Capítulo 1 — LA DERIVA #2
—Maddi, soy Irati. Necesito que vengas al puerto de Getaria.
—Miró el bote una vez más, la sangre, la tarjeta, el mar—.
Ha llegado un bote salvavidas vacío con sangre seca y una tarjeta de embarque de un buque que no conozco.
Y no me digas que esto no es el principio de algo, porque hace dos años que no me lo dices y aun así siempre acaba siéndolo.
—¿Ha llegado solo?
—Ha llegado con la marea. —Irati se agachó otra vez, tocó la sangre con la punta del guante, la levantó para olerla—. Y con una tarjeta a nombre de alguien apellidado Ferreira.
Maddi se quedó callada un segundo, y por el silencio Irati supo que la forense ya estaba haciendo cuentas, sumando noches, mareas y cadáveres.
—Voy para allá —dijo Maddi—. En veinte minutos. No toques nada, no muevas nada, no lo subas a tierra.
—Eso iba a hacer.
—Lo sé. Por eso te lo repito.
Irati sonrió sin que nadie la viera, una sonrisa pequeña y cansada, de las que solo se le escapan delante de la gente que conoce de verdad, y se quedó junto al bote esperando, con la lluvia cayéndole encima y el faro abriendo y cerrando el ojo sobre el puerto, mientras el mar de la galerna seguía entrando en la ría, trayendo lo que le habían dado, devolviendo lo que nadie había querido conservar.
Maddi llegó antes de lo que había prometido, con la furgoneta del laboratorio atravesando el puerto a una velocidad que no era la suya, y bajó del coche sin paraguas, con el mono blanco ya puesto y el maletín en la mano, caminando por el charco de la escollera como quien pisa terreno conocido.
Irati la vio iluminarse bajo el faro y pensó, como pensaba siempre, que no había gente más fiable que la que no necesita dormir para hacer bien su trabajo.
Maddi no la saludó con palabras. Se arrodilló junto al bote, encendió su propia linterna y se pasó un minuto largo mirando la sangre de la bancada sin tocarla, con esa concentración de reloj que tenía para los restos de otros.
Después levantó la tarjeta con unas pinzas, la leyó, la metió en una bolsa de evidencias con el número y el sello de la hora, y por fin se volvió hacia Irati.
—Sangre humana —dijo—. De hace más de doce horas, por el color y la fijación. El bote lleva más tiempo a la deriva que esta noche. —Señaló la tela desinflada—. Esto no ha venido de la ría: ha venido de mar abierto, con la corriente. La galerna solo lo ha pegado a la escollera.
—¿Puede ser de un accidente? —preguntó Irati.
—Un accidente que sangra en un bote salvavidas y no deja al herido ni el chaleco, ni la radio, ni los remos de emergencia, todos nuevos, todos sin usar.
—Maddi se levantó, se limpió las rodillas—.
Aquí no ha habido un accidente, Irati. Aquí alguien ha sacado la sangre de un bote y lo ha soltado al mar para que hiciera el trabajo de una carta.
La lluvia redobló, y las dos mujeres se quedaron un momento mirando el bote, con el viento empujándolas contra la barandilla de la escollera. El faro giró sobre ellas, y por un segundo la luz blanca les encendió la cara mojada, y después la noche las volvió a tragar.
El móvil de Irati vibró en el bolsillo interior. Era Patxi Remiro, el comisario, con la voz cortada por la estática y el ruido de una radio de patrulla de fondo.
—Inspectora. Están trayendo un cadáver a la lonja.
Un arrastrero lo ha sacado en las redes hace media hora, a dos millas de la bocana.
—Patxi se calló un instante, y por el ruido de fondo Irati entendió que estaba en el puerto, con los pies en el mismo charco que ellas—.
La tripulación dice que pesó muy raro desde el principio, que el aparejo enganchó algo que no era pez.
Cuando lo subieron, el cuerpo estaba enredado en el copo, sin chaleco, sin nada que lo identificara a primera vista.
Irati miró a Maddi, que ya estaba guardando la tarjeta en el maletín con esa calma de los que no tienen prisa porque saben que la prisa no recupera nada.
—¿Un cuerpo en el copo de un arrastrero, a dos millas, la misma noche que un bote salvavidas con sangre aparece en la escollera? —dijo Irati, más para ella que para Patxi.
—Eso mismo he pensado —dijo Patxi—. Por eso no he esperado al turno de mañana. Estoy en la lonja, con el coche patrulla y el guardia de servicio. Os espero aquí.
La lonja de Getaria, cuando llegaron, tenía las puertas abiertas de par en par y las luces del techo encendidas, lo que le daba a la nave el aspecto de un teatro a medio montar, con las cajas de pescado apiladas en los márgenes y el suelo de cemento lavado con el olor de siempre, la sal y el hielo y la sangre de los turnos de la madrugada.
En el centro, sobre la plataforma de pesaje que usaban para las cajas grandes, la tripulación del arrastrero había dejado el cuerpo con la delicadeza torpe de los que no saben dónde ponerlo: boca arriba, con los brazos cruzados sobre el pecho como si alguien hubiera intentado arreglarlo, y el agua de mar todavía goteando del mono de trabajo que llevaba puesto.
El guardia de servicio mantenía a la tripulación en la puerta, cuatro hombres en chubasqueros amarillos, quietos, con las caras que se les ponen a los hombres del mar cuando el mar les devuelve algo que no es pescado.
Patxi estaba junto al cuerpo, con el cuaderno abierto y la radio colgada del hombro, y al verlas entrar hizo un gesto breve con la cabeza.
—Teníais razón —dijo—. La misma noche, dos piezas. El mar de la galerna no ha traído solo el bote: ha traído al hombre del bote.
Maddi se acercó al cuerpo con esa manera suya de moverse alrededor de los muertos, despacio, sin tocar todavía, leyendo la posición, la ropa, las manos, el color de la piel, antes de que el trabajo sucio empezara.
Se agachó junto a la cabeza, le giró la cara con dos dedos y la luz de la nave le iluminó los rasgos: un hombre joven, de unos treinta y cinco años, delgado, con la cara marcada por el agua y un arañazo limpio en la mejilla izquierda, de los que deja el roce con una línea tensa.
Llevaba un mono de trabajo azul de la marca de una compañía naviera, sin insignias, y en el bolsillo del pecho, un teléfono móvil en una funda de goma barata, envuelto en una bolsa de plástico atada con una goma, como quien quiere protegerlo del agua y no tiene mejor manera.
—El teléfono —dijo Maddi, sin tocarlo—. Lo llevaba envuelto en una bolsa, dentro de un bolsillo con cremallera. Eso no es casualidad. El que lo metió ahí quería que llegara entero.
—¿El que lo metió? —preguntó Irati.
—Esto no es un ahogado, Irati. —Maddi se enderezó y se pasó la mano por la frente, dejando una mancha de sal y de noche—.
Un ahogado llega al mar con el agua en los pulmones y el cuerpo del color que le toca.
Este hombre tiene la cara limpia de espuma y el cuello marcado por debajo del mentón con una línea de abrasión que no me gusta nada.
La examinaré en frío, pero ya te lo digo: aquí hay un nudo, una línea, una presión. Y la línea no es de barco.
—¿Una línea de pesca? —dijo Irati, con la voz baja.
Maddi la miró un momento, con esa expresión que se le ponía cuando Irati acertaba en una cosa que las dos sabían que no querían que fuera cierta.
—La examinaré en frío —repitió—. Pero tiene toda la pinta de una línea de pesca de grueso, de las de palangre, tensada alrededor del cuello hasta que el aire dejó de pasar.
—Señaló la marca del mentón—. Y cuando eso se tensa así, con esa precisión, con esa limpieza, no es la primera vez que lo hace quien lo hizo.
Esto tiene una firma, Irati. La firma de alguien que ha estrangulado antes.
El viento de la galerna golpeó las puertas de la lonja, y la nave entera crujió bajo el peso de la noche.
Irati se quedó mirando al hombre del pesaje, con el agua del mar todavía en el mono, con el teléfono envuelto en la bolsa de plástico en el bolsillo del pecho, y pensó en la tarjeta del bote, en la sangre de la bancada, en la letra apretada que había escrito el nombre de Ferreira, y en la frase de Maddi, la que no se le quitaba de la cabeza: esto tiene una firma.
Patxi le tendió el cuaderno con las primeras declaraciones tomadas en el puerto, mientras el cuerpo se cargaba en la furgoneta del laboratorio con la ceremonia discreta de los que saben que el muerto no tiene prisa.
La tripulación del arrastrero, cuatro hombres de Zumaia y uno de Pasajes, esperaban junto al muelle con las manos en los bolsillos, mirando la furgoneta como se mira a un barco que se lleva algo que no querías ver.
Irati los fue llamando uno a uno, sin sacar la libreta, dejando que hablaran del mar primero, porque sabía que los hombres del mar no entran en materia hasta que han dicho la parte del mar.
—El copo —dijo el patrón del arrastrero, un hombre de sesenta años con la cara como una cuaderna—.
Lo levantamos a las dos y media, a dos millas de la bocana, en el sitio donde la corriente deja las cosas.
Peso raro, ya te digo: el aparejo enganchó como si fuera un palo, no como si fuera pescado.
—Se pasó la mano por la nuca, con un gesto de los que se han quedado sin palabras—.
Cuando lo subimos, estaba ahí, enredado en las mallas, boca abajo, con el mono azul y el agua saliendo por todos los sitios.
Los chavales no quisieron tocarle. Hice yo lo que había que hacer: lo sacamos del copo, lo pusimos boca arriba sobre la plataforma y llamé al puerto.
No he visto muchas veces a la marea devolver algo que no sea de aquí.
—¿El bote lo vieron antes? —preguntó Irati—. ¿Algo raro en la mar durante la noche, luces, otro barco, algo?
El patrón negó con la cabeza, despacio, con esa certeza de los que conocen cada minuto de su turno.