Capítulo 3 — EL FONDEDERO #6
Se quedó un rato en la ventana, con la lluvia cayendo sobre los tejados de Alfama, pensando en lo que Irati había dicho delante de la fachada de azulejos: que la memoria no se esconde en una bóveda, que se queda en la gente que la reclama.
El fondo había comprado el libro con papeles impecables, y sin embargo el libro no era del fondo: era de la costa vasca que lo había escrito, de los mareantes que lo habían pasado de patrón a patrón, de la comunidad que la marea le había devuelto a la inspectora de la lonja.
Y esa era, pensó Jules, la única cosa que el dinero no podía comprar: la reclamación.
El fondo tenía el certificado, la bóveda y la venta privada.
Pero la comunidad tenía la reclamación, la memoria y la inspectora.
Y cuando una pieza tiene dos dueños, uno con dinero y otro con memoria, la justicia, tarde o temprano, se queda con la memoria.
Antes de acostarse, llamó a Rui y a Leire, los dos en llamadas que no admitían el tono de la noche.
A Rui le pidió las alertas del AIS del «Gure Itsasoa» y de su gemelo, con aviso directo al móvil en cuanto cualquiera de los dos apagara la señal en el tramo de mar abierto; a Leire le pidió el cruce de las firmas: el contable del norte, la hoja de pago del libro y el registro de la terminal, las tres con la misma letra, para que la cadena se cerrara antes de que el fondo moviera la pieza.
Las dos llamadas duraron lo que duran las órdenes de los casos que no pueden esperar, y cuando colgó, se quedó mirando el móvil un momento, con la lluvia cayendo sobre los tejados de Alfama, y pensó que el caso tenía ya la forma de una marea: venía de Getaria, pasaba por Lisboa y volvería a Getaria, con la pieza del mundo dentro, si el mar cumplía su parte.
Y el mar, según Rui, cobra siempre. Iba a cobrarle a alguien esa travesía, y Jules pensó, con la certeza de los casos que se juegan enteros, que esa vez el mar iba a cobrarle al fondo.
—¿Y el «Gure Itsasoa»? —preguntó.
—Sigue su ruta hacia el norte, con el AIS encendido —dijo Dana—.
Si apaga el tramo de mar abierto, desaparece de las pantallas y aparece con otro nombre.
Pero Rui ya tiene los puntos de la escala anterior: los mismos de siempre, los del corredor.
—Se calló un momento, y su voz se le puso de esa manera que se le ponía cuando el caso se le montaba en la cabeza—.
Cuando el barco vuelva a Lisboa, la pieza no va a viajar en un contenedor, Jules.
Va a viajar en el doble casco del «Gure Itsasoa», hacia el Fondeadero, para cerrar la venta privada.
Y esa travesía es la única ventana que vamos a tener para tocarla antes de que desaparezca en la colección.
—¿Y la bóveda? —preguntó—. ¿Dónde está exactamente?
—El complejo portuario del sur de Europa figura en los registros como zona franca de una jurisdicción insular —dijo Dana—.
No tiene dirección postal: tiene coordenadas, un número de terminal y un registro de entrada que no se comparte con nadie.
La pieza está dentro, Jules, en una caja de acero con el precinto del muerto, esperando a que alguien abra la puerta.
—Se calló un momento, y cuando volvió a hablar, su voz tenía esa frialdad de los que han visto caer bancos—.
Para abrir esa puerta no vale una orden: vale la operación entera, los tres frentes a la vez, Lisboa, la jurisdicción y Getaria.
Y vale que la prueba llegue antes de que el fondo mueva la pieza a la colección privada donde nadie la va a volver a ver.
Jules miró el Tajo un momento más, con la lluvia y la ciudad apagándose al fondo, y pensó en Irati, dormida en la habitación del piso franco, en la promesa de la tasca, en el casi-beso que había quedado en el aire de la puerta, y en la pieza que viajaba dentro de la bóveda, con el precinto de un muerto y la firma del contable del norte sellando la cadena.
La operación ya no era de un puerto: era del mar.
Y el mar, según Rui, cobra siempre. Iba a cobrarle a alguien esa travesía, y Jules pensó, con la certeza de los casos que se juegan enteros, que esa vez el mar iba a cobrarle al fondo.
Antes de acostarse, sacó el cuaderno que llevaba desde el caso del norte y escribió tres nombres en la última página, uno debajo de otro, con la letra apretada de los que anotan lo que no quieren olvidar: el «Gure Itsasoa», el Fondeadero, Tomás Ferreira.
Debajo, con la letra más pequeña, escribió el plan que se le había ido montando en la cabeza durante la llamada de Dana: el barco que volvía a Lisboa con el doble casco, la pieza que viajaba dentro, la bóveda que la esperaba y la ventana de la travesía, la única donde un barco de papel podía ser mirado por alguien que no fuera el mandato.
Miró los tres nombres un momento, con la lluvia cayendo sobre los tejados de Alfama, y cerró el cuaderno con la certeza de que la operación tenía ya forma de marea: venía de Getaria, pasaba por Lisboa y volvería a Getaria, con la pieza del mundo dentro, si el mar cumplía su parte. Y el mar, según Rui, cobra siempre.