Marea (Sin billete de vuelta nº 2) La nave
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La nave

El aeropuerto de La Habana abrió el domingo. Lo dijo la radio de Migdalia entre dos canciones, con la misma voz de béisbol, y Migdalia me miró desde el fregadero, y yo miré el calendario de la pared, que era de un taller mecánico de Viñales y tenía una foto de un Chevrolet, y conté.

Diez días. Hasta el miércoles dieciséis.

El lunes llegó el otro sobre. Lo trajo Rubén, en la moto, a las tres, y esta vez subió los escalones y se sentó en la mecedora que no se mecía y me lo dio sin decir nada, y lo abrí, y era de Lázaro Cuní, y decía que, "en atención a la reanudación del tráfico aéreo", el plazo de la ciudadana Caraballo Iglesias para abandonar el territorio nacional se computaba desde el día anterior y vencía el miércoles dieciséis de septiembre a las veinticuatro horas, y que la delegación provincial "facilitaría el traslado de la ciudadana al aeropuerto en vehículo oficial", y que el inspector Alfonso quedaba a cargo.

—Te han puesto a cargo de echarme.

—Sí.

—Lázaro tiene sentido del humor.

—Lázaro tiene un cargo. —Se quitó las gafas—. Me llamó esta mañana. Me dijo que si la española no está en un avión el miércoles, el jueves el que está en un avión soy yo. A Guantánamo. A inspeccionar cabras.

—¿Hay cabras en Guantánamo?

—Hay lo que Lázaro diga que hay.

Miré el sobre. Miré el calendario del Chevrolet. Y dije lo que llevaba pensando desde el sábado en el muelle, con las dos tazas de lata en la mano:

—Los nidos de la parte alta se abren dentro de dos semanas. Los primeros. Los del veintinueve de julio. Y la de la muesca vuelve el veintiuno, si vuelve. Yo no me voy a ir el miércoles.

—Ya lo sé.

—¿Cómo que ya lo sabes?

—Porque te conozco desde hace dieciséis días, Marta, y no te has ido de ningún sitio todavía.

* * *

La reunión fue en la cocina de Migdalia, a las siete, con Migdalia presidiendo desde el fregadero con el trapo y la gallina en el regazo, y Yasel llegó el último con las manos negras porque el carburador ya iba y quería que se supiera.

Nos sentamos. Puse el sobre en el centro de la mesa como una carta que nadie quiere.

—Opciones —dije.

—Cásate conmigo —dijo Yasel.

Migdalia hizo el ruido de la lengua. Rubén se colocó las gafas.

—Es lo que hacen todas las yumas, mami. Se casan con un cubano y ya está.

Reunificación familiar. Te dan la residencia en tres meses.

Yo estoy soltero. Tengo una casa y una barca y un motor que funciona desde ayer.

—Se encogió de hombros—. Y él no se puede casar contigo porque es del Estado y le abren un expediente.

—Yo no he dicho que quiera casarme con nadie —dijo Rubén.

—No hace falta que lo digas, asere.

—No —dije yo.

—¿No qué?

—No me caso. Con ninguno. Siguiente.

Yasel se echó hacia atrás en la silla, con esa cara de haberlo intentado, y Migdalia dijo "bien, mi amor" desde el fregadero, y Rubén sacó una libreta del bolsillo de la camisa y la abrió, y tenía una lista. Con regla.

—La única opción real es el convenio. Un convenio de verdad, firmado por la Dirección Científica del Centro de La Habana, con el sello que tenía que tener desde el principio.

Si existe ese convenio, existe el objeto del visado, y si existe el objeto, Inmigración lo restituye.

Es un trámite que se hace en una semana si alguien en La Habana lo quiere hacer.

—Nadie en La Habana quiere hacer nada.

—Hay una persona. —Miró la libreta—. Ofelia Cuesta.

Directora Científica del Centro. Sesenta y tres años.

Especialista en quelonios. Es la que tendría que haber firmado tu convenio y no lo firmó porque nadie se lo pasó, porque la de las uñas azules lo mandó a Colaboración.

Yo la conozco de un congreso en Pinar en 2019.

Fuma tres paquetes al día y sabe siete idiomas y odia a la de las uñas azules.

Si vas y se lo explicas con la voz esa que pones, lo firma.

—¿Y por qué no la llamas?

—Porque en Cuba no se llama, Marta. Se va.

Miré la libreta. Miré a los dos. A Yasel con las manos negras y a Rubén con la lista.

—Tengo diez días, no tengo coche con gasolina, no tengo pasaporte y no puedo salir del municipio.

—El pasaporte no hace falta para ir a La Habana, hace falta para salir del país. Lo del municipio lo firmo yo. "Traslado de la ciudadana a la capital para gestión del convenio, acompañada por el inspector a cargo." Eso es verdad. —Cerró la libreta—. Y el coche lo tiene el primo de Yasel.

Yasel levantó la cabeza.

—Yordanis.

—Yordanis.

—Yordanis te odia, asere.

—Yordanis me odia a mí y te quiere a ti. Por eso vas tú a pedírselo.

* * *

El coche de Yordanis era un Chevrolet Bel Air de 1956, rosa, con las aletas cromadas, un interior de escay rojo remendado con cinta, un motor diésel de Hyundai debajo del capó que sonaba a camión, y una pegatina en el parabrisas que decía "LA NAVE" en letras góticas.

Yordanis, que tenía veintiocho años y una cadena de oro y llevaba turistas de La Habana a Viñales por cincuenta dólares, lo dejó en la calle de Migdalia el martes a las cinco de la mañana con el depósito lleno y una lista de cosas que no se podían hacer con la nave, y le dio las llaves a Yasel y a Rubén ni le miró.

—Si le pasa algo a la nave, primo.

—No le pasa nada.

—Si le pasa algo.

—Ya, coño, ya.

Salimos a las cinco y media. Rubén conducía, porque era el único con carné en regla y porque conducía como conducía, con las dos manos en el volante y la velocidad exacta.

Yasel iba en la ventanilla del pasajero con el codo fuera.

Yo iba en el medio del asiento corrido, con un muslo contra cada uno, porque el Bel Air tenía un asiento corrido y yo no iba a ir detrás.

Migdalia nos despidió desde el porche con la gallina, y Puerto Esperanza se quedó atrás con la bombilla de la panadería encendida, y subimos hacia Viñales con el sol saliendo en los mogotes, y Yasel puso la radio, que era una radio de 1956 con un altavoz de 2015 pegado debajo, y salió reggaetón, y Rubén la apagó, y Yasel la encendió, y Rubén la bajó, y ese fue el acuerdo.

La Autopista Nacional no tiene líneas. Lo digo como dato: doscientos kilómetros de una autopista de ocho carriles construida para un país que iba a tener coches, sin una raya pintada, con vacas en el arcén y gente en el medio haciendo señas con billetes en la mano para que la lleven, y carteles de hormigón cada veinte kilómetros con frases sobre la patria, y el Bel Air rosa a ochenta por hora por el medio de todo eso como una cosa que se había escapado de una película.

Yasel llevaba once años sin ir a La Habana. Lo dijo a la altura de Candelaria, mirando por la ventanilla.

—Once años.

—¿Por qué?

—¿Y pa' qué? —Se encogió de hombros—. Todo lo que hay en La Habana hay en Pinar más pequeño. Y en Pinar no me conoce nadie.

Rubén no dijo nada. Conducía. En un momento, en una recta larga, con las manos en el volante, dijo:

—Fuimos una vez. Con quince años. En la guagua de la escuela. Al Acuario.

—Al Acuario. —Yasel se rio por la nariz—. Los delfines. Tú llorabas.

—Yo no lloraba.

—Llorabas, asere. Con el delfín. Que si estaba preso.

—Estaba preso.

—Todos estábamos presos, Rubén. Tú llorabas por el delfín.

Rubén no contestó. Yo, en el medio, con un muslo contra cada uno, miré la autopista sin líneas y no dije nada, porque hay conversaciones que se han esperado diecisiete años y que no necesitan a nadie más dentro.

* * *

Nos pararon a la altura de Artemisa. Un punto de control de la policía en la autopista, con un cono, un coche patrulla y dos agentes con la camisa azul claro y esa cara de aburrimiento que tienen los controles a las diez de la mañana, y uno de ellos levantó la mano y Rubén paró la nave con las dos manos en el volante y la velocidad exacta y bajó la ventanilla antes de que se lo pidieran.

—Buenos días. Licencia y circulación.

Rubén se los dio. El agente los miró. Miró el coche, rosa, con la pegatina de LA NAVE, y miró a Rubén con la camisa gris y el parche del ministerio, y miró a Yasel con el codo fuera, y me miró a mí en el medio con la cara de haber encontrado el elemento que no cuadraba.

—¿La señora?

—Ciudadana española. Investigadora. Traslado a la capital para gestión de convenio, acompañada por el inspector a cargo. —Rubén le tendió el papel, su papel, el que había firmado él mismo en su propia libreta con regla—. Consta.

El agente leyó el papel. Lo leyó entero, que se veía que no leía muchos. Miró el sello del municipio. Y luego, sin devolverlo, se inclinó hacia la ventanilla y miró a Yasel.

—Yo te conozco.

Yasel no movió el codo.

—Puede.

—Tú eres el primo de Yordanis. El de Puerto Esperanza. El de la barca del motor de Lada.

—Ese.

—Yordanis me llevó a Viñales en junio con mi señora. En este coche. —Le devolvió los papeles a Rubén sin mirarle—. Dile que la nave tiene el faro izquierdo flojo. Que lo vi de lejos. Que un día se lo van a parar por eso.

—Se lo digo.

—Y que me debe una botella.

—Eso también.

El agente dio dos golpes en el techo de la nave con la palma de la mano, como se le da a un caballo, y se apartó, y Rubén subió la ventanilla y arrancó, despacio, con la velocidad exacta, y durante un kilómetro nadie dijo nada, y después Yasel dijo, mirando por la ventanilla:

—Tu papel con regla no sirvió pa' nada, asere.

—Sirvió.

—Sirvió Yordanis.

—Sirvieron los dos.

—Yordanis más.

Rubén no dijo nada, pero se le movió la mandíbula de la manera que yo ya sabía leer, y yo, en el medio, miré la autopista sin líneas y pensé que en aquel país todo funcionaba así, con un papel y con un primo, y que uno de los dos siempre pesaba más y que nunca era el papel.

* * *

La Habana empezó de golpe, como empieza, un cartel, un túnel, y de repente edificios, muchos, altos, viejos, con la pintura cayéndose en capas de colores como cortezas, y gente, y coches como el nuestro por todas partes, y calor, y un olor a gasolina y a fritura y a mar.

Rubén conducía con la cara de la oficina.

Yasel había sacado medio cuerpo por la ventanilla.

Llegamos al Malecón a las siete de la tarde, con el sol cayendo al final de la avenida, y Rubén bajó la velocidad, y fuimos despacio por el paseo marítimo más largo que he visto, con el muro a la derecha y el mar detrás del muro, verde, y las olas pasando por encima del muro y mojando el asfalto y a la gente que estaba sentada encima, cientos de personas sentadas en el muro con la espalda al mar y la cara a la ciudad, bebiendo, tocando, gritando, besándose, con el agua saltándoles por detrás y sin importarles.

Nadie habló. Rubén paró el coche en un hueco. Bajamos los tres y nos quedamos de pie al lado del Bel Air rosa mirando aquello, y una ola pasó por encima del muro y nos mojó los pies, y Yasel, con las manos en la cintura y el sol en la cara, dijo, a nadie, o a la ciudad:

—Consorte, esto sigue aquí.