Capítulo 11 — LA TRAVESÍA
A cuarenta millas náuticas al sudoeste del cabo Espichel, la noche atlántica se transformó en una masa líquida, negra e impenetrable donde el cielo y el océano se fundían sin línea de horizonte visible.
La lancha de asalto e intercepción *Rochedo* navegaba a treinta y ocho nudos de velocidad sostenida, cortando las olas de tres metros con el chasquido seco y ensordecedor del casco de kevlar golpeando contra la cresta de la espuma salina.
Irati Sarasola permanecía aferrada con ambas manos a la barra de sujeción de aluminio junto al puesto de gobierno del timonel, sintiendo el impacto rítmico y violento de cada salto en las articulaciones de las rodillas y en la base de la columna vertebral.
Iba equipada con el traje seco de neopreno reforzado contra la hipotermia, el chaleco balístico de flotabilidad positiva de nivel III-A y el casco de fibra de carbono con el visor optrónico de visión nocturna levantado sobre la frente.
A través de la cristalera blindada de policarbonato de la timonera, el barrido intermitente de los limpiaparabrisas apenas conseguía despejar el torrente continuo de agua salada pulverizada que las rachas de viento del sudoeste arrojaban contra el puesto de mando con la fuerza de perdigones de plomo.
A su lado, Rui Barbosa gobernaba la derrota con la mano izquierda apoyada con firmeza en el soporte del compás magnético y la derecha sobre el bloque de mandos de gases de los tres motores fueraborda Yamaha de cuatrocientos caballos.
La pantalla del radar de barrido lateral Furuno proyectaba un círculo verde fosforescente donde la traza luminosa del *Gure Itsasoa* avanzaba a ocho millas náuticas por la proa, manteniendo un rumbo constante de doscientos doce grados sudoeste.
—El pesquero mantiene su velocidad económica de nueve nudos y medio —indicó Rui a través del sistema de intercomunicación integrado en los cascos tácticos, con la voz templada por la experiencia de décadas de navegación en mar abierta—.
No han detectado nuestra presencia porque navegamos exactamente en su sector ciego de popa, tapados por el rugido de sus propios motores diésel de cuatro tiempos y por la estela de espuma que levanta el temporal sobre la superficie del agua.
A través del canal satelital encriptado de alta frecuencia, la voz de Julian Whitfield llegó nítida y profunda desde la sala de derrota y combate del patrullero oceánico *NRP Viana do Castelo*, que navegaba diez millas a popa de su posición sirviendo como plataforma de respaldo táctico pesado:
—*Rochedo*, aquí *Viana*. El satélite radar de apertura sintética Sentinel-1 acaba de actualizar la imagen térmica de la cuadrícula marítima.
El *Gure Itsasoa* navega en solitario; no hay ningún otro buque mercante ni pesquero de altura en un radio de veinticinco millas a la redonda.
El frente de borrasca profunda entrará por el cuadrante noroeste dentro de cuatro horas, con olas que superarán los cinco metros y medio en la dorsal atlántica.
Disponéis de una ventana de contacto táctico de noventa minutos antes de que el estado de la mar haga inviable cualquier maniobra de aproximación y abordaje por el costado de babor.
Irati activó con el pulgar el conmutador de su micrófono de garganta:
—Recibido, Jules. Mantenemos aproximación pasiva en silencio absoluto de radar. El equipo de asalto está en posición con el armamento verificado y las escalas telescópicas de abordaje listas en la bañera de popa.
Irati giró la cabeza y miró a través de la escotilla estanca hacia la parte posterior de la lancha.
Los seis operadores de la Unidad de Intervención Rápida de la Policía Marítima permanecían sentados en los bancos anatómicos de absorción de impactos, con las piernas flexionadas a noventa grados, los arneses de seguridad ajustados y los subfusiles HK MP5 asegurados contra el pecho, balanceándose con el cabeceo violento de la embarcación con la disciplina muda y profesional de los cuerpos de élite habituados a intervenir en la oscuridad del océano.
El frío de la noche marina se filtraba a través de las costuras de los guantes de neopreno, entumeciendo los dedos de Irati.
Respiró hondo, aspirando el olor a salitre condensado, a goma de los trajes secos y al ozono cargado por la tormenta eléctrica que comenzaba a iluminar la lejanía con relámpagos mudos que recortaban las crestas de las olas gigantes.
En mitad de aquella inmensidad salvaje, la inspectora sintió la misma pulsión visceral que la había guiado desde el inicio del caso en el puerto de Zierbena: la certeza de que estaban persiguiendo la verdad de su tierra hasta el último confín del mar.
A las tres y veinte de la madrugada, la distancia entre la lancha rápida de asalto y el buque pesquero se redujo a menos de ochocientos metros.
A través de los visores optrónicos de visión nocturna de fósforo blanco, la silueta maciza de acero del *Gure Itsasoa* se recortaba contra la negrura del agua como un peñasco flotante: las luces de posición de babor y estribor parpadeaban entre la espuma, mientras el penacho de humo negro de su chimenea principal era arrastrado a ras de cubierta por las rachas huracanadas del viento.
—¡Aproximación por la aleta de babor! —ordenó Rui Barbosa por el canal interno de la timonera—. ¡Preparad los arpeos neumáticos de aire comprimido y las escalas telescópicas de fibra de carbono!
En ese preciso instante, dos proyectores halógenos de alta intensidad situados en el alerón del puente de mando del pesquero se encendieron de golpe, barriendo la superficie del agua y deslumbrando momentáneamente las cámaras optrónicas de la lancha policial.
—¡Nos han detectado por el reflejo de la estela! —bramó el timonel luso, metiendo motor a fondo para esquivar el haz de luz cegadora.
En la cubierta de popa del *Gure Itsasoa*, tres tripulantes vestidos con monos impermeables amarillos y capuchas caladas comenzaron a manipular con desesperación las compuertas hidráulicas de la rampa de estiba.
Con un esfuerzo coordinado, empujaron por la borda cuatro bultos voluminosos envueltos en plástico negro y sellados con cinta americana reforzada, que cayeron al agua con un chapoteo sordo y quedaron flotando a la deriva en la estela turbulenta del pesquero.
—¡Están arrojando la carga señuelo al mar!
—gritó Irati, observando los fardos flotantes a través del visor térmico—.
Son los doscientos kilos de cocaína que Zabala preparó como cebo procesal.
Quieren forzarnos a detener la lancha para custodiar el alijo de estupefacientes mientras el buque gana tiempo y millas para alcanzar aguas internacionales fuera de la zona económica exclusiva.
—¡Ignorad los fardos flotantes! —dispuso Rui con voz de trueno por el intercomunicador—. ¡Nuestro objetivo prioritario es el control físico del puente de mando y el registro de la bodega de popa! ¡Máquinas avante toda!
Los tres motores fueraborda rugieron al unísono, entregando mil doscientos caballos de potencia instantánea que hicieron vibrar toda la estructura de la embarcación.
La *Rochedo* se encabritó sobre las olas, acelerando hasta los cuarenta y cinco nudos y superando la estela turbulenta del pesquero en una maniobra envolvente de alta precisión náutica.
El timonel del *Gure Itsasoa* intentó una maniobra evasiva desesperada y suicida, metiendo timón a estribor para embestir a la lancha con la obra muerta de su casco de acero.
Pero Rui anticipó el movimiento con la maestría de un patrón de regatas oceánicas: redujo gases en el motor de babor, ciñó la proa protegida de la *Rochedo* contra la curvatura de la aleta del pesquero y acopló las defensas neumáticas de kevlar contra la chapa de acero con un chirrido ensordecedor de fricción que despidió una nube de vapor caliente.
—¡Arpeos neumáticos fijados en la regala! ¡Abordaje! ¡Abordaje! —bramó el jefe del equipo táctico de asalto portugués mientras disparaba la escala telescópica hacia el pasamanos de la cubierta principal.
Los seis tiradores de la Unidad Especial de la Policía Marítima saltaron a la cubierta principal del pesquero en una secuencia cronometrada al milisegundo, asegurando sus líneas de vida con mosquetones de seguridad sobre los pasamanos de acero y desplegándose en abanico táctico bajo el azote incesante de las olas que barrían el combés con toneladas de agua salada.
Irati Sarasola subió por la escala telescópica con una agilidad y una firmeza forjadas en cientos de inspecciones marítimas en los puertos de Bizkaia y Guipúzcoa.
Apoyó las suelas de goma de sus botas sobre la cubierta resbaladiza de escamas, lodo y gasoil, desenfundó su pistola reglamentaria Walther P99 y se situó inmediatamente tras el escudo balístico del operador en cabeza mientras avanzaban con paso firme hacia la escala de acceso al puente de gobierno.
—¡Policía Marítima! ¡Alto el fuego! ¡Tiren las herramientas y mantengan las manos visibles sobre la cabeza! —ordenó Rui Barbosa por el megáfono exterior con una autoridad que retumbó con fuerza por encima del estruendo del temporal y del rugido de las máquinas.
Los dos marineros que permanecían en la cubierta de maniobra, ateridos de frío, empapados hasta los huesos y completamente superados por la contundencia del despliegue táctico, arrojaron al suelo dos barras de desencofrar de hierro y se arrodillaron sobre la chapa estriada con las manos entrelazadas sobre la nuca.
Irati y Rui subieron los peldaños metálicos de la escala hacia el puente de mando.
La puerta estanca de babor estaba abierta.
En el interior de la timonera, iluminado únicamente por la luz roja de las pantallas del radar náutico y del compás giroscópico, Jon Etxabe permanecía de pie aferrado a la rueda del timón de madera, con la pierna vendada apoyada sobre un taburete alto y el rostro empapado en sudor frío y dolor contenido.