Capítulo 2 — EL CARGAMENTO #6
La oficina del agente de carga aparecía en el papel de Dana con un nombre y una dirección, y Jules la encontró al día siguiente en un pasaje de la zona portuaria de Lisboa, entre una gestoría de marineros y un bar de los que abren a las seis, con la puerta de cristal esmerilado y un letrero en el que se leía solo un apellido, en letras que la humedad había ido comiendo.
Dentro había una mesa, un ordenador con el teclado amarillo de los años y un hombre de unos sesenta años, con gafas de leer y las manos manchadas de tinta de impresora, que levantó la vista cuando Jules entró y no se levantó de la silla.
—No tengo cita —dijo Jules, cerrando la puerta.
—No hace falta —dijo el hombre, con la voz plana de los que han visto entrar a gente rara toda la vida—. En esta oficina no hay citas. Hay papeles. ¿Qué papeles le traen?
Jules sacó la tarjeta de embarque del muerto, la puso sobre la mesa y señaló el código de contenedor escrito en el reverso.
El hombre la miró un momento, con las gafas de leer puestas, y después levantó la vista y lo miró a él con una expresión que Jules había aprendido a leer en veinte años de oficio: los que saben que ha llegado el día en que les iban a preguntar.
—Ese contenedor —dijo el agente de carga, empujando las gafas hacia arriba— lo embarqué yo, hace once días, en el «Gure Itsasoa».
Me lo trajeron con el precinto puesto y el manifiesto cerrado, con instrucciones de no abrirlo, no pesarlo y no declararlo en la lista de la terminal.
—Se pasó la mano por la frente, con un gesto lento—.
Figuró como vacío. Yo no lo abrí. Yo no lo miro, señor.
Yo cobro por hacer que las cajas entren y salgan sin pregunta, y hace treinta años que hago ese trabajo sin que nadie me pregunte nada.
—¿Y de quién recibió las instrucciones?
—De un fondo con sede en Lisboa. —El hombre dijo el nombre sin rodeos, como quien lleva mucho tiempo esperando a decirlo—.
Fondo Azul. Las instrucciones las firmaba siempre un contable de Ginebra, con la misma letra, siempre la misma.
Nunca en persona: por mensajero, con el sobre precintado y el pago por adelantado.
—Señaló un armario metálico al fondo de la oficina—.
Yo guardo las copias, señor. Treinta años de copias.
Por si algún día venía alguien a preguntar.
Jules miró el armario metálico, con la puerta cerrada y la cerradura de las que se abren con la llave de toda la vida, y comprendió que el hombre llevaba treinta años esperando a que alguien entrara por esa puerta.
Le pidió el número de envío del contenedor y el destino real de la escala, y el hombre los encontró en un libro de registro, con la letra apretada de los que apuntan todo, y se lo leyó en voz baja, con las gafas en la punta de la nariz.
—El contenedor figura con destino a un puerto del Mediterráneo —dijo—.
Pero el seguro, el precinto y el pago del flete van con un sello de un complejo portuario del sur de Europa.
Un sitio que no aparece en los mapas de línea, señor.
Un sitio donde las cajas entran y no vuelven a salir.
—Levantó la vista, con los ojos pequeños y cansados—.
Lo llaman el Fondeadero. Y yo llevo treinta años haciendo que las cajas lleguen hasta allí sin pregunta.
Hoy, por primera vez, alguien me ha preguntado.
Y le digo la verdad, porque el contable de Ginebra lleva dos semanas sin pagar, y en esta oficina la verdad se paga igual que la mentira, pero se duerme mejor.
Jules anotó el nombre en el mismo papel donde Dana había escrito el agente, con la letra que le salía apretada cuando apuntaba los nombres que importan, y se quedó un momento mirando el armario metálico, las treinta años de copias y el hombre que las había guardado esperando a que alguien viniera a preguntar.
El contenedor del muerto no iba a ningún puerto del Mediterráneo: iba al Fondeadero, el sitio donde las cajas entran y no vuelven a salir, la bóveda franca del Fondo Azul.
La pieza del mundo viajaba hacia el sitio donde las piezas del mundo van a morir, y el hombre que la había señalado con su letra, Ferreira, había dejado la dirección escrita en una tarjeta de embarque, en un bote salvavidas, en la dirección que la marea le había entregado a Getaria.
Jules miró la tarjeta un instante, con el código brillando bajo la luz del despacho y el río de Lisboa al fondo, y pensó en Irati, en la llave del bote, en el libro de mareas y en el hombre muerto que había encontrado la mentira y la había escrito en un bote salvavidas para que el mar la entregara.
El mar se la había entregado a Getaria, y Getaria se la había entregado a ella, y ella se la había entregado a él, y ahora estaba sobre su mesa, en un código de contenedor, en la dirección de la próxima marea.
Sacó el móvil, mandó el número a Irati con un mensaje corto, y se quedó mirando el Tajo por la ventana, con la certeza de que la cuenta atrás había empezado, no en la terminal del puerto, sino la noche en que un bote salvavidas vacío se soltó de un arrastrero en mitad del mar.