Marea (Costa Vasca 3) Capítulo 1 — LA DERIVA #6
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Capítulo 1 — LA DERIVA #6

Irati sacó la linterna con la mano izquierda y levantó la tarjeta con dos dedos.

No tenía nombre. No tenía logos. Solo tenía una serie de caracteres impresos en una impresora barata, una cadena de letras y números que no decía nada a primera vista: una firma de hash, de las que usan los archivos para sellar un documento, para demostrar que un contenido es el que fue, sin que nadie lo haya tocado.

Se quedó un rato mirándola, con la linterna encendida y el mar de fondo, y comprendió con una claridad que le llegó de golpe, como le llegaban las certezas en los casos, lo que aquella tarjeta significaba.

El muerto no había caído al mar: el mar lo había devuelto con su llave.

Había escondido la tarjeta bajo la bancada del bote salvavidas, donde solo la encontraría alguien que supiera mirar, y había dejado el teléfono sin bloqueo, con el número de cuenta y la firma, para que el mensaje llegara a quien tenía que llegar.

Ferreira no era un hombre que había muerto por accidente.

Era un hombre que había dejado preparada su propia entrega, y la marea, contra todo pronóstico, la había llevado al único puerto donde sabía que alguien sabría leerla.

—La copia —dijo en voz baja, con la tarjeta entre los dedos y el viento de la noche golpeándole la espalda—. La cadena de custodia de la pieza. El archivo que el fondo quería enterrar.

Se guardó la tarjeta en el bolsillo interior de la chaqueta, junto a la placa, y volvió a cubrir el bote con la lona, con el cuidado de quien cierra algo que todavía no ha terminado de hablar.

En el bolsillo, la tarjeta de plástico le pesaba como una piedra, pequeña, fría, llena de una información que no podía leer sin las herramientas de Leire, y aun así tan clara como si estuviera escrita con letra grande: el muerto había dejado la llave, y la llave abría una puerta que estaba en Lisboa, en un corredor de buques fantasma, en la cadena de custodia de una pieza que el fondo había comprado con el dinero del norte.

El puerto de Getaria seguía dormido, con las gaviotas recogidas en los tejados y el faro abriendo y cerrando el ojo sobre la bocana.

Irati se quedó un momento junto al cobertizo, con el viento empujándole el pelo y la tarjeta contra el pecho, y miró el mar, negro, enorme, indiferente, que le había devuelto el bote, el cadáver, el número de cuenta y ahora la llave.

La marea de noviembre había traído el caso del norte de vuelta, y esta vez no se iba a cerrar en un puerto vasco: se iba a cerrar en el mar que lo había traído.

Dobló la esquina del cobertizo y echó a andar hacia el caserío, con la maleta todavía sin hacer y el avión de la mañana esperando en Bilbao, y mientras caminaba, con el viento de la galerna en la cara, pensó en Jules, en el expediente del MAOC-N, en la tarjeta de plástico contra su pecho y en la frase que la costa le había enseñado hacía dos casos, la que esa noche volvía a cumplirse, una vez más, con la misma precisión de las mareas: lo que el mar trae, el mar lo devuelve.

Y esta madrugada, en la escollera de Getaria, el mar le había traído una llave.

Antes de subir al coche, llamó a Leire y le dictó el número de la tarjeta de plástico, la cadena de caracteres que no entendía y que la ciberanalista anotó sin preguntar, con esa manera suya de guardar las preguntas para después.

Le pidió que la metiera en el sistema, que la comparara con los archivos del caso anterior, que le dijera qué sellaba aquel hash.

Leire no prometió nada, que era su manera de prometerlo todo, y colgó con un «avísame cuando llegues a Lisboa» que le sonó, a Irati, a la frase con la que los casos serios se despiden antes de empezar.

En el aeropuerto de Bilbao, al día siguiente, la encontró la luz de noviembre, limpia y fría, con la lluvia del día anterior barrida y el cielo alto y gris.

Jules la esperaba en la puerta de embarque con el traje azul marino sobre la funda y el reloj de cuarzo en la muñeca, y cuando la vio cruzar el control, no dijo nada: le tomó la maleta, le rozó la mejilla con un beso que no llegó a serlo del todo y le preguntó, con esa manera suya de empezar las cosas sin preámbulo, si había dormido.

—Dormido no —dijo Irati—. Pensado sí. —Le pasó la mano por el brazo, sintiendo la tela del traje y el frío de la mañana—. El bote te ha traído hasta aquí, Jules. Espero que el MAOC-N sepa lo que va a caerle encima.

—El MAOC-N tiene una sala de operaciones con vista al Tajo —dijo él, cogiendo su tarjeta de embarque con un gesto que mezclaba la eficiencia del agente y la ternura de los que llevan años mirándose—. Y una inspectora del norte que no se pierde un caso. Creo que va a aprender a trabajar con los dos.

Embarcaron en el último grupo, con los dos billetes en la misma fila, y mientras el avión despegaba y Bilbao se quedaba abajo, pequeña, húmeda, querida, Irati miró por la ventana el Cantábrico que se abría hacia el sur, gris y enorme, y pensó en la tarjeta de plástico que viajaba en su bolsillo, en el número de cuenta de Lisboa y en la firma del contable, en el muerto que la marea le había devuelto con su llave y en el mar de noviembre, que no le había dado solo un caso.

Le había dado la dirección de la próxima marea.