Marea (Sin billete de vuelta nº 2) Treinta
95%

Treinta

Las otras dos, las de los aparatos, seguían en el rincón.

Con las pegatinas blancas todavía pegadas en los lados, con la firma soplada, y con un GPS y tres transmisores menos dentro.

Esas no las había tocado. Esas se quedaban, decidiera lo que decidiera, porque el proyecto se quedaba, y en algún momento entre la maleta hecha y la maleta deshecha me di cuenta de que ya llevaba una semana pensando "el proyecto se queda" como si el proyecto y yo fuéramos cosas separadas, y que no lo éramos, y que nunca lo habíamos sido, y que esa era la respuesta y llevaba doce años sabiéndola.

Migdalia abrió la puerta sin llamar, que era su forma de llamar, con una taza de café en la mano y el pelo recogido en un pañuelo. Miró la maleta. Me miró a mí. Dejó el café en la mesilla.

—¿La cierras o la abres?

—No lo sé.

—Pues déjala así. Abierta. Que las maletas abiertas no se van a ningún sitio. —Se quedó en la puerta un momento—. Van a venir los dos. Ya lo sabes.

—Ya lo sé.

—Los dos te van a ofrecer llevarte.

—Ya lo sé.

—Y los dos lo van a decir en serio, mi amor, que eso es lo peor de esos dos. —Y se fue a la cocina, y oí a la gallina protestar porque la habían despertado.

Rubén vino a las cinco y media. Con la moto, con el casco que olía a otra cabeza en la mano, y se quedó de pie delante del porche de Migdalia sin subir los escalones, y dijo:

—El vuelo es a las once y cuarto. De aquí a La Habana son tres horas si no hay vacas. Si sales a las seis llegas con tiempo. Yo te llevo. Lo digo en serio. Si quieres irte, te llevo, y no te digo nada en tres horas, y te dejo en la puerta de la terminal, y me vuelvo.

—Ya lo sé.

—Lo digo en serio, Marta.

—Ya sé que lo dices en serio. Por eso me jode.

Se quedó un momento. Después subió un escalón, solo uno, y me dio el casco, y dijo "por si acaso", y volvió a bajar, y se fue en la moto calle abajo sin arrancarla, empujándola, como en el muelle el día del motor, y yo me quedé con el casco en las manos.

Yasel vino a las seis. Con la nave. Yordanis se la había dejado a cambio de algo que no quiso decirme, y la había aparcado delante de la casa con el motor diésel sonando a camión, y bajó, y se apoyó en el capó rosa con los brazos cruzados.

—Tres horas. Yo conduzco. Sin carné, pero conduzco. Si quieres irte, mami, yo te llevo, y en el camino te canto todo Los Van Van pa' que te acuerdes, y te dejo en la puerta, y me vuelvo.

—¿Tú también?

—Yo también. —Miró el casco que tenía en las manos—. Ese ya vino. Ya sé. Pues los dos. Tú eliges quién te lleva. Eso sí lo eliges.

—No quiero elegir quién me lleva.

—Pues entonces no te vas.

Y sonrió. Con toda la boca, con la ceja partida, con esa cara de haber ganado algo que no era una apuesta.

—Vete a tu casa, Yasel.

—¿Me voy?

—Vete. Los dos. Dejadme sola una hora.

* * *

Mi madre a las siete, por vídeo, desde el parque del wifi, con doscientas personas alrededor que ya no me miraban porque llevaba cinco semanas en el mismo bordillo. Mi madre en la cocina de La Viña, sin mosaico esta vez, con la conexión buena por una vez, con la cara entera.

—Hoy es treinta.

—Hoy es treinta.

—¿Estás en el aeropuerto?

—Estoy en un parque.

Se calló. Se sentó, que la vi sentarse, en la silla de la cocina que está al lado de la ventana del patio.

—Marta. ¿Vienes a la boda de tu hermana?

—A la boda de Sara voy. El diecisiete. Con otro billete. Voy y vuelvo. Eso te lo prometo.

—Vuelves.

—Vuelvo aquí.

Se quedó mirándome. Con esa cara. Y después miró al lado, al patio, a la ventana donde había tendido la ropa de mi padre durante un año, y volvió a mirarme, y dijo, con la voz de las cosas de verdad:

—Tu padre se fue al mar con veinte años y no volvió a Barbate más que a dormir. Yo lo sabía cuando me casé. Lo sabía. —Se puso la mano en la cadera—. Yo pensé que te había salido a mí. Que tenías el mar por fuera, como yo. Y te salió a él.

—Mamá.

—Dime.

—No me he mareado nunca en ningún barco.

—Ya lo sé, hija. Eso lo sé desde que tenías cuatro años. —Y se le movió la boca en algo mejor que una sonrisa—. Llama a tu hermana. Que la modista tiene el vestido.

Y colgó primero, como siempre.

Nuria mandó una nota de voz de once segundos que decía: "Tía.

Lo sabía. Lo supe cuando te metí la caja.

Cuídate. Mándame una foto de los dos. De los dos, eh.

" Y Sara, mi hermana, con la que hablo dos veces al año, me mandó un mensaje de texto, sin voz, sin nada, que decía: "Tú haz lo que te dé la gana, que es lo que haces siempre.

Te quiero. Trae el vestido verde el 17 o te mato. "

* * *

La Mulata a las nueve de la mañana, con el sol ya arriba y la arena todavía fresca en la parte alta, sola.

El último nido. El de la última puesta de la hembra de la muesca, la del veintiuno, que había vuelto el veintiuno como Yasel había dicho, a las once de la noche, y había puesto ochenta y nueve, y yo la había marcado con un transmisor de la maleta sin pegatina, el primero del proyecto, el primero en cuarenta años en esa playa, con Rubén sujetándole la aleta y Yasel hablándole al oído para que se estuviera quieta, que dijo que funcionaba y funcionó.

Clavé la estaca. Caña, un metro, con la cinta azul.

Apunté en el cuaderno, que ya tenía las esquinas rotas y arena entre todas las páginas: "Nido 27.

21/9. 89 huevos. Hembra M-001 (muesca), transmisor 2261, 5.

ª puesta. Eclosión prevista 15/11." Y me quedé de rodillas en la arena, con el cuaderno cerrado en el regazo, mirando el mar.

Oí la nave antes de verla. Aparcó donde acababa la pista del manglar, y Yasel bajó, y vino andando por la arena descalzo con los pantalones cortos y la camisa azul abierta y el collar, y se sentó a mi lado, sin decir nada durante un rato, que en él es un fenómeno.

—¿Y Rubén?

—Detrás. Con la moto. Viene por el camino de los baches, que es el suyo.

Efectivamente. La Jawa salió del manglar diez minutos después y se paró al lado de la nave, y Rubén vino andando por la arena con la camisa gris y las gafas y una bolsa de papel, y se sentó al otro lado, y sacó de la bolsa tres pasteles de guayaba envueltos en un paño, y me dio uno, y le dio otro a Yasel, y se quedó con el tercero.

—De mi madre —dijo—. Uno a la semana. Este es el tercero.

Yasel lo miró. Le dio un mordisco. Masticó con los ojos cerrados.

—Ño. —Tragó—. Ño, la vieja. Le quedan quince años de pasteles. Que no se me muera antes.

—No se muere. Se lo he dicho.

Comimos los pasteles. Mirando el mar. Con la estaca del nido 27 a un metro. Y en algún momento Yasel se limpió las manos en la arena y me miró de lado, y dijo, con la boca todavía dulce:

—¿Te mareas?

—¿Qué?

—Aquí. Ahora. Con esto. —Hizo un gesto con la mano que incluía la playa, el mar, a Rubén, a él mismo—. ¿Te mareas?

Lo pensé. Lo pensé de verdad, con el pastel en la mano, mirando el agua, que estaba plana y verde y con la marea subiendo.

—El mar no me ha mareado en la vida —dije—. Ni un barco. Ni uno. Nunca.

—Ya. Eso ya lo dijiste.

—Vosotros sí.

Nadie dijo nada. Rubén se colocó las gafas.

Yasel se rio por la nariz, bajo, y se tumbó en la arena con las manos detrás de la cabeza, y Rubén, al otro lado, después de un rato, se tumbó también, con la camisa gris y las mangas iguales, y yo me quedé sentada entre los dos con el cuaderno en el regazo, con el pasaporte en el bolsillo de atrás y un billete de avión en el otro, doblado en cuatro, sin mirar.

* * *

A las once y cuarto pasó un avión.

Los de Madrid salen de La Habana hacia el noreste y no se ven desde la costa de Pinar; lo había mirado en un mapa en Cádiz, hacía dos meses, cuando lo único que me preocupaba era el asiento de la ventanilla.

Ese iba hacia el oeste, hacia México, un punto blanco muy alto con una raya detrás, cruzando el cielo de La Mulata de este a oeste, tan alto que no se oía casi, un zumbido que se podía confundir con el mar.

Los tres lo miramos, tumbados o sentada, sin decir nada. El punto cruzó la playa entera, de un extremo al otro, en un minuto, y se metió en el azul del lado del oeste, y se fue, y la raya blanca se quedó un rato deshaciéndose, y después tampoco.

Yasel dijo:

—Ahí va tu asiento.

Rubén dijo:

—Ese va a Cancún.

Yasel dijo:

—Cállate, Rubén.

Y yo saqué el billete del bolsillo, lo desdoblé, lo miré, once y cuarto, La Habana–Madrid, asiento 23A, ventanilla, y lo volví a doblar, en cuatro, y lo metí en el cuaderno, en la página del nido 27, como quien guarda una flor, y cerré el cuaderno.

El avión de Madrid salió a las once y cuarto. Lo sé porque a esa hora yo estaba en la playa, mirando pasar otro.