Capítulo 7 — EL LASTRE #3
—Yo no sirvo para trabajar en despachos alfombrados ni en comisiones de enlace internacional, Jules.
Cuando me apartan de mi costa, de los acantilados de roca oscura de Punta Galea, de los caminos de monte de Urdaibai y de la gente que te mira a la cara para decirte si ha visto entrar un camión sospechoso en la ría, siento que pierdo el anclaje.
Mi lugar está en las comisarías del norte, en los muelles de Bizkaia y Guipúzcoa.
Si aceptas esa plaza en Nueva York, volverás a tu país y a tu carrera.
Y yo me quedaré en el lugar donde debo estar.
Jules dio un paso al frente, eliminando la distancia que los separaba hasta que el calor de sus cuerpos amortiguó el impacto del viento húmedo de la azotea.
Levantó la mano derecha y retiró con suavidad un mechón de pelo oscuro que la lluvia había pegado a la frente de Irati.
Sus dedos enguantados rozaron la piel fría de su pómulo, descendiendo lentamente hasta el contorno firme de su mandíbula, sintiendo el latido acelerado de la arteria carótida bajo su tacto.
—Yo no crucé el océano para hacer méritos burocráticos ante la dirección de Washington, Irati —dijo él en un susurro grave, cargado de una tensión emocional que amenazaba con desbordar la contención profesional que habían mantenido durante meses—.
Empecé esta investigación contigo en la noche cerrada del puerto de Zierbena, frente a un contenedor oxidado con un cadáver dentro.
Y no voy a permitir que un burócrata de Manhattan ni un fondo financiero de Lisboa decidan dónde termina mi lealtad ni con quién quiero estar cuando el mar devuelva lo que falta.
Irati entreabrió los labios, sintiendo el aire cálido de la respiración de Jules sobre su piel.
Por un instante suspendido en el tiempo, la inspectora inclinó apenas unos milímetros la cabeza hacia la palma de su mano, dejando caer la coraza de frialdad y disciplina que la protegía del mundo.
Sus frentes casi llegaron a rozarse, y la distancia entre sus bocas se redujo a un suspiro donde el cansancio, la incertidumbre y la atracción profunda que los unía estuvieron a punto de cristalizar en un contacto definitivo.
El sonido estridente y repetitivo del timbre de llamada del teléfono satelital de Jules quebró la atmósfera con la brusquedad de un cristal que se hace añicos contra el suelo.
Jules contuvo el aliento, manteniendo los ojos fijos en los de Irati durante un segundo interminable antes de retirar la mano con lentitud.
Irati cerró los ojos un instante, respiró hondo para serenar el pulso y dio un paso atrás, ajustándose la cremallera de la cazadora técnica con ademán enérgico.
Jules extrajo el terminal blindado del bolsillo de su abrigo y activó la recepción segura.
—Whitfield.
La voz de Rui Barbosa llegó distorsionada por la compresión del canal encriptado, pero cargada de una urgencia inaplazable:
—Jules, Irati. Leire acaba de registrar una interceptación en el canal secundario de radio costera de la bahía de Setúbal. Es una transmisión en claro entre el puente de mando del *Gure Itsasoa* y un enlace terrestre en Lisboa. El Patrón ha dado la orden de ejecución sobre Ferreira.
El refugio de seguridad de la Policía Marítima en el barrio de Graça ocupaba el sótano abovedado de una antigua fábrica de salazones de sardina clausurada en la década de los setenta.
Las paredes maestras de ladrillo macizo conservaban las manchas de humedad y salitre de su pasado industrial, y el único acceso al exterior consistía en una estrecha escalera de caracol de hierro forjado que comunicaba con un patio interior cerrado por un portón de chapa acanalada.
Tomás Ferreira permanecía sentado sobre una banqueta de madera junto a una mesa de trabajo improvisada, con una manta de lana áspera sobre los hombros y los dedos entrelazados alrededor de una taza de aluminio con té caliente.
Su aspecto reflejaba el deterioro físico y psicológico de quien lleva días viviendo como una presa acorralada: la piel cetrina, los ojos enrojecidos por el insomnio y una respiración superficial que delataba un estado de pánico permanente.
Al abrirse la puerta metálica del sótano y entrar Irati y Jules precedidos por dos agentes de intervención de la policía portuguesa armados con subfusiles HK MP5, Ferreira dio un respingo involuntario, encogiéndose contra la pared con el terror reflejado en las pupilas.
—Tranquilo, Tomás —dijo Irati con voz firme y serena, avanzando con las palmas abiertas hacia delante para transmitirle seguridad—. Somos nosotros. Nadie te va a hacer daño aquí. El agente Whitfield acaba de regresar de Estados Unidos con la documentación de tu hermana.
Ferreira parpadeó deslumbrado por el haz de luz de las linternas tácticas, fijando la vista en la figura de Jules.
—He visto la rueda de prensa en el televisor del guardia —dijo el analista con la voz tomada por la angustia—.
Carvalho ha comparecido ante todos los medios de comunicación.
Me han imputado el robo de los fondos de reserva, han filtrado mi fotografía a las agencias y han dicho que estoy fugado con dinero público.
Si mi hermana Ana ve esa noticia en Idaho pensará que me he convertido en un criminal.
que todo lo que le conté sobre el fondo era una mentira.
Jules se acercó a la mesa con paso pausado, extrajo de su cartera de cuero la copia impresa de una fotografía digital en alta resolución y la depositó suavemente frente al analista.
—Estuve con Ana ayer al mediodía en la sala de lectura del Basque Museum de Boise, Tomás —afirmó Jules con un tono grave y tranquilizador—.
No sabe nada de la comparecencia de prensa de Carvalho.
La delegación del Tesoro y la oficina de la DEA han activado un protocolo de protección preventiva en su entorno: su domicilio particular cuenta con vigilancia discreta las veinticuatro horas y sus comunicaciones están canalizadas a través de un servidor seguro del Departamento de Justicia.
Ningún emisario de Zabala ni del Fondo Azul se va a acercar a ella.
Ferreira contempló la fotografía de su hermana en el archivo de Boise durante un largo minuto. Sus hombros se estremecieron bajo la manta de lana y una lágrima silenciosa surcó la suciedad de su mejilla hasta perderse en la comisura de sus labios.
—Pensé que no saldría vivo de aquella noche en Getaria —susurró el analista, secándose la cara con la manga del jersey—.
Cuando comprobé en el registro de aduanas que el primer contenedor con los documentos de prueba había sido desviado de su ruta hacia Lisboa y que el *Gure Itsasoa* fondeaba de manera clandestina en la bahía de San Antón sin encender las luces de posición, supe que Zabala había decidido liquidar la estructura y borrar cualquier huella humana.
Por eso arrojé el bote salvavidas con las muestras de sangre de los contenedores hospitalarios y activé la baliza de emergencia.
Sabía que la Ertzaintza iniciaría una investigación criminal de homicidio y que eso obligaría a las autoridades portuarias a retener el buque antes de que el Patrón pudiera trasladarme a la bodega del barco gemelo.
Irati sacó su cuaderno de campo y un bolígrafo de tinta permanente.
—En el hash encriptado que recuperamos bajo la bancada del bote encontramos las transferencias bancarias a la sociedad matriz de Zabala —dijo la inspectora—.
Pero Leire Arregi necesita la confirmación de la cadena logística real.
¿Cómo transportan el *Libro de Mareas* desde el Fondeadero hasta el comprador final?
Ferreira tomó aire despacio, enderezando la postura y recuperando una brizna de la precisión analítica que lo había caracterizado en su puesto del fondo.
—El libro nunca ha estado custodiado en una cámara acorazada subterránea en territorio continental europeo, inspectora.
Esa es la tapadera que Carvalho utiliza ante los auditores del Banco de Portugal para justificar las pólizas de seguro de alta gama.
El Fondeadero no es un edificio ni una galería de arte: es una antigua plataforma semisumergible de prospección petrolífera reconvertida en almacén de depósito aduanero franco, anclada a catorce millas al sur del archipiélago de Cabo Verde, en aguas internacionales donde ninguna patrullera costera tiene jurisdicción directa sin una comisión rogatoria internacional amparada por la bandera de conveniencia de Liberia.
Jules e Irati cruzaron una mirada de advertencia táctica. La dimensión real del entramado superaba cualquier previsión inicial.
—Una plataforma *offshore* en aguas internacionales —recalcó Jules—. Por eso los inspectores de MAOC-N nunca detectaron movimientos de carga de obras de arte en las terminales de Lisboa ni de Leixões.
—Exactamente —asintió Ferreira, inclinándose sobre el tablero de madera—.
El *Gure Itsasoa* se aproxima a la plataforma con una declaración de carga de suministros náuticos y pescado procesado.
El transbordo de la caja de cedro con el manuscrito se ejecuta en menos de diez minutos mediante una grúa hidráulica de cubierta.
Pero hay un elemento que no incluí en el primer archivo digital por temor a que descifraran la clave si me interceptaban en el aeropuerto.
Ferreira introdujo los dedos por el cuello de su camisa, rompió un hilo de pescar de nylon trenzado que llevaba pegado al pecho con esparadrapo quirúrgico y extrajo una cápsula cilíndrica de titanio, no más grande que una bala de fusil.
Desenroscó la tapa hermética y dejó sobre la mesa una tarjeta de memoria microSD sellada con resina epoxi.
—¿Qué contiene esta tarjeta, Tomás? —preguntó Irati con cautela profesional.