Capítulo 3 — EL FONDEDERO #5
—No es que no quiera contártelo —dijo—. Es que no sé qué respuesta darles.
La célula de Nueva York, el puesto, el salto al otro lado del Atlántico: es lo que pedí hace diez años, cuando el caso del norte me tenía lejos de todo.
Y ahora que me lo dan, con el mar entero delante, no sé si quiero el puesto o quiero quedarme en el mar.
—La miró, con la luz amarilla encendiéndole la cara—.
Y tú eres la única persona con la que puedo decir esto sin que suene a excusa.
—No me suena a excusa —dijo Irati—. Me suena a miedo, Jules.
El mismo que yo tengo del mar desde que vi morir a mi padre: el miedo a las cosas que vienen de fuera y no se pueden controlar.
—Se pasó la mano por el pelo, empujándolo hacia atrás—.
Llevo un año diciéndome que el mar ya no me da miedo, que el caso me ha hecho de dos aguas: la inspectora de la lonja y el mundo.
Pero la verdad es que el miedo no se fue: se me cambió de sitio.
Ahora tengo miedo de que la pieza se nos lleve, de que el caso nos lleve, de que la oficina de Nueva York te lleve a ti.
—Lo miró, con la luz amarilla encendiéndole los ojos—.
Y no quiero que nada de eso pase, Jules. La pieza no nos va a llevar.
Jules la miró un momento, con el vino entre las manos, y después posó el vaso y le cogió la mano por encima de la mesa, con esa lentitud de los gestos que importan.
—La pieza no nos va a llevar —dijo, con la voz baja—.
Se lo prometo, Irati. El caso nos trajo a Lisboa, pero no nos va a llevar a ningún sitio que no queramos.
—Le apretó la mano, con la luz amarilla encendiéndoles las caras—.
Y la prórroga, la oficina, el año: lo decidimos juntos, después del barco. Ni antes, ni sin ti.
Irati le devolvió el apretón, con la sonrisa que se le escapaba sin querer cuando él hablaba así, y se quedaron un rato sin decir nada, con la tasca a media luz y la lluvia empañando la ventana, como dos personas que han dicho lo que llevaban meses sin decir y descubren que el mundo sigue en su sitio.
Salieron de la tasca con la lluvia ya escampada y las calles de Alfama mojadas, y subieron la cuesta despacio, con el tranvía pasando al fondo de la calle y los azulejos de las fachadas brillando bajo la luz de las farolas.
Irati se paró un momento delante de una fachada de azulejos azules, con el mar pintado en la cerámica, las olas y los barcos de los viejos azulejos portugueses, y se quedó un rato mirando el mar pintado, con la noche mojada alrededor.
—En la fachada de mi caserío —dijo, con la voz baja— hay pintada una marea, la abuela.
Y cada vez que miro el mar de Getaria, me acuerdo de que esa marea la pintó un hombre que nunca lo vio.
El mar se puede pintar sin haberlo visto, Jules.
Se puede soñar, se puede escribir, se puede custodiar.
Pero no se puede esconder. —Se volvió hacia él, con la luz de la farola encendiéndole la cara—.
Eso es lo que no entiende el fondo, y es lo que va a hacer que pierda la pieza.
Se puede comprar un libro, un cuadro, una colección entera.
Pero no se puede comprar lo que el mar significa para la gente que lo vive.
Y el Libro de Mareas significa más que dinero: significa memoria.
La memoria no se esconde en una bóveda, Jules.
Se queda en la gente que la reclama. Y nosotros, hoy, somos esa gente.
Jules se quedó mirándola un momento, con la fachada de azulejos al fondo y la noche mojada alrededor, y le cogió la mano sin decir nada, con esa manera suya de responder a las cosas que no necesitan respuesta.
Subieron la cuesta hasta la puerta del piso franco, con las luces del Tajo encendiéndose al fondo de la colina.
Se quedaron en la puerta un momento, con la llave a medio girar, y cuando Jules se volvió hacia ella, con la luz del portal encendiéndole la cara, Irati se quedó mirándolo, con el corazón en la garganta, y por un momento los dos supieron que el beso estaba a un paso, a una décima, a una rendija de la puerta que se abría.
La luz del descansillo parpadeó, y Jules sonrió, con esa sonrisa suya de los momentos que no se fuerzan, y le tocó la mejilla con la yema de los dedos, despacio, como quien marca el sitio donde va a volver.
—Mañana, el barco —dijo, con la voz baja—. Esta noche, la tasca y la promesa. La pieza no nos va a llevar, Irati. Lo demás, cuando el mar lo diga.
—Cuando el mar lo diga —repitió ella, con la voz también baja, y abrió la puerta con la sonrisa puesta, dejando el casi-beso en el aire de la noche, como se dejan las cosas que saben que van a volver.
La llamada de Dana llegó a la una de la madrugada, cuando Jules ya no esperaba noticias y miraba el Tajo desde la ventana del piso franco, con la ciudad apagándose despacio al fondo y la lluvia otra vez sobre los tejados de Alfama.
La voz de Dana, al otro lado de la línea, tenía esa calidad de las noticias que no admiten la palabra mañana.
—El contenedor ha llegado —dijo, sin preámbulos—.
Acabo de tener confirmación de la terminal del sur de Europa.
El barco portacontenedores atracó hace tres horas, y la caja de Ferreira fue descargada y transferida a la zona franca del complejo.
El Fondeadero la ha recibido con su protocolo habitual: precinto verificado, registro de entrada, sin inspección, sin manifestó, sin pregunta.
—Se calló un momento, y cuando volvió a hablar, su voz había bajado medio tono—.
La pieza, Jules, está dentro. Dentro de la jurisdicción del fondo, dentro de la bóveda franca, dentro de la colección que no se exhibe.
Para tocarla, ya no vale la orden de un solo puerto: hace falta la operación entera, todos a la vez, Lisboa, la jurisdicción y Getaria, y que los papeles hablen antes de que el fondo los haga desaparecer.
Jules miró el Tajo, con la lluvia cayendo sobre los tejados y la certeza de que el caso, esa noche, había dejado de ser de un puerto.
No era de Lisboa, donde el contenedor se había embarcado; no era de la jurisdicción, donde la bóveda lo había tragado; no era de Getaria, donde el bote había llegado con la llave.
Era del mar, del corredor que unía los tres sitios, del barco de papel que se movía entre las aguas que ningún mandato miraba, de la pieza que viajaba dentro de una caja de acero con el precinto de un muerto.
El caso de la ría se había convertido en una operación de tres frentes, y la pieza del mundo estaba en el centro, dentro de la bóveda, esperando a que alguien tuviera los papeles para abrirla.