Marea (Costa Vasca 3) Capítulo 1 — LA DERIVA
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Marea (Costa Vasca 3)

Marea (Costa Vasca 3)

Por Nerea Iturralde

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Capítulo 1 — LA DERIVA

—En la ría —dijo—. Un bote salvavidas, vacío. Un bote de esos naranjas, de buque. La marea lo ha dejado pegado a la escollera de la lonja, con las cuerdas rotas y sangre en la bancada. Sangre seca, no parece de ahora.

Irati encendió la luz de la mesilla y apagó el despertador que no iba a necesitar. Fuera, la galerna empujaba la lluvia contra la ventana con una fuerza que se oía en las vigas, y el faro del puerto abría y cerraba su ojo cada tres segundos, como un centinela que no dormía nunca.

—¿Dónde estás tú? —preguntó.

—En la bocana, con el bote a remolque. No lo he subido a tierra. He pensado que era mejor que lo viera la policía como la marea lo dejó, sin moverle nada.

—Hiciste bien. ¿Ha llamado alguien más?

—Solo yo. Con esta noche no hay nadie en el puerto que no esté en su cama. —El hombre se calló un momento, y por el ruido del viento Irati entendió que estaba apartando el teléfono de la cara para gritar algo a alguien de su tripulación—. Venga, inspectora. El puerto es suyo.

Colgó. Irati se quedó un momento sentada en el borde de la cama, con el frío del suelo de piedra subiéndole por los pies descalzos, y escuchó el mar.

Era un mar de galerna, de los que el padre habría llamado *mar de daño*, de los que no se leen con calma.

Pero ya no le daba miedo. Hacía dos años que el miedo había dejado de gobernarle las noches, y ahora el ruido del agua contra los cantiles le sonaba a lo que era: el paisaje donde vivía, la casa donde había elegido quedarse.

Se vistió sin prisa, con la ropa de siempre, la que no necesitaba pensar para ponerse: el jersey de lana gruesa, el pantalón oscuro, las botas con la suela de goma que el barro del puerto no resbalaba.

Se tocó el pecho por costumbre, buscando el mechero del padre en la cadena, y lo encontró frío contra el esternón, con el metal gastado de veinte años de bolsillos y de esperas.

Lo tenía siempre. Se lo daba a Jules cuando hacía falta, y Jules se lo devolvía al volver, y ese ritual, que había empezado como un gesto de otra vida, se había convertido en una manera de decirse las cosas sin decirlas.

Había vivido en el caserío desde que el caso del norte se cerró, primero por semanas, después por temporadas, hasta que la temporada se le convirtió en casa y la casa en costumbre.

Eneko se había quedado con la casa de la hermana, a dos calles, y el caserío, con sus vigas bajas y su suelo de piedra que crujía con memoria, se había ido llenando de cosas de los dos: la chaqueta de Jules colgada en el clavo del pasillo, el cuaderno de Irati sobre la mesa de la cocina, las botas en fila junto a la puerta, dos pares, del mismo barro.

La gente del puerto ya no les preguntaba si se quedaban: les preguntaba cuándo, y las dos respuestas eran la misma.

En la nevera, junto a las sardinas de Eneko, había un tupper con la sopa de pescado que la madre había subido la semana anterior, y en el mueble del pasillo, una fotografía de la barca del padre que Patxi le había hecho traer desde Bilbao, con el marco de plata gastada que había sido de la abuela.

Irati la rozó con los dedos al pasar, sin detenerse, como se tocan las cosas que ya no necesitan mirada, y pensó, con la claridad que le daban esas horas de la madrugada en las que la cabeza no miente, que nunca había tenido una vida tan suya como esta, con el mar enfrente, el caso cerrado y el hombre que quería durmiendo a quinientos kilómetros, en un piso de Madrid que olía a café y a expedientes abiertos.

En la cocina, sobre la mesa de madera, había un plato con pan de maíz a medio comer, dos tazas de café frío y la nota que Eneko les había dejado la semana anterior, cuando se fue a la casa de la hermana a pasar unos días: *hay sardinas en la nevera y cebollas en la cesta, no me las dejéis podrir.

* Irati la leyó sin necesidad de mirarla, dobló el pan en un trapo por si la noche se alargaba y salió al exterior.

La lluvia la golpeó en la cara como un golpe de agua fría.

El puerto de Getaria estaba desierto, negro y encogido bajo la galerna, con las luces de la lonja apagadas y los mástiles de los barcos cantando contra el viento.

Bajó por el camino de piedra que bajaba del caserío al muelle, con el chubasquero crujiendo y la linterna en el puño, y cuando llegó a la escollera, el bote ya estaba allí, atado a la argolla del muerto con una cuerda nueva, como un animal grande y enfermo que alguien había amarrado para que no se fuera.

Era un bote salvavidas de buque, de los naranjas que llevan las balizas de señalización y los números pintados en blanco en el casco.

Estaba desinflado a medias, con la tela de caucho doblada sobre sí misma y un arañazo largo en el costado de estribor, de los que deja el roce contra el casco de otro barco, o contra una roca, o contra el borde de un contenedor.

En el suelo de la bancada, bajo el asiento de proa, la lluvia de la noche había empezado a lavar una mancha oscura que no llegaba a borrar: sangre seca, marrón, vieja, incrustada en el caucho como si hubiera estado allí horas, o más.

Irati se agachó y la miró sin tocarla. La linterna le iluminó el interior del bote, las cuerdas cortadas en la proa, el anillo de la argolla que habían dejado limpio, como si alguien hubiera querido quitar el bote del buque al que pertenecía y no hubiera tenido tiempo de hacerlo bien.

En la bancada de popa, pegada con un trozo de cinta adhesiva transparente, había una tarjeta plastificada, de las que llevan los tripulantes en el bolsillo del chaleco: un nombre de buque, una compañía, un número de registro y una bandera.

La lluvia la había mojado por los bordes, pero la plastificación la había salvado.

Irati sacó los guantes de nitrilo del bolsillo de la chaqueta, se los puso con calma y levantó la tarjeta con dos dedos para leerla a la luz de la linterna.

«GURE ITSASOA» — decía la tarjeta, con letras que empezaban a desteñirse—.

Matrícula de conveniencia. Compañía de gestión en un registro abierto, de esos que aceptan barcos y preguntas sin respuesta.

Número de registro que no aparecería en ningún buscador oficial.

Y un nombre de tripulante debajo, escrito a mano con bolígrafo, con una letra apretada y nerviosa, de alguien que había escrito deprisa y no había tenido la mano tranquila.

«Ferreira, T.»

Irati lo leyó dos veces, con el agua corriéndole por la cara, y después se enderezó y se quedó mirando la ría, donde el mar de la galerna seguía entrando y saliendo, negro, enorme, indiferente, con la lluvia azotando la superficie como si quisiera castigarla.

El viento le empujaba el pelo mojado contra los ojos y no se lo apartó.

El mar devolvía lo que le daban. Esa era la lección que la costa le había enseñado durante dos casos, y esa noche, en la escollera de la lonja, con el bote vacío a sus pies y la sangre seca bajo la lluvia, la lección volvía a cumplirse: la marea traía otra vez algo que alguien había querido perder, y lo traía a su puerto, a su madrugada, a su turno.

—¿Quién eres, Ferreira? —dijo en voz baja, sin dirigirse a nadie.

El mar no le contestó. El bote se balanceó contra la argolla, con un crujido de caucho y agua, y una de las cuerdas nuevas del pescador chirrió contra el granito.

El pescador que la había llamado apareció poco después, con el chubasquero todavía goteando y las botas de agua hasta media caña, y se quedó junto a la escollera sin bajar al bote, como si respetara un territorio que ya no era suyo.

Era un hombre de unos cincuenta años, de los que pasan la vida en la mar y tienen la cara como un mapa de viento, y llevaba en la mano una linterna de las de batería, apagada, que fue girando mientras hablaba.

—Lo encontré a la primera luz, pegado a la escollera, con la proa mirando a la lonja —dijo—.

La marea lo había dejado como si supiera dónde tenía que entregarlo.

—Se pasó la mano por la barba, con un gesto de los que pesan las palabras—.

No lo he tocado más que para amarrarlo, inspectora.

Ni el interior, ni la tarjeta, ni la sangre.

He pensado que lo que el mar trae a este puerto, mejor verlo con ojos de policía que con los míos.

—¿La corriente de la noche lo habría traído del mar abierto? —preguntó Irati.

—Con la galerna, todo lo que viene de fuera viene empujado.

—Señaló la bocana, donde el faro abría y cerraba el ojo—.

Pero esto no ha bajado por la ría, no. Un bote de buque, de esos naranjas, con la matrícula de conveniencia, no sale de un puerto de aquí.

Esto viene del sur, o de mar adentro, y la corriente de la noche lo ha pegado a la primera tierra que ha encontrado.

Getaria está en el camino de las cosas que flotan.

—La miró, con esa seriedad de los que han visto muchas cosas llegar y ninguna irse—.

Y esta madrugada, el camino nos ha traído esto.

Irati asintió, con las manos en los bolsillos de la chaqueta y el viento de la noche empujándole el pelo mojado.

El pescador se quedó un momento más, mirando el bote con esa atención de los que conocen el mar y saben cuándo el mar ha hecho algo a propósito, y después se despidió con un gesto de cabeza, sin más palabras, como se despiden los hombres que han cumplido con la parte que les tocaba.

Irati sacó el móvil, buscó en la agenda el número de Maddi Urrutia y llamó sin soltar la tarjeta. Al otro lado, la forense contestó con la voz de las que se han pasado media vida despertando a horas imposibles, una voz que sonaba más despierta que la suya.