Marea (Costa Vasca 3) Capítulo 8 — EL CASCO #2
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Capítulo 8 — EL CASCO #2

—No hay rastro de sustancias estupefacientes, ni armas cortas, ni cajetillas de tabaco de contrabando —comprobó Jules, extrayendo el primer archivador y abriéndolo sobre sus rodillas mientras Irati iluminaba las páginas impresas con el cono de su linterna—.

Son los libros matrices de registro de depósitos físicos, las pólizas de seguro de custodia y las actas de tasación reservada de la bóveda del Fondeadero desde el año 2005 hasta la semana pasada.

Irati se encaramó al interior del contenedor y se situó hombro con hombro junto al agente federal, examinando los folios mecanografiados con la meticulosidad analítica que aplicaba a las inspecciones oculares en escenas de homicidio.

—Mira las fechas de los asientos y los sellos de legalización notarial, Jules —indicó Irati, señalando con el dedo una rúbrica estampada en tinta azul bajo el sello de una notaría del cantón de Ginebra—.

Aquí consta el inventario detallado de todas y cada una de las piezas que la red de Zabala extrajo de España y trasladó a la plataforma insular: retablos góticos expoliados en ermitas de Burgos durante la década de los ochenta, piezas de platería litúrgica procedentes de parroquias navarras y.

el expediente de ingreso número AZ-001, correspondiente al *Libro de Mareas*.

Jules leyó el encabezamiento del documento con la respiración contenida:

—*«Manuscrito de navegación, derrotas y ordenanzas de la Cofradía de Mareantes de San Pedro de Getaria, siglo XVII.

Procedencia declarada: donación testamentaria de colección privada helvética.

Valor de tasación asegurada: doce millones quinientos mil euros.

Destinatario de la custodia preferente: Cartera de Activos Soberanos Fondo Azul»*.

—Es la prueba documental irrefutable del delito corporativo continuado —subrayó Irati con una firmeza que resonó en el interior de la caja metálica—.

El Fondo Azul no solo empleaba la plataforma de Cabo Verde como almacén clandestino para ocultar las piezas sustraídas; estaban utilizando este contenedor para evacuar físicamente todo el archivo administrativo de sus operaciones ilícitas antes de que la Fiscalía europea o los inspectores del Banco de Portugal pudieran solicitar una diligencia de inspección judicial.

Si la policía intervenía las oficinas de la avenida da Liberdade tras la rueda de prensa de Carvalho, los servidores informáticos aparecerían completamente limpios de registros: el rastro probatorio viajaba ya en este contenedor green con destino a un puerto donde ningún juez español ni portugués tiene potestad para ordenar una incautación.

—Con estos documentos en poder del juzgado de instrucción —añadió Jules, guardando el expediente en su carpeta de evidencias—, la coartada de Carvalho queda pulverizada.

Estos libros demuestran que la adquisición fraudulenta del manuscrito, la tasación inflada y la emisión de los bonos soberanos fueron aprobadas de forma mancomunada por la junta directiva del fondo y por el propio Zabala.

En ese preciso instante, Rui Barbosa apareció en el vano de las puertas del contenedor con el teléfono satelital pegado a la oreja izquierda y el rostro desencajado por una tensión repentina.

—¡Tenemos una emergencia crítica en Graça!

—exclamó el oficial de MAOC-N con voz entrecortada por la urgencia—.

El furgón de asalto del Patrón ha arrollado el vehículo de cobertura de la Policía Marítima en la calle de las Damas.

Dos de nuestros agentes están heridos y los atacantes han localizado el punto de extracción de Ferreira en el muelle de Santa Apolónia. ¡Vienen hacia aquí!

El muelle pesquero de Santa Apolónia, ubicado a escasos cuatrocientos metros al este de la terminal de contenedores, era un callejón sin salida flanqueado por viejas naves de salazón abandonadas, tinglados de madera podrida donde se amontonaban redes de arrastre y nasas de pulpo rotas, y un pavimento irregular de adoquines donde los charcos de agua de lluvia se mezclaban con restos de gasoil y salmuera.

Julian Whitfield avanzaba en vanguardia con su pistola reglamentaria Sig Sauer P226 empuñada a dos manos en posición de tiro preventivo, con la linterna táctica acoplada proyectando un haz de luz que cortaba la niebla matinal.

A su lado izquierdo, Tomás Ferreira caminaba encorvado, con el rostro desencajado por el terror y los dedos aferrados desesperadamente a la solapa del abrigo del agente federal.

Detrás de ellos, Irati Sarasola y Rui Barbosa cubrían la retaguardia con pasos cortos, laterales y perfectamente sincronizados, barriendo con las bocas de sus armas los ángulos muertos formados por las esquinas de los almacenes y los contenedores de basura industrial.

De improviso, el estruendo ensordecedor de un motor diésel acelerado al límite de sus revoluciones desgarró la quietud del muelle.

Un furgón de transporte de pescado de color blanco, con la carrocería abollada y los faros principales apagados, irrumpió a gran velocidad desde la rampa de acceso del viaducto, derrapando sobre los adoquines húmedos y cruzándose transversalmente en mitad de la calzada para bloquear cualquier posibilidad de repliegue hacia la avenida del puerto.

Las dos puertas laterales correderas del vehículo se abrieron con violencia antes incluso de que el furgón se detuviera por completo.

Tres individuos corpulentos vestidos con monos de trabajo oscuros, guantes tácticos y pasamontañas de neopreno descendieron armados con escopetas de corredera del calibre 12 y pistolas semiautomáticas de nueve milímetros, abriendo fuego de manera indiscriminada sobre la comitiva policial sin realizar ninguna intimación previa.

—¡Cuerpo a tierra! ¡Policía! ¡A cubierto!

—bramó Irati, arrojándose tras el bloque macizo de hormigón de un noray de amarre mientras los perdigones de posta gruesa y los proyectiles blindados impactaban contra la chapa de las naves y el suelo de adoquines, levantando esquirlas de piedra y astillas de madera con un estruendo ensordecedor.

Jules empujó con firmeza a Ferreira hacia el interior de un cobertizo de aperos de pesca cuya puerta de chapa estaba entreabierta, interponiendo su propio cuerpo y su chaleco antibalas para blindar al testigo desarmado mientras devolvía el fuego con cuatro disparos controlados que alcanzaron el bloque del motor del furgón y obligaron al primer tirador a buscar refugio tras la rueda delantera izquierda.

—¡Rui, flanco derecho! ¡Tratan de ganar la rampa de varada para ganar ángulo de tiro sobre el cobertizo! —gritó Jules mientras cambiaba de cargador con un movimiento mecánico perfeccionado en cientos de horas de instrucción táctica en Quantico.

Rui Barbosa se asomó con decisión por el lateral de un apilamiento de redes de nylon, abriendo fuego de supresión con su arma de dotación reglamentaria.

Tres impactos de nueve milímetros perforaron el parabrisas del furgón a la altura del puesto de conducción, provocando que el chófer del vehículo se encogiera aterrorizado bajo el salpicadero y perdiera el control del acelerador.

Aprovechando el fuego de cobertura del oficial portugués y el humo generado por los disparos, Irati se desplazó con una agilidad prodigiosa y silenciosa entre los palés de madera apilados en el lateral del muelle, alcanzando una posición elevada sobre una plataforma de carga que dominaba el flanco ciego de los agresores.

Desde allí, manteniendo la respiración en suspenso y la puntería alineada sobre el alza de su Walther P99, localizó al cabecilla del comando de asalto: un hombre de complexión ancha y movimientos pesados que avanzaba hacia el cobertizo empuñando una escopeta de repetición con la culata recortada.

Irati apretó el disparador dos veces consecutivas en cadencia rápida.

Los dos proyectiles perforaron la pierna derecha del atacante a la altura del muslo y la pantorrilla; el individuo lanzó un aullido de dolor gutural, soltó el arma larga y se desplomó pesadamente sobre el pavimento empapado de agua salobre y barro.

Al percatarse de que su líder había caído herido y escuchar en la lejanía el aullido creciente de las sirenas de las unidades de intervención rápida de la Policía de Seguridad Pública que convergían hacia el puerto, los otros dos atacantes salieron de sus coberturas, agarraron a su compañero herido por los hombros y lo arrastraron hacia el interior del furgón.

El vehículo arrancó marcha atrás haciendo chirriar los neumáticos sobre la grava y huyó a toda velocidad en dirección al nudo de comunicaciones de la autovía del norte, dejando tras de sí un rastro de aceite quemado y casquillos percutidos.

El silencio volvió a adueñarse de la dársena de Santa Apolónia, roto únicamente por el goteo rítmico de la lluvia sobre las cubiertas de chapa de los almacenes y el eco distante de los servicios de emergencia de la ciudad.

Jules emergió del cobertizo sujetando a Ferreira, que temblaba de pies a cabeza pero no presentaba ningún rasguño. El agente federal mantuvo su arma en posición de guardia baja mientras inspeccionaba visualmente cada rincón del muelle hasta que Irati confirmó el despeje seguro de la zona.

—El testigo está completamente a salvo —informó Jules, aproximándose a Irati y apoyando una mano firme sobre su hombro para cerciorarse de su integridad física—. Extraordinario disparo de precisión, inspectora. Nos has salvado la vida a los dos.

Irati enfundó su arma reglamentaria y respiró hondo, sintiendo cómo el flujo de adrenalina comenzaba a normalizarse en su torrente sanguíneo.

Caminó con paso firme hacia el charco de agua sanguinolenta donde había caído el agresor principal.

Entre los adoquines manchados de sangre fresca y restos de cristal templado, el reflejo de la luz del amanecer descubrió un objeto metálico que el cabecilla había perdido durante el forcejeo al ser arrastrado por sus cómplices.