Capítulo 7 — EL LASTRE #2
—Aprovechando sus credenciales de seguridad de nivel cuatro y su acceso directo a los servidores de archivo reservado, el señor Ferreira sustrajo copias no autorizadas de expedientes históricos sometidos al deber de confidencialidad bancaria, con el presunto objetivo de extorsionar a coleccionistas privados y comercializar reproducciones no catalogadas en mercados secundarios.
Constatada su ausencia injustificada de su puesto de trabajo y la desaparición de fondos de caja por un importe provisional de cuatrocientos cincuenta mil euros, el Fondo Soberano ha formalizado una querella criminal ante la Procuraduría General de la República por los delitos de apropiación indebida continuada, revelación de secretos y falsedad en documento mercantil, solicitando asimismo la emisión urgente de una notificación roja de búsqueda y captura a través de los mecanismos de cooperación de Interpol.
—Le han cargado el desfalco completo de la partida y la autoría intelectual de la tasación irregular —analizó Dana Osorio, cruzándose de brazos junto al monitor—.
Si Tomás Ferreira entra en estos momentos en una comisaría de la Policía de Seguridad Pública o en un cuartel de la Guardia Nacional Republicana para denunciar a Zabala, ningún inspector de guardia escuchará su versión sobre el *Libro de Mareas*: quedará automáticamente detenido bajo custodia cautelar como un prófugo internacional acusado de desviar medio millón de euros de fondos soberanos.
Irati no apartaba la mirada de los ojos de Carvalho en la pantalla.
Había presenciado esa misma estrategia en los juzgados de instrucción de Bilbao y en las macrocausas de corrupción investigadas por la Ertzaintza en Vitoria: los grandes entramados de poder no pretenden convencer al tribunal en la fase de instrucción preliminar; les basta con sembrar la duda procesal y manchar la reputación del testigo clave el tiempo exacto que necesitan para que el cargamento cruce la milla doce y los contenedores cambien de bandera en mitad del océano.
—No buscan una sentencia condenatoria firme a cinco años vista —afirmó Irati, depositando el vaso vacío en la papelera metálica—.
Lo que buscan es que ningún juez de enlace internacional autorice un mandamiento judicial de entrada y registro en la plataforma del Fondeadero amparándose únicamente en el testimonio de un empleado al que acaban de presentar como un delincuente común.
Están blindando la ventana de setenta y dos horas que el Patrón necesita para cargar la caja de cedro en la goleta y desaparecer rumbo a aguas abiertas.
—Es una táctica de manual de gabinete de crisis —añadió Leire, revisando las alertas de prensa en su terminal—.
La nota ya ha sido replicada en los teletipos de Londres, Madrid y Fráncfort.
En los agregadores de noticias, la búsqueda de Tomás Ferreira ya no arroja ningún enlace relacionado con la historia naval del Cantábrico ni con la cofradía de mareantes de Getaria: solo aparecen titulares sobre desfalco institucional y órdenes internacionales de detención.
En ese instante, el teléfono móvil corporativo de Irati vibró en el bolsillo interior de su cazadora.
Era un mensaje cifrado enviado por Julian Whitfield desde el puesto de control del aeropuerto militar de Figo Maduro, donde acababa de aterrizar el reactor de enlace del Servicio de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos:
*«Tengo en mi poder el acta notarial de la cofradía fechada en 1831 y el cuaderno de bitácora original de mi bisabuelo. La firma del perito tasador coincide trazo por trazo con el sumario de Getaria. Voy directo al punto de reunión en Alfama.»*
Irati bloqueó la pantalla del terminal con un golpe de pulgar y miró a Rui Barbosa y a Dana Osorio.
—Isabel Carvalho acaba de cometer el primer error estratégico de su carrera corporativa —dijo la inspectora con una serenidad dura y afilada—.
Al salir ante los medios para atribuirle a Ferreira el robo de esos documentos específicos, ha reconocido de manera oficial y pública la existencia del expediente del *Libro de Mareas*.
Ya no podrán argumentar ante la Audiencia Nacional ni ante MAOC-N que el manuscrito es una invención folclórica de los pescadores de Guipúzcoa.
Acaban de ponerle precio de mercado, número de registro registral y sello oficial de su propio fondo.
El viento del sudoeste azotaba con violencia la azotea del viejo edificio de sillería calcárea en el barrio alto de Alfama, donde la Policía Marítima de Portugal mantenía habilitado un piso de seguridad no declarado en el callejero oficial.
Abajo, los tejados de teja árabe descendían en pendiente pronunciada hacia las aguas pardas del estuario del Tajo, donde los transbordadores de pasajeros que cubrían la ruta entre Cacilhas y el muelle de Sodré navegaban envueltos en penachos de espuma blanca, mientras los remolcadores portuarios hacían sonar sus sirenas de niebla con un lamento sordo y prolongado.
Julian Whitfield empujó la pesada puerta de hierro forjado que daba acceso a la terraza.
Llevaba el abrigo de paño gris oscuro empapado en los hombros por la llovizna, el cuello de lana levantado contra el vendaval y bajo el brazo derecho una cartera de cuero grueso con cierre de hebillas de bronce que custodiaba los documentos traídos de Idaho.
Al ver a Irati apoyada en el pretil de piedra, con la mirada perdida en la desembocadura del río hacia la barra de San Julián, se detuvo unos segundos para dejar que el aire frío le limpiara los pulmones tras el largo vuelo transoceánico.
Irati se giró al oír el crujido de las botas de Jules sobre la grava húmeda de la azotea.
Sus miradas se encontraron en un silencio denso, cargado de esa complicidad indestructible que se forja en las largas noches de guardia, en las esperas en coches camuflados y en el entendimiento mutuo que no necesita explicaciones verbales.
—Boise está sepultada bajo la nieve —dijo Jules, acercándose hasta quedar a su lado junto al muro de piedra, resguardándola del viento con su propia complexión atlética—. Hacía diez grados bajo cero en la calle del museo y el aire cortaba la respiración al salir del archivo.
—¿Pudiste hablar con Miren? —preguntó Irati en voz baja, observando el perfil anguloso de su rostro y las sombras de fatiga que marcaban sus facciones.
—Mi abuela sigue teniendo la lucidez de un oficial de derrota —respondió Jules, con un destello de orgullo y ternura en los ojos que templó por un instante la dureza de su expresión—.
Me entregó el cuaderno de tapas negras que perteneció a su padre, el mareante de Getaria.
Las cartas de navegación dibujadas a mano, los cálculos de mareas vivas y la relación de caladeros del siglo XIX coinciden página por página con el inventario que Ainhoa rescató del archivo de San Telmo.
Y el acta notarial de 1831. —Jules acarició el cuero de la cartera con los dedos enguantados— acredita sin ningún género de dudas que la cofradía de mareantes nunca vendió el manuscrito: fue depositado en depósito temporal de custodia comunitaria y sustraído ilícitamente durante las guerras carlistas.
Irati asintió despacio, contemplando cómo los primeros faros de la costa portuguesa empezaban a parpadear en la penumbra del atardecer.
—Carvalho ha dado una rueda de prensa esta mañana aquí en Lisboa. Han acusado formalmente a Ferreira de desfalco y han solicitado una orden de captura internacional. Quieren neutralizarlo antes de que podamos tomarle declaración judicial con todas las garantías procesales.
Jules apoyó los antebrazos sobre el pretil de piedra, mirando hacia el horizonte marino donde el río se fundía con el Atlántico.
—Washington se puso en contacto conmigo esta mañana antes de despegar de Barajas, Irati.
Irati no modificó su postura, pero Jules percibió la sutil rigidez que tensó los hombros de la inspectora bajo la cazadora de la Ertzaintza.
—El director de la División de Operaciones Especiales del FBI —continuó Jules con un tono sobrio, despojado de triunfalismo—.
La jefatura de la célula de inteligencia marítima transatlántica en la delegación central de Nueva York ha sido autorizada formalmente por el Departamento de Justicia.
Me ofrecen el nombramiento con rango de agente especial a cargo, un presupuesto operativo independiente y un equipo de analistas para monitorizar las redes de contrabando en el Atlántico norte.
El plazo improrrogable para aceptar y tramitar el traslado concluye el treinta y uno de diciembre.
El viento arreció desde la desembocadura, arrojando gotas de agua pulverizada sobre sus rostros.
Irati mantuvo la vista fija en las aguas del estuario durante varios segundos antes de responder.
Cuando habló, su voz sonó firme, desprovista de resentimiento, templada por el realismo implacable de quien ha dedicado su vida al servicio policial.
—Es el puesto de máxima responsabilidad para el que te han formado durante toda tu carrera, Jules. Coordinación estratégica entre agencias internacionales, satélites de vigilancia marítima, fondos soberanos y grandes corporaciones. Es tu mundo natural.
—En ese despacho de la plaza Foley de Manhattan el océano no es más que una cuadrícula digital de colores en una pantalla de alta resolución —replicó Jules, girándose hacia ella con determinación—.
Allí nadie sabe lo que es el olor a madera podrida y gasoil quemado en el muelle de una lonja, nadie ha tenido que estrechar la mano de la viuda de un arrantzale después de una galerna en el cabo Machichaco, ni nadie entiende que un trozo de pergamino con tinta del siglo XVII puede ser el único puente que le queda a un pueblo para preservar su memoria colectiva.
Irati se volvió para encararlo. Sus ojos oscuros, habituados a descifrar la verdad en los rostros de los sospechosos, escrutaron las facciones del agente federal con una intensidad sobrecogedora.