Migdalia
—¿Cómo que la ha cobrado?
—Blas puso diez pesos a "ninguno". Y la panadería ha decidido que "ninguno" es lo que más se parece a "los dos". —Sopló el café—. Se ha llevado ochenta y cinco pesos. Ha invitado a todo el mundo. Ha sido una fiesta.
Yasel se rio hasta que se atragantó. Rubén se colocó las gafas y miró el plato con una cara de estar calculando en qué acta cabía eso. Yo me quedé con el vaso de ron en la mano pensando que había venido a Cuba a marcar tortugas y era, oficialmente, según la panadería, "los dos".
* * *
El parque del wifi de Puerto Esperanza es un parque con cuatro bancos, un busto de Martí, una farola y, a las nueve de la noche, doscientas personas sentadas en el suelo, en los bancos, en el bordillo, en el busto, con la cara iluminada de azul por el teléfono, hablando con Miami, con Madrid, con Hialeah, con una hija, con un hermano, con un salón de uñas.
Se compra una tarjeta de una hora en la panadería.
Se rasca. Se mete el código. Y el mundo entra en Puerto Esperanza a la velocidad de un módem de 1998.
Me senté en el bordillo entre una señora que le cantaba a un nieto y un chaval que veía un partido. Reyes primero, porque era la que pagaba. Correo, escrito con dos pulgares en el teléfono, con la pantalla llena de arena:
"Reyes. Convenio ratificado por la Dirección Científica (Ofelia Cuesta, te manda recuerdos de Lisboa).
Prórroga provisional de Inmigración hasta el 23, la definitiva en trámite en Pinar.
Veintitrés nidos activos en La Mulata, cuatro reubicados tras la tormenta Hanna con pérdida del 3,6 por ciento, primera eclosión prevista el 20.
Cero hembras marcadas por ahora porque el equipo ha estado precintado; empiezo esta semana.
Necesito que autorices la partida de medios materiales para una lancha propia: la del Centro está muerta y la cooperativa local tiene un contacto que la lleva.
Te llamo el jueves con detalles. No me preguntes por el sello. Marta."
Reyes contestó a los cuatro minutos, que para Reyes es una emergencia:
"Marta. Autorizo la lancha. Autorizo lo que haga falta. Marca todo lo que se mueva. Y no me cuentes lo del sello, cuéntame lo del contacto de la cooperativa, que Nuria me ha dicho una cosa y no sé si creérmela. R."
Cerré el correo. Miré el busto de Martí, que miraba a otra parte, y pensé que Nuria iba a tener que dar muchas explicaciones en Cádiz y que se las merecía.
Nuria después. Voz.
"Marta, tía, ¿estás viva? Llevas cinco días sin dar señales. Tu madre me ha llamado dos veces. Dime algo. Dime que has usado la caja."
Le mandé una nota de voz: "Estoy viva. He usado la caja. Quedan cuatro. Ya te contaré. Te quiero. Tengo permiso hasta el veintitrés y estoy viendo si más. No le digas nada a mi madre de la caja."
Y después mi madre. Vídeo. Con la conexión que había, mi madre era un mosaico que se movía, con la cocina de La Viña detrás, la que da al patio, y la voz un segundo detrás de la boca.
—Marta.
—Mamá.
—Cinco días.
—Estaba en La Habana, mamá. No hay wifi en La Habana.
—En La Habana hay wifi, hija, que lo he mirado.
—Pues no había donde yo estaba.
Se calló. Miró a un lado, a alguien fuera de la pantalla, y volvió.
—Sara dice que el vestido ya está. El tuyo. El verde. Que lo recojas cuando llegues, que la modista lo tiene. La boda es el diecisiete. Tú llegas el treinta. Eso son diecisiete días. Da tiempo de todo.
—Ya.
—¿Ya qué?
—Ya. Que me lo apunto.
—Marta. —La voz cambió. Mi madre tiene una voz para las cosas y otra para las cosas de verdad, y sacó la segunda—. Dime la verdad. ¿Vienes o no vienes?
Miré la pantalla. Miré el mosaico de mi madre en la cocina de La Viña, con el delantal, con la mano en la cadera como se la ponía mi padre, y detrás la ventana del patio donde ella tendía la ropa de él hasta un año después de que se ahogara, porque nadie le dijo que dejara de hacerlo.
—Mamá, tengo un permiso hasta el veintitrés. Y un convenio nuevo que puede darme más. Y los nidos empiezan a abrirse el domingo veinte. Los primeros. Y hay una hembra que vuelve el veintiuno.
—Eso no es lo que te he preguntado.
—Ya lo sé.
—¿Vienes o no vienes?
—No lo sé, mamá.
Se quedó callada un segundo entero, que con el retraso de la conexión fueron dos.
—Pues cuando lo sepas, me lo dices. Que yo no soy Sara. Yo no me caso. Yo solo quiero saber dónde está mi hija.
Y colgó. Mi madre cuelga primero siempre. Lo hace desde que tengo memoria, como si fuera ella la que decide cuándo se acaban las cosas, y a lo mejor lo es.
* * *
Las pegatinas las quitó Rubén el sábado por la mañana, en mi cuarto, con una cuchilla de afeitar, despacio, sin romperlas, y las pegó en una hoja de su libreta, las dos, con la fecha, y escribió debajo "levantado el precinto por regularización documental provisional" con la letra de regla, y me hizo firmar, y firmé, y era la segunda cosa oficial que firmaba en Cuba que decía la verdad.
Abrí las maletas. Olían a resina epoxi y a Cádiz.
Saqué un transmisor, el primero, un bloque gris del tamaño de un paquete de tabaco con una antena, y lo encendí, y pitó, y en el teléfono, con la tarjeta del wifi que me quedaba, apareció un punto en un mapa: Puerto Esperanza, Cuba, en el cuarto del ventilador ruso, a doscientos metros de un muelle.
—Funciona —dije.
—Funciona —dijo Rubén, mirando el punto por encima de mi hombro, con las gafas, con esa cara de estar comprobando una hipótesis.
—Ese punto lo va a ver Reyes en Cádiz dentro de un minuto.
—¿Y qué va a pensar?
—Que estoy en Cuba.
—Está en Cuba.
—En un cuarto. Con un inspector.
Se colocó las gafas y se apartó del hombro, y en el teléfono el punto se quedó donde estaba, parpadeando, y yo pensé que era el primer dato del proyecto en cuarenta años en aquella playa y que decía, exactamente, dónde estaba yo.
La postal la vi esa noche, en la nevera.
Llevaba veintitrés días mirando esa nevera y no la había visto porque estaba detrás de un imán de Toronto, doblada, con la punta asomando.
La saqué. Era una postal de un faro. Un faro blanco en un promontorio, con una playa debajo y unas barcas de pesca de colores tiradas en la arena, y una franja de un mar más bravo que el Caribe, con la espuma alta, y arriba ponía "Punta Maldonado, Guerrero, México".
Por detrás, con bolígrafo azul y una letra que iba muy rápido:
"Migdalia, ¡un abrazo desde el Pacífico! La posada ya tiene seis habitaciones y un chef que cocina mejor que tú (es mentira, pero no se lo digas). Pásale tu receta de los frijoles a este, que los hace mal y no lo sabe. Aquí seguimos. Yo tampoco he usado el billete. Un beso enorme. C."
—¿Quién es C? —le pregunté a Migdalia, que estaba en la puerta de la cocina con el trapo.
—Una muchacha. Valenciana. Estuvo aquí dos inviernos atrás, cuatro noches, con un problema de un hotel de su padre y otro problema que no era del hotel.
—Se encogió de hombros—. Se fue a México.
Se quedó en México. Escribe de vez en cuando; esta llegó en julio, con el imán ese del nombre raro, Cuaji o como se diga. Ella tampoco reservó la vuelta.
—¿Y era…?
—Era una muchacha con mucha boca y mucho corazón, mi amor, como tú. Ahí no hay más. —Me quitó la postal de la mano y la volvió a meter detrás del imán de Toronto—. Este país recibe a muchas. Este pueblo, a pocas.
* * *
Migdalia fuma un cigarrillo al día. Uno.
Lo fuma en el porche, en la mecedora que no se mece, a las once de la noche, cuando la gallina ya está dentro y la calle está vacía, y no lo comparte con nadie, y aquella noche me lo dijo así, "siéntate, que hoy lo comparto", y me senté en el escalón con la espalda contra el poste, y ella encendió el cigarrillo con una cerilla y le dio una calada larga y me lo pasó, y yo le di otra, que hacía diez años que no fumaba y me supo a todo eso.
—Tu madre —dijo.
—Sí.
—Yo la oí desde aquí. No lo que decía. El tono. Yo tengo dos hijos en Miami, mi amor. Tengo ese tono en la garganta desde 1994.
Le devolví el cigarrillo. El mar se oía desde la calle, que a esa hora se oye todo.
—Yo bauticé a esos dos —dijo Migdalia, mirando la calle—.
Y los he visto crecer. Y los he visto romperse.
Y los he visto diecisiete años sin hablarse, cada uno en su punta de la playa, contando las mismas tortugas.
Y esta semana los he visto cargar un motor entre los dos por esta calle y traértelo a la puerta.
—Le dio otra calada—. No te voy a decir lo que tienes que hacer con eso. Eso es tuyo.
—Ya.
—Pero te voy a decir una cosa que sé. Porque soy vieja y porque me da la gana.
—Dila.
Apagó el cigarrillo en la barandilla con dos toques, con cuidado, como quien apaga una cosa que va a volver a encender mañana, y se guardó la colilla en el bolsillo del delantal.
—En este pueblo el mar se lleva a los hombres y trae a las mujeres.
Se llevó al padre de Yasel. Se llevó a mis dos hijos, que están vivos pero se los llevó.
Casi se lleva a esos dos en una balsa. Y trae.
Trajo a la valenciana. Te trajo a ti, en una lancha sin bujía.
—Se levantó de la mecedora, con las rodillas—.
Tú decide de cuáles eres, mi amor. De las que trae o de las que se lleva.
Pero decide tú. Que no lo decida un avión.