Rubén
El martes por la mañana había un papel debajo de la puerta de mi cuarto, doblado en dos, con una letra pequeña y recta que parecía escrita con regla.
"Doctora. Mañana miércoles hay una inspección de rutina de la playa de Cayo Levisa, por daños de la tormenta. Necesito una persona que sepa reconocer nidos. Es un trabajo oficial y consta en un acta. La lancha de la cooperativa sale a las siete del muelle. Si no quiere venir, no venga. R. A."
Lo leí dos veces. Lo doblé. Se lo enseñé a Migdalia en la cocina, y Migdalia lo leyó con las gafas en la punta de la nariz, y lo dejó en la mesa, y dijo:
—Ese muchacho no ha escrito una carta en su vida.
—Es un acta.
—Ay, mi amor.
* * *
La lancha de la cooperativa era una de fibra con un Yamaha que funcionaba, la llevaba un hombre de sesenta años que se llamaba Evelio y que tenía la cualidad, se vio pronto, de no oír nada que no le dijeran a la cara, y Rubén estaba de pie en la proa con la carpeta, la camisa gris y una mochila, y me dio la mano para bajar por la escalera y me la soltó en cuanto tuve los pies en la fibra, igual que había hecho el otro.
—Buenos días, doctora.
—Buenos días, inspector.
Evelio arrancó. Salimos del muelle con el sol saliendo y el pueblo detrás, y en toda la media hora hasta Levisa Rubén no me miró más de dos veces, y las dos veces fue para señalarme algo en el agua, una boya, un pelícano, con esa forma de señalar con la barbilla que tenía, y yo iba sentada en la bancada del medio con el viento en la cara pensando en la sábana de Yasel, en su cabeza en mi tripa, en "no se lo digas", y en que me había puesto un bikini nuevo esa mañana y no sabía para quién.
Levisa era un cayo con un solo hotel. Un hotel del Estado, de cabañas de madera sobre pilotes, con una playa delante que era la playa que sale en los folletos, blanca, con el agua de tres colores, y una hilera de tumbonas vacías porque la tormenta se había llevado a los turistas al aeropuerto y el aeropuerto estaba cerrado.
Evelio nos dejó en el muelle del hotel y dijo que volvía a las seis, y Rubén dijo "a las seis", y Evelio se fue, y nos quedamos los dos en un muelle de madera con una carpeta y una mochila y un cayo vacío.
—Vamos a mirar la playa —dijo Rubén—. Eso es verdad. Está en el acta.
—¿Y lo que no está en el acta?
Me miró. Se colocó las gafas.
—Después. Primero la playa.
* * *
Miramos la playa. Dos horas. Era verdad que había que mirarla: Hanna había pasado por Levisa igual que por La Mulata, y había dos rastros viejos bajo la línea de algas y ninguno nuevo, y un tronco de palma en medio de la arena que Rubén apuntó, y unas tumbonas del hotel que el viento había metido en el agua y que sacamos entre los dos, y él lo escribió todo en la carpeta con esa letra de regla, y yo firmé como "persona con conocimientos técnicos presente", y era la primera cosa oficial que firmaba en Cuba que decía la verdad.
A las once nos sentamos en la terraza del hotel, a la sombra, en una mesa con un mantel de plástico, y una chica trajo dos cafés y dos vasos de agua y se fue, y Rubén cerró la carpeta, y la puso a un lado, lejos, y puso las dos manos encima de la mesa, planas, y me miró.
—Ahora lo que no está en el acta.
—Vale.
—Voy a decir varias cosas por orden. Como el sábado del muelle. Porque así es como sé decirlas.
—Vale.
—Uno. Mi informe sobre usted está en Pinar desde el lunes de la semana pasada.
Dice "sin novedad". Está firmado por Lázaro Cuní.
Lo vio usted. Nada de lo que pase hoy, ni de lo que no pase, cambia una línea de ese informe.
No puedo cambiarlo y no quiero. Si quiere comprobarlo, la prima de Migdalia, Yudelkis, es la que pasa los informes a máquina en la delegación, y Migdalia le pregunta lo que quiera.
—Vale.
—Dos. Lo de su visado es de Inmigración. Yo no tengo nada que ver, ni para bien ni para mal. Si mañana la echan del país, no es por mí, y si se queda, tampoco.
—Vale.
—Tres. —Se paró. Cogió el vaso de agua, bebió, lo puso en el sitio exacto—.
He reservado una cabaña. A nombre de la delegación.
Para "descanso del personal en comisión de servicio".
Es lo más ilegal que he hecho en toda mi vida, y he hecho un servicio militar de tres años y once de inspector.
Si usted quiere, entramos. Si no quiere, me tomo el café, esperamos a Evelio a las seis, y esto no ha pasado y no vuelvo a hablar de ello.
—Cuatro —dije yo.
—No hay cuatro.
—Dime lo que quieres.
Miró la mesa. Miró sus manos. Levantó la vista, y tenía los ojos muy oscuros y muy fijos, y dijo, en el mismo tono con que había dicho lo del informe:
—Quiero quitarle esa camisa despacio. Quiero ponerla de rodillas en la cama y ponerme detrás y decirle al oído lo que voy a hacer antes de hacerlo, porque a mí me gusta así, y ver si a usted también.
Quiero comerle el coño hasta que se le olvide el nombre de su universidad.
Quiero follarla mirándola a la cara. Y quiero que después me diga lo que ha estado bien y lo que no, con esa voz que usa con la de Inmigración.
Me quedé quieta un segundo. Después cogí mi café, me lo bebí entero, que estaba ardiendo, y dejé la taza.
—Cabaña.
* * *
La cabaña era de madera, sobre pilotes, con una cama grande con una colcha verde y un ventilador de techo que sí movía el aire y una ventana con persiana que daba a la playa vacía.
Cerró la puerta. Se quitó las gafas, las dobló, las dejó en la mesilla, y sin ellas tenía otra cara, más joven y más desnuda, y se acercó, y me desabrochó la camisa.
Despacio. Botón a botón, como había dicho, mirándome los ojos y no los botones, y me la quitó por los hombros y la dejó en la silla, doblada, y me desabrochó el bikini por la espalda con una sola mano, que es algo que no hace casi nadie a la primera.
—Es usted una persona muy ordenada.
—Sí.
—¿Me vas a llamar de usted en la cama?
—Ahora no. —Me puso la mano en el cuello, abierta, y bajó por el pecho hasta la teta, y la cogió, entera, con el pulgar en el pezón—. Tú.
—Tú.
Me besó. Era la primera vez. Era un beso completamente distinto del de la cocina de Yasel, lento, con la boca cerrada al principio y luego no, con la mano en la nuca sujetándome como se sujeta algo que no quieres que se te caiga, y me duró más de lo que yo esperaba y me dejó sin nada que decir, y él lo notó y dijo, con la boca en mi oreja, muy bajo:
—Ahora te vas a quitar lo que te queda y te vas a poner de rodillas en la cama, mirando a la ventana. Y yo voy a estar detrás.
Lo hice. Me quité los pantalones y la parte de abajo del bikini y me subí a la colcha verde, de rodillas, con las manos en el cabecero, mirando por la persiana la playa vacía, y oí cómo se desabrochaba la camisa gris detrás de mí, botón a botón, con la misma calma, y cómo caía, y el cinturón, y después el colchón hundiéndose, y su pecho contra mi espalda, desnudo, caliente, y su boca en mi oreja.
—Te voy a tocar. Primero con la mano. Desde atrás.
Y la mano bajó por mi tripa y entre las piernas, y me abrió, y estaba tan mojada que se oyó, y él dijo "ya", una sola palabra, con una satisfacción que le salió por la nariz, y me tocó.
Un dedo entero, de atrás adelante, despacio, sin llegar al clítoris, tres veces, y a la cuarta llegó, y me quedé sin espalda.
—Ahora dos dedos dentro.
Dos dedos dentro. Largos, hasta el fondo, curvados, con el pulgar arriba, y yo me apoyé en el cabecero con la frente y dije "joder" muy bajo, y él dijo "eso", y movió la mano, y me dijo al oído todo lo que iba a hacer un segundo antes de hacerlo, "más deprisa", "ahora el pulgar", "ahora me paro", y se paraba, y yo hacía un ruido, y él decía "ya sé", y seguía.
—Date la vuelta. Túmbate. Abre las piernas.
Me di la vuelta. Le vi por primera vez. Alto, negro, estrecho, con la cabeza afeitada brillando de sudor y un cuerpo de corredor, todo largo, con una polla gruesa y muy tiesa que tenía en la mano, sin tocársela, sujetándola, como quien espera.
Se puso de rodillas en el suelo de tablas al pie de la cama.
Me cogió por los muslos, me arrastró hasta el borde, y me miró el coño un segundo con una cara de científico, y dijo:
—Voy a comerte hasta que se te olvide dónde estás. Dime cuando se te olvide.
Bajó.
Lo hacía distinto. Sin hablar, con la lengua plana y ancha, muy despacio al principio, tan despacio que me daban ganas de empujarle, y no le empujé, y él siguió a su ritmo, plano, arriba, alrededor, plano, hasta que mi ritmo se hizo el suyo sin que yo lo decidiera, y entonces subió la velocidad exactamente cuando yo la habría subido, y me metió dos dedos otra vez y los curvó y no los movió, solo la lengua, y yo agarré la colcha verde con las dos manos y arqueé la espalda y dije cosas.
Dije "así". Dije "ahí". Dije "me cago en la mar, Rubén", y él hizo un ruido contra mí que era una risa, y siguió, y se me olvidó dónde estaba.
—Se me ha olvidado.
Levantó la cabeza. Tenía la boca brillante y una expresión de haber comprobado una hipótesis.
—Bien.
—Fóllame.
—Sí.
Sacó un condón de la mochila, de una caja que también tenía, y se lo puso con las dos manos, con orden, y se subió a la cama y me cogió las piernas y me las puso en los hombros, una en cada uno, y se apoyó en las manos a los lados de mi cabeza, y me miró desde arriba, muy cerca, sin gafas.
—Mirándote. Como dije.
Entró. Despacio, todo, grueso, y yo abrí la boca y no salió nada, y él se quedó quieto dentro y me miró, esperando, hasta que yo moví las caderas, y entonces se movió.
Lento. Largo. Sacando casi entero y entrando entero, con mis piernas dobladas contra mi propio pecho y sus ojos en los míos sin parpadear, y decía cosas bajas, "así", "mírame", "eso es", y cuando empecé a hacer ruido de verdad, un ruido que iba a pasar las tablas de la cabaña y a llegar al hotel vacío, dije:
—Tápame la boca.
—¿Sí?
—Las paredes. Tápamela.
Me puso la mano en la boca. La mano grande, abierta, apretando lo justo, con los dedos en la mejilla, y siguió follándome con las piernas en los hombros y los ojos en los míos y la palma contra mis labios, y yo gritaba contra la palma, y él lo sentía en la mano, y se le puso una cara que no le había visto, una cara sin orden ninguno, y aceleró, y me corrí en su palma, mordiéndola, con las piernas temblando en sus hombros y el coño apretándole con cada golpe, y él dijo "ya, ya, ya lo siento" y se corrió detrás de mí, con la frente en la mía y los ojos cerrados por fin y el aire saliéndole a golpes, y se quedó dentro, quieto, con la mano todavía en mi boca, y la quitó despacio, y me besó donde había estado.
* * *
A las cinco estábamos en la terraza de la cabaña con dos cervezas del hotel, vestidos a medias, mirando el mar, que a esa hora se ponía de un color que en Cádiz no existe.
Él tenía las gafas puestas otra vez y la camisa gris abierta y una marca de dientes en la palma de la mano derecha que miraba de vez en cuando.
—Lo que ha estado bien y lo que no —dije—. Me lo pediste.
—Sí.
—Todo bien. Lo de decirlo antes de hacerlo, muy bien. Lo del "usted" al principio, raro pero bien. La mano en la boca, muy bien, aunque la pedí yo. Lo que no: tardas demasiado en empezar con la lengua.
—Es a propósito.
—Ya lo sé. Por eso no.
Se rio por la nariz. Bebió. Miró el mar un rato largo, y luego dijo, sin girarse, con la voz de la oficina:
—Sé lo de Yasel.
No me moví.
—Este pueblo tiene trescientas personas, Marta. La luz de su casa estuvo encendida hasta las dos. Blas lo vio, y Blas se lo dijo a Ramón, y Ramón a la mujer de la panadería. Yo lo supe antes del café del domingo.
—¿Y?
—Y nada. No te lo digo para nada. Te lo digo para que sepas que lo sé y que no voy a hacer nada con eso.
—Puso la botella en la barandilla, en el centro de una tabla—.
Yo no compito con él. No compito con él por ti ni por nada.
Hace diecisiete años que no compito con él.
Si tú quieres estar con él, estás con él.
Si quieres estar conmigo, estás conmigo.
Si quieres las dos cosas, eso es cosa tuya.
Yo no voy a ponerle una pegatina a nadie.
Lo dijo mirando al mar, con las mangas iguales y la mandíbula quieta, y sonó tan tranquilo, tan de acta, que me lo creí entero durante tres segundos.
Al cuarto me acordé de la cara que había puesto en el muelle, con el motor de Yasel saliendo de la barca en una cadena, y de "tú siempre pones las cosas donde no van".
Miente mejor que Yasel, pensé. Eso también era una competición.