Capítulo 10 — EL RUMBO #2
A las dos de la madrugada, la dársena militar de Cascais presentaba una actividad frenética y silenciosa.
En el pantalán número tres, la lancha rápida de intercepción *Rochedo* flotaba sobre las aguas oscuras del puerto deportivo militar, mecida por el oleaje de fondo.
Con sus dieciséis metros de eslora, su casco de planeo en V profunda construido en fibra de vidrio y kevlar reforzado, y tres motores fueraborda Yamaha de cuatrocientos caballos montados en el espejo de popa, la embarcación era un interceptor de asalto de última generación capaz de alcanzar velocidades superiores a los cincuenta nudos en condiciones de mar gruesa.
Irati y Rui Barbosa supervisaban la estiba del equipo táctico en la bañera de popa.
Seis agentes de la Unidad de Intervención Rápida de la Policía Marítima, vestidos con trajes secos de neopreno negro, chalecos de flotabilidad táctica, cascos balísticos con visión nocturna y subfusiles HK MP5 protegidos con fundas estancas, revisaban sus cargadores y sus sistemas de comunicaciones subacuáticas.
Rui ajustó una cincha de amarre de un contenedor estanco que albergaba el equipo médico de reanimación y trauma, y se sentó sobre la regala de babor junto a Irati, encendiendo un cigarrillo que resguardó de la brisa con la palma de la mano.
—El mar de diciembre entre Madeira y las islas Salvajes no se parece a nada que hayas navegado en el Cantábrico, inspectora —dijo el oficial portugués en voz baja, con la mirada perdida en las luces de las balizas del canal de salida—.
Hay una corriente de fondo profunda que sube desde el banco sahariano y genera olas cruzadas de cuatro a cinco metros sin previo aviso.
Si el patrón del *Gure Itsasoa* decide navegar a sotavento del temporal para forzar las máquinas de nuestra lancha, el impacto contra el casco de la *Rochedo* será como golpear muros de hormigón cada tres segundos.
Irati comprobó la hermeticidad de la funda estanca de su radio portátil de la Ertzaintza antes de responder con tono calmado:
—En el Cantábrico aprendemos a gobernar las lanchas de rescate de Cruz Roja y Salvamento Marítimo en las galernas de otoño desde que tenemos dieciocho años, Rui. Sé perfectamente lo que es sentir que la quilla se queda suspendida en el aire antes de caer a plomo en el seno de la ola.
Rui sonrió con una mueca melancólica y expulsó el humo hacia el agua del pantalán.
—En el invierno de 1996 perdí a mi hermano menor, Tiago, a bordo de un arrastrero de bajura frente a la barra de Nazaré —confesó el oficial luso con una gravedad sincera que desnudaba su coraza de veterano de operaciones especiales—.
Tenía veintidós años y era su primera costera como maquinista naval.
El buque volcó en mitad de la noche al engancharse el aparejo de fondo con un pecio sumergido no cartografiado.
Cuando las patrulleras de la armada llegaron al lugar del naufragio tres horas más tarde, solo encontraron dos boyas de plástico y una mancha de gasoil sobre la espuma.
Irati lo escuchó en silencio, comprendiendo el dolor antiguo que alimentaba la dedicación implacable del oficial portugués.
—Por eso elegí ingresar en la Policía Marítima y solicitar el destino en MAOC-N —continuó Rui, mirando el horizonte oscuro del Atlántico—.
No para perseguir a los pequeños contrabandistas de tabaco de las rías, sino para impedir que tipos como Zabala y armadores sin escrúpulos sigan utilizando la mar como un negocio sin ley donde la vida de los marineros y la dignidad de los pueblos de la costa se compran y se venden con pólizas de seguros fraudulentas.
—Esta noche vamos a cerrar esa cuenta, Rui —dijo Irati, posando su mano sobre el brazo del oficial portugués—. Por tu hermano Tiago, por Ane Arrieta, por la gente de Getaria y por todos los que el mar no ha podido devolver a casa.
Rui asintió con un gesto seco de agradecimiento, arrojó la colilla al recipiente de seguridad y se levantó para ordenar el inicio de la prueba de encendido de los tres motores principales.
A las cuatro y cuarto de la madrugada, cuando el convoy táctico del buque de apoyo oceánico *NRP Viana do Castelo* se preparaba para soltar amarras en la dársena principal de la base naval de Lisboa, Irati y Jules se reunieron a solas en el extremo del pantalán de Cascais, bajo la luz tenue de una farola portuaria cuya bombilla parpadeaba al compás del viento.
Jules vestía el mono térmico impermeable de navegación de la guardia costera federal sobre su ropa de abrigo, con el chaleco táctico de flotabilidad ajustado y la funda de su arma sellada contra la humedad salina.
Llevaba bajo el brazo la cartera de cuero con la documentación judicial y los certificados de procedencia de Boise.
Irati lo observó con detenimiento, grabando en su memoria cada detalle de su figura antes de que la distancia del océano los separara durante las próximas setenta y dos horas de persecución náutica.
—Ten mucho cuidado en el puente de mando del patrullero oceánico, Jules —dijo ella, con una ternura serena que contrastaba con la dureza del entorno militar—.
Si el temporal arrecia en la dorsal, mantened la distancia de radar hasta que nosotros confirmemos el abordaje seguro de la cubierta del pesquero.
Irati introdujo la mano derecha en el bolsillo interior de su cazadora técnica y extrajo un pequeño objeto metálico de latón envejecido, desgastado en los bordes por décadas de uso diario y con las iniciales de su padre grabadas a mano en la base del depósito.
Era el viejo mechero de gasolina de la marina mercante que había pertenecido a su padre y que la había acompañado en cada guardia difícil desde su ingreso en la Ertzaintza.
Irati tomó la mano derecha de Jules, abrió sus dedos enguantados y depositó el encendedor sobre su palma, cerrando su mano con firmeza sobre el metal tibio.
—Llévalo contigo durante toda la travesía, Jules —dijo ella con un susurro cargado de emoción—.
Mi padre decía que este mechero siempre encontraba el camino de regreso al puerto de Getaria, por muy cerrada que fuera la niebla en el cabo Machichaco.
Te lo entrego como depósito de honor: me lo devolverás en la lonja de Getaria cuando el *Libro de Mareas* esté a salvo en su vitrina.
Jules apretó el mechero en su puño, sintiendo el peso del legado familiar y el compromiso indestructible que aquel talismán representaba. Se llevó la mano de Irati a los labios y besó sus nudillos con devoción contenida.
—Te doy mi palabra de honor de que te lo devolveré en Getaria, Irati —prometió él, mirándola a los ojos con una convicción que no admitía la menor sombra de duda—.
Y cuando esta historia termine, compraremos ese caserío blanco frente a los acantilados de San Antón que vimos el pasado verano, y construiremos allí el hogar que la marea nos ha enseñado a defender.
Irati sonrió con los ojos humedecidos por la emoción, asintió despacio y dio un paso atrás hacia la escala de embarque de la lancha rápida.
—Hasta Getaria, Jules.
—Hasta Getaria, inspectora.
Jules permaneció en el extremo del pantalán, con el mechero de latón guardado junto a su corazón en el bolsillo interior de su chaleco, contemplando cómo Irati descendía a la timonera de la *Rochedo* y tomaba asiento junto a Rui Barbosa tras las pantallas de navegación nocturna.
A las cinco y diez de la madrugada en punto, coincidiendo con la pleamar astronómica que elevaba el nivel del agua en la ría de Setúbal, el rugido grave y sordo del motor diésel principal del *Gure Itsasoa* resonó en toda la dársena pesquera.
Desde la sala de operaciones conjuntas de MAOC-N, Leire Arregi y Dana Osorio observaban en los monitores de seguimiento satelital cómo el icono azul del pesquero guipuzcoano soltaba sus amarras de popa, encendía las luces de navegación reglamentarias de babor y estribor, y comenzaba a enfilar a velocidad lenta el canal de salida de la ría hacia la barra del estuario.
—El buque pesquero *Gure Itsasoa* ha cruzado el punto de control de Capitanía Marítima de Setúbal —anunció Leire a través del canal de radio de banda protegida—.
Transpondedor AIS emitiendo legalmente su código de llamada con destino declarado a los caladeros del banco canario-sahariano.
Rumbo de salida: doscientos quince grados sudoeste. Velocidad: nueve nudos y medio.
A través del enlace satelital cifrado, la voz de Jules Whitfield desde el puente del patrullero oceánico *NRP Viana do Castelo* confirmó la recepción:
—Buque de apoyo oceánico navegando a diez millas a sotavento en silencio de radar. Mantenemos el seguimiento pasivo de la señal térmica.
Segundos después, la voz serena y templada de Irati Sarasola llegó desde la timonera de la lancha de asalto *Rochedo*:
—Lancha rápida de intercepción *Rochedo* desatracada y en franquía en la bocana de Cascais. Motores acoplados, equipo táctico listo y derrota fijada en la estela del pesquero. Operación **MAREA** en fase de ejecución activa.
En las pantallas de proyección de Lisboa y en los monitores de enlace de la Ertzaintza en Vitoria y Donostia, la traza luminosa del pesquero avanzaba hacia las aguas negras e insondables del océano abierto, seguida a distancia por las dos unidades de intercepción policial.
La galerna de invierno comenzaba a arreciar en la dorsal atlántica, levantando las primeras olas gigantes sobre la negrura del mar y anunciando que la cuenta atrás para el desenlace definitivo de la trilogía había comenzado a descontar sus minutos sin retorno posible.