Marea (Costa Vasca 3) Capítulo 1 — LA DERIVA #5
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Capítulo 1 — LA DERIVA #5

—Ahora tiene un motivo para mirar. —Se oyó el ruido de un café al dejarse sobre la mesa, y la voz de Jules volvió, más baja—.

El número de matrícula de tu bote ha llegado al MAOC-N esta tarde con una nota de mi oficina pidiendo que lo rastreen a fondo.

Cuando salió la respuesta, el oficial que me la pasó tardó un momento en hablar.

No era el tono de los que responden a una consulta de rutina.

Irati se quedó callada un momento, con el teléfono pegado a la oreja y la mirada en la ventana, donde la noche de Bilbao se estrellaba contra el cristal.

El nombre de Zabala no le sonaba a lejanía: le sonaba al caso que había cerrado hacía semanas, al atestado que había firmado, al nombre que el tasador de Vitoria había escrito con letra temblorosa y que ella había pensado que, con la orden internacional, ya no volvería a pronunciar.

—La pieza del norte —dijo, despacio—. La que se escapó por Lisboa. La que él vendió para sentarse a la mesa del gran mercado.

—Esa misma. —La voz de Jules tenía esa atención de los que saben que están tocando algo grande—.

No sé qué compró el Fondo Azul, Irati. Pero el número de cuenta de tu muerto, el que tiene la firma del contable del caso anterior, es el mismo dinero que financió esa compra.

El corredor de Lisboa, el fondo, el muerto en tus redes y la pieza de Zabala son una sola cadena.

Irati se pasó la mano por el pelo, empujándolo hacia atrás, y se quedó mirando la foto de Ferreira sobre la mesa, con las gafas de lectura y la barba descuidada.

—Un hombre ha muerto estrangulado con una línea de pesca —dijo—. Y su teléfono, sin bloqueo, con la bolsa puesta, ha llegado a mis manos con un número de cuenta y una firma. Como si quisiera que lo encontrara. Como si el muerto fuera el mensaje y yo la destinataria.

—Eso mismo he pensado —dijo Jules—. Y por eso he esperado a estar seguro antes de llamarte. Porque si la tarjeta del bote es lo que parece, este caso no es de una lonja. Es de Lisboa. Es de mares que no se ven desde Getaria. Y es de Zabala, que tú creías cerrado.

La lluvia azotó la ventana del despacho, y Irati respiró hondo, con el teléfono pegado a la oreja y el mundo entero reordenándose a su alrededor.

Había cerrado el caso del norte con la certeza de que el nombre quedaba en el atestado, perseguido por una orden internacional, y ahora el mar, con la galerna y la marea, le devolvía el nombre con un bote vacío y un cadáver en las redes.

El círculo que creía cerrado no se había cerrado: se había abierto hacia el mar.

—¿Qué hacemos? —preguntó.

—Mañana vuela un avión a Lisboa —dijo Jules—.

Yo voy. Quiero ver ese corredor con mis propios ojos, y hay un hombre en el MAOC-N que me debe una respuesta desde la operación del año pasado.

—Se calló un momento, y por el silencio Irati supo que estaba sonriendo—.

Y tú, si te apetece, tienes un billete en el mismo avión.

La inspectora del norte en la sala de operaciones del mar.

No sé si el MAOC-N está preparado para eso.

Irati soltó un suspiro que era casi una risa, y apoyó la frente en la ventana fría.

—El MAOC-N no sabe lo que le espera —dijo—. Pero esta vez no voy sola. Voy con un muerto que me ha dejado su teléfono como mensaje, y con la sensación de que el caso del norte no ha terminado, Jules. Solo ha cambiado de puerto.

Esa mañana, antes de irse a Lisboa, Irati quiso dar una última vuelta por el puerto, no por el caso, sino por la certeza de que el pecio seguía en su sitio, con el mar de la galerna ya tranquilo y el agua baja dejando ver la zona protegida de la segunda cueva.

Bajó hasta la escollera y se quedó un rato mirando las boyas del Geoparkea que marcaban el perímetro, las que Ainhoa había puesto meses atrás con la custodia compartida, y pensó que aquel pecio, el que la había traído al norte, seguía durmiendo bajo el agua con su carga sellada, custodiado por el museo y por la comunidad.

El mar que esa noche había devuelto un bote y un cadáver no había tocado el santuario: las boyas seguían en su sitio, las cuerdas tensas, la señal de prohibido el paso ondeando con el viento. Algo, en ese puerto, seguía a salvo.

Ainhoa la llamó justo cuando se daba la vuelta, desde el laboratorio de San Telmo, con la voz de las que han empezado el turno hace horas.

—He visto la noticia del cadáver —dijo—.

Y he hecho lo que hago con lo que me preocupa: he comprobado el perímetro del pecio a primera hora.

Está intacto, Irati. La marea no ha movido nada, las boyas están en su sitio y la baliza de la segunda cueva sigue dando señal.

El mar de esta noche ha traído cosas, pero no ha tocado lo que cuidamos.

—Me alegra oírlo —dijo Irati—. Es la única parte de esta madrugada que me deja dormir tranquila.

—El caso de la pieza madre se cerró —dijo Ainhoa, con esa manera suya de resumir las cosas sin adornos—.

El pecio sigue protegido, la custodia sigue firmada y la vitrina de San Telmo sigue contando la historia que nadie le dejó contar.

Lo que el mar te ha traído esta noche, Irati, no es del norte.

Es de otro sitio. Y aun así, sabes que si necesitas que te ayude a leer algo de lo que trae el mar, aquí estoy, con las manos quietas.

Irati sonrió, con el teléfono pegado a la oreja y el mar delante, y pensó en las manos quietas de Ainhoa, las que habían esperado a la policía delante de una pieza y un cadáver, las que ahora custodiaban el pecio con la paciencia de las mareas.

Le prometió que la llamaría desde Lisboa, colgó y se quedó un rato más en la escollera, mirando las boyas del perímetro y el mar en calma, con la certeza de que el norte seguía en su sitio, y de que el caso que la marea le había traído era de otro puerto, más lejos, más grande, más mar abierto.

—Entonces es un caso que no te vas a perder.

—Ninguno se me ha perdido todavía. —Irati sonrió, con la frente apoyada en el cristal y el frío subiéndole por la cara—. Que el avión salga temprano. Y duerme algo, que vas a necesitarlo.

—¿Y tú?

—Yo duermo mejor sabiendo que por fin voy a ver dónde vive el dinero que cerró el caso del norte. —Se enderezó, cogió la foto de Ferreira y la guardó en el expediente—. La marea nos ha traído esto, Jules. A ver qué nos devuelve.

No durmió en Bilbao. Cogió el coche de vuelta a Getaria cuando el reloj marcaba la una de la madrugada, con la carretera de la costa vacía y el mar a la derecha, negro y enorme bajo la luna que había roto por fin la galerna.

Llegó al puerto con las luces de la lonja apagadas y el viento todavía peleando con los mástiles, y encontró el bote donde la policía científica lo había dejado, bajo el cobertizo del costado, cubierto con una lona azul y atado a la bancada de tierra con dos cuerdas nuevas.

No sabía por qué había vuelto. Tenía el avión de la mañana, el expediente en la maleta, la certeza de que Lisboa le esperaba.

Pero algo en la forma del bote, en la manera en que la marea lo había dejado, en la sangre que Maddi había leído como una carta, no le dejaba cerrar los ojos.

Se agachó junto a la lona, la levantó y encendió la linterna, y durante un rato se quedó mirando el interior del bote, el caucho desinflado, la bancada de proa, el hueco de popa donde la tarjeta había estado pegada con cinta.

Y entonces lo vio. O lo encontró, que era más exacto: una pequeña tarjeta de plástico, del tamaño de una de crédito, pegada con la misma cinta transparente bajo la bancada de popa, en el sitio donde la mirada no llegaba si no se buscaba.

Alguien la había escondido ahí con cuidado, con la cinta doblada sobre los bordes para que el agua no la tocara, en un lugar que solo podía encontrar quien supiera que tenía que buscarla.