Eclosión
El primer nido se abrió el domingo veinte a las once y diez de la noche, y lo vi porque llevaba tres horas sentada a dos metros con la linterna roja apagada y los ojos en la arena, y porque Yasel, a mi lado, dijo "ahí" un segundo antes de que la arena se moviera.
Se mueve así: primero nada. Después un hundimiento pequeño, como si alguien hubiera apretado la arena con un dedo desde abajo.
Después el hundimiento se hace más grande y la arena empieza a caer hacia dentro, y hay un momento, que dura lo que uno quiera que dure, en que la superficie hierve, sin ruido, con cientos de movimientos pequeños debajo.
Y después sale una cabeza. Del tamaño de una uña.
Negra, mojada, con los ojos abiertos. Y otra.
Y otra. Y de repente la arena entera es tortugas, cien tortugas del tamaño de una moneda de dos euros saliendo del suelo a la vez, cayéndose unas encima de otras, con las aletas ya moviéndose como si nadaran en el aire, y todas, sin que nadie se lo diga, giran hacia el mismo lado.
Hacia el mar. Hacia la luz que hay sobre el mar, que es más clara que la que hay sobre la tierra. Y se van.
—Ciento seis —dijo Rubén, al otro lado del nido, con la libreta, cuando terminó de pasar la última.
—Ciento seis —dijo Yasel.
—Ciento cuatro que salieron y dos que hay que sacar.
Las sacamos. Las dos últimas, las que se quedan siempre abajo, atascadas en la cáscara o sin fuerzas, con la mano, y las pusimos en la arena a un metro del agua, y las vimos ir.
Las ciento seis. Por la arena mojada, con la espuma llegando y llevándoselas de golpe, de cuatro en cuatro, y desapareciendo en el negro donde una de cada mil va a volver dentro de veinticinco años a esta misma playa a hacer esto mismo, y las otras novecientas noventa y nueve no.
Yasel y Rubén habían contado en voz alta.
Los dos. A la vez. Uno en cada lado del nido, con la cara iluminada de rojo, "cuarenta y uno, cuarenta y dos", en dos acentos que ya no distinguía, y en algún momento entre el sesenta y el setenta habían dejado de contar cada uno para sí y habían empezado a contar juntos, alternándose, uno el par y otro el impar, sin haberlo hablado, y a mí se me olvidó apuntar.
Cuando se fue la última nos quedamos los tres de rodillas en la arena mirando el agua, con el cubo vacío, y nadie se levantó durante mucho rato.
* * *
La casa azul a la una de la mañana. Los tres en el porche primero, con ron, con la arena en las rodillas y esa cosa que da después de ver salir un nido, una tontería tranquila, la misma que da después de lo otro.
Yasel en la hamaca. Rubén en el escalón.
Yo en el otro escalón con la espalda contra el poste.
Lo pedí sin haber decidido pedirlo, que es como pido las cosas que valen.
—Quiero pediros una cosa. Y podéis decir que no. Regla tres.
—Pide —dijo Yasel, desde la hamaca.
—Quiero veros. A los dos. Tocaros. El uno al otro. Sin mí en medio.
Nadie dijo nada. Se oía la hamaca. Se oía el mar abajo en la cala.
—Lo he visto —dije—. En el muelle, con el carburador.
En la tormenta, con las planchas. En la cama, la mano en el pecho.
Lo he visto y creo que vosotros también, y creo que lo habéis visto desde antes de que yo llegara, desde el cobertizo, desde la balsa.
Y no quiero ser lo que usáis para no mirarlo.
Eso ya lo dije. —Bebí—. Así que lo pido.
Y si es no, es no, y no pasa nada, y me voy a la cama con los dos igual.
La hamaca se paró. Yasel se incorporó y quedó sentado en ella con los pies en el suelo, mirando a Rubén, que miraba la cala.
—Asere.
—Ya la oí.
—¿Y?
Rubén se quitó las gafas. Las dobló. Se las guardó en el bolsillo de la camisa, que fue la primera vez que le vi guardarlas en vez de dejarlas en algún sitio, y dijo, a la cala:
—Yo lo pensé en el cobertizo. La última semana. Con el motor en el medio. Lo pensé cada noche y no lo dije, y después ya no hubo a quién decírselo.
Yasel se quedó muy quieto. Y después dijo, con una voz que le salió de más abajo de lo normal:
—Yo también, cabrón. Yo también.
* * *
Dentro, con la mosquitera recogida y la bombilla apagada y la luz que entraba de la cala, que era luna casi llena y sobraba.
Yo me senté en la silla de madera, la de Yasel, desnuda, con las piernas abiertas y una mano entre ellas, porque iba a mirar y no iba a fingir que mirar no me hacía nada.
Ellos de pie al lado de la cama. Desnudos.
A medio metro. Con las pollas medio duras, las dos, sin tocarse todavía.
Fue Yasel el que se movió. Lo cuento como fue. Dio el medio paso, y puso la mano de cuero en el pecho de Rubén, en el mismo sitio que en la cama, encima del corazón, y esta vez no había mano mía sujetándola, y la dejó ahí, y dijo:
—Motor de Lada.
Y Rubén le puso la mano en la nuca. En el pelo corto y duro. Y lo atrajo. Y se besaron.
Fue un beso de dos hombres de treinta y cinco y treinta y seis años que llevaban diecisiete sin hablarse y diecisiete pensando en esto, torpe al principio, con los dientes, con las narices, y luego no, luego una cosa que se abrió sola, con la mano de Rubén en la nuca de Yasel y la de Yasel bajando del pecho a la tripa y de la tripa a la polla de Rubén, y cogiéndola, entera, y Rubén soltando el aire contra la boca de Yasel con un ruido que yo no le había oído ni conmigo.
—Ño —dijo Yasel, con la mano en él—. Ño, asere.
—Cállate.
—No me callo.
Y se arrodilló. Yasel. En las tablas, delante de Rubén, con la cara a la altura, y se la miró un segundo como se mira una cosa que has querido y no has tenido, y se la metió en la boca.
Yo en la silla con la mano parada, mirando.
La cabeza de Yasel yendo y viniendo, despacio, con la boca abierta, aprendiendo, y las manos de Rubén, las dos, en esa cabeza, sujetándola, sin empujar, como me sujetaba a mí, y la cara de Rubén hacia el techo con los ojos cerrados y la boca abierta y la garganta moviéndose, y un ruido saliendo de él, bajo, seguido, un ruido de hombre al que le están dando algo que había dado por perdido.
"Yasel", dijo. Una vez. Solo el nombre. Y Yasel hizo un ruido con la boca llena que era un "sí".
No aguanté. Me toqué mirándolos, en la silla, con los pies en el travesaño y los dedos en el clítoris, sin esconderlo, y Rubén abrió los ojos y me vio y me miró hacerlo mientras Yasel se la chupaba, y no dijo "ven".
Todavía no. Me miró y dejó que mirara, y bajó una mano de la cabeza de Yasel y la puso en su mejilla, en la cicatriz de la ceja, con el pulgar, y Yasel levantó los ojos sin sacársela de la boca y le miró desde abajo, y se quedaron así, mirándose, uno de pie y otro de rodillas, con una cosa en las dos caras que yo no tenía derecho a ver y que vi.
—Ya —dijo Rubén, con la voz rota—. Ya, Yasel. Para, que me corro, y no quiero todavía.
Yasel la sacó despacio, con la boca brillante. Se pasó el dorso de la mano por los labios como se lo pasaba después de comerme a mí, y se quedó de rodillas mirando hacia arriba con una cara de haber hecho una cosa que llevaba diecisiete años en una lista.
—¿Estuvo bien?
—Estuvo bien.
—¿Bien bien?
—Cállate, Yasel.
—No me callo, asere. Dime.
Rubén se agachó. Se puso de rodillas también, en las tablas, delante de él, a la misma altura, y le cogió la cara con las dos manos como me la cogía a mí, y le dijo, a diez centímetros:
—Estuvo bien bien.
Y le besó otra vez, de rodillas los dos, con las pollas tiesas tocándose entre las dos tripas, y Yasel le rodeó con los brazos, entero, con la fuerza de un hombre que carga motores, y se quedaron abrazados de rodillas en el suelo de la casa azul, con las bocas juntas, meciéndose un poco, y yo en la silla con la mano parada y los ojos llenos de una cosa que no era de la sal.
—Ven —dijo Rubén entonces, sin soltarle, girando la cabeza hacia mí—. Ven. Los dos te queremos aquí.
Fui.
* * *
Los tres. En la cama de madera. Ya sin orden.
Yasel debajo, bocarriba, con Rubén encima de él, pecho contra pecho, besándole, con las pollas de los dos apretadas entre las tripas, y yo al lado, con la mano metida entre los dos, cogiéndolas juntas, las dos en una mano, y moviéndola, y los dos gimiendo en la boca del otro.
Después Rubén bajó por Yasel. Con la boca.
Por el cuello, por el collar de cuentas, por el pecho flaco, por la línea de vello, hasta la polla, y se la cogió con la mano, y se la miró con esa cara de científico, y Yasel dijo "no tienes que…
" y Rubén dijo "ya sé que no tengo que" y se la metió en la boca, y Yasel dijo "coño" al techo y me buscó la mano y me la apretó tan fuerte que me dolió.
Y después yo. Encima de Yasel, con Yasel dentro de mí, sin nada entre los dos, y Rubén detrás de mí, de rodillas, con la boca en mi cuello y las manos en mis tetas, y luego, a mi oído, con la voz baja: "Ahora yo con los dos".
Y se puso gel, del tubo de la mula que había venido en la mochila de Yasel desde La Habana, y me lo puso a mí, con paciencia, y entró, despacio, por detrás, con Yasel debajo dentro de mí, y volvió a pasar lo del Malecón pero distinto, porque ahora Yasel, debajo, había estirado el brazo y tenía la mano en la cadera de Rubén, sujetándole, marcándole el ritmo, y Rubén se dejaba, y los tres nos movíamos con un solo motor.
Me corrí primero. Entre los dos, con las manos de Yasel en mis caderas y las de Rubén en mis tetas y la boca de Yasel diciendo "dámelo, mami, dámelo a los dos", y me lo dieron, y se lo di, y grité con la cara en el hombro de Yasel.
Y luego Rubén, detrás, dentro de mí, se corrió con la frente en mi nuca y una mano estirada hacia abajo, buscando, y encontró la mano de Yasel en su cadera, y la cogió, y se corrió con la mano de Yasel en la suya y diciendo un nombre que era el mío y luego, muy bajo, "Yasel", los dos, seguidos.
Y Yasel, debajo, con Rubén todavía dentro de mí y yo todavía encima, se corrió el último, dentro, con los ojos abiertos mirándonos a los dos desde abajo, y dijo "Marta", y luego "asere", y luego "coño, coño, coño", y nada.
* * *
El porche a las tres. Los tres en los escalones, con una sábana entre todos, con el ron acabado, mirando la cala, donde la marea había bajado y La Fonseca estaba tumbada de lado en la arena mojada con el Lada en su sitio.
El mar hacía su ruido lejos. Yasel tenía la cabeza en el hombro de Rubén y no parecía que lo supiera.
Rubén tenía las gafas en la mano sin ponérselas.
—Regla cuatro —dijo Yasel, al rato, a la cala.
—Nadie pide perdón —dije.
—Nadie pide perdón —dijo Rubén.
Y se quedaron callados, los dos, con la cabeza de uno en el hombro del otro, y yo miré el agua bajando, y pensé en los ciento seis, en el negro, en la que vuelve dentro de veinticinco años, y dije lo que había que decir, porque el permiso provisional se acababa el miércoles y el convenio de Ofelia estaba en un despacho de Pinar esperando una firma:
—Mañana vamos a Pinar.