoria indeleble de generaciones de hombres y mujeres que habían entregado sus vidas a la mar.

En el centro del pergamino, el escudo grabado a fuego de la ballena arponeada parecía latir con una fuerza sobrecogedora bajo la luz blanca de los focos.

La inspectora recorrió el contorno de las letras latinas grabadas en el margen —*«Navigantes in mari, custodes memoriae»*—, sintiendo cómo doscientos años de silencio, de expolio y de desmemoria quedaban reparados en aquel contacto sagrado.

—La memoria ha vuelto a casa —susurró Irati con los ojos humedecidos por la emoción contenida.

Aseguró la caja de cedro con ambas manos y la entregó a dos agentes del equipo judicial de custodia, quienes la introdujeron de inmediato en un contenedor blindado con precintos inviolables de la fiscalía internacional.

Un grito de advertencia en la escala de gato que comunicaba la goleta con la cubierta del *Hegoi* desvió la atención de Irati.

Zabala, acorralado en la regala de popa del buque pesquero y con la ropa empapada por el oleaje, empuñaba una pistola semiautomática compacta con el brazo tembloroso, apuntando directamente hacia el puesto de mando donde Irati y Jules convergían.

—¡Atrás! —bramó Zabala con la voz desencajada por la desesperación, mientras el viento atlántico le revolvía el cabello plateado y la calima rojiza se disipaba bajo los reflectores—. ¡Nadie se mueve o abro fuego contra los tanques de combustible auxiliar!

Julian Whitfield e Irati Sarasola avanzaron hombro con hombro sobre la pasarela de estribor, manteniendo sus armas encañonadas con una precisión inamovible sobre el pecho del financiero.

—Se ha terminado, señor Zabala —declaró Irati con una voz templada, fría y rotunda que resonó sobre el rumor de las olas—.

Jon Etxabe ha confesado en Lisboa. Isabel Carvalho está bajo custodia en la Policía Judiciária.

El contenedor con sus libros de cuentas ha sido incautado y el *Libro de Mareas* está formalmente en poder de la justicia. Su red de bonos soberanos ha colapsado.

Zabala miró a Irati con una mezcla de odio visceral y soberbia agonizante:

—Usted no comprende nada, inspectora. Ese libro no es más que un trozo de piel vieja para una cofradía de pescadores arruinados.

Con el dinero de esa venta privada podíamos haber financiado infraestructuras portuarias, comprar voluntades políticas y garantizar la impunidad de nuestras inversiones durante tres generaciones.

Todavía estamos a tiempo: si me permite subir a ese hidroavión en Sal, pondré diez millones de euros en una cuenta numerada a su nombre en Ginebra.

Nadie sabrá jamás qué ocurrió en esta goleta.

Irati lo miró con un desprecio infinito, sin bajar el arma ni un solo milímetro:

—El dinero de su fondo no alcanza para comprar la dignidad de un solo arrantzale de Getaria, Zabala. El mar ya le ha cobrado su parte a su imperio de papel. Y ahora me toca a mí devolverlo a usted a la tierra para que responda ante los tribunales.

Zabala apretó los dientes e intentó alinear la boca de fuego de su pistola sobre el pecho de Irati.

Jules y ella dispararon de forma simultánea con cadencia quirúrgica: dos proyectiles impactaron en el antebrazo derecho y en el hombro de Zabala, haciendo volar su arma por la borda hacia las aguas oscuras del océano.

El financiero se desplomó de rodillas sobre la chapa estriada del *Hegoi*, sujetándose el brazo herido mientras los infantes de marina y Jules saltaban sobre él para colocarle los grilletes de acero en las muñecas.

Irati se aproximó, lo miró a los ojos desde su altura y le mostró su placa oficial de la Ertzaintza:

—Queda usted formalmente detenido, señor Zabala. En nombre de la ley y de la memoria de la costa vasca.

A las seis de la mañana, mientras los primeros rayos del sol invernal doraban las aguas en calma del Atlántico, el convoy naval de la Operación MAREA inició la derrota de regreso hacia el estuario del Tajo.

En la enfermería de combate del *NRP Viana do Castelo*, el equipo médico de la armada portuguesa completó con éxito la extracción del proyectil del hombro de Rui Barbosa, estabilizando sus constantes vitales y administrándole antibióticos y analgésicos.

El oficial descansaba en una litera con el brazo inmovilizado, acompañado por Irati y Jules, quienes le informaron del aseguramiento de todas las pruebas materiales.

—El cirujano dice que en tres semanas estaré de nuevo patrullando la barra de Cascais —dijo Rui con una sonrisa débil pero satisfecha, estrechando la mano de Irati con los dedos sanos—. Gracias por cubrirme la espalda en esa cubierta, inspectora.

—Nos cuidamos los unos a los otros en la mar, Rui —respondió Irati con afecto sincero—. Esa es la ley de la cofradía.

En la sala de derrota del buque de guerra, el contenedor blindado con el *Libro de Mareas* permanecía bajo custodia armada permanente de la Policía Marítima y de la Ertzaintza, listo para su traslado en vuelo oficial hasta el aeropuerto de Vitoria.

A través de las cristaleras del puente, el perfil majestuoso de la costa portuguesa comenzaba a dibujarse en el horizonte este, anunciando que la pesadilla del contrabando y del expolio llegaba a su fin. La marea que todo lo devora había devuelto por fin lo que pertenecía a la comunidad.

A las diez de la noche, tras completar las diligencias de entrega de los detenidos en el penal de Monsanto y certificar la cadena de custodia del manuscrito ante el juez de instrucción internacional, Irati y Jules regresaron al piso de seguridad de Alfama.

La fatiga física y emocional de los últimos cuatro días pesaba sobre sus cuerpos, pero en sus miradas brillaba la paz profunda y luminosa de quien ha cumplido con su deber más sagrado.

En la intimidad cálida del apartamento, iluminado únicamente por la luz de la luna sobre el estuario, Jules abrazó a Irati por la espalda junto al gran ventanal, besando con infinita ternura la curva de su cuello.

—Lo conseguimos, Irati —susurró Jules con emoción desbordada—. La red de Zabala está completamente desarticulada, el fondo ha sido intervenido y el manuscrito vuela ya hacia el País Vasco.

Irati se giró entre sus brazos, hundiendo los dedos en el pelo oscuro de Jules y mirándolo con una pasión y una gratitud que colmaron todo el espacio de la habitación.

—Lo conseguimos juntos, Jules —respondió ella en un susurro ardiente—. Tú y yo. En la misma derrota.

Jules la tomó en sus brazos y la llevó hacia el dormitorio, donde la noche lisboeta fue testigo de su entrega más apasionada, honda y libre.

Despojados de uniformes, de placas y de miedos pasados, sus cuerpos se fundieron en una celebración de amor, de vida y de victoria compartida.

Cada caricia era una afirmación de futuro, un pacto definitivo que consagraba su unión más allá de cualquier frontera terrenal.

Abrazados en la penumbra tibia de la madrugada, con el mechero de latón descansando sobre la mesilla de noche y el rumor protector del mar de fondo, Irati y Jules supieron con absoluta certeza que el rumbo de sus vidas había quedado trazado para siempre: un destino común en los acantilados de Getaria, donde la memoria de la tierra y la fuerza del amor gobernarían para siempre su marea.