Marea (Costa Vasca 3) Capítulo 8 — EL CASCO #3
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Capítulo 8 — EL CASCO #3

Irati se arrodilló, extrajo un pañuelo de papel estéril de su bolsillo y recogió la pieza con extrema precaución para no alterar posibles restos biológicos o huellas dactilares.

Era un crucifijo macizo de oro amarillo de veinticuatro quilates, con una anilla de amarre marinero y una cadena de eslabones pesados, en cuyo reverso aparecía grabada a buril una inscripción en euskera arcaico acompañada de una fecha: *«Getaria, 1994 — Jon Etxabe»*.

—No nos enviaron a unos matones a sueldo de los muelles de Setúbal ni a delincuentes comunes reclutados en los arrabales de Lisboa —dijo Irati con voz serena y gélida, mostrando la joya a Jules y a Rui—.

El propio Jon Etxabe vino en persona a encabezar el asalto para asegurarse de que la boca de Tomás Ferreira quedaba sellada para siempre antes de que el buque soltara amarras.

—Ha dejado su firma física en la escena del crimen —sentenció Rui Barbosa, guardando el crucifijo de oro en una bolsa de evidencias precintada—.

Ahora disponemos de la flagrancia del intento de asesinato en grado de tentativa y de la prueba material que sitúa al patrón del *Gure Itsasoa* al frente de una organización armada.

Ya no hay inmunidad diplomática, ni recurso de bandera de conveniencia que valga: en cuanto ese pesquero encienda sus máquinas, será considerado y perseguido como un buque hostil en aguas internacionales.

A las once de la noche, la tormenta que había azotado la costa central portuguesa durante las últimas cuarenta y ocho horas se disipó por completo, dando paso a una noche invernal despejada, gélida y diáfana que recortaba con una nitidez casi irreal las luces doradas del puente 25 de Abril y la silueta monumental del Cristo Rey sobre los acantilados de la margen sur del estuario del Tajo.

En la sala de estar del piso franco de la Policía Marítima en Alfama, iluminada únicamente por la luz cálida de una lámpara de pie con pantalla de pergamino, Irati y Jules se encontraban a solas tras haber formalizado el ingreso de Tomás Ferreira en el módulo de máxima seguridad del centro penitenciario de Monsanto bajo el estatuto de testigo protegido judicial.

Jules llenó dos vasos de cristal grueso con agua mineral en la encimera de la cocina y caminó hacia la mesa de madera donde Irati estudiaba las cartas de corrientes marinas del Atlántico central.

La inspectora vestía una camisa de franela oscura con las mangas remangadas hasta los codos, el pelo castaño recogido en una trenza floja que dejaba al descubierto su perfil concentrado y la libreta de campo de la Ertzaintza abierta junto a una regla de cálculo náutico.

—Bebe un poco —dijo Jules con suavidad, dejando uno de los vasos sobre la mesa junto a sus planos—. Llevas catorce horas sin probar bocado, alimentándote exclusivamente de café solo y tensión nerviosa.

Irati alzó la vista, tomó el vaso entre sus manos y bebió varios sorbos despacio, sintiendo cómo el agua fresca aliviaba la sequedad de su garganta.

Sus ojos oscuros se clavaron en los de Jules, recorriendo las líneas de cansancio que marcaban el contorno de sus ojos, la mandíbula sombreada por una barba oscura de dos días y esa serenidad inquebrantable que el agente federal transmitía incluso en los momentos de mayor peligro táctico.

—Jon Etxabe no se va a entregar pacíficamente en mitad del mar, Jules —dijo ella en un susurro grave, acariciando con el pulgar el borde del vaso—.

Lo conozco desde que yo era una niña y él entraba con su barco en el puerto de Getaria con las bodegas llenas de bonito del norte.

Es un marinero de la vieja casta cantábrica: duro como el granito, impermeable al miedo, profundamente leal a los códigos no escritos de la mar y absolutamente convencido de que su deuda de honor con Zabala está por encima de cualquier ley civil o penal.

Si intentamos abordarlo en aguas abiertas con una patrullera convencional, convertirá la cubierta de su barco en un fortín antes de permitir que nadie ponga una mano sobre la caja de cedro.

Jules rodeó la mesa y tomó asiento en la silla contigua, reduciendo el espacio físico entre ambos hasta que sus rodillas se rozaron levemente bajo el tablero de madera.

—Por esa misma razón no vamos a delegar el asalto en un destacamento anónimo de guardacostas, Irati —respondió Jules con una gravedad sosegada y firme—.

Si MAOC-N emite la orden ejecutiva de abordaje en alta mar, tú y yo formaremos parte del equipo de asalto principal en la lancha rápida de intercepción.

No para buscar una condecoración en Washington ni para redactar un informe de éxito en Madrid, sino para asegurar que ese manuscrito histórico se recupere intacto y para impedir que nadie utilice la confusión del combate nocturno para hundir el buque con todas las pruebas contables en el fondo de la fosa atlántica.

Irati lo contempló en silencio durante unos instantes. En la quietud de la estancia, el rumor distante del tráfico de la ciudad parecía amortiguarse hasta desaparecer por completo.

—Es una travesía extremadamente peligrosa, Jules.

El Atlántico en diciembre no admite errores de cálculo ni vacilaciones de timón.

Si nos quedamos aislados a trescientas millas de la costa en mitad de una galerna invernal, no habrá helicópteros de salvamento con autonomía suficiente para llegar a tiempo ni jueces de guardia a los que recurrir.

Solo estaremos nosotros, la tripulación armada del Patrón y el océano negro bajo la quilla.

Jules extendió el brazo sobre la mesa y posó su mano abierta sobre los dedos de Irati. Su contacto era cálido, firme y reconfortante, desprovisto de cualquier atisbo de duda o artificio.

—He pasado casi toda mi vida profesional en despachos oficiales del FBI sintiendo que mis raíces familiares eran únicamente un relato nostálgico que mi abuela Miren me contaba en las noches de invierno en Idaho, Irati —confesó Jules con una emoción contenida que vibró en el aire de la habitación—.

Y desde que comenzamos a trabajar juntos en la noche fría del puerto de Zierbena, pasando por los acantilados de Punta Galea y los muelles de Getaria, he comprendido con absoluta claridad cuál es mi verdadero lugar en el mundo.

No necesito la jefatura de sección en Manhattan, ni el salario de director de división, ni la aprobación de la embajada de Madrid.

Lo único que realmente necesito para estar en paz conmigo mismo es saber que estamos navegando en la misma derrota, hombro con hombro, hasta el final de esta historia.

Irati no retiró la mano. Giró suavemente la palma hacia arriba y entrelazó sus dedos con los de Jules, apretando con una fuerza silenciosa y elocuente que disipó en un instante toda la incertidumbre acumulada durante meses de distancia y deber institucional.

—En la misma derrota, Jules —susurró ella, sintiendo una calidez profunda que inundó su pecho y templó la dureza de su mirada—. Hasta que la marea devuelva a la tierra todo lo que le pertenece.

Permanecieron así durante largo tiempo, con las manos entrelazadas sobre las cartas náuticas del océano, compartiendo la certeza inquebrantable de que su unión era ya más fuerte que cualquier mandato burocrático o frontera internacional.

A la una y cuarto de la madrugada, Leire Arregi y Rui Barbosa ingresaron en la sala de operaciones portando un dossier encuadernado que contenía el informe definitivo de telemetría y posicionamiento orbital validado por el centro de mando de MAOC-N.