Marea (Costa Vasca 3) Capítulo 10 — EL RUMBO
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Capítulo 10 — EL RUMBO

La sala de mando estratégico de MAOC-N había sido aislada bajo protocolo de secreto operacional de nivel cinco.

Dos agentes de la Policía de Seguridad Pública custodiaban el acceso exterior blindado, mientras en el interior los terminales de telefonía móvil y los dispositivos inalámbricos descansaban en una caja de Faraday de aluminio sellada.

En las tres pantallas murales de alta definición, el mapa náutico del Atlántico central mostraba los vectores de derrota del *Gure Itsasoa*, la posición estimada del buque gemelo *Hegoi* y las rutas comerciales que convergían hacia el archipiélago de Cabo Verde.

Alrededor de la mesa de juntas, la comisión operativa de la Operación MAREA guardaba un silencio tenso y expectante.

Irati Sarasola y Julian Whitfield ocupaban la cabecera junto a Rui Barbosa; a su derecha, Dana Osorio sostenía una carpeta con las autorizaciones de la Fiscalía General y del Departamento de Justicia de los Estados Unidos; y en el extremo opuesto, Leire Arregi y el suboficial Eneko Goikoetxea, desplazado desde la comisaría de la Ertzaintza en Donostia para apoyar las comunicaciones de enlace con el Gobierno Vasco, comprobaban los canales de radio encriptada sobre una consola portátil.

Rui Barbosa se puso en pie, apoyando las palmas sobre el tablero de la mesa y proyectando su voz con la autoridad de un oficial curtido en cientos de operaciones marítimas:

—Señores, la operación se desarrollará de forma simultánea en tres frentes tácticos independientes, coordinados al segundo para impedir cualquier fuga de información o destrucción de pruebas materiales —anunció el oficial portugués, señalando los tres círculos luminosos en la pantalla central—.

Frente número uno: la neutralización del señuelo terrestre en Lisboa.

El equipo de contrainteligencia de la Policía Judiciária mantendrá la vigilancia sobre los hoteles de Cascais para hacer creer a Zabala que seguimos su rastro falso en tierra firme, evitando cualquier acción visible que pueda alertarlo antes de tiempo.

—Frente número dos: el aseguramiento judicial de la plataforma del Fondeadero —intervino Dana Osorio, desplegando la orden de embargo internacional rubricada por la magistrada de enlace—.

Un equipo conjunto de la DEA y de la policía judicial de Cabo Verde, amparado por un mandamiento de la fiscalía marítima de Praia, ejecutará el precinto cautelar del almacén franco en cuanto nuestros buques inicien el contacto táctico en alta mar, asegurando que ninguna otra pieza de la colección pueda ser evacuada por vía aérea.

Irati tomó la palabra, atrayendo la atención de todos los presentes con su tono firme, templado y seguro:

—Y frente número tres: la intercepción naval en aguas internacionales.

El *Gure Itsasoa* y el *Hegoi* ejecutarán el transbordo de la caja de cedro con el *Libro de Mareas* en las coordenadas treinta y dos grados catorce minutos norte, dieciséis grados cuarenta y cinco minutos oeste, a ochenta y cinco millas al sudoeste de Madeira.

Para asegurar la recuperación física del manuscrito y evitar que el Patrón o los tripulantes armados ar arrojen la pieza al fondo de la fosa antes del abordaje, la lancha rápida de intercepción *Rochedo* navegará en silencio de radar siguiendo la estela del buque pesquero, manteniéndose a una distancia de seguridad de seis millas hasta recibir la confirmación visual de que la caja ha salido de la bodega.

—Yo embarcaré en la lancha de asalto junto a Rui y al equipo táctico de la Policía Marítima —afirmó Irati con decisión inapelable—.

Conozco personalmente a Jon Etxabe y a los marineros de Getaria que componen su guardia de puente.

Si ven subir a un equipo anónimo de guardacostas abrirán fuego o hundirán la lancha con las defensas de proa; si ven a una inspectora de la Ertzaintza que conoce los códigos de su cofradía, mantendremos abierta la posibilidad de que depongan las armas antes de que la cubierta se convierta en una carnicería.

Jules fijó sus ojos en los de Irati antes de dirigirse a la mesa:

—Yo coordinaré el despliegue del buque de apoyo oceánico *NRP Viana do Castelo*, que navegará como respaldo pesado a doce millas a sotavento, y me integraré en la segunda oleada de abordaje para verificar de inmediato la autenticidad material del manuscrito y garantizar la cadena de custodia federal de las pruebas documentales.

Leire y Eneko mantendrán el enlace satelital permanente con la sala de crisis de Vitoria y con la Audiencia Nacional en Madrid.

Eneko Goikoetxea asintió con un gesto sobrio, ajustándose la cazadora con el distintivo de la Ertzaintza:

—La comisaría general de Donostia y la brigada de investigación criminal tienen a dos equipos preparados para intervenir en cuanto nos déis la señal de confirmación de captura del buque. Toda la costa vasca está pendiente de este barco, Irati.

Rui Barbosa miró su reloj de pulsera militar:

—Son las once y media de la noche. El *Gure Itsasoa* tiene autorizada la salida de puerto a las cinco y diez de la madrugada. Es el momento de tomar posiciones en la dársena de Cascais.

A la medianoche, antes de trasladarse a la dársena militar, Irati y Jules caminaron en silencio por la pasarela de madera que bordeaba la orilla del Tajo, en las inmediaciones del monumento a los Descubrimientos en Belém.

La marea baja dejaba al descubierto los basamentos de piedra calcárea cubiertos de algas verdes y el olor a salitre atlántico se mezclaba con el aire frío de la noche, limpiando de golpe la atmósfera viciada de las salas de reuniones y los despachos oficiales.

A lo lejos, las luces del puente 25 de Abril formaban un arco dorado sobre el agua oscura, y el rumor sordo del oleaje rompiendo contra el espigón marcaba el compás de sus pasos.

Jules se detuvo junto a la barandilla de hierro, apoyando ambas manos sobre el metal frío y contemplando la inmensidad del estuario que se abría hacia el océano abierto.

—Esta tarde hablé de nuevo con el director adjunto en Washington, Irati —dijo Jules con voz serena, mirando las sombras del agua—.

Me exigió una respuesta irrevocable antes de la medianoche del treinta y uno de diciembre.

Si no formalizo la aceptación de la plaza en la célula transatlántica de Nueva York, el puesto será asignado al jefe de la delegación de Londres y mi expediente en el Legat de Madrid quedará cerrado de manera definitiva al concluir el año fiscal.

Irati se colocó a su lado, resguardando las manos en los bolsillos de su abrigo. El viento del sudoeste le revolvía el pelo oscuro sobre las mejillas, pero su mirada permanecía fija en el horizonte marino.

—Nueva York es la cumbre de tu carrera profesional en el FBI, Jules.

Es el reconocimiento a quince años de trabajo impecable en análisis de inteligencia y crimen organizado transnacional.

Ningún agente especial de tu promoción rechazaría una jefatura de sección en Manhattan con menos de cuarenta años.

Jules se giró despacio para encararla, acortando la distancia entre ambos hasta que la calidez de su presencia disipó el frío del viento nocturno.

—El éxito profesional no tiene ningún valor si tienes que construirlo en una oficina donde estás completamente solo, Irati —dijo él con una sinceridad descarnada que vibró en el silencio de la pasarela—.

Durante años creí que mi vida consistía en acumular casos resueltos, ascensos de nivel y felicitaciones oficiales de la dirección.

Pero cuando te conocí en la dársena de Zierbena, cuando vi tu determinación para defender la verdad de tu gente frente a todo el poder de las corporaciones y los despachos de Madrid, comprendí que la única causa que realmente merece la pena es aquella en la que entregas el corazón sin reservas.

Irati levantó los ojos hacia los suyos. En la penumbra de la noche lisboeta, las facciones del agente federal reflejaban una entrega absoluta, desprovista de cualquier cálculo o ambición personal.

—No sabemos qué nos espera en mitad de esa dorsal atlántica, Jules —susurró ella con la voz templada por la emoción contenida—. El Patrón está desesperado, Zabala no dudará en hundir los barcos antes de dejarse atrapar, y el mar en diciembre no concede segundas oportunidades a nadie.

—Por eso mismo no voy a dejar pasar este instante sin decirte lo que siento, Irati —respondió Jules, dando un paso adelante y tomando el rostro de la inspectora entre sus manos con una delicadeza infinita.

Sus dedos enguantados acariciaron la piel fría de sus mejillas, sintiendo el temblor imperceptible de sus labios y el latido desbocado de su respiración.

Irati no retrocedió; alzó las manos y se aferró a las solapas del abrigo de Jules, cerrando los ojos mientras sus frentes se unían en un contacto profundo y anhelado.

Jules inclinó la cabeza y besó a Irati en los labios.

Fue un beso largo, intenso, cargado de la pasión contenida durante meses de guardias compartidas, de silencios comprendidos y del compromiso tácito de dos almas que se reconocían en la misma lucha.

En mitad de la noche atlántica, con el rumor de la marea lamiendo los pilares del muelle y la inminencia de la batalla en el horizonte, el beso selló su pacto indestructible: una promesa de vida, de amor y de futuro que desafiaba a la tormenta, a las fronteras y al propio océano.

Cuando se separaron despacio, con las frentes aún unidas y las respiraciones entremezcladas en una nube de vapor blanco, Irati abrió los ojos y lo miró con una luz nueva y serena en la mirada.

—Vamos a por ese barco, Jules —susurró ella con una sonrisa decidida y luminosa—. Y después de que devolvamos el libro a Getaria, decidiremos juntos el rumbo de nuestra vida.