Marea (Costa Vasca 3) Capítulo 2 — EL CARGAMENTO #5
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Capítulo 2 — EL CARGAMENTO #5

—Pues esta vez no quiero cerrar el caso detrás de una videollamada, Irati. —Jules miró el río, con los puentes encendidos y la noche de Lisboa entrando por el Tajo—. Cuando el barco salga, quiero estar en el mar, no en esta barandilla mirando cómo se va. Y quiero que estés tú.

Irati se quedó un momento callada, con la luz de la cocina del caserío detrás, y cuando habló, su voz tenía esa mezcla de seriedad y de calor que Jules le había oído pocas veces por teléfono.

—Entonces tendremos que hacer que el caso nos espere —dijo—.

Porque yo también quiero estar, Jules. No quiero volver a cerrar una pieza detrás de una pantalla.

—Se rió, bajito, con esa risa que se le escapaba cuando la sorprendían en serio—.

Y no quiero que me cuentes por videollamada cómo huele el mar de Lisboa. Quiero olerlo yo.

—Huele a sal, a gasoil y a sardina asada —dijo Jules, con la sonrisa puesta—. Y a puerto que trabaja de noche. Lo vas a oler, te lo prometo. Cuando el barco salga, la marea nos junta.

—Cuando el barco salga —repitió ella, con la voz baja—. La marea nos junta.

—Mi instinto trabaja donde le dejan —dijo Irati—. Y esta vez le van a dejar todo el mar.

Colgó la videollamada en el puente, con el viento del Tajo metiéndole en la chaqueta y la ciudad entera encendida detrás, y volvió a la sala de operaciones del MAOC-N, donde Rui lo esperaba delante de una pantalla que no había visto antes, con el «Gure Itsasoa» dibujado como un punto verde sobre el mapa del Atlántico y una estela de coordenadas que venía desde Cabo Verde.

—El barco ha vuelto a encender el AIS —dijo Rui, sin preámbulos—.

Salió de Cabo Verde hace tres días, con el cargamento declarado de congelados y rumbo noreste, hacia la costa europea.

Si mantiene la ruta, toca aguas de vigilancia dentro de dos días.

—Señaló el punto donde la estela se cortaba, el mismo tramo de mar abierto de siempre—.

Y si apaga el AIS otra vez, como ha hecho en las cinco travesías anteriores, lo hará en este tramo: el punto donde nadie lo mira.

Si tu contenedor viaja en ese barco, agente, ese tramo es la única ventana.

Jules se quedó mirando el punto verde sobre el mapa, la estela que venía de Cabo Verde y el tramo de mar abierto donde la vigilancia se cortaba, y comprendió que la cuenta atrás no la marcaba el puerto de Lisboa: la marcaba el barco, y el punto donde apagaría el AIS, y las horas que pasarían entre que desapareciera de las pantallas y que volviera a aparecer, con otro nombre, otra bandera y el contenedor del muerto en la bodega.

—Entonces tenemos dos días —dijo.

—Tenemos dos días para decidir qué hacemos —dijo Rui—.

Y después, el mar decide por nosotros. —Se volvió hacia la pantalla, con las manos en los bolsillos del chubasquero—.

En esta sala se han seguido barcos con droga durante veinte años, agente.

Nunca se ha seguido un barco por lo que esconde dentro.

Pero tu pieza, tu libro y tu contenedor van en ese punto verde, y cuando un barco de papel apaga el AIS, lo que lleva dentro se vuelve invisible.

Si no lo miramos en la ventana, no lo vamos a volver a ver.

Jules miró el punto verde un momento más, con las coordenadas parpadeando en la esquina de la pantalla, y después se sentó en la silla de la mesa de mando, sacó el móvil y escribió a Irati el mensaje que había prometido mandarle desde el puente: la ruta del barco, la ventana de dos días y el punto donde se apagaría el AIS.

Cuando lo envió, se quedó mirando el mapa, con el Tajo brillando detrás de la ventana de la sala, y pensó que el caso, esa noche, había dejado de ser un expediente sobre una mesa y se había convertido en un barco en el mar, con dos días de margen y un contenedor en la bodega que llevaba el precinto de un muerto.

La marea le había dado la dirección. Ahora tocaba seguirl

La tarjeta de embarque llegó a su mesa dos días después, no por el correo oficial del MAOC-N, sino por un mensajero que la dejó en recepción en un sobre de plástico transparente, con el número de referencia del Legat escrito a mano.

Jules la sacó del sobre con la pinza, porque el protocolo manda, y la puso sobre la mesa junto al hash de Ainhoa y la carpeta de Rui, las tres piezas que esa semana se estaban convirtiendo en el expediente que nadie más había visto.

Era una tarjeta de embarque de las de siempre: aerolínea de bajo coste, ruta Lisboa-Ginebra, fecha de hace once días, nombre del pasajero.

Pero no era el nombre del muerto lo que Jules miró.

Era el reverso, donde alguien había escrito con letra apretada, la misma de la tarjeta del bote, una serie de números y letras que no eran un número de vuelo: eran un número de contenedor.

Un código de seis letras y siete dígitos, el mismo formato que usan las terminales del puerto para cada caja de acero que entra y sale de los muelles.

La tarjeta de embarque no era una tarjeta: era un envoltorio para una llave. Y la llave era un contenedor.

Jules cogió el teléfono y llamó a Rui, que contestó desde la sala de operaciones con el ruido de las coordenadas de fondo.

—Necesito que me mires un contenedor —dijo—. Te paso el número. Quiero saber dónde está, cuándo salió y hacia dónde va.

Rui lo anotó, con esa manera suya de escribir las cosas despacio para no equivocarse, y se quedó en silencio un instante, con el teclado sonando al fondo de la llamada.

—Ese contenedor —dijo al fin, con la voz más baja— salió de Lisboa la misma noche en que apareció el bote, agente.

Fue embarcado en el «Gure Itsasoa» en la escala de hace once días, y según el registro de la terminal figura en un buque portacontenedores que zarpó de Lisboa esa misma madrugada, con destino declarado a un puerto del Mediterráneo.

—Se calló un momento, y cuando volvió a hablar, su voz tenía esa mezcla de prudencia y de atención que Jules le había oído la tarde de la sala—.

Pero el manifiesto no cuadra, agente. El contenedor figura como vacío.

Y un contenedor vacío que viaja con un destino declarado, en un buque de línea, con el seguro pagado por adelantado y el precinto puesto por un particular, no es un contenedor vacío.

Es un contenedor que no quiere que se le abra.

Jules miró la tarjeta, el código escrito con la letra apretada del muerto, y pensó en el hombre que la había escondido en un bote salvavidas, en la sangre de la bancada y en la dirección que el mar le había dado a la marea.

El contenedor había salido de Lisboa la misma noche de la muerte.

La pieza del mundo, el libro de mareas de las cofradías vascas, viajaba en una caja de acero que figuraba como vacía, por una ruta de línea, hacia una bóveda de la que no salía nada.

El caso ya no era un bote en una ría: era un contenedor en el mar, un precinto que no quería que se le abriera y una pieza que se había comprado para que nadie la volviera a ver.

—¿Puedes seguir el barco? —preguntó.

—Puedo seguirlo hasta que apague el AIS —dijo Rui—.

Y entonces, agente, lo que hace el mar, lo hace con el mar.

Pero te voy a decir una cosa, la misma que te dije en la sala: el mar cobra siempre.

Este contenedor lleva el precinto de un muerto, y el muerto lo ha dejado escrito para que lo encontremos.

Lo que nos toca a nosotros es decidir si lo abrimos antes de que llegue a la bóveda.