Marea (Costa Vasca 3) Capítulo 1 — LA DERIVA #3
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Capítulo 1 — LA DERIVA #3

—Con la galerna no se ve ni se oye nada.

Salimos porque salimos, porque a este puerto no lo para el viento, pero los primeros que estuvieron a la vista fueron los que recogieron el bote en la escollera, ya de madrugada.

Lo que ha pasado ahí fuera, inspectora, ha pasado sin testigos.

El mar de noviembre es así: hace su trabajo y no deja apuntes.

Irati lo dejó marchar con el resto de la tripulación, con el compromiso de que pasarían por comisaría al mediodía para firmar la declaración completa, y se quedó en el muelle mirando cómo la furgoneta del laboratorio salía del puerto con el cuerpo dentro y las luces apagadas, como un barco que zarpa sin faro.

Maddi se acercó con el maletín cerrado y el mono ya a medio quitar, y por un momento las dos mujeres se quedaron mirando la bocana, donde la galerna empezaba a ceder y el mar, por primera vez en esa noche, parecía respirar.

—El cuerpo lo tengo en frío en dos horas —dijo Maddi—.

Con la autopsia sobre la mesa, te confirmo la línea y te digo cuánto tiempo llevaba muerto antes de entrar al agua.

—Se señaló la nuca, con un gesto de los que señalan un punto del mapa—.

Y te digo también otra cosa, Irati: el que hizo esto sabía exactamente cómo hacerlo.

No hay vacilación en la marca, no hay intentos fallidos, no hay segunda vuelta.

Es la marca de un oficio, no de un impulso.

—¿Un oficio?

—Una persona que ha estrangulado antes. O varias veces.

—Maddi se subió la cremallera del mono y la miró con esa seriedad que solo se le ponía delante de los casos que le pedían verdad—.

El bote, la tarjeta, el teléfono, la línea.

Esto no es un hombre muerto en el mar, Irati.

Es una carta con remite, enviada por alguien que sabía que el mar la iba a entregar. Y nosotros somos la dirección.

Irati asintió, con las manos en los bolsillos de la chaqueta y la mirada en el mar, que empezaba a tomar color de amanecer en el horizonte.

La galerna se retiraba como se retiran las mareas de la madrugada, sin anunciarse, dejando el puerto lavado y la mar en calma, y ella se quedó allí un rato, con el viento ya sin fuerza y el silencio de los muelles, pensando en la carta sin remite que la noche le había puesto delante, en el nombre de Ferreira escrito con letra apretada, y en el número de cuenta de Lisboa que todavía no le había dicho nada, y que sin embargo, de alguna manera que no podía explicar, ya le estaba diciendo todo.

El ertzain-etxea de Donostia, a esa hora, olía a café recalentado y a noche sin dormir, con las luces de los despachos encendidas a retazos y la lluvia pegando contra las ventanas de la planta de investigación.

Irati dejó la lonja cuando el sol empezaba a querer salir por detrás de la lluvia, con el cuerpo ya en camino hacia el laboratorio y el bote a remolque de la furgoneta de la policía científica, y entró en la comisaría con el mono de trabajo y el teléfono del muerto en una bolsa de evidencias, bajo el brazo, como quien lleva una pregunta sin respuesta.

Leire Agirre estaba en su puesto, con las pantallas encendidas y la taza de café que llevaba horas muerta sobre la mesa, y levantó la vista cuando Irati entró, con esa manera suya de mirar por encima de las gafas que no necesitaba para ver las pantallas y sí para mirar a la gente.

—Me han dicho que la galerna te ha traído trabajo —dijo.

—Y no uno cualquiera. —Irati le dejó la bolsa de evidencias sobre la mesa—. Un bote salvavidas vacío con sangre y una tarjeta de embarque de un buque llamado «Gure Itsasoa», y un cadáver en las redes de un arrastrero, estrangulado con línea de pesca. El teléfono del muerto. Necesito que lo mires.

Leire sacó el teléfono de la bolsa con unas pinzas, lo giró entre los dedos, le miró la funda, la bolsa de plástico, la goma, y lo conectó al cargador forense con una eficiencia que no admitía conversación.

Las pantallas se encendieron, los datos empezaron a volcar, y la ciberanalista se inclinó hacia la pantalla grande con esa concentración de halcón que Irati le conocía de dos casos anteriores.

—No tiene bloqueo —dijo al cabo de un rato, con un tono que no era sorpresa, era desconfianza—.

Un teléfono sin bloqueo, con la bolsa puesta para que llegara entero, en el bolsillo de un hombre estrangulado.

Eso quiere decir que alguien quería que esto se leyera.

—Se giró en la silla—. El muerto no era el que llegó al mar. El muerto era el mensaje.

—Lo mismo he pensado yo.

Leire volvió a la pantalla, y durante un rato solo se oyó el ruido de las teclas y el zumbido de la lluvia en los cristales.

Irati se sentó en la silla de al lado, con las manos en el regazo y la mirada perdida en las pantallas, pensando en la lonja, en la firma de Maddi, en la letra apretada de la tarjeta.

El reloj de pared marcaba las seis y cuarto, y afuera el puerto de Donostia empezaba a despertar sin saber que a dos pueblos de allí, en una lonja lavada, la marea había entregado una pregunta nueva.

—Ya lo tengo —dijo Leire, y por su voz Irati entendió que lo que había encontrado no era lo que había buscado—.

El teléfono es de un hombre llamado Tomás Ferreira, treinta y cinco años.

Portugués. Analista de adquisiciones de una entidad que se llama Fondo Azul, una gestora de patrimonio con sede declarada en Lisboa y una estructura societaria que es un laberinto de testaferros, vehículos y jurisdicciones de conveniencia.

—Se calló un momento, y su dedo se quedó quieto sobre el teclado —.

Y tiene un correo sin leer, enviado hace dos semanas, de un contable de Lisboa que le pide confirmación de un pago por valor de una cifra de seis ceros.

—¿Un pago?

—Un pago de la cuenta nodriza. —Leire se giró hacia Irati, y por primera vez en esa mañana su cara perdió esa expresión de control absoluto—. Espera. Esto te va a sonar.

Abrió en la pantalla grande un extracto, o la parte de un extracto que la herida digital del teléfono había conservado: un número de cuenta, una fecha, una cantidad, y en la esquina, en la columna del concepto, una cadena de cifras y letras que a Irati no le dijo nada a primera vista.

Pero Leire la amplió, la iluminó, y debajo, en un bloque aparte, apareció una anotación manuscrita escaneada, la firma de un contable con la letra redonda y antigua de la gente que ha firmado muchos papeles en su vida.

Irati la reconoció al instante. No había necesidad de preguntar de quién era.

—Esa firma —dijo, con la voz plana—. Es el contable que firmó los certificados del caso anterior.

La que apareció en la cadena de la tasación del norte, la que financió la tasación del pecio, la que el tasador de Vitoria escribió con letra temblorosa en el acta cuando declaró el nombre de Zabala.

—Se pasó la mano por el pelo, empujándolo hacia atrás con un gesto que no le salía hacía años—.

El número de cuenta de Lisboa, Leire. El mismo que financió la red del norte.

Leire la miró sin decir nada durante unos segundos. Después se volvió a la pantalla, abrió otra ventana, y tecleó una serie de consultas con una velocidad que no necesitaba pensar.

—El Fondo Azul —dijo, leyendo lo que las bases le devolvían—.

Sociedad de inversión en patrimonio cultural.

Adquisiciones por valor de varios cientos de millones en los últimos cinco años.

Compradora de colecciones privadas, fondos de archivo, manuscritos y arte con procedencia verificada.

—Se detuvo, y su voz perdió el tono de lectura para volver al de la conversación—.

Y un correo interno, de hace tres meses, que el teléfono ha conservado en la carpeta de borradores: una autorización de pago firmada por la misma mano contable, por una pieza comprada al mismo mercado que financió la tasación del norte.

La pieza que el muerto estaba verificando cuando alguien le puso una línea alrededor del cuello.

Irati se levantó de la silla y se acercó a la pantalla, con las manos apoyadas en el borde de la mesa, leyendo los números, los nombres, las fechas, con esa atención de letra pequeña que la había hecho buena inspectora.

La galerna, el bote, la sangre, el muerto en las redes, el teléfono sin bloqueo, la firma del contable: todo encajaba en una dirección que no quería mirar, pero que ya no podía evitar.

—El caso anterior se cerró con el nombre de Zabala en el atestado —dijo, en voz baja, como si se lo dijera a las pantallas—.

Y el dinero que financió la tasación del norte, el que un contable de Lisboa movía desde una cuenta nodriza, no desapareció.

Se quedó en manos de un fondo que compra patrimonio. Y este hombre, Ferreira, lo descubrió.

—¿Descubrió qué exactamente? —preguntó Leire.

—Descubrió que la pieza que su fondo compró con ese dinero no era una adquisición limpia.

—Irati señaló la pantalla, la firma, la cadena—.

Que la procedencia que certificaron era una mentira con la firma de un contable que ya está en el atestado del caso anterior.

Y que la mentira, Leire, es la prueba que nos faltaba para atar el dinero del norte con el dinero que sigue moviendo esta red desde Lisboa.