Malecón
Ofelia Cuesta tenía sesenta y tres años, el pelo blanco cortado a lo garçon, un despacho en el Centro de Miramar con las persianas bajadas y tres ceniceros, y una forma de escuchar que consistía en encender un cigarrillo con el anterior y no interrumpir.
Le conté todo. El sello, la lancha, la bujía, el inspector, la tormenta, los cuatro nidos, la carta de Lázaro.
Rubén estaba de pie detrás de mi silla con la carpeta.
Yasel se había quedado en el coche porque, dijo, "en un despacho con aire acondicionado yo me pongo nervioso y digo cosas".
Cuando acabé, Ofelia apagó el cigarrillo, encendió otro, y dijo:
—¿Y se puede arreglar?
—Se puede arreglar en dos semanas si yo lo firmo hoy y lo subo al Ministerio mañana con una carta mía diciendo que el retraso es responsabilidad del Centro.
Lo cual es verdad. —Me miró por encima del humo—.
Y lo voy a hacer porque tus tortugas son mis tortugas, y porque hace cuarenta años que en esa playa no se marca nada, y porque ese inspector que tienes detrás me está mirando como si yo fuera la última bujía de Cuba.
Rubén no dijo nada. Ofelia sacó un sello de un cajón, un sello de verdad, con tinta, lo apretó contra mi convenio con las dos manos, y firmó encima con una estilográfica.
—Dos semanas. Ve a Inmigración en Nuevo Vedado con esto y que te den una prórroga provisional. Si te ponen problemas, di mi nombre. Y si te dicen que no saben quién soy, mejor, porque entonces les da miedo preguntar.
* * *
Inmigración en Nuevo Vedado nos dio catorce días provisionales a las dos de la tarde, después de tres horas de cola, un formulario y una mujer que miró el sello de Ofelia con el mismo respeto con que se mira un billete grande.
Salimos a la calle con un papel más. Yasel estaba apoyado en la nave con un helado.
—¿Y?
—Catorce días.
—¡Ño! —Tiró el helado, me levantó del suelo, me dio dos vueltas, y me dejó en el suelo—. ¡Catorce días! Asere, ¡catorce días!
—Ya lo oí.
—Pues celébralo, coño, que pareces un cartel.
Rubén se colocó las gafas y sonrió, poco, lo justo.
La casa particular estaba en San Lázaro, en un tercer piso sin ascensor, con un balcón de hierro que daba a la esquina del Malecón, y una dueña, Zoraida, que cobraba en dólares, que no preguntaba nada por ese precio, y que miró a los tres, a la española y a los dos cubanos, uno con camisa de inspector, y dijo "una cama grande o dos pequeñas" con la cara de haber visto todo lo que se puede ver en un tercer piso de Centro Habana desde 1990.
Yasel dijo "grande". Rubén no le contradijo.
A las cinco, Yordanis subió los tres pisos con una bolsa de plástico y una cara de negocio.
Yasel había llamado a Yordanis desde el parque del wifi de Puerto Esperanza el lunes con un encargo, y ahora Yordanis sacaba el encargo de la bolsa, en el pasillo, sin entrar, y era un tubo azul y blanco con letras en inglés.
—Esto me lo trajo una mula de Miami en junio. Es lo último que queda en La Habana. Me costó ocho fulas. Y como lo pongas en la nave, primo…
—No lo pongo en la nave.
—Como lo pongas en la nave, te mato.
Se fue. Yasel entró con el tubo en la mano como quien entra con un trofeo, lo dejó en la mesilla, se sentó en la cama grande, y nos miró a los dos.
—Bueno.
* * *
La conversación fue antes. Eso lo digo porque importa y porque en los libros nunca sale. Los tres sentados en la cama de Zoraida, con el balcón abierto y el ruido del Malecón subiendo, y yo dije:
—Los condones.
—Los de Nuria —dijo Yasel.
—Quedan cuatro.
—Ño.
—Y hay que hablar de eso antes de lo otro. Yo llevo un DIU. Desde hace tres años. No me quedo embarazada. Lo digo por si alguien tenía esa duda.
—Yo no la tenía —dijo Rubén.
—Yo tampoco —dijo Yasel—. Yo tenía otra.
—Dila.
—Que si no hay condón, es con los dos. Sin condón con los dos. Y yo… —Se rascó la ceja—. Yo qué sé lo que tiene este.
—Yo me hago un análisis cada año —dijo Rubén—. En el ministerio. Por el trabajo. El último fue en abril. Limpio. Tengo el papel en Puerto Esperanza si lo quieres ver.
—¿Y tú? —dije a Yasel.
—Yo en julio. En el policlínico. Lo hago cuando se acaba la temporada de la langosta, que es cuando tengo tiempo. Limpio. Y desde julio, nadie. Bueno. Tú.
—Y yo en Cádiz en junio, antes de venir, porque Nuria me obligó. Limpia. Y desde junio, nadie. Bueno. Vosotros.
Nos quedamos callados un momento, los tres, con el Malecón abajo.
—Entonces —dijo Yasel.
—Entonces sin —dije yo—. Si queréis.
—Yo quiero —dijo Rubén.
—Yo quiero desde la tormenta, mami.
* * *
Rubén de rodillas. Empezó así porque lo pidió él.
Se quitó las gafas, las dejó en la mesilla al lado del tubo, se arrodilló en el suelo de baldosas de Zoraida al pie de la cama, y me cogió por los muslos, y me arrastró al borde, como en Levisa, y me abrió las piernas, y Yasel se sentó en la silla de madera de al lado del balcón, desnudo, con una cerveza en una mano y la polla en la otra, tiesa ya, y dijo:
—Yo miro. Y cuento. Como en la playa.
—Cuenta —dije.
Rubén me comió. Con su lentitud, plano, ancho, haciéndose esperar, y Yasel contaba. Lo que veía, en voz alta, en vez de números, con la mano moviéndose despacio.
—Mira cómo te la come, mami. Mira la cabeza de ese. Se te está abriendo sola. Estás chorreando en la boca del inspector. Coño, Rubén, más arriba, que se le va la cara. Ahí. Ahí. Mira cómo levanta la cadera.
—Cállate —dijo Rubén, contra mí.
—No me callo. Ella me dijo que contara.
Me corrí con la boca de uno y la voz del otro, que era una cosa que ya sabía que podía pasar y que volvió a pasar, y Rubén levantó la cara mojada y Yasel dijo "esa es una" y Rubén dijo "no cuentes" y yo dije "regla dos", y me reí, sin aire, tumbada.
Después me pidieron que lo dijera. Rubén, desde el suelo, con la barbilla en mi muslo: "Di lo que quieres.
Todo. Con frases enteras. Como en Inmigración.
" Y lo dije. Tumbada en la cama de Zoraida, mirando el techo con manchas de humedad, con el Malecón abajo, dije que quería a los dos dentro a la vez.
Uno en el coño y otro en el culo. Que lo había hecho una vez, en Cádiz, hacía ocho años, y no bien, y que quería hacerlo bien.
Que quería estar encima de Rubén y que Yasel se pusiera detrás, y que fueran despacio, y que si decía "para" pararan, y que me follaran los dos hasta que no supiera cuál era cuál.
Lo dije en español de España. Con "coño" y "culo" y "follar". Y Yasel, en la silla, dijo "me cago en Dios" muy bajo, que es lo más gaditano que le he oído a un cubano, y se levantó.
* * *
Lo hicimos bien. Es lo que tengo que decir de esa noche antes que nada. Lo hicimos bien porque lo hicimos despacio, y porque los dos sabían, sin que yo se lo dijera, que despacio era la única manera.
Rubén se tumbó bocarriba en la cama. Yo me puse encima, a horcajadas, y me la metí, sin nada entre los dos por primera vez, y era distinto, más caliente, más piel, y él cerró los ojos y dijo "Marta" y los abrió, y me quedé sentada en él sin moverme, con las manos en su pecho, mientras Yasel, detrás de mí, de rodillas en el colchón, abría el tubo de la mula.
—Despacio —dije.
—Despacio, mami. Yo sé.
Sus dedos. Fríos primero por el gel, luego no.
Uno, en círculos, sin entrar, un rato largo, mientras yo me movía apenas sobre Rubén y Rubén me miraba la cara y me tocaba las tetas con esa mano abierta.
Luego uno dentro. Despacio. Hasta el nudillo, y quieto, y yo respirando por la boca y Rubén diciendo "respira" y yo diciendo "estoy respirando, joder", y Yasel riéndose bajito detrás.
Luego dos. Más gel. Abriendo, con paciencia de pescador, sin prisa ninguna, hablando bajito, "así, mami, así, mira cómo me dejas, qué rica, relaja, relaja, yo no me voy a ningún sitio".
—Ya —dije.
—¿Segura?
—Ya.
Se puso más gel. Se puso detrás. Me puso la polla ahí, en la entrada, y empujó, un poco, y yo apreté los dientes, y él paró, sin que se lo dijera, y esperó, y empujó otra vez, y la punta entró, y hubo un momento en que fue demasiado, demasiado lleno, los dos, uno abajo y otro atrás y no había sitio en mi cuerpo para todo eso, y dije:
—Para.
Pararon los dos, en un solo movimiento, como en el muelle, como con las planchas.
Yasel se quedó quieto donde estaba, con la punta dentro y las manos en mis caderas sin apretar, y Rubén debajo se quedó quieto con las manos en mis tetas y luego las bajó a mi cintura, sujetándome, y nadie dijo nada, y nadie preguntó nada, que era la regla tres, y yo respiré.
Una vez. Dos. Tres. Con la frente en el pecho de Rubén y su corazón de motor de Lada debajo, y la respiración de Yasel en mi espalda, y el Malecón abajo con sus olas.
—Vale —dije—. Sigue.
Y Yasel siguió, un centímetro, otro, y en algún punto dejó de ser demasiado y empezó a ser lo que yo había pedido, los dos dentro, enteros, y el cuerpo entendió, y se abrió, y yo dije "joder" con una voz que no era mía, y Rubén dijo "eso, eso es", y Yasel dijo "coño, mami, coño, te tengo, te tengo entera".
Se movieron. Primero uno y luego el otro, y luego a la vez, encontrando el ritmo como se encuentra el ritmo en un motor que tiene dos cilindros, un golpe y otro golpe, y yo entre los dos sin saber cuál era cuál, que era exactamente lo que había pedido.
Rubén me miraba desde abajo con los ojos sin gafas muy abiertos.
Yasel me hablaba desde atrás, bajo, seguido, todo el rato, "mira cómo la coges toda, mami, mira cómo nos tienes a los dos, eres una cosa, eres una cosa muy grande".
Y Rubén me llevó la mano al clítoris. La suya. El pulgar plano. Y con eso no hubo más.
Me corrí con los dos dentro. No sé describirlo mejor y lo he intentado.
Fue desde abajo y desde atrás a la vez, una cosa que subía por dos sitios y se encontraba en el medio, y grité, con la cara en el pecho de Rubén y los dientes en su piel, y el cuerpo entero se me fue, apretando a los dos con cada golpe, y los dos lo notaron y los dos dijeron algo, y me tuvieron que sujetar, de verdad, entre los dos, porque me caía, y Rubén se corrió dentro de mí con un ruido de garganta que se le rompió por el medio, y Yasel detrás, tres golpes más, y se corrió también, dentro, diciendo "Marta, Marta, Marta" como si me llamara desde otra habitación.
Nos quedamos así. Los tres. Un rato que no sé cuánto fue.
Con Yasel saliendo despacio, muy despacio, y tumbándose a mi lado, y yo sin salir de Rubén, tumbada encima de él con las piernas abiertas y lo de los dos corriéndome por los muslos, y nadie pidió perdón, y nadie se levantó a limpiar nada, y la brisa del balcón nos secó el sudor a los tres.
* * *
El balcón, después. Las dos de la mañana.
El Malecón abajo todavía con gente, menos, con una guitarra en alguna parte y una ola que pasaba por encima del muro cada tanto y dejaba el asfalto brillando.
Los tres de pie en el hierro del balcón con lo que habíamos encontrado en el suelo, una camisa, unos pantalones cortos, una sábana, y una cerveza que nos pasábamos.
Yasel tenía los codos en la barandilla y miraba la ciudad a la que no había venido en once años.
—Consorte —dijo, a Rubén, o al mar—. En este país no se puede tener todo.
Rubén, a mi lado, con la sábana por los hombros y las gafas puestas otra vez, miró la ola pasar por encima del muro, y dijo:
—Ella sí.