Marea (Costa Vasca 3) Capítulo 9 — LA CUADERNA #3
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Capítulo 9 — LA CUADERNA #3

—Necesito que actives de inmediato la maniobra de distracción estratégica en la delegación de enlace de la Audiencia Nacional en Madrid y en la central de transmisiones de la Policía Judiciária en Lisboa —ordenó Zabala con tono pausado y autoritario—.

Filtra a través de los canales confidenciales de la brigada de información que he sido detectado personalmente manteniendo reuniones privadas en un hotel de lujo de Cascais, negociando la recompra de los bonos soberanos con directivos de un consorcio bancario suizo.

—¿El objetivo es forzar a la policía portuguesa a concentrar sus unidades de vigilancia en la línea de la costa de Estoril? —preguntó el enlace desde Madrid.

—Exactamente —confirmó Zabala con una sonrisa gélida—.

La inspectora Sarasola y el agente Whitfield son demasiado metódicos para desestimar una pista contrastada que sitúe a la cabeza del entramado en tierra firme a menos de treinta kilómetros de su cuartel general.

Desplegarán a los equipos de seguimiento estático de la Policía Marítima y solicitarán mandamientos de interceptación telefónica urgente sobre los hoteles de Cascais, convencidos de que tienen la oportunidad histórica de capturarme antes de que el buque cruce la barra del río.

—¿Y cuál será tu posición real mientras ellos registran los hoteles de Cascais?

Zabala contempló a través del ventanal las luces lejanas de los barcos mercantes que cruzaban la desembocadura del Tajo rumbo a las aguas abiertas del Atlántico.

—Yo jamás cometo el error de permanecer en el mismo puerto dos veces cuando el mar se prepara para cobrar su parte —sentenció Zabala—.

Dentro de tres horas embarcaré en un hidroavión privado en la dársena militar de Alverca con destino directo al aeródromo de Sal, en el archipiélago de Cabo Verde.

Yo mismo supervisaré el transbordo del *Libro de Mareas* a bordo de la goleta *Siren* en mitad del océano.

Sarasola y Whitfield pasarán las próximas cuarenta y ocho horas persiguiendo sombras en las suites de Cascais, y cuando comprendan que han mordido un anzuelo falso, la goleta habrá cruzado el meridiano de Greenwich con la pieza más valiosa de la historia naval a buen recaudo.

Zabala concluyó la llamada, extrajo la tarjeta SIM del teléfono desechable, la quebró en dos pedazos con unos alicates de corte y redujo los componentes plásticos y de silicio a cenizas en un cenicero metálico con la llama de un encendedor de gas.

A las nueve y cuarto de la noche, el silencio en el ático de la rúa do Alecrim era absoluto.

Zabala apagó las luminarias principales del despacho, dejando encendida únicamente la lámpara de banquero con tulipa de cristal esmeralda que proyectaba un círculo de luz cálida sobre el centro de la mesa de caoba.

Abrió el cajón de seguridad inferior mediante una combinación mecánica de cuatro ruedas numéricas y extrajo una carpeta de terciopelo azul oscuro forrada en seda natural.

En su interior descansaba una fotografía de gran formato en alta resolución, obtenida con iluminación rasante y tecnología de reflectografía infrarroja por los expertos del laboratorio de restauración de Ginebra en el año 2001.

La imagen reproducía con una nitidez sobrecogedora la cubierta de cuero repujado del *Libro de Mareas de la Cofradía de Mareantes de San Pedro de Getaria*.

En el centro del pergamino antiguo, oscurecido y pulido por el roce de las manos de decenas de patrones de pesca, secretarios de cofradía y maestres de navegación durante más de trescientos años, destacaba el escudo heráldico grabado a fuego de la villa marinera: la ballena arponeada sobre el mar encrespado del Cantábrico y la divisa en latín clásico que consagraba la alianza de los hombres de la mar: *«Navigantes in mari, custodes memoriae»*.

Zabala deslizó la yema de sus dedos sobre la superficie pulida de la fotografía, como si a través de la emulsión química pudiera entrar en contacto directo con la textura del cuero centenario y con la tinta indeleble con la que aquellos navegantes anónimos habían trazado sus derrotas marítimas y sus acuerdos de honor comunal siglos atrás.

—La pieza del norte era vuestra, inspectora Sarasola —susurró Zabala en la penumbra del despacho, con una voz cargada de una ambición desmedida y lúcida que constituía el auténtico núcleo de su personalidad—.

Era la memoria de vuestros pescadores, de vuestras cofradías arruinadas y de vuestros muertos enterrados bajo el salitre de los acantilados de Guipúzcoa.

Pero la pieza del mundo. la pieza que decide quién se sienta en la mesa de las grandes dinastías financieras internacionales y quién maneja los destinos del mercado global. esa pieza me pertenece a mí.

Cerró la carpeta de terciopelo con un movimiento ceremonioso y medido, la guardó en su maletín de cuero de viaje junto a su pasaporte diplomático y su ordenador portátil con las firmas digitales de compensación bancaria, y se abrochó el abrigo de lana gris.

Caminó con paso firme hacia la puerta acorazada del despacho, se detuvo un instante con la mano apoyada en la maneta de bronce y contempló por última vez el perfil nocturno de Lisboa recortado contra las aguas oscuras del estuario del Tajo.

—Que el mar decida quién tiene el poder de escribir la última página —dijo en voz baja en el umbral.

Apagó la lámpara verde y cerró la puerta acorazada tras de sí con un chasquido metálico rotundo que dio comienzo a la travesía hacia el corazón del océano Atlántico.