Capítulo 11 — LA TRAVESÍA #2
Al ver entrar a Irati con el arma en posición de guardia y la placa oficial de la Ertzaintza visible sobre su pecho, el viejo patrón soltó lentamente la rueda del timón, dejó caer los brazos a lo largo del cuerpo y clavó en ella una mirada cansada donde la derrota se mezclaba con una extraña y profunda sensación de alivio.
—Llegas tarde, inspectora Sarasola —dijo Etxabe con la voz rota por el dolor punzante de su herida de bala y el agotamiento de días enteros sin dormir—. La marea ya tenía el pago comprometido desde el mismo instante en que soltamos amarras en Setúbal.
Irati avanzó con paso firme hasta quedar a un metro de él, manteniendo el arma apuntada hacia el suelo pero con el dedo índice apoyado sobre el disparador.
—Queda usted detenido, señor Etxabe, por los delitos de contrabando continuado de patrimonio histórico, pertenencia a organización criminal e intento de homicidio contra funcionarios de policía —declaró Irati con una frialdad implacable y serena—. ¿Dónde está el *Libro de Mareas*?
Etxabe soltó una carcajada amarga y seca, que terminó en un acceso de tos asmática provocada por el humo del tabaco y la humedad de la mar.
—Ese manuscrito no ha pisado las maderas de este barco en toda su travesía, neska —respondió el Patrón, señalando con la barbilla hacia las aguas abiertas del sudoeste—.
Zabala sabía perfectamente que MAOC-N seguiría la estela del *Gure Itsasoa* como perros de presa tras el rastro de la droga señuelo que acabamos de tirar por la popa.
El manuscrito original viaja en la bodega estanca del *Hegoi* desde hace tres días.
Y a estas horas de la madrugada, el buque gemelo ya ha alcanzado las coordenadas para completar el relevo en la dorsal.
Rui Barbosa ordenó de inmediato el engrilletamiento con bridas de seguridad de Jon Etxabe y de los marineros de guardia, asignando a tres agentes armados para custodiar el puente de mando y asegurar el control de las máquinas principales del buque.
Irati descendió de inmediato a la bodega de congelación junto al jefe del equipo de asalto.
Equipados con linternas tácticas revisaron palé por palé las cajas de pescado procesado, los dobles fondos de las sentinas, los túneles de congelación rápida y los compartimentos estancos de la sala de máquinas auxiliares.
No había rastro de la caja de cedro ni de los documentos históricos de las cofradías de mareantes: únicamente encontraron los bidones de combustible suplementario y los precintos rotos que confirmaban que el pesquero había operado como una simple nave señuelo diseñada para desviar la atención policial y consumir la autonomía de las patrulleras.
Irati subió de nuevo al puente de gobierno, tomó el micrófono de la estación de radio de banda lateral del pesquero y sintonizó la frecuencia protegida de enlace táctico con el *NRP Viana do Castelo*.
—Jules, aquí Irati. Hemos asegurado el control total del *Gure Itsasoa* sin bajas entre los agentes.
Jon Etxabe está formalmente bajo custodia judicial y los tripulantes han sido neutralizados.
Pero la bodega está limpia: el manuscrito no está a bordo de este casco.
El Patrón confirma que la pieza viaja en el *Hegoi*.
A través del altavoz de la consola de transmisiones, la voz de Julian Whitfield llegó cargada de una tensión contenida y de una urgencia inaplazable:
—Lo sabemos, Irati. Leire acaba de interceptar una transmisión de radio encriptada entre el puente del *Hegoi* y la goleta maltesa *Siren*.
El buque gemelo apagó su señal de posicionamiento hace dos horas a sesenta millas al oeste de las islas Salvajes y ha iniciado la maniobra de aproximación final hacia el punto de transbordo en la dorsal atlántica.
El Fondo Azul ha adelantado la entrega debido a la aproximación del frente borrascoso profundo.
Irati apretó el auricular contra su oreja, sintiendo cómo el corazón le latía con fuerza en el pecho:
—¿Cuál es la distancia exacta entre el patrullero oceánico *Viana do Castelo* y la posición estimada del *Hegoi*?
—Ciento diez millas náuticas —respondió Jules con precisión matemática—.
A la velocidad máxima de máquinas del *Viana do Castelo* tardaremos casi cinco horas en alcanzar las coordenadas de intercepción.
Para entonces, la goleta maltesa habrá estibado la caja de cedro en su cámara acorazada y habrá puesto rumbo hacia aguas internacionales fuera del alcance de nuestra jurisdicción de abordaje.
—Nosotros estamos a solo cuarenta y cinco millas náuticas del punto de convergencia a bordo de la lancha rápida *Rochedo* —intervino Irati, mirando a Rui Barbosa, quien asintió de inmediato con un gesto enérgico y decidido de la cabeza—.
Tenemos combustible suficiente en los tanques auxiliares de proa para navegar a cuarenta nudos durante dos horas y media.
—Irati, el estado de la mar en esa cuadrícula oceánica es de fuerza ocho en la escala Beaufort —advirtió Jules con una preocupación evidente y sincera en su tono—.
Las olas superan los cinco metros y medio y la visibilidad es prácticamente nula.
Navegar a esa velocidad en una embarcación de dieciséis metros con este temporal representa un riesgo extremo de vuelco y zozobra.
—Es la única oportunidad que nos queda de recuperar el *Libro de Mareas* antes de que desaparezca para siempre en una colección privada del Golfo, Jules —sentenció Irati con una determinación inquebrantable que no admitía réplica—.
No hemos cruzado el océano y desafiado a toda la estructura del fondo para quedarnos mirando cómo el gemelo se escapa con la memoria y la historia de nuestra costa.
Nos vemos en las coordenadas del transbordo.
A las cuatro y media de la madrugada, tras transferir la custodia formal de Jon Etxabe y de la tripulación detenida al equipo de presa del patrullero oceánico que acababa de posicionarse a sotavento del pesquero para remolcarlo hacia puerto seguro, la lancha rápida de intercepción *Rochedo* soltó sus amarras y enfiló de nuevo su proa hacia el sudoeste profundo.
En el interior de la timonera protegida, el impacto continuo y violento contra las olas gigantes hacía crujir la estructura de kevlar con un sonido seco, sordo y aterrador.
El agua salada caía en cascadas ininterrumpidas sobre el techo de la cabina, mientras el compás magnético oscilaba violentamente al compás del oleaje cruzado que barría la dorsal atlántica.
Irati tomó asiento en el banco de navegación auxiliar, asegurándose con el arnés de cuatro puntos de anclaje para amortiguar los golpes de la quilla contra las crestas de agua.
Sacó su teléfono satelital del bolsillo estanco de su chaleco y abrió la aplicación de mensajería cifrada para redactar un texto corto dirigido al terminal personal de Jules en el puente del patrullero:
*«El mar devuelve lo que le das, Jules. Jon Etxabe ha confesado en el puente que la venta privada tiene fijado un plazo límite de cuarenta y ocho horas antes del cierre bancario en Ginebra.
Zabala cree que seguimos en tierra firme buscando sombras en los hoteles de Cascais.
La Rochedo navega a rumbo doscientos cuarenta grados a cuarenta nudos.
Vamos a por el gemelo y a por la cabeza del fondo. Nos vemos en el agua.»*
Envió el mensaje satelital y guardó el terminal junto a su pecho, sintiendo el contacto metálico del mechero de latón de su padre a través del tejido térmico de su cazadora.
Afuera, en la inmensidad salvaje, gélida e indómita del Atlántico central, la tormenta de invierno rugía con toda su furia acumulada, levantando muros de agua negra coronados de espuma fosforescente que desafiaban el avance decidido de la pequeña lancha de asalto policial.
Pero en la mirada oscura y decidida de Irati Sarasola no había espacio para la duda ni para el temor: únicamente ardía la resolución fría, implacable y absoluta de quien sabe que la marea de la justicia había comenzado su carrera definitiva hacia la costa vasca.