Marea (Sin billete de vuelta nº 2) Yasel
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Yasel

Él estaba en el porche con una sartén.

—Pescado —dijo, como saludo—. Pargo. Lo trajo Blas, que se siente culpable. Y congrí. Y ron. ¿Comes?

—Como.

—Siéntate ahí, que ahí no hay clavos.

Me senté en el escalón. Él frió el pargo en el fogón que había sacado al porche con un alargador que salía de la ventana, con la radio puesta en una emisora que ponía Los Van Van, y cantó con Los Van Van, mal, todo el rato, y me sirvió en un plato de esmalte con el borde saltado y se sentó en el otro escalón con el suyo, y comimos con las manos, con los dedos vendados, y bebimos ron en vasos de mermelada, y el sol se fue detrás de la punta de la cala, y no dijimos nada de los nidos, ni del GPS, ni del hombre que se había ido en la moto, y yo pensé que era la primera vez en Cuba que estaba en un sitio sin nada que resolver.

—¿Te duelen?

Las manos. Me las miró. Le enseñé las palmas con la tela.

—Es la arena. Se pasa.

—A mí ya se me pasó. —Me enseñó las suyas, las palmas claras, con los callos de los cabos—. Estas son de cuero, mami. Treinta años de cuero.

—Enséñamelas.

Me las dio. Las dos, por encima del plato, con las palmas hacia arriba.

Yo las cogí por las muñecas, y las miré, la piel dura de la base de los dedos, la línea de grasa negra que no se iba con nada, una cicatriz blanca en el pulgar, y les pasé el dedo por dentro, por la palma, despacio, de la muñeca al dedo, y él se quedó muy quieto, que en él es un fenómeno.

—Yasel.

—Dime.

—Quiero pedirte una cosa.

—Pide.

—Que dejes de hablar un minuto.

Dejó de hablar. Yo me incliné por encima de los dos platos y le besé.

* * *

Sabía a ron y a limón y a pescado frito y a sal, y tenía la boca caliente, y tardó un segundo en entender que estaba pasando lo que estaba pasando y después lo entendió con toda la boca.

Los platos se cayeron por el escalón. Nadie los miró.

Me cogió la cara con las dos manos de cuero y me besó como si llevara una semana pensando en cómo lo iba a hacer, que era la verdad, y yo le cogí por el cuello de la camisa azul y tiré, y nos levantamos los dos del escalón sin saber cómo, y él dijo "dentro", y yo dije "dentro", y entramos.

No llegamos a la cama. Llegamos a la pared de la cocina, la de tablas, al lado de la ventana con el alargador, y me puso contra ella con la boca en mi cuello y las manos por debajo de la camiseta, y me la subió, y me la quitó, y se quedó mirándome las tetas en la luz de la única bombilla con una cara de hombre al que le acaban de dar la razón en algo.

—Mira eso. Mira eso, mami. ¿Tú sabes lo que es verte una semana en bikini y no poder…?

—Cállate.

—Ya. Ya me callo.

No se calló. Bajó la boca. Me cogió un pezón con los labios y lo chupó, fuerte, y luego pasó la lengua alrededor, y luego los dientes, apenas, y yo le agarré la cabeza, el pelo corto y duro, y le apreté contra mí, y él hablaba entre una cosa y otra, con la boca en la piel, "qué rica estás", "qué rica, coño", "esto es mío ahora un ratico", y me cogió la otra teta con la mano de cuero y la apretó como me la había apretado yo la noche anterior pensando en él, y se lo dije.

—Anoche pensé en esto.

Levantó la cabeza.

—¿En la tormenta?

—En la tormenta.

—¿Mientras yo estaba con la gallina?

—Mientras tú estabas con la gallina.

Se rio contra mi cuello. Se rio de verdad, con los ojos cerrados, y me dio una cosa en el pecho que no era del ron, y le metí la mano en los pantalones cortos, por delante, sin botón, sin nada, y ahí estaba, duro, caliente, apretado contra la tela, y lo cogí entero con la mano vendada, y él dejó de reírse.

—Ño.

—Sigue hablando.

—No puedo, mami. Así no puedo.

—Sí puedes. Dime qué quieres.

Me miró. Tenía las pupilas enormes en la luz mala y la ceja partida y esa boca, y apoyó la frente en la mía.

—Quiero comerte. Quiero comerte hasta que me pidas que pare y después un poco más. Quiero que te subas encima de mí en mi cama y que me mires. Y quiero que me digas cosas en español de España, de esas que tú dices, que me tienes loco.

—¿Qué cosas?

—Lo que sea. "Vale". Di "vale".

—Vale.

—Ño.

* * *

La cama era de madera, con un armazón que él había hecho, se veía, y una mosquitera colgada de un clavo del techo que apartó de un manotazo.

Me tumbó en la sábana, que olía a él y a sol, y me quitó los pantalones cortos y las bragas de un tirón, las dos cosas juntas, y se quedó de rodillas en el suelo de tablas al pie de la cama, con mis piernas por encima de sus hombros, mirándome el coño con esa cara de estar muy ocupado que tenía la carey.

—Mira cómo estás —dijo—. Mira eso. Estás chorreando, mami. Esto es de la tormenta, ¿o es de ahora?

—De las dos.

—Coño.

Y bajó. Primero la lengua plana, entera, de abajo arriba, una vez, despacio, como quien prueba una sopa, y yo dije "joder" al techo.

Después los lados, por dentro de los labios, con la punta, sin llegar arriba.

Después arriba. En el clítoris, plano, una vez, y otra, y yo dije "ahí", y él dijo "ahí" con la boca llena, y se quedó.

Hablaba. Con la boca en mí. Hablaba y lamía y hablaba, "qué rico sabes", "sabes a mar, mami, sabes a mar de verdad", "dame eso", "así, muévete así", y las palabras me vibraban en el clítoris, que es una cosa que no sabía que existía, y le agarré la cabeza con las dos manos vendadas y le dije "menos fuerte, menos punta, así, no cambies", y no cambió.

Eso lo tengo que decir de él. Cuando le decías cómo, lo hacía y no cambiaba, que es lo que no sabe hacer casi nadie.

Me metió un dedo. De cuero. Hasta el fondo, y lo curvó, y encontró el sitio como si tuviera un mapa, y con la lengua arriba y el dedo dentro y la voz diciendo "vente, mami, vente en mi boca, dámelo, que yo lo quiero", me corrí en su cara con los talones clavados en su espalda y las caderas en el aire y un grito que Nuria no habría sabido clasificar, y él siguió exactamente igual mientras me corría, sin cambiar de velocidad, hasta que le empujé la frente con las dos manos y le dije "para, para, hostia, para".

Levantó la cara. La tenía mojada hasta las cejas. Se la limpió con el dorso de la mano y me miró con una sonrisa que le llegaba a la cicatriz.

—Eso. Eso fue lo mejor que he oído en mi vida. Y yo he oído a Los Van Van en la Tropical.

—Los condones. En mi mochila. El bolsillo de delante.

—¿Trajiste?

—Los trajo Nuria. Mi amiga. Es enfermera. Me los metió sin decirme nada.

—Nuria es una santa. —Se levantó, fue a la mochila, revolvió—. Ño. ¿Una caja entera?

—Nuria tiene fe.

* * *

Se quitó los pantalones cortos allí de pie, al lado de la mochila, y se quedó desnudo en la bombilla, flaco y largo, con el collar rojo y blanco en el pecho y la polla tiesa contra la tripa, oscura, con la punta más clara y ya mojada, y se puso el condón mirándome, sin prisa, con esas manos que sabían hacer nudos.

—Encima —dijo—. Tú dijiste que me ibas a mirar.

—Dije que tú querías.

—Y tú dijiste vale.

Se tumbó. Bocarriba en la sábana, con los brazos abiertos y las rodillas dobladas, mirándome desde abajo con esa cara.

Me subí. Una rodilla a cada lado, y le cogí la polla con la mano y me la puse en la entrada y me quedé ahí, sin bajar, mirándole, como me había quedado en la moto sin decir nada en cuarenta kilómetros, aguantando.

—Ya —dijo—. Ya, mami. Ya, por tu madre.

Bajé. Despacio, porque quería sentirlo entero, y era largo, y entró entero, y me senté en él con los muslos contra los suyos y él dijo "ay, cojones" con la voz rota, y yo solté el aire por la nariz, largo. Me quedé quieta. Con las manos vendadas en su pecho, encima del collar. Y me moví.

Hablaba. Todo el rato. "Así", "qué rico singas, mami", "mira cómo te la metes", "no, no subas tanto, ahí, aprieta ahí", y yo apretaba, y entendía la mitad y la otra mitad me la imaginaba, y la imaginación era peor, o sea mejor.

Me dijo algo con "bollo" que no entendí hasta después.

Me dijo que tenía un culo que no era de este hemisferio.

Me dijo que nunca en su vida había visto a una mujer moverse así y le dije que mentía y dijo "sí, pero poquito, mami, poquito".

—Mírame —dijo después, con otra voz—. Mírame. Tú dijiste.

Le miré. Le miré la cara mientras me lo follaba, con la boca abierta y los ojos abiertos y la ceja partida, y él me miraba la cara, no el cuerpo, la cara, y me puso las manos en las caderas y empezó a subir desde abajo, contra mí, y el ángulo cambió, y me incliné hacia delante y froté en vez de subir y bajar y le tuve donde lo quería tener, y se lo dije, "ahí, ahí, no te muevas, déjame", y no se movió, y me dejó.

—Vente. Otra vez. Vente encima de mí, mami, que quiero sentirlo por dentro. Dame eso. Dámelo.

Me llevó el pulgar al clítoris. Plano, quieto, dejando que me lo hiciera yo con el movimiento.

Y me corrí la segunda vez encima de él, con él dentro, apretándole con cada sacudida, más largo y más abajo que la primera, y él lo notó y dijo "ahí está, ahí está, la siento, coño, la siento", y dejó de hablar por fin porque se le acabó el aire, y me clavó los dedos en las caderas y me bajó contra él tres veces, fuerte, y se corrió diciendo "Marta", con la erre arrastrada, y luego "Marta" más bajo, y luego "coño", y luego nada.

Me quedé encima hasta que me pidió por favor que me quitara, que le iba a dar algo.

* * *

La mosquitera había vuelto a caer sola sobre nosotros. Estábamos debajo, en la sábana, con su cabeza en mi tripa y mi mano en su nuca, y el condón anudado en el suelo, y la radio en la cocina todavía con Los Van Van, muy bajito. Él miraba el techo.

—No se lo digas —dijo.

—¿A quién?

—Tú sabes a quién. A ese.

—¿Por qué?

—Porque se muere de envidia. —Sonrió al techo—. Que se muera un poquito.

Me quedé mirando la mosquitera. Tenía el cuerpo tan tranquilo que tardé un momento en entender lo que acababa de oír, y cuando lo entendí no me moví, porque no había sitio donde moverse.

Acababa de convertirme en un trofeo. En un pueblo de trescientas personas, entre dos hombres que llevaban diecisiete años sin hablarse, yo era, desde hacía veinte minutos, el marcador. Y lo que más me molestó, allí debajo de la red, con su respiración en la tripa, fue lo poco que me molestaba.