La balsa
El muelle a las seis de la mañana del sábado, con los pelícanos todavía en los bolardos y el mar de ese gris que tiene antes de decidir de qué color va a ser.
Rubén y yo sentados en el borde del hormigón con los pies colgando y dos vasos de lata con café de Migdalia.
Abajo, en el agua, La Fonseca, otra vez a flote, con Yasel dentro, de rodillas en la popa, con el Lada en su hueco y una llave inglesa en la mano, apretando tornillos con esa cara de no oír nada que ponía cuando estaba oyendo todo.
Nadie había dormido mucho. Nadie lo dijo.
Rubén miró el café un rato. Después miró a Yasel abajo, la espalda doblada sobre el motor, y después me miró a mí, y se colocó las gafas, y dijo, en voz normal, sin bajarla, para que llegara al agua:
—Catorce de agosto de dos mil nueve.
La llave inglesa se paró. No se levantó ninguna cabeza. Rubén siguió.
* * *
—Teníamos diecinueve años. La balsa la hicimos en el cobertizo de su padre, detrás de la casa azul, en junio y julio.
Doce bidones de doscientos litros, una plataforma de tablas de un almacén de azúcar que se había caído, y un motor de lancha de quince caballos que Yasel consiguió a cambio de una cosa que nunca me dijo.
Yo hice los cálculos. Yo era el que sabía de números.
Flotabilidad, peso, gasolina para noventa millas y diez más por si acaso.
Dormimos en la balsa la última semana, en el cobertizo, uno a cada lado del motor, porque había un tipo en el pueblo que robaba motores y lo sabíamos.
Abajo, Yasel apretó un tornillo que ya estaba apretado.
—El catorce, a las diez de la noche, era la hora.
Marea alta y sin luna. Su primo Yunier iba también.
Yo tenía que estar en el cobertizo a las nueve y media.
A las nueve, mi madre se sentó en la cama y dijo que tenía un dolor en el pecho.
Aquí. —Se tocó el esternón—. Mi madre tenía cuarenta y siete años y ya era diabética.
Yo tenía diecinueve y era el único hijo.
Me quedé. Le hice un té. Le tomé el pulso, que lo tenía normal.
Le dije que iba a buscar al médico y ella dijo que no, que no me fuera, que no la dejara sola, que se le pasaba.
Se le pasó. A las once. Cuando ya era tarde para ir a ninguna parte.
Bebió café. Yo no me moví. Abajo, la llave inglesa no se movía.
—Yasel se fue sin mí. Con Yunier. Y a cuatro millas los estaba esperando la lancha de guardafronteras de Cabañas, con el foco apagado, como si supiera dónde iban a estar.
Y sabía. A Yunier le cayó un año porque era menor de edad todavía por tres meses.
A Yasel le cayeron dieciocho meses en la provincial.
Yo hice el servicio militar al año siguiente, en guardafronteras, porque era lo que tocaba, y estudié biología en Pinar, y me hice esta camisa.
Y durante tres años pensé que había sido mala suerte, o que había sido el tipo de los motores, o que había sido Yunier, que hablaba mucho. Durante tres años no supe.
—¿Y a los tres años?
—A los tres años Caridad, la vecina de mi madre, la del teléfono, porque en 2009 en esa calle había un teléfono y era el suyo, se puso a morirse de un cáncer, y me llamó a la cabecera, porque a los que se mueren les da por contar.
Y me contó que la noche del catorce de agosto, a las nueve y cuarto, mi madre había ido a su casa, había usado el teléfono, había llamado al puesto de guardafronteras de Cabañas, había dicho que había una balsa saliendo de la cala de Puerto Esperanza a las diez con tres muchachos, había dado los nombres, los tres, el mío también, y había vuelto a casa y se había sentado en la cama y se había puesto la mano en el pecho.
El mar hizo su ruido contra el hormigón.
—Dio mi nombre también. Para que si yo iba, me cogieran a mí también.
Y si no iba, que fue lo que pasó, que no iba.
—Se quitó las gafas. Se frotó los ojos con el pulgar y el índice, como en la oficina—.
Mi madre vendió a mi hermano para que yo no me fuera de su lado.
Y le salió bien. Aquí estoy. A tres calles de ella.
Con un uniforme del Estado que le puso a él un número.
* * *
Abajo, la llave inglesa cayó en el fondo de la barca con un ruido de hierro contra madera. Yasel no se levantó. Se quedó de rodillas en la popa con las manos en el borde del hueco del motor, mirando el Lada, y no dijo nada durante tanto tiempo que un pelícano se despertó y se fue.
—¿Por qué no me lo dijiste? —dijo por fin, al motor.
—Porque estaba vivo el que había pagado y viva la que había cobrado.
Y ella es vieja. Y está enferma. Y pensé que si te lo decía solo iba a cambiar de sitio la culpa, de mí a ella, y que a ella no le iba a servir de nada y a ti tampoco.
—Rubén se puso las gafas—. Pensé mal. Ya lo sé.
Pero eso fue lo que pensé, y no lo pensé un día. Lo pensé catorce años.
—Catorce años.
—Sí.
—Me dejaste catorce años pensando que habías sido tú.
—Sí.
Yasel se levantó. Despacio, con las rodillas crujiendo.
Se quedó de pie en la popa de La Fonseca, con el agua meciéndola, mirando hacia arriba, hacia el hombre sentado en el hormigón, y yo pensé que iba a subir por la escalera y que iba a pasar algo, y me preparé para meterme en medio, y no me hizo falta.
—Tu mamá me debe dieciocho meses —dijo Yasel.
—Sí.
—Que me los pague en pasteles de guayaba. Uno a la semana. Hasta que se muera. De los de ella, con la masa esa que hace.
Rubén le miró. Se le movió algo en la cara, en la mandíbula, y luego en la boca, y se le pasó una cosa por la cara que no llegó a sonrisa y se fue.
—Se lo digo.
—Y no le digas por qué.
—No.
—Que se piense que me gustan.
—Te gustan.
—Eso ella no lo sabe.
Y Yasel se agachó, cogió la llave inglesa del fondo de la barca, y se puso otra vez a apretar el tornillo, y dijo, sin levantar la cabeza:
—El carburador este se me ahoga a medio gas. ¿Tú te acuerdas de cómo se regulaba el del Lada del médico?
—El tornillo de la mezcla. Un cuarto de vuelta a la izquierda. Tu padre lo hacía con el destornillador pequeño de mango rojo.
—Ese lo perdí.
—Yo tengo uno.
—Pues bájalo.
Rubén dejó el vaso de lata en el hormigón.
Se levantó. Bajó la escalera del muelle, con la camisa gris y los pantalones de inspector, y saltó a La Fonseca, que se meció, y se agachó al lado de Yasel delante del motor, y los dos se quedaron ahí con las cabezas juntas mirando un carburador de un Lada de 1987, y Yasel dijo "ahí" y Rubén dijo "no, ese es el ralentí", y Yasel dijo "ya sé que es el ralentí, asere, te estoy diciendo que mires el otro", y hablaron.
Hablaron de un carburador veinte minutos.
Con la cara a treinta centímetros. Con las manos en el mismo hierro.
Sin mirarse ni una vez a los ojos y sin callarse ni un segundo.
Yo me quedé sentada en el hormigón con los pies colgando y las dos tazas de lata, escuchando aquello que no entendía y entendía perfectamente, y en un momento me levanté, sin hacer ruido, y me fui andando por el muelle hacia tierra, porque había cosas en las que yo no tenía que estar.
Al final del muelle me giré. Trescientos metros. Desde allí se veía La Fonseca pequeña, pegada a la escalera, y dentro dos espaldas dobladas sobre el mismo motor, una azul y otra gris, con el sol saliendo detrás y poniéndoles el mismo color.
Pensé que si me echaban del país al día siguiente, aquello era lo que iba a recordar de Cuba. Aquello, y no el sello.
* * *
Volví a casa de Migdalia por la calle de la iglesia, que era la larga, porque no tenía prisa y porque quería que se me pasara lo del muelle antes de que Migdalia me viera la cara.
La casa de Nereida Peña está en esa calle.
Lo sabía porque Migdalia me la había señalado el primer domingo, "ahí vive mi prima, la madre de Rubén, que no sale", y porque tenía la puerta pintada del mismo gris que la camisa de su hijo, que no creo que fuera casualidad.
Esa mañana la puerta estaba abierta. Y en la puerta, sentada en una silla de plástico blanca con los tobillos hinchados metidos en unas chanclas, con un vestido de flores y una bolsa de plástico en el regazo, había una mujer de sesenta y cuatro años que me miró venir desde el final de la calle como se mira a alguien de quien te han hablado.
—Tú eres la española.
—Sí, señora.
—La de las tortugas.
—La de las tortugas.
Me miró de arriba abajo. Tenía la cara de su hijo, la misma mandíbula, los mismos ojos oscuros detrás de unas gafas de más aumento, y una forma de estar sentada, quieta, con las manos en la bolsa, que era la misma forma de estar de pie de él en el muelle el primer día.
—Mi hijo dice que tú sabes lo que haces.
—Su hijo es muy amable.
—Mi hijo no es amable. Mi hijo es exacto. —Metió la mano en la bolsa. Sacó algo envuelto en un paño de cocina y me lo tendió—. Pastel de guayaba. Hice esta mañana. Llévaselo a Migdalia, que le gustan, y come tú también, que estás muy flaca pa' tanto sol.
Lo cogí. Estaba tibio. Me quedé de pie delante de ella con el pastel en las manos, y ella me miró, y yo la miré, a la mujer que a las nueve y cuarto de la noche del catorce de agosto de 2009 había cruzado la calle hasta el teléfono de la vecina, y que no sabía que yo lo sabía, y que a lo mejor sí.
—Gracias, señora.
—Nereida.
—Gracias, Nereida.
—Anda. Que se enfría.
Y me fui calle abajo con el pastel, y a mitad de la calle me acordé de "que me los pague en pasteles de guayaba", dicho hacía media hora en la popa de una barca, y me paré, y miré el pastel envuelto en el paño, y pensé que en aquel pueblo las cosas llegaban antes de que uno las pidiera, y seguí andando, y no le dije a nadie de dónde venía el pastel, y Migdalia se lo comió con café y dijo que estaba mejor que el suyo, lo cual, en Migdalia, era una confesión.