Marea (Sin billete de vuelta nº 2) Tres
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Tres

Los oí antes de verlos. Un ruido de metal contra metal en la calle, a las diez de la mañana del viernes, y una voz diciendo "por tu lado, coño, por tu lado", y otra voz diciendo "estoy por mi lado", y Migdalia saliendo al porche con el trapo, y yo detrás.

—Ahí está —dijo Yasel, al motor.

—El motor está devuelto —dijo Rubén, a Migdalia—. Consta en un acta.

—¿Y por qué lo traéis aquí? —dijo Migdalia—. Esto no es una barca.

—Porque ella tiene que verlo —dijo Yasel.

Se enderezaron. Me miraron. Yo estaba en la puerta en camiseta y con el café en la mano, y los miré, a los dos, con la cara roja del esfuerzo y las manos negras de grasa y esa forma de estar de pie a un metro y medio el uno del otro sin tocarse, una distancia que se había acortado en algún momento entre la playa y el motor.

—¿Habéis hablado?

—Poco —dijo Yasel.

—Suficiente —dijo Rubén.

—¿De la balsa?

Se miraron. Se miraron de verdad, un segundo, los dos, y volvieron a mirarme a mí.

—De la balsa hablamos otro día —dijo Rubén—. Con calma. Hoy hablamos de otra cosa.

—¿De qué?

Yasel se limpió las manos en el pantalón, subió los tres escalones, se quedó delante de mí, y dijo, en voz baja, con Migdalia a un metro fingiendo que miraba la gallina:

—De que si tú quieres lo que dijiste, nosotros queremos.

* * *

Las reglas las puse yo. En la cocina de Migdalia, con Migdalia en el patio con la gallina y las orejas puestas en la ventana, con los dos sentados a la mesa como niños en la dirección del colegio.

—Una. Nada de secretos. Nadie le pide a nadie que no cuente nada. Lo que pasa, lo sabemos los tres.

—Vale —dijo Yasel.

—Dos. Nadie lleva la cuenta. Ni de veces, ni de quién primero, ni de nada. El que lleve la cuenta, fuera.

—Vale.

—Tres. Cualquiera puede decir "para". Cualquiera de los tres. Y se para. Sin preguntas.

—Vale.

—Cuatro. Nadie pide perdón después. Por nada. Lo que se hace, se hace porque se quiere hacer, y después no se pide perdón.

Rubén levantó la cabeza.

—Esa es buena.

—Es la mejor. —Los miré—. ¿Dónde?

—En mi casa —dijo Yasel—. Aquí no. Aquí está Migdalia.

—Aquí estoy yo —dijo Migdalia, desde el patio.

* * *

La casa azul a las cuatro de la tarde, con las contraventanas medio cerradas y las rayas de luz entrando de lado por las tablas, y la radio apagada por una vez, y la mosquitera recogida en un nudo en el clavo del techo.

Los tres de pie en el cuarto. Nadie sabía por dónde empezar, y eso me gustó, que dos hombres que llevaban treinta años pescando en el mismo mar no supieran por dónde empezar.

Empecé yo.

—Quitaos la camisa. Los dos.

Se la quitaron. Yasel de un tirón por la cabeza, la azul, Rubén botón a botón, la gris, y la dobló y la dejó en la silla, y Yasel le miró doblarla y dijo "ño" muy bajo y Rubén no le hizo caso.

Y ahí estaban. Uno flaco y largo y con el collar rojo y blanco y el barco de tendones en los brazos.

El otro alto y estrecho y negro y con la cabeza afeitada brillando en una raya de luz.

Uno al lado del otro, mirándome, sin mirarse.

—Miraos.

—Mami…

—Miraos. Un segundo. No os va a pasar nada.

Se miraron. Un segundo, dos. Yasel con la barbilla levantada como en el muelle, Rubén con la cara de acta, y luego algo se les movió a los dos en la cara al mismo tiempo, y Yasel apartó la vista primero y dijo "ya", y yo dije "vale", y me quité la camiseta.

Después fue rápido y no lo fue. Me acerqué a Yasel y le besé, y su boca ya conocía la mía, y mientras le besaba estiré el brazo y encontré la mano de Rubén, y tiré, y Rubén se pegó a mi espalda, y me puso la boca en el cuello, en el sitio del martes, y las manos en las tetas por delante, y yo estaba entre los dos con una boca delante y otra detrás y cuatro manos, y perdí la cuenta de cuál era cuál, que era la regla dos.

Me desnudaron entre los dos. Yasel los pantalones, arrodillándose para bajármelos y quedándose ahí, de rodillas, con la cara a la altura de mi coño, mirando hacia arriba a mí y luego, por encima de mí, a Rubén, que me estaba desabrochando el sujetador con una mano.

Fue la primera vez que se miraron con algo en medio, y lo que había en medio era yo.

—Cómela —dijo Rubén, desde atrás, con la voz baja, en mi oreja pero para él—. Ahí de rodillas. Yo la sujeto.

Yasel me miró. Le vi la cara cambiar, la barbilla bajar.

—Tú no me mandas.

—Ella pidió a los dos. Yo te digo lo que voy a hacer yo. La sujeto. Tú haz lo que quieras.

Yasel me miró a mí.

—Cómeme —dije.

Me comió. De rodillas en las tablas, con las manos en mis muslos, abriéndome, con la lengua plana y luego con la punta, hablando, "qué rica, mami, qué rica estás hoy", y Rubén detrás sujetándome de verdad, un brazo cruzado por debajo de mis tetas y la otra mano en mi barbilla, girándome la cara hacia atrás para besarme mientras el otro me comía, y yo con las rodillas que no eran mías y el peso entero en el brazo de Rubén y la lengua de Yasel exactamente donde yo se la había enseñado el domingo, y me corrí de pie.

De pie, entre los dos, con un grito que se fue por las tablas, con Rubén sujetándome para que no me cayera y Yasel sin cambiar de velocidad, y cuando acabé Rubén dijo "a la cama", y Yasel dijo "a la cama", y era la primera vez que decían lo mismo.

* * *

La cama de madera. Los tres. Quedaba estrecha y no importó.

Me pusieron en el medio, de rodillas, y ellos se quitaron lo que les quedaba, y por primera vez los vi a los dos desnudos a la vez: la polla de Yasel larga y oscura y tiesa contra la tripa, la de Rubén más gruesa, más corta, muy dura, con la piel más clara en la punta, y las dos para mí, y me lo dije con esas palabras en la cabeza: las dos para mí.

Cogí una con cada mano.

Fue una cosa muy sencilla y les cambió la cara a los dos.

Una en cada mano, moviéndolas a la vez, despacio, mirándolos, primero a uno y luego al otro, y Yasel dijo "coño, Marta" y Rubén no dijo nada y cerró los ojos, y yo me incliné y me metí en la boca la de Rubén, porque estaba más cerca, y le oí soltar el aire, y seguí con la mano en la de Yasel, y Yasel dijo "mírala, asere, mírala", y Rubén abrió los ojos y me miró chupársela y luego miró, por encima de mí, a Yasel, y no apartó la vista.

—Ponte detrás —dijo Rubén, con la voz rota.

—¿Yo?

—Tú. Que ella te tenga a ti dentro mientras me tiene a mí aquí. Si ella quiere.

—Quiero —dije, con la boca llena, que sonó a otra cosa.

Yasel fue a por la caja de Nuria. Se puso el condón detrás de mí, de rodillas en la cama, y me cogió por las caderas, y me puso la polla en la entrada y no entró, esperó, como si quisiera que fuera yo, y yo empujé hacia atrás y entró entero de una vez y los tres hicimos un ruido a la vez.

Y ahí estaba. Yasel detrás, follándome desde atrás, largo, con las manos en las caderas y hablando, "así, mami, así, mira cómo la coges toda", y Rubén delante, de rodillas, con la polla en mi boca y la mano en mi pelo, no empujando, sujetando, y diciendo cosas bajas, "eso", "así", "no pares", y yo entre los dos con el cuerpo yendo hacia delante con cada golpe de Yasel y la boca llena de Rubén, y no sabía que se podía tener tanto a la vez y saber dónde estaba cada cosa.

Y entonces pasó lo de las manos.

Yasel tenía una mano en mi cadera y otra me la subió por la espalda, por la columna, hasta el hombro, y Rubén tenía una mano en mi pelo y la otra apoyada en mi hombro, el mismo, y las dos manos se tocaron.

Se rozaron. Los dos las quitaron como si quemaran.

Y yo saqué la boca de Rubén, respiré, y cogí la mano de Yasel, la de cuero, y la puse plana en el pecho de Rubén, encima del corazón, y la sujeté allí con la mía.

Se quedaron los dos quietos. Todo. Yasel dentro de mí sin moverse, Rubén con la polla mojada a un centímetro de mi boca, y la mano de uno en el pecho del otro y mi mano encima, y nadie respiró, y yo pensé que se iba a acabar todo ahí.

Entonces Yasel dijo, con una voz que no le había oído:

—Tienes el corazón como un motor de Lada, asere.

Y Rubén se rio. Se rio de verdad. Con la boca abierta, con la cabeza echada hacia atrás, en la cama, desnudo, con la polla tiesa y la mano de su enemigo de diecisiete años en el pecho, se rio con toda la boca por primera vez desde que le conocía, un ruido corto y hondo que se le salió sin permiso, y Yasel se rio detrás de mí, y yo entre los dos, y la mano de Yasel no se quitó del pecho de Rubén hasta que Yasel volvió a moverse, y cuando la quitó fue para agarrarme otra vez, y Rubén dijo "ahora yo" y se cambiaron.

* * *

Se cambiaron. Yasel salió, despacio, y se tumbó a mi lado con el condón puesto y la polla todavía tiesa y brillante, y me besó, con la boca que sabía a mí, y Rubén sacó otro de la caja de Nuria y se lo puso con las dos manos, con orden, mirándome, y me tumbó bocarriba y me cogió las piernas y me las puso en los hombros como en Levisa, una en cada uno, y se quedó así un segundo, encima de mí, apoyado en las manos, sin entrar.

—Mírame.

Le miré. Y entró. Grueso, entero, de una vez, y yo dije su nombre con toda la boca, y Yasel, tumbado a mi lado con la cabeza apoyada en la mano, mirando, con la otra mano en su propia polla moviéndola despacio, dijo "eso, asere, así, dale, mira cómo te la coge", y Rubén le miró.

Le miró mientras me follaba. Con mis piernas en los hombros y los ojos en el otro, y no paró, y Yasel no apartó la vista, y yo entre los dos, con los dos mirándose por encima de mí, sentí una cosa que no tiene nombre en ningún idioma que yo hable.

—Tócala —dijo Rubén, sin dejar de moverse—. Mientras yo. Tócala tú.

Yasel se incorporó. Me puso la mano de cuero en la tripa, y la bajó, entre Rubén y yo, entre los dos cuerpos, y encontró el clítoris con los dedos, con Rubén entrando y saliendo a un centímetro de sus nudillos, y lo tocó como yo le había enseñado, plano, en círculos, sin cambiar, y era demasiado, un hombre dentro y la mano de otro encima y las dos cosas al mismo ritmo, y grité, y Rubén dijo "todavía no", y aceleró, y Yasel dijo "ya, mami, ya, dánoslo", y no supe a quién hacer caso.

Me corrí con el "ya". Con las piernas en los hombros de uno y la mano del otro, apretando a Rubén por dentro con cada golpe, y él lo aguantó, con la mandíbula, con los ojos abiertos, y no se corrió, que le costó, se le vio en la cara lo que le costó, y salió, y se dejó caer de espaldas en la cama respirando como después de correr, y dijo, al techo:

—Ahora tú. Que yo la vea.

Después fue Yasel otra vez. De rodillas, con mis piernas alrededor de su cintura, hablando, "otra vez, mami, otra, que este quiere ver", y Rubén a mi lado, tumbado, con una mano en mi teta y los ojos en el sitio donde Yasel entraba y salía, y en algún momento Rubén estiró la otra mano y la puso en el muslo de Yasel.

En el muslo. Sujetando. Sin mirar lo que hacía la mano, mirando lo otro.

Y Yasel bajó la vista a la mano y siguió, más despacio, y dijo, muy bajo, "no la quites", y Rubén no la quitó.

Y después los dos me tocaron a la vez, uno la boca y otro el clítoris, con Rubén dentro de mí otra vez, con el condón nuevo, y Yasel con la mano entre los dos, sus dedos de cuero en mi clítoris mientras el otro me follaba, y esa fue la vez.

La grande. Me corrí con cuatro manos y una polla y dos voces, una diciendo "dámelo, mami" y otra diciendo "mírame", y no supe a cuál mirar, y miré al techo, y grité hasta que me quedé sin nada, y Rubén se corrió mientras yo me corría, con la frente en mi pecho, con un ruido de garganta, y Yasel se puso de rodillas al lado de mi cabeza con el condón todavía puesto y dijo "¿puedo?

" y yo dije "sí" y se lo quitó y se la meneó mirándome, mirándonos, a mí con Rubén todavía dentro y a Rubén con la cabeza en mi pecho, y se corrió en mi tripa, caliente, diciendo "Marta" y luego, muy bajo, "coño, Rubén", y no supe si era un insulto o un nombre, y creo que él tampoco.

Rubén levantó la cabeza, miró la tripa y le miró a él.

—Eso es mío —dijo. No sé si de mí o de la tripa o de qué.

—Compártelo —dijo Yasel, y se dejó caer en la cama.

* * *

Un montón. Eso éramos. Un montón de tres cuerpos en una cama de madera para uno, con la mosquitera caída otra vez encima de todos y la luz de las tablas ya casi horizontal y naranja, y la radio apagada, y el mar abajo en la cala haciendo su ruido.

Yo en el medio, bocarriba, con la cabeza de Yasel en el hombro izquierdo y la de Rubén en el derecho, y una mano en cada pelo, el corto y duro y el afeitado, y nadie se levantaba a limpiar nada, y nadie pedía perdón, que era la regla cuatro.

Estuvimos así mucho rato. Fuera se oyó pasar a alguien por la arena y no era nadie. La luz se fue. Yasel dijo, en la oscuridad ya, con la voz de estar medio dormido:

—Asere, ¿y ahora qué?

Y Rubén dijo, sin moverse:

—Ahora te callas.

Y yo me reí contra un hombro, no supe de quién, y no me importó saberlo, y esa fue la última cosa que pensé antes de dormirme entre los dos en una casa que había sido azul.