El permiso
—Centro de Estudios Marinos de La Habana. Dirección Científica.
—Sí.
—Firmado por la doctora Cuesta.
—Sí.
—Que dice —volvió a ponerse las gafas— que "el retraso en la ratificación del convenio es responsabilidad exclusiva del Centro y en ningún caso de la investigadora", y que "solicita a la delegación provincial que facilite la continuidad del programa en la playa de La Mulata en los términos originalmente previstos".
—Sí.
Se quitó las gafas. Las dos. Me miró a mí, miró a Rubén, que estaba de pie con la carpeta, y miró a Yasel, que estaba de pie en la puerta con los brazos cruzados porque nadie le había invitado a entrar y nadie se había atrevido a decirle que saliera.
—¿Y usted sabe lo que es esto, doctora?
—Un convenio.
—Es un paraguas. —Sonrió, por primera vez desde que le conocía, con el bigote—.
Es una carta con un membrete de La Habana que dice que la culpa es de La Habana.
Con esto, si mañana alguien me pregunta "¿quién autorizó a la española?
", yo digo "la doctora Cuesta, del Centro, aquí está la carta", y el que pregunta se va a preguntarle a ella.
Y a la doctora Cuesta no le pregunta nadie porque fuma tres paquetes y sabe siete idiomas.
—Sacó un sello de un cajón—. Yo llevo treinta y un años en esta delegación, doctora, y he sobrevivido a cuatro ministros y dos huracanes de categoría cuatro. ¿Sabe cómo?
—No firmando nunca el primero.
—No firmando nunca el primero. —Estampó el sello en la carta—. Pero el segundo lo firmo con mucho gusto.
* * *
Mi expediente estaba encima de la mesa. Una carpeta marrón con mi nombre escrito a máquina, "CARABALLO IGLESIAS, MARTA", y dentro, mientras Lázaro rellenaba el formulario de prórroga con un bolígrafo que primero tuvo que soplar, lo vi.
Grapado a la primera hoja. Un folio con el membrete del municipio, fecha del veinticuatro de agosto, tres párrafos con letra de regla y una firma, y en la parte de abajo, escrito a mano por Lázaro, en diagonal, "Sin novedad. L.C.".
Lo leí al revés desde mi silla. Se puede, con práctica.
"La ciudadana española Marta Caraballo Iglesias, doctora en Biología Marina, se encuentra en el municipio realizando un censo visual de nidos de Chelonia mydas en la playa de La Mulata, sin equipo y sin embarcación, por medios propios.
Su conducta ha sido en todo momento correcta y colaboradora.
Su presencia en la playa ha disuadido, según referencias de la población local, la sustracción de huevos por parte de personas conocidas.
El inspector que suscribe considera que la ciudadana no representa riesgo alguno para el orden ni para el patrimonio natural del municipio, sino lo contrario, y recomienda que, una vez regularizada su situación documental, se le permita continuar. "
Veinticuatro de agosto. Dos días después del muelle.
Antes de Jutías, antes de la tormenta, antes de los nidos, antes de la casa azul, antes de todo.
Lo había escrito el lunes por la mañana antes de subirme a la moto y me lo había llevado a Pinar en la carpeta sin decirme lo que ponía, y me había dicho después, en la terraza de Levisa, que estaba firmado y que nada lo cambiaba, y era verdad.
Levanté la cabeza. Rubén miraba el calendario de 2024. Yasel, en la puerta, me miró a mí, y luego a Rubén, y no dijo nada, y eso en él era un discurso.
—Noventa días —dijo Lázaro, y me dio el formulario—. Provisionales, renovables. Vaya a Inmigración con esto, que le devuelven el pasaporte. Y doctora.
—Diga.
—Marque muchas tortugas. Que si alguien pregunta, quiero decir un número.
* * *
Inmigración era la misma cola. Cuarenta personas, el ventilador de pie, la sombra de la acera que se iba moviendo y la gente que se movía con ella.
Delante de mí había una mujer de unos cincuenta años con una carpeta de plástico apretada contra el pecho, con un vestido bueno, de salir, y unos zapatos que no eran de hacer cola, y en la hora y media que estuvimos avanzando de una en una me contó, porque en una cola cubana se cuenta, que iba a por el pasaporte para irse a Tampa con su hijo, que llevaba seis años en Tampa y le había mandado la carta de invitación y el dinero del pasaje, y que era la tercera vez que venía, y que las dos primeras le habían dicho que volviera el lunes.
—¿Y usted?
—Yo vengo a que me lo devuelvan. Para quedarme.
Me miró como se mira a alguien que ha dicho una cosa en otro idioma.
—¿Pa' quedarse?
—Noventa días. Por lo menos.
—¿Aquí?
—En Puerto Esperanza.
Se quedó callada un rato. La cola avanzó uno. Después dijo, mirando al frente, sin rabia, como quien constata el tiempo:
—Mi hijo se fue por el mar. En 2019. En una lancha de esas.
Yo estuve cuatro días sin saber. —Apretó la carpeta—.
Y ahora yo me voy por el aire, con papeles, a los cincuenta y tres años, a un sitio donde no conozco a nadie más que a él.
Y usted viene de donde todo el mundo quiere ir y se queda en un pueblo de pescadores.
—Me miró—. El mundo está al revés, mi hija.
—Puede.
—O está bien y somos nosotros.
La cola avanzó otro. A ella le dieron el pasaporte esa mañana, a la tercera, con un sello, y salió a la calle con la carpeta contra el pecho y se quedó de pie en la acera un momento con la cara al sol, y luego se fue andando muy derecha, con los zapatos de no hacer cola, y no miró atrás, y yo pensé en lo que había dicho Migdalia del mar y de a quién se lleva y a quién trae, y pensé que también había aviones, y que los aviones no entienden de eso.
Dentro estaba la misma mujer de uniforme verde y el mismo libro grande.
Me miró, miró el formulario de Lázaro, miró la carta de Ofelia, y abrió un cajón, y sacó mi pasaporte, el granate, con la funda de plástico que me había dado Nuria, y me lo dio por encima del mostrador como si fuera una cosa que se le había olvidado devolverme.
—Noventa días. Vuelva a los ochenta.
—Gracias.
—Qué lindo lo de las tortugas —dijo—. Se lo dije.
Salí a la calle con el pasaporte en la mano. Me quedé de pie en la acera, al sol, mirándolo, la tapa, mi nombre, y no lo abrí, y Yasel me lo quitó de la mano y lo abrió por la página de la foto y se rio.
—Tenías el pelo largo.
—Tenía veintinueve años.
—Estabas más seria.
—Estaba en Cádiz.
Rubén lo cogió, lo miró un segundo, lo cerró, y me lo metió en el bolsillo de atrás de los pantalones, con la mano, y la dejó ahí un segundo de más.
* * *
La nave nos llevó de vuelta por la carretera de la costa, que era más larga y peor y la que Yasel quería.
Salimos de Pinar hacia el norte y a la altura del kilómetro ocho, en una recta con cañaverales a los lados, hay a la derecha un muro largo, gris, con alambre encima y una garita, y Yasel, en la ventanilla, con el codo fuera, levantó la barbilla hacia el muro sin girar la cabeza y dijo:
—Ahí.
Rubén no bajó la velocidad. Yo miré el muro pasar. Duró medio kilómetro.
—Dieciocho meses —dijo Yasel, cuando ya estaba atrás—. Ahí aprendí a arreglar carburadores. Había un tipo de Bahía Honda que sabía. —Se rascó la ceja—. Y aprendí que el mar no me quería. Que si me hubiera querido, me habría dejado pasar. Eso lo pensé mucho ahí dentro. Que fue el mar.
—Fue mi madre —dijo Rubén, con las manos en el volante.
—Ya sé que fue tu madre, asere. Pero yo ahí dentro no lo sabía, y me hacía falta que fuera algo. Y el mar era lo que había.
Nadie dijo nada durante diez kilómetros. Los cañaverales se hicieron tabaco, y el tabaco mangos, y a la altura de Viñales, con los mogotes ya delante, dije lo que llevaba en la cabeza desde el despacho de Lázaro, desde antes, desde el muelle con las dos tazas de lata:
—Una estación.
—¿Una qué?
—Una estación de tortugas. En Puerto Esperanza.
Con el convenio de Ofelia. Un cuarto alquilado cerca del muelle, una pizarra, un frigorífico para las muestras, dos estudiantes de Cádiz por temporada, que Reyes los manda encantada porque no tiene dónde meterlos.
Una lancha con motor, comprada con el dinero del proyecto, que hay partida para eso.
Un acuerdo con la cooperativa para el amarre.
Y alguien de aquí que conozca la playa y lleve la lancha, con un contrato, con un sueldo en euros, que es lo que el fondo europeo permite pagar a "personal técnico local".
Yasel se giró en el asiento.
—¿Alguien de aquí?
—Alguien que sepa dónde están los nidos sin cuaderno.
—¿Con sueldo en euros?
—En euros.
—Ño. —Miró la carretera—. Ño, ño, ño.
—Y un inspector —dije, mirando a Rubén— que sepa escribir un acuerdo con la cooperativa en el idioma ese que hablan en el ministerio, y que firme como "supervisión ambiental del programa", que es un cargo que acabo de inventarme y que a Lázaro le va a encantar porque es otro paraguas.
Rubén no dijo nada. Condujo. Puso la nave en la curva de bajada a la costa con las dos manos en el volante y la velocidad exacta, y cuando salió de la curva, con el mar delante otra vez, verde, con el muelle de Puerto Esperanza a lo lejos como un dedo, dijo:
—Eso lleva tres meses de papeles.
—Tengo noventa días.
—Noventa días provisionales, renovables.
—Renovables.
Se colocó las gafas. Y no sonrió, porque era él, pero se le movió la mandíbula de una manera que yo ya sabía leer.
Me toqué el bolsillo de atrás. El pasaporte, con los noventa días dentro. Y en el otro bolsillo, doblado en cuatro desde Cádiz, el billete de vuelta del treinta de septiembre, La Habana–Madrid, once y cuarto de la mañana, que llevaba un mes sin mirar.
Dos papeles en dos bolsillos, diciendo cosas contrarias.