Capítulo 1 — LA DERIVA #4
Leire abrió otra ventana y empezó a tirar de la madeja del Fondo Azul, y durante un rato la sala se llenó del ruido de las teclas y de los informes que iban saltando en las pantallas: la estructura societaria, los consejeros, las filiales en tres jurisdicciones de conveniencia, las adquisiciones declaradas y las que no figuraban en ningún balance.
El fondo, según los registros, tenía un consejo asesor de cuatro nombres que aparecían en decenas de vehículos del mismo tipo, un domicilio fiscal en Lisboa y una sede operativa en una jurisdicción insular que no figuraba en los mapas que Leire conocía.
Compraba patrimonio cultural con la discreción de los que no quieren que el mercado se entere de lo que buscan, y pagaba con cuentas que no aparecían en los informes públicos.
—Esto no es un fondo —dijo Leire, sin levantar la vista—.
Es una caja donde se guarda dinero con papeles de colección.
Mira: aquí, en la última adquisición declarada, un manuscrito del siglo XVII comprado en subasta por una cifra que no se anuncia.
Y aquí, en el registro del banco corresponsal, el mismo número de cuenta que tu muerto tenía en el teléfono.
La firma del contable, la misma. No hay dos fondos así: hay uno, y este es el que compra las piezas de la red.
—¿La red del caso anterior? —preguntó Irati, con la voz baja.
—La red del dinero, sí. el norte era la red de la pieza, el pecio, la fábrica.
Esta es la red del pago. —Leire amplió una pantalla y se giró hacia Irati, con esa expresión de las que han encontrado el hilo y no piensan soltarlo—.
El contable que firmó la tasación del norte, el que financió la red desde Lisboa, no dejó de trabajar cuando el caso se cerró.
Siguió trabajando, Irati. Con el mismo dinero, con los mismos papeles, con la misma letra.
Y ahora ese dinero ha comprado piezas para un fondo que las hace desaparecer en una bóveda.
Irati se acercó a la pantalla, leyendo los nombres, las fechas, las cifras, con esa atención de letra pequeña que la había hecho buena inspectora.
Tomás Ferreira, según el expediente que Leire había sacado de la base de datos de la empresa, llevaba cuatro años en el Fondo Azul, primero como analista junior, después como responsable de la división de adquisiciones de manuscritos y documentos.
No tenía antecedentes, no tenía deudas, no tenía nada que lo señalara como el ladrón que el fondo, según las primeras filtraciones que empezaban a salir en las agencias portuguesas, iba a presentar ante la opinión pública en cuanto la noticia del cadáver se hiciera pública.
Tenía un hermano menor en Oporto y una hermana en Boise, Idaho, trabajando en un archivo de museo vasco, de los que conservan la memoria de los emigrantes.
—La hermana —dijo Irati, señalando la línea—. Boise. ¿Eso no es donde vive la familia de Jules?
—La familia de la abuela, sí. —Leire la miró—. Y es donde el caso anterior ya tocó la diáspora. No me digas que esto también va a enredarse con la memoria.
—Todo se enreda con la memoria, Leire. Es la única cuerda que no se rompe.
—Irati se pasó la mano por el pelo y se quedó mirando la pantalla, con el extracto y la firma y el nombre de Ferreira brillando en la luz azul de la mañana—.
El muerto no era un ladrón. Era un hombre que encontró algo en el fondo que no debía encontrar, que lo dejó escrito en un teléfono sin bloqueo y que lo envió al mar con la esperanza de que alguien lo leyera. Y la marea lo trajo a nosotros.
El viento golpeó la ventana, y las dos mujeres se quedaron mirando la pantalla, con la lluvia corriendo por el cristal y el número de cuenta de Lisboa ardiendo en la luz azul, como una pequeña brasa que no se apagaba.
El reloj marcaba las seis y media, y fuera, la mañana de noviembre seguía negra, con la galerna entrando en el puerto y el mar devolviendo, una a una, las piezas que alguien había querido perder.
Esa noche Irati trabajó desde Bilbao, en el despacho de Homicidios que había sido su base durante años y que ahora le quedaba grande, con la mesa cubierta de expedientes cerrados y la ventana dando a una calle que ya no le decía nada.
Había vuelto a la ciudad por el expediente del muerto, por los trámites del laboratorio, por la necesidad de poner en orden una cabeza que llevaba horas girando alrededor de un número de cuenta y de una firma, y había encontrado el despacho vacío, las luces del pasillo encendidas a media potencia y el silencio de los edificios de oficinas a las diez de la noche.
El despacho conservaba todavía las marcas de otros tiempos: la fotografía de la comisaría en la pared, la pizarra blanca con las huellas de un borrador mal limpio, el archivador que Patxi no había querido vaciar del todo, por si la inspectora del norte volvía a necesitarlo.
Irati había estado allí tantas noches, en los años de Bilbao, en los casos que le habían enseñado el oficio, que el sitio le resultaba a la vez familiar y extraño, como una casa de la infancia a la que se vuelve de visita.
Ya no vivía allí. Vivía en un puerto, a veinte minutos de un mar que antes le daba miedo y que ahora le daba las horas de la madrugada, y esa distancia, la que había recorrido en dos casos, le cabía entera en ese despacho vacío.
Sobre la mesa, junto a las fotos del expediente, había una libreta con la letra de Jules, la que usaba para anotarle las referencias de los casos cuando los dos trabajaban a distancia, y en la esquina de la primera página, un dibujo a bolígrafo de una gaviota, de los que hacía cuando hablaba por teléfono y tenía las manos ocupadas.
Irati la había encontrado semanas atrás, al volver de Getaria, y no la había movido del sitio.
Era una manera de tenerlo cerca en los días en que el caso los separaba, y esa noche, con el expediente de Ferreira abierto sobre la mesa y la noche de Bilbao estrellándose contra el cristal, la necesitaba más que nunca.
Sobre la mesa tenía las fotos que Leire le había pasado por la red segura: la tarjeta del bote, el teléfono del muerto, el extracto con la firma del contable, la cara de Tomás Ferreira sacada de su ficha laboral, un hombre de treinta y cinco años con gafas de lectura y una barba descuidada, mirando a la cámara con esa expresión cansada de los que pasan demasiado tiempo delante de un expediente.
Lo había mirado durante horas, intentando leer en la foto lo que el muerto no había podido decir, y no le había encontrado nada más que una inquietud que ella misma estaba proyectando.
El teléfono vibro sobre la mesa, con la luz de la pantalla iluminando el nombre de Jules. Lo cogió al segundo, sin saber por qué tenía prisa.
—No me digas que también has tenido una noche de galerna —dijo.
—Aquí no hay galerna —dijo él, y por la voz Irati supo que estaba en el despacho del Legat, en Madrid, con el ruido de la ciudad de fondo y esa cadencia suya de las noches largas de trabajo—. Hay un expediente abierto y una llamada que no he querido hacer hasta estar seguro.
—¿Seguro de qué?
—De lo que has encontrado esta mañana. —Se oyó el ruido de unas teclas, y luego la voz de Jules volvió, más baja, más seria—.
La tarjeta del bote, la que dice «Gure Itsasoa».
La he metido en los registros del Legat y en los que compartimos con la inteligencia marítima europea.
Y ha saltado algo que llevaba meses esperando una respuesta, Irati.
—Cuéntame.
—El «Gure Itsasoa» no figura en ningún registro de buques activos.
No tiene bandera que lo reclame, no tiene dueño que lo reconozca, no tiene puerto base.
—Jules se quedó mirando su pantalla un momento, y por el silencio Irati entendió que estaba leyendo lo que había encontrado—.
Pero el número de matrícula de la tarjeta coincide, hasta el último dígito, con un expediente que el Legat abrió hace un año a raíz de una operación del MAOC-N en Lisboa.
—¿El MAOC-N?
—El centro de análisis marítimo contra el narcotráfico.
Portugués, con sede en Lisboa, veintitantos países asociados.
—Se oyó el ruido de un archivo al abrirse—.
Están siguiendo un corredor de contrabando marítimo que mueve mercancía no declarada entre el Atlántico y el norte de Europa, en buques que cambian de nombre y de bandera en mitad de la travesía.
El «Gure Itsasoa» está en esa lista. Y la pieza que Zabala vendió, el caso del norte, la que se escapó por Lisboa cuando él huyó, ha salido a la superficie en esa misma operación.
El MAOC-N, el Centro de Análisis y Operaciones Marítimas contra el Narcotráfico, era uno de esos organismos que viven entre dos mundos: una sala de operaciones en Lisboa donde se juntan oficiales de veintitantos países, con pantallas de buques en tiempo real, husos horarios encendidos y dos idiomas oficiales peleándose en los auriculares.
Jules había trabajado con ellos dos veces desde el Legat, en el caso del año anterior, y guardaba de esa colaboración una mezcla de respeto y de frustración: respeto por la maquinaria, por la manera en que seguían los buques, por la precisión con que sabían dónde iba a estar un barco antes de que el barco lo supiera; y frustración por el mandato, por el hecho de que la inteligencia marítima europea estuviera afinada para ver la droga y no viera el resto, el patrimonio, el dinero, las cajas que no huelen a cocaína y que cruzan el Atlántico sin que nadie les pregunte qué llevan.
—La pieza de Zabala no es droga —dijo Jules, con la voz de los que han estado dando vueltas a esa idea—.
Es un manuscrito. Pero viaja por el mismo corredor que la droga, con los mismos buques fantasma, la misma logística de banderas y los mismos puntos ciegos.
El MAOC-N la ha visto pasar, Irati. Lo que pasa es que no la ha visto mirando ahí. La ve cuando la droga la tapa.
—¿Y ahora la ve?