Marea (Sin billete de vuelta nº 2) Nidos
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Nidos

Hanna se fue a las cinco de la mañana como se van las visitas pesadas, de golpe y sin recoger.

A las seis el cielo estaba limpio, de un azul recién lavado, y Puerto Esperanza olía a barro y a hojas rotas y a mar revuelto, y la gente había salido a las calles a mirar los tejados con las manos en la cintura.

Faltaban tres planchas de zinc en la calle de la panadería.

Un mango estaba en el suelo, entero, con las raíces al aire como una mano.

El muelle estaba en pie. La nevera de Migdalia seguía muda, pero los imanes seguían en su sitio, y eso a Migdalia le pareció lo importante.

Celia estaba en la cocina, encima de la mesa, mirándome con un ojo. No dije nada. Ella tampoco.

A las seis y cuarto yo ya estaba en la carretera hacia el oeste, corriendo.

* * *

No había bicicleta. Migdalia la había metido debajo de la casa la víspera y ahora estaba debajo de un palmo de barro y de la mitad del gallinero.

No había barca. No había Geely con gasolina.

Había quince kilómetros y unas zapatillas, y yo llevaba corriendo desde los veinte años por la playa de la Victoria para no pensar, y esa mañana tenía mucho que no pensar.

Corrí seis kilómetros de asfalto con ramas y nueve de pista de manglar convertida en sopa.

Me caí dos veces. La segunda me quedé un momento sentada en el barro, riéndome sola, pensando en Reyes leyendo un informe que dijera "la investigadora principal accedió al sitio de estudio corriendo, tras una tormenta tropical, sin equipo, sin permiso y sin pasaporte", y me levanté y seguí, porque a las siete y media el sol ya iba a hacer daño y a las nueve la arena de la parte alta iba a estar demasiado caliente para lo que iba a tener que hacer si era lo que yo pensaba.

Era lo que yo pensaba.

Salí a la playa a las ocho menos cuarto y La Mulata no era la misma playa.

La tormenta había subido el mar ocho metros más arriba de la línea que yo tenía en el cuaderno, se veía en la raya de algas y de plástico y de troncos que había dejado a lo largo de dos kilómetros, y por debajo de esa raya la arena estaba plana, lisa, gris, mojada hasta el fondo.

Cuatro de mis veintitrés nidos estaban por debajo de esa raya.

Los cuatro de la parte baja, los de las hembras jóvenes que no habían aprendido todavía a subir lo suficiente.

Los conté con el cuaderno en la mano, mirando las estacas de caña que Yasel había clavado la noche del domingo, y que seguían allí, torcidas, con la cinta azul colgando.

Un huevo de tortuga aguanta unas horas bajo el agua. No más. Si la marea alta se ha ido a las cinco, a las ocho todavía había una posibilidad. A las doce ya no.

Y en la uva de playa, sentado, con el machete al lado y un cubo de plástico entre los pies, estaba Yasel.

* * *

—Cuatro —dijo, sin levantarse.

—Cuatro.

—Yo tengo un cubo. Tú tienes las manos. Dime cómo se hace, que yo solo sé sacarlos pa' la sopa.

Se lo dije. Se hace así: se cava con las manos, nunca con nada que corte, hasta encontrar los huevos, que en un nido de verde están a sesenta o setenta centímetros; se sacan uno a uno, sin girarlos, porque a partir de las doce horas de puesta el embrión se pega a la cáscara por arriba y si lo giras lo ahogas; se ponen en el cubo, en la misma posición, sobre una capa de arena húmeda de la misma arena; se cuentan; se lleva el cubo despacio, sin sacudirlo, a un sitio por encima de la nueva línea de la marea, y se cava un hoyo nuevo de la misma profundidad y la misma forma, con la cámara abajo más ancha que arriba, con el brazo, como hace la tortuga; se vuelven a poner uno a uno, en la misma posición; se tapa; se aprieta la arena como la aprieta ella, con la palma; se marca; se reza si se sabe.

—Yo sé —dijo Yasel.

Nos pusimos de rodillas en el primero.

A los veinte minutos se oyó la Jawa en la pista.

Salió a la playa, se paró, y Rubén bajó con una pala al hombro, y vino andando por la arena mojada hasta el nido donde estábamos los dos con los brazos metidos hasta el codo, y se quedó de pie mirando el hoyo, y miró la pala, y la clavó en la arena a diez metros, lejos, donde no sirviera para nada, y se arrodilló al otro lado del hoyo, enfrente de Yasel, y metió las manos.

—Aquí no se cava con pala —dije.

—Ya lo sé —dijo él—. La traje para el camino.

* * *

Seis horas. Lo escribo y no parece nada.

Seis horas de rodillas en una arena que a las nueve quemaba y a las once era una plancha, con los tres brazos en el mismo hoyo, sacando huevos de uno en uno con las yemas de los dedos y poniéndolos en un cubo y contando en voz alta en dos acentos, ochenta y uno, ochenta y dos, y llevando el cubo entre dos como se lleva a un enfermo, y cavando otra vez arriba, y volviéndolos a poner.

Yo dirigía. Eso lo tengo que decir. Yo decía "más hondo", "no lo gires", "así", "ese está muerto, déjalo aparte", "ese está bien", "la cámara más ancha, mete el brazo entero", y los dos hacían lo que yo decía, sin discutir, con las mismas manos con las que habían clavado planchas la víspera.

Y se hablaron.

No mucho, y de nada, pero se hablaron. En el segundo nido, con los dos brazos en el mismo agujero, Rubén dijo "más hondo" y Yasel dijo "ya sé", y era la primera frase directa que le oía a uno dirigida al otro que no fuera en el muelle a gritos.

En el tercero, Yasel dijo "ese, cuidado, se te va a romper", y Rubén dijo "no se me rompe", y no se le rompió.

A las once paramos diez minutos porque Yasel dijo que si no paraba se le iba a caer un brazo, y nos sentamos en la arena junto al tercer hoyo, los tres, y Yasel sacó de la mochila una botella de agua y tres plátanos y un paquete de galletas que estaba abierto desde hacía mucho, y repartió.

Le dio un plátano a Rubén sin mirarle, con el brazo estirado, y Rubén lo cogió sin mirarle, y se lo comió, y fue la primera comida que compartían en diecisiete años y ninguno de los dos lo dijo, y yo tampoco, y me comí mi plátano mirando el mar como si el mar fuera muy interesante.

—Mi papá decía que un huevo de tortuga sabe a huevo de gallina con mar dentro —dijo Yasel, a nadie, con la boca llena.

—Tu papá comía de todo —dijo Rubén.

—Tu mamá también, asere, no te hagas.

—Mi mamá comía lo que había.

—Eso es lo que digo.

Y ya está, cinco frases, y volvieron al hoyo.

En el cuarto, a la una de la tarde, con el sol ya vertical y los tres empapados y con la cara roja y las rodillas peladas, Yasel sacó el último huevo del fondo del hoyo, levantó la cabeza y dijo, mirando a Rubén por primera vez en el día:

—Ciento cuatro.

Y Rubén dijo:

—Ciento cuatro.

Y se quedaron así un segundo, con un huevo cada uno en la mano, uno enfrente del otro en un hoyo, y luego Rubén miró para otro lado y Yasel puso el huevo en el cubo, y ya está, y no hablaron más en toda la tarde salvo de huevos.

Yo los miraba con el rabillo del ojo mientras contaba.

Miraba las manos de los dos en la misma arena, la mano oscura de nudillos claros y la mano más oscura y más larga, con el mismo barro, sacando la misma cosa, y me acordaba de la noche anterior y me obligaba a no acordarme y me acordaba, y contaba.

Trescientos noventa y un huevos. Catorce muertos, que dejamos aparte y enterramos en otro sitio, porque uno no deja un huevo muerto al lado de cien vivos.

Trescientos setenta y siete reenterrados por encima de la línea de Hanna, en cuatro nidos nuevos con cuatro estacas nuevas y la misma cinta azul.

A las dos y cuarto nos sentamos en la arena de la parte alta, los tres, en fila, mirando el mar, que ya estaba otra vez azul como si no hubiera hecho nada.

Yasel tenía una botella de agua y nos la pasamos.

Nadie hablaba. Yo tenía las manos en carne viva, la piel de las rodillas en ninguna parte, y una cosa en el pecho que no era de la carrera.

* * *

Rubén se levantó primero. Fue hasta la moto, abrió la bolsa de lona que llevaba atada al asiento, sacó algo y volvió. Se quedó de pie delante de mí, tapándome el sol, y me tendió la mano cerrada, y la abrió.

Era mi GPS. El Garmin amarillo, con la pegatina blanca del precinto todavía en el dorso, con su firma soplada encima.

Lo cogí, lo miré, y le miré a él.

—Esto está precintado.

—Estaba en la maleta precintada. La maleta sigue precintada. —Se colocó las gafas—. Hay un GPS menos dentro, si alguien la abre. Nadie la va a abrir.

—¿Y tu informe?

—Mi informe está en Pinar desde el lunes. Lo viste.

—Vi que decía "sin novedad". No sé qué es eso.

Miró el mar. Yasel, a mi lado, no se movía, y se veía que tenía las orejas puestas en cada palabra.

—"Sin novedad" es lo que escribo cuando una persona está haciendo lo que dijo que iba a hacer y no está molestando a nadie.

Es lo que puse el lunes, antes de Jutías, antes de la tormenta, antes de esto.

Está firmado por Lázaro. No se puede cambiar, ni yo quiero.

—Miró el GPS en mi mano—. Cancelarle el visado es cosa de Inmigración por lo del convenio.

Eso no lo escribí yo. Yo escribí que usted contaba tortugas con un cuaderno y que no era ningún peligro para el Estado cubano.

Me quedé con el Garmin en la mano quemada. Yasel, a mi lado, dijo, muy bajo, hacia el mar:

—Ño.

Y nada más.

Rubén se dio la vuelta, fue a la moto, la levantó del caballete, la arrancó al primer pisotón por primera vez desde que le conocía, y antes de meterse en la pista del manglar se giró a medias en el asiento y dijo, en voz alta, por encima del motor, señalando con la barbilla los cuatro nidos nuevos con la cinta azul:

—Cuéntelas. Yo no vi nada.