Marea (Costa Vasca 3) Capítulo 7 — EL LASTRE #4
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Capítulo 7 — EL LASTRE #4

—Es el volcado íntegro del sistema de navegación secundaria y caja negra del *Gure Itsasoa* y de su buque gemelo, el *Hegoi* —reveló el analista con los ojos encendidos por la lucidez forense—.

La red de Zabala no solo trafica con piezas arqueológicas y documentos históricos.

Durante los últimos dos años han utilizado el mismo corredor marítimo para transportar veinticuatro contenedores con manifiestos IMDG falseados que transportaban residuos industriales tóxicos —barros de mercurio y celdas de litio degradadas procedentes de desmantelamientos ilegales en el norte peninsular—, descargándolos en calas desiertas de la costa de Mauritania antes de cargar la droga sacrificada con la que engañan a las patrulleras de intercepción europea.

En esta memoria están las coordenadas geográficas exactas de cada fondeo clandestino, los números de serie de los precintos falsificados y las frecuencias de radio privada que el Patrón utiliza para recibir instrucciones directas de Zabala.

Irati recogió la cápsula de titanio con unas pinzas estériles y la introdujo en una bolsa de evidencias numerada de la Ertzaintza.

—Con esta prueba no solo anulamos la legalidad de la venta del libro, Jules —dijo Irati, comprendiendo que el hilo que había comenzado con el cuerpo de Ane Arrieta en el puerto de Zierbena durante el Libro 1 y que había continuado con el expolio del pecio de Getaria en el Libro 2 alcanzaba ahora su epicentro logístico—.

Tenemos la evidencia documental completa del crimen ambiental y del contrabando a escala internacional.

Ferreira levantó la vista hacia la inspectora con una mezcla de desesperación y dignidad recuperada.

—Solo les pido una cosa, inspectora Sarasola.

Cuando atrapen a Zabala y a Carvalho, no permitan que ese manuscrito acabe archivado en un almacén ministerial de Madrid o Lisboa como una prueba judicial olvidada.

Mi abuelo fue pescador de bajura en Nazaré y mi padre murió en un arrastrero en Terranova.

Sé perfectamente lo que significa que unos abogados de Ginebra le arrebaten la memoria a los pueblos de la mar para convertirla en un activo financiero.

Ese libro pertenece a la gente de Getaria.

—Ese libro va a regresar al archivo de la cofradía de Getaria, Tomás —respondió Irati con solemnidad inquebrantable—. Te doy mi palabra de honor de ertzaina.

A las dos y cuarto de la madrugada, la sala de transmisiones de MAOC-N permanecía sumida en una penumbra tensa, únicamente iluminada por los diodos luminosos de las consolas de radioescucha y el parpadeo constante de los servidores de análisis de señales.

El zumbido de los extractores de aire apenas cubría el chasquido rítmico de los teclados de Leire Arregi, que procesaba la señal de audio interceptada mediante un filtro de reducción de ruido atmosférico.

Rui Barbosa se mantenía erguido junto a la consola de recepción de muy alta frecuencia, con los auriculares profesionales ajustados sobre la cabeza y la mano apoyada en el potenciómetro de ganancia espectral.

A su alrededor, Irati, Jules y Dana Osorio observaban la traza senoidal que se dibujaba en tiempo real sobre la pantalla del analizador de espectro.

—La emisión procede de un repetidor clandestino instalado en un antiguo silo agrícola en la península de Setúbal —susurró Rui, indicando con un gesto que guardaran silencio absoluto—.

Canal náutico de banda marina privada con modulación por desplazamiento de fase.

Es la frecuencia de emergencia que el Patrón utiliza cuando sus buques están listos para soltar amarras.

Leire activó la reproducción del canal de audio ya demodulado a través de los altavoces de la consola.

Tras un chasquido estático inicial, la voz áspera, gutural y curtida por décadas de tabaco y temporales en el Cantábrico de Jon Etxabe, el Patrón, resonó con una claridad escalofriante en el recinto:

*«.el camión isotermo ya ha completado la estiba en el muelle pesquero de Setúbal. La marea alta es a las cuatro y veinte. No quiero a ningún práctico del puerto merodeando cerca de la amarra de popa.»*

A través de la línea, una segunda voz más joven, con el acento cerrado de los marineros del Algarve, respondió con nerviosismo:

*«¿Qué hacemos con el asunto del analista de la sede central? La televisión ha dado la orden de búsqueda de la Policía Judicial y hay patrullas de la Guardia Nacional en los accesos de la autovía del sur.»*

Se produjo una pausa de varios segundos durante la cual solo se escuchó el rumor de fondo del oleaje y el chasquido del transmisor del Patrón. Cuando volvió a hablar, su tono carecía de cualquier atisbo de duda o compasión:

*«A Ferreira se le ha terminado el crédito en tierra firme.

La instrucción de Lisboa es terminante: antes de que el buque doble el faro del cabo de San Vicente, la boca del contable tiene que estar cerrada bajo diez brazas de agua salada.

Tienen localizado el vehículo de apoyo de la Policía Marítima en las inmediaciones de Graça.

Enviad a cuatro hombres armados con el furgón blanco.

Si los agentes portugueses intentan sacarlo, se abre fuego sin contemplaciones.

El buque no zarpa hacia Cabo Verde con testigos a la espalda. »*

La comunicación se interrumpió con un golpe seco de conmutador.

Rui Barbosa se despojó de los auriculares de un movimiento violento y miró a Irati y a Jules con los ojos encendidos por la adrenalina del combate inminente.

—Saben la ubicación exacta del piso franco de Graça —sentenció el oficial portugués—. Su equipo de asalto ya está en marcha por las calles del barrio alto.

Irati no requirió ni un segundo de deliberación. Su adiestramiento como inspectora operativa de la Ertzaintza tomó el mando inmediato de la situación con la precisión de un protocolo táctico de intervención rápida.

—Hay que evacuar a Ferreira de ese sótano ahora mismo —ordenó Irati, extrayendo su pistola reglamentaria Walther P99 de la funda interior y comprobando la recámara con un movimiento seco—.

Si intentamos extraerlo en un vehículo oficial por las calles empinadas de Graça y Alfama, nos emboscarán en cualquiera de las esquinas ciegas del tranvía.

Tenemos que sacarlo a pie por la galería subterránea de la antigua fábrica de salazones que desemboca directamente en el muelle de Santa Apolónia.

Jules se abrochó el abrigo de paño, ajustando la cartuchera sobaquera que albergaba su arma de dotación federal y extrayendo un par de cargadores adicionales.

—Yo encabezaré el avance con Ferreira pegado a mi espalda —dispuso Jules, fijando su mirada en los ojos decididos de Irati—.

Tú y Rui asumís la cobertura de retaguardia con el equipo táctico de la Policía Marítima.

Dana, contacta de inmediato con la central de operaciones de la Policía Judiciária para que establezcan un bloqueo perimetral en los accesos al puente 25 de Abril y en la salida marítima del estuario.

—El cerco ha dejado de ser una investigación documental, Jules —dijo Irati, insertando el cargador en su arma con un chasquido metálico que resonó en el silencio de la sala—.

El Patrón ha salido a cazar en tierra. Ha llegado el momento de demostrarle que ni este río ni el mar que nos espera le han pertenecido jamás.

En el exterior, la tormenta de invierno descargaba toda su furia sobre los tejados y los muelles de Lisboa, azotando las aguas del Tajo con rachas de viento huracanado que anunciaban que la batalla por el *Libro de Mareas* había entrado en su fase más sangrienta y definitiva.