Marea (Costa Vasca 3) Capítulo 9 — LA CUADERNA
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Capítulo 9 — LA CUADERNA

El despacho de Zabala no figuraba en ningún directorio mercantil de la capital portuguesa ni contaba con placa de bronce junto al timbre de acceso.

Ocupaba el ático de un edificio señorial de estilo pombalino en la rúa do Alecrim, cuidadosamente restaurado con carpintería de madera noble, cristales dobles con aislamiento acústico y térmico de alta densidad y una puerta de seguridad acorazada camuflada tras una moldura de roble francés del siglo XVIII.

Desde los ventanales orientados al sur, la vista abarcaba los muelles de Cais do Sodré, la curva majestuosa del Tajo hacia la torre de Belém y el tránsito incesante de los buques mercantes y transbordadores que remontaban el estuario bajo la luz plomiza y húmeda de la mañana.

Zabala permanecía sentado tras una mesa de caoba maciza de época manuelina, completamente despejada salvo por un teléfono satelital Iridium de carcasa negra reforzada y un cuaderno de notas de papel verjurado donde anotaba cifras, porcentajes y nombres en código con una pluma estilográfica de tinta sepia.

Vestía un traje de lana fría gris marengo confeccionado a medida en Milán, camisa de lino blanco sin corbata y un reloj suizo de oro blanco de fabricación artesanal cuya esfera no lucía logotipo de marca visible.

Su aspecto físico —el cabello plateado cortado con rigor geométrico, los ojos grises y penetrantes tras unas gafas de montura de titanio cepillado, y una delgadez fibrosa que disimulaba sus más de sesenta años— proyectaba la imagen de un alto ejecutivo de banca privada internacional acostumbrado a tomar decisiones que movían decenas de millones de euros con un simple movimiento de cabeza.

Frente a él, de pie junto a la biblioteca de pared que albergaba colecciones completas de tratados de derecho marítimo internacional, ordenanzas de aduanas y catálogos de subastas de arte de Sotheby’s y Christie’s encuadernados en piel, su jefe de seguridad en Lisboa, un antiguo oficial de operaciones especiales de la marina angoleña conocido como Caldas, aguardaba en silencio con una carpeta de cartón rígido bajo el brazo.

—El intento de neutralización de Tomás Ferreira en el muelle pesquero de Santa Apolónia ha fracasado —informó Caldas con voz plana y neutra, sin intentar amortiguar el impacto del parte operativo—.

La inspectora de la Ertzaintza y el agente del FBI se encontraban integrados en el equipo de extracción de la Policía Marítima.

Reaccionaron en menos de cuatro segundos ejecutando fuego cruzado de cobertura con munición de nueve milímetros.

Jon Etxabe resultó alcanzado por dos impactos de bala en la pierna derecha y perdió su crucifijo personal durante el repliegue forzado.

Los dos tiradores tuvieron que evacuarlo en el furgón isotermo antes de que las unidades de asalto de la Policía de Seguridad Pública cerraran los accesos al muelle.

Zabala no mostró la menor alteración en el pulso ni levantó la voz por encima de su habitual tono pausado y aristocrático. Tapó la pluma estilográfica con un chasquido metálico suave y la depositó con delicadeza milimétrica sobre el secante de cuero de la mesa.

—Jon Etxabe siempre ha sido un marino extraordinario para gobernar un pesquero en mitad de un temporal en Terranova, pero un pésimo estratega para operaciones tácticas en tierra firme —dijo Zabala con un tono gélido, desprovisto de cólera pero cargado de un desprecio intelectual implacable—.

Le advertí con absoluta claridad que no interviniera de forma presencial en las calles de Lisboa.

Su vanidad arcaica de viejo patrón de cofradía y su obsesión por saldar cuentas pendientes con el contable nos han costado la pérdida de una prueba material decisiva que la policía científica portuguesa no tardará en vincular con el armador del *Gure Itsasoa*.

—La Policía Marítima y los analistas de MAOC-N han intensificado los controles de vigilancia sobre todos los muelles comerciales y pesqueros de Setúbal, Sesimbra y Cascais —añadió Caldas—.

Si la inspectora Sarasola y el agente Whitfield obtienen un mandamiento judicial de detención contra Etxabe antes de las cinco de la tarde, bloquearán la bocana del estuario mediante patrulleras artilladas.

Zabala se recostó en su sillón de piel de becerro, juntando las yemas de los dedos de ambas manos en un gesto de cálculo reflexivo.

—Sarasola y Whitfield son dos investigadores eficaces y metódicos, pero sufren de la limitación estructural inherente a todos los funcionarios policiales de carrera: creen ciegamente en la validez universal de sus ordenamientos jurídicos y en la eficacia de la cooperación burocrática entre Estados —analizó Zabala con serenidad despiadada—.

No van a interceptar el buque en la dársena de Setúbal porque saben perfectamente que el manuscrito original no está a bordo de ese pesquero.

Si asaltan el *Gure Itsasoa* en el muelle de atraque, solo encontrarán los doscientos kilos de cocaína señuelo que hemos colocado en el doble fondo refrigerado y una tripulación gallega que declarará de forma unánime no saber nada del *Libro de Mareas*.

Saben que para desmontar la estructura financiera y política del fondo necesitan atrapar al buque gemelo en el momento exacto del transbordo oceánico.

—¿Ordeno entonces a los tiradores de apoyo la eliminación de los dos inspectores antes de que embarquen en la lancha rápida de MAOC-N? —inquirió Caldas, dando un paso al frente.

—Bajo ninguna circunstancia —respondió Zabala con firmeza inapelable—.

Si ejecutamos a una inspectora de la Ertzaintza y a un agente especial del FBI en territorio continental portugués, la causa judicial dejará de ser una investigación por expolio de patrimonio histórico para transformarse de inmediato en un incidente diplomático de máxima prioridad internacional, lo que forzaría al Departamento de Estado en Washington y a la Audiencia Nacional en Madrid a desplegar fragatas militares, aviones de patrulla marítima y satélites de reconocimiento táctico en toda la dorsal atlántica.

Dejad que embarquen en su lancha rápida.

Dejad que sigan al buque hacia el sur. El océano Atlántico en pleno mes de diciembre a cuatrocientas millas de la costa se encargará de hacer el trabajo sucio sin dejar casquillos percutidos, ni testigos incómodos, ni informes de autopsia que puedan ser esgrimidos ante un tribunal penal internacional.

A las dos y media de la tarde, la lluvia volvió a descargar con violencia torrencial sobre los astilleros de reparación naval militar de Alfeite, en la margen izquierda del estuario del Tajo.

El olor penetrante a pintura antifouling de alta toxicidad, a planchas de acero oxidado cortadas con soplete y a combustible diésel marino quemado dominaba el aire en torno al dique flotante número dos, donde el casco de acero del *Gure Itsasoa* permanecía amarrado con gruesos cabos de estacha trenzada a los norays de cemento armado.

Zabala avanzó sobre las pasarelas metálicas encharcadas del dique resguardado bajo un gran paraguas negro de seda que sostenía Caldas, hasta alcanzar la escala de gato que comunicaba con la cubierta principal del pesquero.

Al pie del mástil de carga de proa, sentado sobre un cajón de madera que contenía pertrechos náuticos y con la pierna derecha toscamente vendada con gasas manchadas de yodo sobre el pantalón impermeable de faena, Jon Etxabe fumaba en silencio con la mirada perdida en las aguas grises y turbulentas del canal de navegación.

El Patrón era un hombre de sesenta y cuatro años, con la piel del rostro curtida y agrietada por cuarenta inviernos en los caladeros del mar de Barents, el Gran Banco de Terranova y el golfo de Vizcaya, espaldas anchas de remero de trainera y unas manos deformadas por la artrosis y las cicatrices de los anzuelos de palangre.

Al escuchar las pisadas firmes y elegantes de los zapatos de Zabala sobre la chapa estriada de cubierta, alzó la cabeza lentamente, sin mostrar el menor atisbo de sumisión ni de sorpresa.

—Dejaste tu crucifijo de oro en los adoquines de Santa Apolónia, Jon —dijo Zabala, deteniéndose a dos metros de él con la voz seca, precisa y afilada de quien audita un balance de pérdidas empresariales—.

La inspectora Sarasola ya tiene tu nombre, tus apellidos y tu fecha de ingreso en la cofradía de Getaria registrados en una bolsa de evidencias judiciales de la policía científica.

Etxabe escupió una hebra de tabaco negro sobre la chapa mojada antes de responder con su voz cavernosa, áspera y profunda:

—Esa chica de Getaria tiene en la mirada el mismo fuego que tenía su padre, Zabala.

Cuando me encañonó con su pistola reglamentaria en el callejón del muelle no le tembló el pulso ni una fracción de segundo.

Su padre era exactamente igual cuando patroneaba el arrastrero en las galernas de noviembre: no soltaba la rueda del timón aunque las olas rompieran contra la cristalera del puente y el agua le llegara a las rodillas.

—No he cruzado el estuario bajo el temporal para escuchar recuerdos nostálgicos sobre las costeras de bonito de tu juventud, Jon —cortó Zabala con desdén gélido—.

He venido a recordarte cuál es el precio exacto del pacto que sellamos hace más de veinte años en la dársena de Pasajes, cuando el pesquero de tu familia se fue a pique frente a los acantilados del cabo Machichaco con tres marineros muertos en la bodega y las compañías de seguros marítimos se negaron a indemnizar a las viudas porque el barco navegaba con las cuadernas podridas y sin certificados de navegabilidad en regla.

El Patrón apretó los dientes con tanta fuerza que los músculos maseteros de su mandíbula se dibujaron bajo la piel cetrina de su rostro. La mención de aquel naufragio de noviembre de 2003 constituía la herida moral abierta que había determinado cada uno de sus pasos durante las dos últimas décadas.