Marea (Sin billete de vuelta nº 2) Dos
55%

Dos

Lo de la apuesta me lo contó Migdalia el jueves, con el café, como quien te dice que va a llover.

—La panadería lleva el libro.

—¿Qué libro?

Me quedé con la taza en la mano.

—¿Desde cuándo?

—Desde el lunes que Rubén te llevó en la moto a Pinar. Antes solo era conversación.

—¿Y lo saben ellos?

—Ay, Marta. —Me miró por encima de las gafas con esa cara—. Los dos han pasado por la panadería esta semana. Los dos han visto la pizarra. Ninguno la ha borrado.

Puse la taza en la mesa. Con cuidado, porque era de las buenas.

—Y otra cosa —dijo Migdalia—. Yasel vino ayer, cuando tú estabas en Levisa, a decirme que no te dijera que él había preguntado por ti. Y Rubén vino anteayer a decirme que no te dijera que él había preguntado por Yasel. Yo no digo nada. Pero ya está dicho.

Me levanté. Fui hasta la nevera de los imanes, que ya funcionaba otra vez, y abrí la puerta y me quedé mirando dentro, el frío en la cara, un rato, sin coger nada.

—Me cago en la mar —dije, a la nevera.

—Eso.

—Me cago en la mar salada, Migdalia. Me cago en la madre que los parió a los dos.

—Ya, mi amor. Cierra eso, que se escapa el frío.

* * *

Fui a verla. La pizarra. Porque soy científica y no me creo un dato hasta que lo veo, y porque necesitaba andar.

La panadería de Puerto Esperanza es un local con un mostrador, una vitrina con tres cosas y un cartel de "no hay pan" que se da la vuelta a las siete y media cuando ya no hay, y en la pared del fondo, al lado de un calendario del Che, había una pizarra escolar, pequeña, con tiza, y en la pizarra, con letra de niño, ponía:

YASEL: 40

RUBÉN: 35

NINGUNO: 10 (BLAS)

Y debajo, más pequeño, añadido después con otra tiza: "LA ESPAÑOLA NO PUEDE APOSTAR".

La panadera, una mujer de unos cuarenta años con el pelo recogido en una redecilla, me vio mirarla y no borró nada. Se limpió las manos en el delantal y me miró con esa cara que tienen las panaderas de todos los países, que es la cara de quien sabe lo que come cada casa.

—Buenos días, doctora.

—Buenos días.

—¿Quiere algo?

—¿Quién ha escrito lo de abajo?

—Blas. Dice que si usted apuesta, es información privilegiada.

—Blas es un pesimista.

—Blas es el único que ha ganado dinero en este pueblo en veinte años, doctora. —Se encogió de hombros—. ¿Un pan?

Compré un pan. Salí con el pan bajo el brazo, por la calle del muelle, y la gente en los portales me miraba pasar con la misma cara de la pizarra, y yo pensé en Cádiz, en el bar de mi madre, donde también hay una pizarra, y en que nunca en mi vida había estado escrita en una.

Los cité en la playa. A los dos. A la misma hora.

Mandé el recado con un niño de la calle, el mismo para los dos, "la doctora dice que a las nueve en La Mulata, en el nido de la muesca", y el niño cobró cinco pesos por cabeza y no preguntó nada, que es más de lo que se puede decir del resto del pueblo.

Fui en la bicicleta de hierro, ya rescatada del barro. Llegué a las ocho y media para estar allí antes, y me senté en la arena al lado de la estaca de caña con la cinta azul, la del nido de la hembra de la muesca, la tercera puesta, y esperé con las rodillas abrazadas y la luna a medias.

Llegaron a la vez. Eso lo entendí luego: los dos habían llegado a la pista del manglar al mismo tiempo, uno en la moto y otro andando, y los dos se habían parado, y habían venido los últimos quinientos metros por la playa a diez metros el uno del otro, sin acelerar y sin dejarse adelantar, y llegaron al nido con la misma cara de haber venido solos.

—Sentaos.

Se sentaron. Uno a cada lado de la estaca. Yasel con las piernas cruzadas, Rubén con las rodillas levantadas, y el mar delante quieto, y yo entre los dos.

—Hay una apuesta en la panadería.

Nadie dijo nada; Yasel miró la arena y Rubén el mar.

—Cuarenta a uno, treinta y cinco al otro, y diez a ninguno.

Y los dos la habéis visto. Y los dos me habéis pedido a Migdalia que no me contara cosas del otro.

Y uno de vosotros —miré a Yasel— me pidió en su propia cama que no se lo dijera al otro, "que se muera de envidia".

Y el otro —miré a Rubén— me dijo en una terraza que no competía, con una cara que yo me creí tres segundos.

—Cuatro —dijo Rubén, al mar.

—¿Qué?

—Dijiste que te lo creíste tres segundos. Fueron cuatro. Lo vi.

Yasel soltó una risa de nariz. Yo no.

—Escuchad. Lo voy a decir una vez. Tengo treinta y cuatro años.

Tengo un doctorado, un permiso cancelado, un pasaporte en un cajón de Pinar y diez días que empiezan a contar cuando abran el aeropuerto.

Tengo veintitrés nidos en esta playa que van a empezar a abrirse dentro de tres semanas y que no voy a ver.

No he venido a Cuba a ser el marcador de una pelea que empezó cuando yo tenía diecisiete años y estaba en Cádiz aprendiendo a hacer el as de guía.

—Cogí arena, la solté—. Así que esto es lo que hay.

La competición se acaba esta noche, o se acaba esto.

Lo mío con los dos. Y nadie vuelve a pedirle a nadie que no me cuente nada. ¿Está claro?

—Está claro —dijo Rubén.

—Mami…

—¿Está claro, Yasel?

—Está claro. Coño. Está claro.

—Bien.

Me quedé un momento callada. El mar hacía su ruido. La estaca de caña estaba entre los tres con la cinta azul colgando, y debajo, a setenta centímetros, había ochenta y tres huevos que no sabían nada de esto.

—Y hay otra cosa.

Los dos me miraron. Lo dije mirando al mar, porque hay cosas que se dicen mejor sin la cara delante.

—No quiero elegir. No he venido a elegir y no voy a elegir. Os quiero a los dos. Juntos. En la misma cama, a la vez, los dos conmigo. Lo pensé en la tormenta y lo he pensado cada noche desde entonces y lo digo ahora porque tengo diez días y no tengo tiempo de fingir que no lo he pensado.

Nadie respiró. Se oía la espuma.

—Pero eso no va a pasar mientras vosotros dos no habléis.

No de mí. De la balsa. De lo que fuera que pasó el catorce de agosto de hace diecisiete años y de por qué uno está aquí con un uniforme y el otro con una barca sin motor.

Yo no voy a ser lo que usáis en vez de hablar.

No lo voy a ser. Si queréis lo otro, primero lo uno.

Y si no queréis, me lo decís, y me voy con mi bicicleta, y no pasa nada, y os deseo lo mejor a los dos, en serio.

Silencio. Un silencio de los que duran, con el mar. Y después Yasel hizo el ruido que hace la risa cuando la usas para otra cosa.

—Asere —dijo, a Rubén, sin mirarle, la primera vez que le oía llamarle así en serio—. La española quiere que hablemos.

—Ya la oí.

—Diecisiete años y viene una gaditana con un cuaderno y dice "hablad".

—Ya la oí, Yasel.

—Pues habla.

Rubén no habló. Miró el mar con las gafas brillando de luna, y la mandíbula haciendo esa cosa, y no dijo nada, y Yasel esperó, y no llegó nada, y Yasel se levantó de golpe y se sacudió la arena de los pantalones y se fue andando por la playa hacia el oeste, hacia la uva de playa, y me levanté yo, y dije "quedaos aquí los dos", y Rubén dijo "Marta" y yo dije "aquí", y fui detrás de Yasel.

* * *

Lo alcancé en la uva de playa, en la sombra, donde la noche del domingo había estado sentado con el machete. Estaba de pie con las manos en la cintura mirando el mar y respirando por la boca.

—Yasel.

—No puedo, mami. No con él. No puedo abrir la boca delante de él, se me cierra sola, tengo diecisiete años de boca cerrada.

—Ya lo sé.

—No sabes.

—No. No sé.

Me puse delante. Le cogí la cara con las dos manos, con las palmas todavía peladas de la arena, y le hice mirarme, y me miró, con esa cara sin nada de humor encima por primera vez, y yo le besé.

Porque quería. Porque llevaba desde la sábana del viernes queriendo, y porque él estaba ahí con la boca cerrada y yo sabía abrírsela.

Se abrió. Me cogió por la cintura y me pegó a él, y me besó con la rabia que no había podido usar con el otro, con las manos debajo de la camiseta subiendo por la espalda, y yo le desabroché el cinturón y le metí la mano dentro y ahí estaba, otra vez, en un segundo, duro contra mi palma, y él me metió la mano en los pantalones por delante y me tocó por encima de las bragas y las bragas estaban empapadas y él lo sintió y dijo "coño, mami" contra mi boca, y yo dije "sí", y me apretó contra un tronco de uva de playa con la rodilla entre las mías y la mano dentro ya, sin tela, dos dedos, y me quedé sin aire y dije "sí" otra vez, y en ese "sí" me oí a mí misma.

Le paré la mano.

—No.

Se quedó quieto. Con los dedos donde estaban. Con la respiración en mi cuello.

—¿No?

—No así. No aquí. No con él a doscientos metros sentado en la arena esperando. —Le saqué la mano, despacio, y se la sujeté con la mía—. Lo he dicho en el nido y lo he dicho en serio. No a medias. No os quiero a medias.

Se apoyó en el tronco con la frente. Respiró tres veces. Se abrochó el cinturón.

—Tú eres una cosa, Marta.

—Ya lo sé.

—Una cosa muy grande.

—Vamos.

Volvimos por la playa. Rubén estaba donde le había dejado, al lado de la estaca, de pie ahora, con las manos en los bolsillos, y nos vio venir, a mí con la camiseta torcida y a Yasel abrochándose el último botón, y no dijo nada, y no puso ninguna cara, y eso fue peor que una cara.

Cogí la bicicleta de hierro. Me subí. Los miré a los dos, uno al lado del otro en la arena, a tres metros el uno del otro, con la estaca en medio.

—Arreglaos —les dije.

Y pedaleé hacia el manglar sin mirar atrás, con la linterna en la boca, dejándolos allí solos con ochenta y tres huevos y diecisiete años.